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Full text of "La cruzada de los treinta y tres; lema: "Diana triunfal""

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La cruzada de los 



s 



Treinta y Tres 



Lema: "DIANA TRIUNFAL". 



(Trabajo premiado en el 



concurso histórico 



organizado por el Concejo de Administración 
Departamental).- 



POR 



LUIS ARCOS FERRAND 



Imprenta Nacional Colorada 
Cerro Largo, 1031 

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Concejo de Administración Departamental de Montevideo 




La cruzada de los 



Treinta y Tres 



Lema: "DIANA TRIUNFAL".. 



{Trabajo premiado en el concurso histórico 
organizado por el Concejo de Administración 
Departamental).- 

POR 



LUIS ARCOS FERRAND 



Imprenta Nacional Colorada. 
Cerro Largo 3031. 



MONTEVIDEO 



CAPÍTULO I 



PRIMERAS CAUSAS 



1. — Tacuarembó y la Agraciada. 

2. — Los tenientes de Artigas. — Sumisión del país. 

1. — Cuando en 1823, el Síndico General de la Provincia Cis- 
platina, don Thomas García de Zúñiga, para calificar la identidad 
de los "anarquistas" que entonces se agitaban en Montevideo, 
afirmaba de ellos que "en vano claman los perversos, en vano 
disimulan; las mismas causas producirán siempre los mismos 
efectos, y fuera muy raro que en cinco años de jaula hubieran 
perdido su conocida ferocidad los tigres del Uruguay (1), no ha- 
cía sino configurar, en términos que las circunstancias del mo- 
mento explican, una verdad esencial de nuestra historia, a saber: 
la vinculación del movimiento que en Tacuarembó cesa, con el 
que después culmina en la Agraciada; la comunidad en la voca- 
ción de los que años antes — según la expresión de un funcionario 
de la época— "hicieron a los pueblos andar sobre cadáveres" (2), 
con los que años después tomaron sobre sí la pesada empresa de 
reaccionar contra un estado de cosas que por inercia iba tornán- 
dose definitivo; y, en medio del asombro de sus contemporáneos, 
hicieron — puede decirse sin hipérbole — que la marcha de los 
sucesos volviera a su cauce natural, que la historia comenzada en 
1811 prosiguiera el curso de su feliz culminación. 

Separados en apariencia por los años corridos desde Tacua- 
rembó hasta la cruzada de Abril, el examen de los hechos nos 
revelará que en todo ese lapso de tiempo, no hubo un solo día en 
blanco para la causa de la libertad. Ahogada la resistencia militar 
en 1820 y consumada la sumisión y dispersión de los dirigentes 
de la campaña, una mirada un poco prolija que abarque el esce- 
nario que nuestros campos y nuestras ciudades ofrecían entonces, 
pondrá en evidencia cuando más, uno de esos estados transitorios, 
en que no se obra pero se espera, en que los ánimos se inmovili- 
zan sin anularse del todo y en que los hechos, ligados a las vo- 



( 1 ) Manifiesto del 1.° de Abril de 182.3. — Archivo del Juzgado Le- 
trado Departamental de San José (hoy en el Archivo y Museo Histórico). 

( 2 ) Manifiesto del 7 de Enero de 1823 del Gobernador Intendente 
don Juan Th. Duran. — Archivo del Juzgado Letrado de San Jo^-é (hoy 
Archivo y Museo Histórico). 



liciones de los hombres, parecen participar también de la ines- 
tabilidad del ambiente y se muestran equívocos. 

La resistencia no ha muerto. El espíritu de asociación, que 
es el síntoma de las situaciones aciagas, va formando en la cam- 
paña y en los centros urbanos, núcleos que sigilosamente man- 
tendrán en latencia el espíritu de rebelión, y también, sigilosa- 
mente, pugnarán por estimular en los hermanos decepcionados y 
temerosos, la última predisposición patriótica. La lucha no ha 
terminado. Silenciosa, por no denunciarse a destiempo, vela la 
inquietud. 

' 2. — De los oficiales que acompañaron a Artigas en la cam- 
paña, el Capitán Juan Antonio Lavalleja, tomado prisionero en 
las puntas de Valentín (2 de Febrero de 1818), cumplía en los 
calabozos de la isla das Cobras, la pena que su patriotismo y su 
valor (1) le habían conquistado (2); el también Capitán Manuel 
Oribe, en unión de su superior jerárquico Coronel Rufino Bauza, 
de su hermano Ignacio y de otros oficiales, se habían separado 
en Octubre de 1817 de las fuerzas que entonces mantenían el 
sitio de Montevideo, bajo el mando de Otorgues, "cansados del 
desorden y sin esperanza de suceso"; y habían llegado a un 
acuerdo con Lecor, "a efecto de que, a condición de separarse de 
la guerra que le hacían, se les permitiera embarcarse en Monte- 
video, con sus fuerzas, para dirigirse a Buenos Aires" (3), como 
lo hicieron (4) ; y Fructuoso Rivera, con aquellos pocos patriotas 
que los sucesos habían hecho últimos depositarios de la consigna 
de resistir a la conquista, deponía sus armas, "acosado estrecha- 



( 1 ) "Lavalleja cometió la imprudencia de irse con seis hombres y 
un ayudante, Salado, sobre la columna enemiga que había campado al po- 
nerse el sol, y allí le hicieron prisionero." Memoria de los sucesos de armas. 
Escrita en 1830 por un oriental contemporáneo — Biblioteca de Plata — 1849. 

(2) "En el año 1821 la Banda Oriental del Uruguay, con el nombre 
de Provincia Cisplatina, se declara unida al reino de Portugal, Brasil y Al- 
garves. Con motivo de esto, los prisioneros de la isla das Cobras recuperan 
su libertad, después de tres años de ostracismo y amarguras. Antes de la 
partida de nuestro héroe es llamado por D. Pedro I, quien le ofrece, a 
trueque de su sumisión, los despachos de Sargento Mayor del Regimiento 
de Dragones de la Unión." — Mario Fernández Latorre, "Minas-Lavalleja". 

(3) "Memoria de los sucesos de armas", op. cit. 

(4) Senna Pereyra, oficial de Lecor, entendía que la -actitud de Oribe 
"dio a conocer que en ella se envolvían ideas de futura restauración". El 
historiador Alfredo Várela, en "Duas grandes intrigas", dice a propósito de 
Oribe: "aquel brioso oficial que abandonando con Bauza las huestes de 
Artigas, puso eficaz impedimento a las mayores pretensiones de Lecor. Sa- 
bedor de la discordia, intenta éste conseguir la adhesión del Cuerpo a que 
pertenecían los dos militares. Seductoras ofertas le hace; pero ambos re- 
sisten con nobleza, sindicándose ya en el incidente el futuro Jefe del Partido 
Blanco. Gracias a él pudo la referida unidad trasladarse intacta a la otra 
Banda, sin deslustrar en lo más mínimo un paso político de origen hasta 
hoy no muy conocido". — Citas de la obra "Oribe y su época", Lorenzo 
Carnelli. 



— 5 — 

mente por el gobierno de Montevideo, que le declaró rebelde si 
no se sometía a su legítima y reconocida autoridad", y por las 
tropas portuguesas, que "le perseguían en todas direcciones" (1). 
Fué entonces cuando para llegar a ese resultado tan apetecido 
por el Barón de la Laguna, algunas milicias y vecinos de Santa 
Lucía y Miguelete presentaron a Lecor una exposición en la que 
se manifestaban "persuadidos de que las intenciones benéficas 
de V. E. no se dirigen a hacer la guerra contra sus pacíficos ha- 
bitantes, sino a restablecer el orden y la tranquilidad pública y a 
sofocar la anarquía"; y dispuestos a consentir en "la incorporación 
de la milicia armada y del territorio de su jurisdicción al orden 
establecido en la capital" (2). Lecor, que con esta representación 
y con otras hábiles medidas que la siguieron, buscaba únicamente 
suprimir o suavizar las asperezas que para manifestarse pudiera 
encontrar el sometimiento de Rivera, consiguió que el Cabildo 
mandase a aquél una diputación, cuyas instrucciones, en las que 
se trataba, como siempre, de atenuar y disfrazar el único objetivo 
perseguido, tenían por fin aparente, "conferenciar con las corpo- 
raciones, jefes y habitantes de la campaña, manifestándoles las 
miserias de la anarquía y del desorden, convidándolos a entrar 
en negociaciones con S. E. el Sr. Barón de la Laguna, por inter- 
medio del Cabildo, como legítimo representante de la provincia, 
el cual depositaba en el general toda su confianza". Los compo- 
nentes de la diputación, D. Juan José Duran, D. Lorenzo J. Pérez 
y D. Francisco Muñoz, después de llenar su cometido y con fecha 
4 de Marzo, decían al Cabildo: "La Comisión tiene la satisfacción 
de incluir copia de una comunicación de D. Frutos Rivera, que 
acaba de recibir en este momento. Por ella verá V. E. el resultado 
de las negociaciones que había entablado con aquel jefe: es deci- 
sivo y asegura la entera pacificación de la provincia. Por este 
feliz resultado la Comisión felicita a V. E., por haber cumplido 
satisfactoriamente su misión". (3) 

En consecuencia del éxito de la gestión, "se convino en un 
armisticio entre Rivera y Bentos Manuel Rivero, armisticio que 
fué violado por las fuerzas portuguesas antes de su término" (4). 
Suprimidas las desavenencias que este suceso llegara a producir, 
Rivera, en nota del 8 de Marzo, expresaba: "Desde el momento 
en que determiné reconocei al Supremo Gobierno, como autoridad 
del país, nada más consulté que la aniquilación total de la anar- 
quía, y el restablecimiento de su tranquilidad, creyendo siempre 



(1) Deodoro de Pascual, "Apuntes para la historia de la República 
Oriental del Uruguay". 

(2) Deodoro de Pascual, op. cit. 

(3) Deodoro de Pascual, op. cit. 

(4) Isidoro De-María, "Compendio de la Historia de la República O. 
del Uruguay". 



que el Excmo. Cabildo era el autor de aquella tan grande y plau- 
sible empresa, inspirada sin duda por los sentimientos más pa- 
trióticos. Mis esperanzas me llevaron siempre a creer que una 
estipulación amistosa, fundada en sólidas bases de justicia, con- 
solidaría aquellos principios que Vuestras Señorías y mi división 
deseaban ardientemente. . ." "Esto se ha realizado; y desde aquel 
momento se ha comprometido mi honor, sin reserva alguna, a ob- 
servar con religiosa fidelidad tocio cuanto Vuestras Señorías exi- 
gen de mí a este respecto." (2) 

". . .Otorgues, Lavalleja, Bernabé Rivera, Barreyro, Andre- 
sito, Sotelo, Oribe, Bauza, ya no están. Y ¿hora, por fin, el mismo 
Rivera, el de india Muerta y de Guayabos, ya no está. Y los otros, 
todos los otros, todos los hombres que respiran en tu tierra, res- 
piran como hombres que parecen dormidos o muertos." (3) 

Empero, la lucha había cesado pero no había concluido. "La 
resistencia, aunque débil e impotente para reñir combates y bata- 
llas con el conquistador, lo molestó dónde y cómo pudo, mante- 
niendo viva la agitación montaraz en las campañas, en las sierras 
y en ¡los bosques, y latente o expectante en la mayoría de los 
centros urbanos, descontentos y anarquizados." (4) 



(2) Ueodoro de Pascual, op. cit. 

(3) Zorrilla de San Martín, "La Epopeya de Artigas". 

(4) J. Amadeo Baldrich, "Historia de la guerra del Brasil". 



CAPÍTULO II 



FACTORES DE LA CONQUISTA PORTUGUESA 



1. — España y Portugal en Europa. 

2. — España y Portugal en América. 

3. — Buenos Aires y las Provincias. Artigas. 

4. — La diplomacia argentina en Río de Janeiro. 

5. — El anuncio de la invasión portuguesa. 

6. — La diplomacia española y la expedición de Cádiz. 

7. — Todo favorece los planes de Portugal. 

Antes de entrar a estudiar las características de la conquista 
portuguesa en el período de su intento de consolidación, hemos 
de reseñar, aunque sea en forma breve, los factores que determi- 
naron la invasión y las causas que hicieron posible su manteni- 
miento, en un escenario que, tanto por los antecedentes de un 
pasado no muy remoto, como por la comunidad de origen que 
con las Provincias Unidas lo ligaba, parecía ya entonces destinado 
a ser con aquéllas, el asiento obligado de la democracia y del 
gobierno propio. Empero, todos los cálculos habían de fallar, y 
la Banda Oriental habría de resignarse, agotada en la lucha, a 
soportar, durante más de dos lustros, los estragos de una con- 
quista militar extranjera, en medio de la pasividad, cuando no 
de la complacencia de los pueblos civilizados de la Europa, y de 
los que en América franqueaban, en ese lapso de tiempo, los co- 
mienzos de su vida institucional. 

1. — España y Portugal, zanjadas sus eternas diferencias de 
límites en el Río de la Plata, en virtud del tratado de 1777, vivían 
en paz, cuando sobrevino entre ambas un nuevo motivo de dis- 
cordia. España, aliada de Francia, invadió en 1800 el territorio 
de su antiguo rival y se apoderó de la plaza fuerte de Olivenza, 
a lo que Portugal, contando con el apoyo de Inglaterra, respondió 
con la inmediata ocupación, en América, de los siete pueblos de 
las Misiones, que pertenecían al dominio español desde el tratado 
de 1777. Liquidado en Badajoz este nuevo conflicto, no lo fué de 
manera definitiva y sólida, pues que Portugal, alegando fútiles 
motivos, resistióse a la devolución de los pueblos de Misiones, 
con lo que España se creyó autorizada, a su vez, a retener la plaza 
de Olivenza. Así las cosas, España une sus destinos a los de 
Napoleón Bonaparte. De esa unión derivan para la primera, mu- 



chos desastres y no pocas enemistades de entidad. Es así que 
Inglaterra invade las colonias españolas de América. Entretanto 
acordaban Francia y España el tratado de Fontainebleau (1807), 
que, en último término, importaba suprimir a Portugal como es- 
tado independiente, y repartir entre los signatarios de la Conven- 
ción sus despojos, no sólo europeos, sino también americanos. 
Asistimos a la ocupación de Portugal por las armas francesas, y 
al retiro de Lisboa del Rey Juan VI, que bajo el apremio de las 
circunstancias decide trasladar su Corte a Río de Janeiro (1808). 

2. — Las abdicaciones de Carlos IV y Fernando VII y el cariz 
que los sucesos europeos tomaban por entonces, arraigaron en los 
portugueses la convicción de que España estaba enteramente so- 
juzgada. Esa convicción, que Inglaterra compartía, y que, por 
otra parte, armonizaba con los propósitos de expansión territorial 
a que Portugal aspiraba, con probada tenacidad, en el Río de la 
Plata, excitó de nuevo, esta vez con más intensidad, aquella vo- 
cación atávica; y en el pensamiento de los hombres del Janeiro 
quedaron desde entonces tendidas las líneas de la futura pero 
fatal invasión a la Banda Oriental. Tan fué esto así, que cuando 
en 1811 el Gobierno Portugués ofreció su ayuda a las autoridades 
de Montevideo, a la sazón sitiada por el ejército patriota, "los 
españoles, recelosos de las insidias portuguesas", consideraron 
"este auxilio como un presente griego"; y, más temerosos de las 
intenciones de sus nuevos aliados que de las hostilidades de sus 
enemigos, se apresuraron a firmar con éstos un armisticio, a fin 
de justificar el retiro de las tropas portuguesas (1). El Congreso 
de Viena, que intentó, sin conseguirlo, el arreglo de los negocios 
europeos, no concedió a Portugal ninguna ventaja y hasta le negó 
la restitución de la plaza de Olivenza. Sin compartir del todo el 
criterio que el General Mitre sustenta, de que esta circunstancia, 
unida al resentimiento con España, fué lo que determinó a la 
Corte de Río de Janeiro a apoderarse de la Banda Oriental, no 
puede negarse que ambos factores debieron contribuir a predis- 
poner más aún la inveterada vocación de Portugal a llevar ade- 
lante la conquista. 

3. — Terminada la dominación española en el Río de la Plata, 
los años 1814 y 1815 acusan la disidencia, primero, y la lucha, 
después, entre Artigas y los elementos directoriales de Buenos 
Aires; lucha en que se afirma más cada vez, la pugna que tendrá 
después repercusiones hasta mediado el siglo, entre las aspira- 
ciones absorbentes de Buenos Aires y la vocación autonómica de 
las demás provincias; lucha en que Artigas, y Artigas era entonces 
la Banda Oriental, representará la causa de las provincias, y en 
la que — en medio de generales extravíos doctrinarios — su pres- 



(1) Mitre, "Historia de Belgrano y de la Independencia argentina" 



tigio culminará y se extenderá su influencia a Santa Fe, Córdoba, 
Entre Ríos, Corrientes y Misiones. Es la apoteosis del "Protector 
de los pueblos libres"; es la caída de Alvear; es la derrota de 
Buenos Aires. Pero no es la derrota definitiva; no es ni siquiera 
una derrota duradera. Fracasados sus empeños de dominación, 
agotados todos los recursos propios para anular la influencia del 
caudillo de la Banda Oriental, que ellos debieron mirar, con razón, 
como la encarnación del régimen que había dado con ellos en 
tierra, no cejaron los hombres de Buenos Aires. Había que con- 
cluir con Artigas, como fuerza eficiente y representativa. Si no 
se podía anular del todo la resonancia de sus postulados, había 
que deshacer, por lo menos, su influjo en las provincias de Santa 
Fe, Córdoba, Entre Ríos, Misiones y Corrientes. Esto había que 
obtenerlo de cualquier manera, a cualquier precio. Todos los 
medios eran buenos. Y como en la época que estamos relatando, 
la Banda Oriental empezaba a vivir sin amos extraños — lo que 
ciaba a Artigas relativa libertad en sus movimientos — , el pro- 
blema se reducía a buscar el medio de atarlo a su provincia. Las 
circunstancias se aliaron, en este caso, al plan de anulación. Sólo 
iba a ser necesario estimular, en un agente extraño, una propen- 
sión en' éste natural. El medio era cómodo, porque era indirecto. 
Se suprimía la responsabilidad de la acción, y sólo se corría el 
riesgo, siempre remoto, de que la sugestión llegase a adquirir 
notoriedad. 

4. — Más elocuentes que todos los comentarios que pudiera 
tejerse, son las notas que a continuación se transcriben, dirigidas 
desde Río de Janeiro a su Gobierno, por el Ministro argentino 
Manuel José García. 

Dicen así: "Yo creo que es un error imaginar proyecto alguno 
de sólida prosperidad, mientras sus bases no se asienten sobre las 
ruinas de la anarquía que actualmente nos devora. Estoy persua- 
dido igualmente, y aún la experiencia parece haber demostrado, 
que necesitamos la fuerza de un poder extraño, no sólo para ter- 
minar nuestra contienda, sino para formarnos un centro común 
de autoridad, capaz de organizar el caos en que están convertidas 
nuestras provincias." "El poder que se ha levantado en la Banda 
Oriental del Paraná fué mirado desde los primeros momentos de 
su aparición como un tremendo contagio. Muchos se han enga- 
ñado porque contaban sólo con sus buenos deseos o porque no 
querían escuchar sino la voz de sus pasiones. Empero la expe- 
riencia ha puesto ya su fallo, y la opinión de los hombres sen- 
satos no puede estar dividida sobre este punto: así no recelo a 
asegurar que la extinción de este poder ominoso es igualmente 
necesaria a la salvación del país." "La desmoralización de nues- 
tro ejército ha privado al gobierno de la fuerza suficiente para 
sofocar aquel monstruo, y la pasmosa variedad de opiniones y de 



— 10 — 

intereses, privará también al Soberano Congreso del poder que 
necesita para subyugar a su autoridad genios feroces, y hombres 
acostumbrados a mandar como déspotas, y a ser acatados por 
las primeras dignidades del Estado. En tal situación es preciso 
renunciar a la esperanza de cegar por nuestras manos la fuente 
de tantos males. Pero como ellos son igualmente terribles a los 
Gobiernos vecinos, de aquí proviene que alarmado este Ministerio 
de los progresos que sobre el Gobierno de las Provincias Unidas 
va haciendo el caudillo de los anarquistas, no ha podido menos 
de representar a S. M. F. la urgencia de remediar en tiempo tantas 
desgracias, y S. M. parece inclinado a empeñar su poder en extin- 
guir hasta la memoria de esta calamidad haciendo el bien que 
debe a sus vasallos, y un beneficio a sus buenos vecinos, que cree 
le será agradecido." "...es preciso tener presente que por una 
combinación de circunstancias harto feliz para los americanos del 
Sud, los intereses de la Casa de Braganza han venido a ser ho- 
mogéneos con los de nuestro continente, así como los de Estados 
Unidos del Norte y los de cualesquiera otro Poder que se estable- 
ciese en esta parte del Atlántico. El establecimiento del trono 
del Brasil es reciente, y después de haber dado el paso de abolir 
el sistema colonial poniéndose al lado de la América en la cuestión 
que la divide ahora de la Europa, necesita nuevas fuerzas para 
seguir cortando los lazos que todavía detienen los pasos de su 
política, y embarazan la marcha natural de esta parte del mundo 
a sus altos destinos." (1) 

" La escuadra está al ancla esperando el viento. Artigas creo 
que dejará luego de molestar esta Provincia. Hay sus intriguillas 
de marinos que temen la estación, pero creo que no prevalecen. 
He tratado muy de cerca al General Le-Cor; me parece buen ca- 
rácter; va bien instruido. Nuestro amigo H... estará luego en 
Montevideo. El mismo no lo sabe, ni se lo diré hasta la última 
hora. El será el depositario de nuestras comunicaciones, y así 
serán más prontas y seguras. Será además encargado de otras 
cosas. Las primeras medidas de Le-Cor pienso que inspirarán 
confianza; esta es maniobra complicadísima, y se necesita la cir- 
cunspección del mundo paia salir sin desgracias. Vaya usted pen- 
sando en el sujeto que ha de acercarse a tratar con H. y el Ge- 
neral; que sea sin ruido, y que el tal hombre sea sobre todo manso, 
callado y negociador. Por Dios: que no sea asustadizo ni de aque- 
llos que lo quieren todo en un abrir y cerrar de ojos." "El día 
12 del corriente mes dio la vela de este puerto la escuadrilla portu- 
guesa, compuesta de un navio de guerra, una fragata, dos corbe- 
tas y cuatro bergantines con seis grandes transportes conduciendo 
cuatro mil hombres de línea y una abundante provisión de per- 



(1) Nota de 9 de Junio de 1816, Mitre, op. cit. 



— 11 — 

trechos de guerra. La expedición debe tocar en Santa Catalina 
para recibir la brigada de artillería y algunas tropas más. Su 
destino es a las costas de Maldonado y Montevideo. La mayor 
parte de la caballería europea y las mejores milicias de esta arma 
deben obrar por las fronteras de la Banda Oriental, en combina- 
ción con aquellas tropas de desembarco y todas a las órdenes del 
Teniente General D. Federico Lecor." 

" Desde que llegué a esta Corte procuré ponerme en la misma 
dirección de los sucesos públicos y de los intereses políticos de 
aquellos con quienes debía tratar. Pues no teniendo fuerza alguna 
para detener aquéllos y alterar éstos, habría sido deshecho en el 
caso de aventurar un choque. Así, pues, mi empeño fué combinar 
los intereses peculiares a esas Provincias, con los de las extran- 
jeras, y neutralizar, ya que no era posible destruir, los principios 
de oposición. Los resultados hasta aquí son los siguientes: 1.° 
Suavizar las impresiones que un sistema exagerado de libertad 
popular había hecho sobre el corazón de soberanos constituidos 
y apoyados además por la opinión del mundo civilizado. 2.° Con- 
servar la buena armonía y las relaciones mercantiles, que siendo 
fruto de transacciones celebradas en circunstancias totalmente 
diversas de las actuales, debían naturalmente alterarse con ellas. 
3.° Desviar del Gobierno de Buenos Aires el golpe de los proce- 
dimientos anárquicos que el caudillo de la Banda Oriental estaba 
preparando. 4." Contribuir de este modo para que las operaciones 
militares sobre esta provincia se modifiquen, de manera que sean 
útiles a las demás, tanto por la aniquilación del poder anárquico 
de Artigas como por la preparación de un orden de cosas mejor 
que el que jamás pudo traer la anarquía, ni esperarse de una 
subyugación enteramente militar." (1) 

La complicidad del Gobierno de Buenos Aires con las ma- 
niobras de su representante diplomático en Río de Janeiro, está 
acreditada por el hecho de que el 8 de Julio de 1816, cuando ya 
había llegado a su noticia la primera nota de García, lo único 
que se le ocurría, frente a las enormidades que en dicha circular 
se estampaban, era publicar una proclama anunciando que la Corte 
de Portugal se disponía a despachar "un armamento misterioso 
con destino a las provincias argentinas"; y, a continuación, de- 
nunciando que el paso que daba se reducía a una mera formalidad, 
invocaba su confianza de que serían respetados los tratados de 
1812. "Si se compara esta ambigua manifestación con los cono- 
cimientos exactos de que el Gobierno estaba en posesión desde 
un año atrás, se ve bien que era un papel que lepresentaba, y 
no un deber serio que se preparaba a cumplir." (2) Ni la apa- 



(1) Mitre, "Historia de Belgrano" 

(2) Mitre, op. cit. 



— 12 — 

ratosa caída de Balcarce, ni la que algunos reputaban promisora 
exaltación de Pueyrredón al gobierno de Buenos Aires, variaron 
en el fondo la política directorial, menos aún la falsa posición en 
que el Gobierno se hallaba colocado. Hubo, sí, muchas procla- 
mas, mucho cambio de notas; y las deliberadas y simuladas pro- 
videncias del Directorio y del Congreso se publicaron con verda- 
dera profusión. No obstante ser bien determinada y precisa la 
orientación de los dirigentes ante los problemas que el momento 
aparentemente les planteaba, el aspecto externo de los sucesos 
configuraba, para los espectadores desprevenidos, una situación 
de inseguridad, de incertidumbre. 

Contribuía no poco a destacar el tono sospechoso e incierto 
del ambiente, la franca disposición evidenciada desde los primeros 
rumores, por el pueblo de Buenos Aires, en pro de un tempera- 
mento que armonizara mejor con el apremio de las circunstancias. 
"Mientras tanto, dice Mitre, las tropas portuguesas avanzaban, la 
opinión patriótica se alarmaba, sordos rumores acusando al Con- 
greso y al Director de connivencia con la invasión extranjera, 
circulaban por todas partes." En consonancia con sus primeros 
pasos en esta contienda, la política del Director y la del Congreso 
se conservaron inalterables en cuanto a mantener la más estricta 
neutralidad formal del gobierno que representaban, sin perjuicio 
de que el mantenimiento de su obsequioso embajador ante la Corte 
de D. Juan VI fuera para muchos una sugestiva revelación. Acor- 
des también, en lo fundamental, con las soluciones monárquicas 
que García abordara explícitamente en sus extraordinarias notas 
oficiales, se sindica este período de la historia argentina por una 
constante y siempre renovada tendencia a propiciar soluciones 
dinásticas, como el único medio capaz de sojuzgar la anarquía, 
de que a todas horas, y en todos los tonos, se lamentan los im- 
provisados monarquistas. De este lamentable proceso se destacan 
dos objetivos esenciales, por los que empeñosamente pugnan el 
Congreso y los Directores: 1.°, desligar cuanto antes la cuestión 
de la Banda Oriental de los intereses y de la suerte de las otras 
provincias; 2.°, obtener que Portugal reconociera la libertad e 
independencia de las Provincias Unidas; y en caso de ser impo- 
sible tal declaración, proponerle la coronación de un Infante del 
Brasil, en el gobierno de las mismas Provincias Unidas (1). — 
Refiriéndose a esta cuestión, el doctor Eduardo Acevedo expresa 
que las ideas de García dieron "orientación definitiva a la diplo- 
macia argentina, señalando como suprema aspiración del momento 
la adjudicación de la Provincia Oriental a la Corona portuguesa, 
en odio a Artigas y a su programa de república federal", y agrega: 
"El agente García abrió su correspondencia a fines de 1815, anun- 



(1) Instrucciones reservadas a cargo de emisarios, Mitre, ob. cit. 



-la- 
ciando que la Corte portuguesa consideraba como muy fácil la 
conquista, y la prosiguió con detalles amplios y completos del 
plan de absorción que en la Banda Oriental se realizaría por la 
fuerza de las bayonetas, y en Buenos Aires mediante la erección 
de un trono con destino a la dinastía de Braganza." (1) 

5. — Contando ya con la buena disposición del Gobierno de 
Buenos Aires, la Corte portuguesa, antes de iniciar materialmente 
la conquista, anunció sus propósitos a los gobiernos de Inglaterra 
y España, en Mayo del año 1815. Inglaterra, que al finalizar la 
gestión que en esos momentos se iniciaba, no tuvo reparos en 
admitir incondicionalmente con todas sus consecuencias el hecho 
brutal de la conquista, se limitó por entonces a recordar a Portu- 
gal el convenio del 26 de Mayo de 1812, garantizado por aquella 
potencia. La respuesta de Río de Janeiro a la Corte de Saint- 
James pareció disipar los recelos de ésta. 

España, por intermedio de su embajador en Río de Janeiro, 
formalizó su protesta el 31 de Mayo de 1816; y como no obtu- 
vieran satisfacción inmediata los cargos que contra la usurpación 
de Portugal capitulara, el Gobierno español insistió poco después 
en la línea de conducta adoptada, publicando el 8 de Noviembre 
del mismo año un manifiesto declaración contra los hechos del 
gobierno portugués. Llevada la cuestión a la decisión de las 
grandes potencias, Francia, Rusia, Inglaterra, Prusia y Austria, 
éstas elogiaron a España su actitud, "que en lugar de recurrir 
desde luego, como pudo haberlo hecho, a los medios de la fuerza, 
había preferido seguir el camino de la moderación"; e intimaron 
a Portugal, que desistiese de sus miras de expansión territorial, 
haciéndole presente que las potencias estaban decididas "a tomar 
las medidas más prontas y más propias para disipar las justas 
aprensiones que la invasión de las posesiones americanas de Es- 
paña ha causado en Europa, y a atender tanto a los derechos 
reclamados por esta potencia, como a los principios de justicia 
y de imparcialidad que guían a los mediadores." (2) 

La contestación brasileña concretóse a manifestar que la ocu- 
pación era una medida transitoria y de mera garantía para defen- 
derse contra las incursiones de los pueblos sublevados del Río 
de la Plata. 

Refiriéndose al espíritu que esta respuesta revela en lo esen- 
cial, y apreciándola a través de los factores que sobre los sucesos 
actuaban, el doctor Eduardo Acevedo destaca la necesaria conse- 
cuencia de que "si la Corte portuguesa hacía constantes protestas 
de que la ocupación de la Provincia Oriental no se realizaba con 



(1) Eduardo Acevedo, "José Artigas". 

(2) Pereira da Silva, "Historia da Fundacao do imperio Brazileño", 
citado por Eduardo Acevedo, op. cit. 



— 14 — 

fines de conquista, era única y exclusivamente para desviar el 
terrible golpe con que amenazaban las cinco grandes potencias 
representadas en la Conferencia de París al anunciar el propósito 
de ir en ayuda de España para la reconquista de sus colonias 
usurpadas". De esta situación equívoca, que no acusaba aún en 
su aspecto externo síntomas de violencia, resultó que las grandes 
potencias formalizaron proposiciones de arreglo. España restituiría 
a Portugal la plaza fuerte de Olivenza; y, a título de reembolso 
de gastos hechos en beneficio de la colonia usurpada, entregaría 
siete millones y medio de francos. Portugal abandonaría de in- 
mediato la Ciudad de Montevideo. Completaba las estipulaciones 
del pacto el establecimiento de la libertad de comercio en el Río 
de la Plata. 

A Portugal debieron sugerirle más de un reparo las bases 
propuestas, y no debió ser el menos significativo, la situación 
desairada en que vendría a quedar, abandonando Montevideo a 
España, después de haber pactado, por medio de su agente Lecor, 
ia entrega de las llaves de la Ciudad a sus habitantes cuando 
desaparecieran las causas de la invasión (1). A pesar de todo, 
Portugal aceptó el convenio. ¿Cuál era, entretanto, la actitud de 
España? Por una parte, su representante diplomático, ante las 
proposiciones de arreglo, concretaba toda su actividad a remitirlas 
a su gobierno; por otra parte, se divulgaba más y más la noticia 
de que España recurriría a las armas, y poco después se compro- 
baba que ya se hallaban adelantados los aprestos de la expedición 
que había de partir del puerto de Cádiz con destino al Río de la 
Plata. Tan inminentes parecían los acontecimientos, que el conde 
de Palmella resolvió dirigirse y se dirigió a las potencias media- 
doras, para que evitasen la guerra. Y en carta a su colega Antonio 
de Saldanha, de 10 de Abril de 1819, decía: 'Todo se reduce, 
pues, a ponernos en estado de resistir la tentativa, y a este res- 
pecto he escrito con la mayor urgencia a la Corte. Si falla la 
expedición española, la posesión que hoy sólo tenemos de hecho, 
quedará fundada en derecho, en el caso que se adopten medidas 
prontas y adecuadas para sacar partido de ella. Entretanto Por- 
tugal está seguro, porque la Gran Bretaña declara nuevamente 
que subsiste la garantía en todo su vigor." (2) 

6. — Se siguieron a esto nuevos errores y nuevas inconsecuen- 
cias de parte de la diplomacia española y, por ende, vinieron a 
darse nuevas ocasiones de qué sacar partido, que los ágiles di- 



(1) El historiador Pereira da Silva, citado por el Dr. Eduardo Acevedo 
en su obra "José Artigas", dice al respecto: "Procurábase encubrir esta 
falta de fe mediante la efectividad del abandono antes de la llegada de la 
expedición española." 

(2) Eduardo Acevedo, ob. cit. 



— 15 — 

plomáticos portugueses no desdeñaron. Así las cosas, todo cami- 
naba hacia el fracaso de la mediación de las grandes potencias, 
merced a las torpezas de los ministros españoles. Torpezas ma- 
nifiestas, pues que después de haber España provocado la inter- 
vención de aquellas potencias y adoptado una política mesurada 
y pacífica, variaba repentinamente de orientación y resolvía, por 
sí y ante sí, usar de los medios violentos; torpeza manifiesta, por- 
que este último temperamento labraba su desprestigio ante la 
diplomacia europea, y detrás de un rival ostensible le creaba la 
hostilidad o la prescindencia de las potencias desairadas; torpeza 
manifiesta, porque allanaba el camino de su adversario, dilatando 
primero y anulando después, la conclusión del tratado, con lo que 
las tropas portuguesas podían permanecer en la margen oriental 
del Río de la Plata sin que las potencias mediadoras "lo tomaran 
a mal", y los políticos lusitanos podían invocar en su abono 
"haber seguido siempre, en medio de tantas contrariedades, una 
marcha coherente en la negociación". 

La expedición española de Cádiz adquiría a fines de 1819, 
proporciones verdaderamente imponentes. Para acreditarlo bas- 
tará referirse a la rebaja que inopinadamente se produce en las 
pretensiones portuguesas, limitadas desde entonces a constituirse 
Portugal en guardián de los intereses de España en América, 
hasta la llegada de las tropas españolas, y a percibir como com- 
pensación, una indemnización pecuniaria. Estas y otras condi- 
ciones habían de quedar reducidas, poco tiempo después, a exigir 
únicamente que el mando de la expedición española fuera confiado 
a un infante de Madrid. Aludiendo a esta emergencia, don Ignacio 
Núñez declara que la expedición hizo revivir en Montevideo 'las 
alarmas de los naturales". Se abocaron algunos al general por- 
tugués, y éste les permitió dirigir al Janeiro una diputación para 
solicitar que S. M. F. volviese a ratificar la capitulación de 1817, 
en virtud de la cual no podía entregarse la plaza a los españo- 
les" (1). 

" El año 19, anunciándose una expedición española para el 
Brasil y el Río de la Plata, el Cabildo, temeroso de que el país 
fuera ocupado por los españoles, mandó una diputación de su 
seno, a don Juan F. Giró y a don Lorenzo Justiniano Pérez, a la 
Corte del Janeiro, a exigir del Rey que hiciese efectiva la protec- 
ción que había ofrecido. . ." (2) En el mismo sentido don San- 
tiago Vázquez afirma: "Llegó la época de anunciarse próximo el 
arribo de un ejército español que debía dirigirse a Montevideo, a 
ocupar su territorio y sujetar a la República Argentina; la política 
tímida del gabinete portugués hacía incierta la conducta que ob- 



(1) Noticias de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Londres, 1825. 

(2) Revista Histórica, documento Lorenzo Justiniano Pérez. 



— 16 — 

servaría en tal conflicto, aunque para sus intereses fuese la peor 
suerte, la de entregar este territorio al gobierno español, que no 
le dejaría ni remota esperanza de volver a ocuparlo; el Cabildo 
de Montevideo, prevaliéndose de la palabra del Rey de entregarle 
las llaves de la Capital, si hubiese alguna vez de desalojarla, envió 
una comisión secreta a S. M., por cuyo medio, demostrando la 
seria resolución y los elementos que los patriotas tenían de resis- 
tir a los españoles y halagando en ese caso sus esperanzas, se 
propuso y obtuvo de aquel gabinete la seguridad de que la plaza 
sería evacuada a tiempo dado, luego que fuese sabido de cierto el 
embarco del ejército español, y que se entregaría al Cabildo pa- 
triota, así como gradualmente la campaña, con otras concesiones 
no menos importantes..." (1) La expedición de Cádiz era "el 
fantasma alrededor del cual giraba toda la política internacional", 
dice el General Mitre. "El Gobierno, a la vez de dictar sus me- 
didas para recibir la invasión, procuró estimular el espíritu pú- 
blico y comprometer el patriotismo de los disidentes, invocando la 
causa común de la independencia y el odio contra el antiguo 
yugo." El agravio portugués, que fuera sólo una causa ocasional, 
venía a remover los nunca renunciados intentos de la metrópoli. 
España se disponía a la reconquista material de sus colonias. 

" S. E. habrá podido juzgar, por los detalles que le he comu- 
nicado, que si hasta cierto punto empieza el Gobierno de Madrid 
a familiarizarse con la idea de confiar a un infante de España la 
misión de hacer volver a las colonias de la América del Sud a los 
principios monárquicos, nada indica que el Rey, sus ministros y 
la Nación española entera, no sean hoy tan reacios como antes lo 
fueron, a oir insinuaciones que tengan por fin el reconocimiento 
del estado actual de las colonias insurrectas." "Después de Fe- 
lipe II, no ha habido en España ningún príncipe más celoso de su 
autoridad que Fernando." "Si un acontecimiento adverso, tal 
como la batalla de Ayacucho, contraría sus miras o destruye sus 
arraigadas ilusiones, calla, se irrita y se encierra en una inercia 
cuya fuerza negativa no pueden apreciar sino aquellos que lo han 
visto de cerca." "No cabe duda de que la Nación española con- 
sidera la cuestión americana de manera distinta que su Soberano", 
pero "sólo por la violencia y la fuerza van desprendiéndose poco 
a poco de la idea de recuperar sus colonias", hasta el punto de 
poder afirmar que si se presentase el menor indicio de éxito, la 
esperanza volvería a encender de nuevo sus corazones.' (2) 



(1) Apuntes biográficos sobre el Coronel D. Ventura Vázquez, Biblio- 
teca del Plata, 1849. 

(2) Carta del Barón Damas al Marqués Moustier, 28 de Diciembre de 
1825, Villanueva: "La Santa Alianza". Tan elocuente como los párrafos 
antes transcriptos, para acreditar la resolución que España mantenía respecto 
de sus ex colonias, es el siguiente, que alude a un episodio acaecido por 



— 17 — 

La suerte había de ser adversa a los propósitos de la Corte 
de Madrid, y la anunciada expedición, mermada primero a causa 
que representaba, por las insurrecciones de Porlier, Lacy, Mina, 
Beltrán de Lis y otros; y asolada, después, por la fiebre amarilla, 
recibió el golpe de gracia merced a la revolución del 1.° de Enero 
de 1820, en la que Riego, "proclamando al frente de las banderas 
la Constitución española del año X", abrió "para su patria la era 
de la libertad, a la vez que cerraba por el hecho la guerra de la 
América contra su antigua metrópoli". (2) 

Fracasada así la empresa militar española, el año 1820 marca 
la oportuna culminación de la dominación portuguesa en la Banda 
Oriental. Oportuna culminación, decimos, porque todo parecía 
combinarse para secundarla en sus miras. Predispuestas las gran- 
des potencias a mantener una actitud prescindente en el asunto 
de la ocupación de la Provincia Oriental; afirmada ya, sin reservas 
ni ocultaciones, la buena disposición de Inglaterra para con la 
política portuguesa en el Río de la Plata; aniquilado Artigas y 
sometido el país por la fuerza de las armas, nada — ni siquiera las 
buenas intenciones del pueblo, ya que no del Gobierno de las Pro- 
vincias Unidas, presa entonces de la más completa anarquía — , 
nada, repetimos, se oponía al libre desenvolvimiento del plan que 
los conquistadores se hubieran trazado, cualesquiera que fuesen 
sus medios y sus fines. Las circunstancias eran excepcionales. 
Todos los obstáculos habían sido removidos. Los conquistadores 
eran libres, no sólo para hacer la conquista; eran también libres 
para hacerla sin trabas, sin reservas, sin escrúpulos. Pero he aquí 
que cuando pacificado el territorio, disponíanse los nuevos amos 
a vivir plácidamente del fruto de sus obras, la resistencia que 
ellos creían anulada del todo, se había impuesto sólo una tregua. 
Algo semejante a la sorpresa de Bonaparte frente a la heroica e 
indomable resistencia española, debió pasar entonces por la mente 
de los nuevos conquistadores de la Banda Oriental. A pesar de la 
connivencia de los hechos, de todos los hechos, el éxito esperado 
no llegaba, porque faltaba la connivencia de los hombres. La 
revelación, constatada primero en los hechos, por los simples eje- 



entonces en Madrid: "En sesión del Consejo de Estado, tocóse incidental- 
mente el asunto de las colonias, y como el Infante observara que Cirilo (el 
Padre Cirilo, confesor de Fernando VII) insinuaba a sus vecinos la conve- 
niencia de un ajuste, le apostrofó al punto con brusquedad, diciéndole, mon- 
tado en cólera, que él esperaba que la palabra reconocifriiento no llegara a 
ensuciar jamás la boca de un verdadero español." 

El 16 de Enero de 1826, siete años después de la expedición de Cádiz, 
Fernando VII abrió las sesiones del Consejo de Estado, y el Duque del 
Infantado, en su discurso, expresó la necesidad de conservar intactos los 
legítimos derechos de Su Majestad Católica heredados con la Corona de 
las Españas, y de impedir que fueran desconocidos o alterados por nadie, 
bajo ningún pretexto". — Villanueva, op. cit. 

(2) Mitre, op. cit. 



— Í8 — 

cutores materiales de la conquista, debió provocar en estos hom- 
bres de pobre contextura moral y arraigados instintos de codicia, 
un gesto de conmiseración. Cuando llegaron a percibir, después, 
en toda su magnitud, el alcance ele aquel impulso desinteresado, la 
conmiseración tornóse en odio. Odio a los hombres que así ve- 
nían a entorpecer sus planes y sus cálculos; odio a sus institucio- 
nes, de que aquéllos con razón se vanagloriaban; odio a su pro- 
greso; y la conquista portuguesa, que palpó entonces, recién en- 
tonces, en forma inconfundible, la imposibilidad moral de una 
dominación efectiva de la Banda Oriental, resolvió aniquilarla, 
devastarla, destruirla. Esta era la obra del rencor, pero era tam- 
bién la obra del interés. Una vez más el rencor y el interés se 
aliaban. Era, en suma, el bajo instinto material que iba a agotar 
su influjo en las cosas, incapaz de obrar eficazmente en los es- 
píritus. 

" Desde la ocupación de este territorio, se han extraído por 
varios puntos de la frontera 24 millones de animales, entre vacas, 
caballos y muías. Esta enorme cantidad no asombrará a los que 
hayan visitado nuestros campos y a los que conozcan la rapacidad 
de los continentales. Parece que presagiaban lo que está pasando, 
y que se precisaban a destruirnos y enriquecerse, a exasperarnos 
y obligarnos a tomar las armas, para ver si honestamente podían 
encontrar un pretexto de asesinarnos y suplantar una nueva po- 
blación enteramente barsilera. En esto último tan sólo se equi- 
vocaron. 

Al infeliz oriental no le queda otro recurso que la espada, y 
sus golpes, impelidos por la desesperación, deben ser terribles. 
Sólo le han dejado una vida que nada tiene de apetecible si sus 
días deben ser hilados en la desnudez, el hambre y las cade- 
nas." (1) 



(1) "El Pampero", N.° 1, 19 Diciembre de 1822. Museo Mitre, Bs. Aires. 



CAPÍTULO 



EL CONGRESO C1SPLATINO 



1. — Antecedentes. 
¿. — Medidas preparatorias. 

3. — El Congreso 8 y sus deliberaciones. La incorporación. 
4. — El Congreso y su finalidad esencial. Opinión unánime de los pu- 
blicistas e historiadores. 
5.— D. Juan VI y Lecor. 
b. — Fué el Congreso un hecho sin arraigo. 

1.- — Pocos días después de la entrada de las tropas portu- 
guesas en Montevideo, el 23 de Enero de 1817, cuando era más 
decidida la resistencia que toda la población en armas oponía al 
conquistador lusitano, el Cabildo de Montevideo, con verdadera 
serenidad y no igualado aplomo, convenía con el Síndico Procu- 
lador General, en que la prosperidad no tendría nunca lugar "en 
este hermoso país, en otros tiempos ni bajo otra dominación que 
la de Su Majestad Fidelísima, que actualmente lo protege"; y en 
que no había medio más apropiado para "agitar su engrandeci- 
miento, que hacer una diputación a Su Majestad Fidelísima el 
Rey nuestro Señor, impetrando su protección y suplicándole que 
tuviera la dignación de incorporar este territorio a los dominios 
de su Corona". 

Según rezan las actas de aquella coropración, decidióse poner 
en conocimiento del Capitán General lo acordado; y en oficio del 
27 del mismo mes, decían a Lecor los Capitulares: "Ha sido tal 
Ja combinación de los sucesos y la influencia de la revolución en 
el espíritu de los pueblos, que puede sin duda asegurar la inefi- 
cacia de toda medida que no tenga por base la incorporación de 
esta Provincia en los dominios de un Rey, cuyo dominio suave y 
liberal, imponiendo confianza a los pueblos comprometidos, deja 
ver la prosperidad que ofrecen las proporciones de este hermoso 
territorio. El Cabildo ha pensado elevar sus más humildes súpli- 
cas para el efecto a Su Majestad Fidelísima, el único que por sus 
virtudes, por la dulzura de su gobierno, por la posición relativa 
de esta Provincia con el reino del Brasil, y por la conformidad 
de religión, usos, idiomas y costumbres puede restablecer el so- 
siego, el orden y la opulencia en este desgraciado territorio." 

Habiendo Lecor manifestado al Cabildo su beneplácito, y de- 
signado éste a D. Gerónimo Pío Bianqui y a D. Dámaso Antonio 



— 20 — 

Larrañaga, diputados ante la Corte de Río de Janeiro, con facul- 
tades "para tratar y emprender cualquier género de negociaciones, 
peticiones, estipulaciones, convenios, súplicas y representaciones 
con los Señores Ministros de S. M. F.", y principalmente "para 
ponerse a los pies de S. M. F. el Rey Nuestro Señor (que Dios 
guarde), y encarecerle el objeto de su misión. . ."; el propio Ca- 
bildo, con fecha 3 del indicado mes de Enero, aprobó una repre- 
sentación con destino al Rey, en la cual se destacaba "el clamor 
de todos los pueblos que representa, por la incorporación del 
territorio pacificado a la Nación que lo ha preservado de tantos 
desastres, uniendo este nuevo Reino a los tres que forman el 
Imperio Lusitano" (1). 

Si para interpretar y valorar el significado del Congreso Cis- 
platino, careciéramos de los copiosos antecedentes que ponen en 
evidencia su artificiosa elaboración, bastarían las providencias 
transcriptas — que con aquél tienen una idéntica finalidad, y cuya 
tendencia inician — , para descubrir en la gestión política de la 
conquista portuguesa, una vocación manifiesta y constante, en el 
sentido de dar a la ocupación simplemente militar, aspecto de 
legitimidad y de situación consentida y querida por el pueblo 
que iba a soportarla. Y es que en estas diputaciones y rogativas 
del Cabildo al Rey de Portugal, tan laboriosa y detalladamente 
fundadas, y prontas para marchar a su destino a los seis días de 
la entrada de los invasores a la ciudad, se muestra con toda evi- 
dencia la misma mano que después fraguará cautelosamente toda 
la serie de acuerdos, congresos, reconocimientos y ratificaciones 
que fueron su necesaria consecuencia. 

2.— El 16 de Abril de 1821, el Rey D. Juan VI ofició al Barón 
de la Laguna, que "siendo una verdad de primera intuición que 
las cosas no pueden ni deben quedar ahí en el estado en que ac- 
tualmente se hallan, tres son únicamente las hipótesis que es lícito 
asentar sobre el estado futuro de ese país, que hoy se halla ocu- 
pado por las tropas portuguesas; pues o se une de una vez cordial 
y francamente al Reino del Brasil, o prefiere incorporarse a alguna 
de las otras provincias vecinas, o, en fin, se constituye en Estado 
independiente. Que S. M., absolutamente dispuesto a hacer todo 
cuanto pueda asegurar la felicidad de esos pueblos, ha resuelto 
tomar por base de su conducta para con ellos en esta ocasión, 
dejarles la elección de su futura suerte, proporcionándoles los 
medios de deliberar con plena libertad bajo la protección de las 
tropas portuguesas, pero sin la menor sombra de coacción ni su- 
gestión, la forma de gobierno y las personas que por medio de 
sus representantes regularmente congregados, entendiesen que 
son las más apropiadas a sus particulares circunstancias. Que en 



(1) F. A. Berra, Bosquejo histórico de la República Oriental del Uru- 
guay, pág. 479. 



— 21 — 

esta conformidad quiere S. M. que V. E., tomando en cuanto fuera 
posible por base las instrucciones que tanto en Portugal como 
en este Reino del Brasil se adoptaron para el nombramiento y 
elección de los diputados que debían componer las Cortes de este 
Reino Unido, haga convocar ahí unas Cortes extraordinarias en 
número proporcional a la población de esa provincia, de manera 
que ni sean en número tan apocado que la temeridad de los par- 
tidos las pueda aterrar o seducir fácilmente, ni por otra parte sean 
tan numerosas que resulte una funesta alocracia, para lo cual 
tienen ya desgraciadamente esos pueblos una decidida propen- 
sión (1). 

Dando Lecor cumplimiento a la real disposición, y para ha- 
cerla, de inmediato, efectiva, decía al Intendente de la Provincia 
en oficio del 15 de Junio: ". . .es necesario que V. E., como jefe 
político de la provincia, mande convocar un congreso extraordi- 
nario de diputados de todos los departamentos, tan pronto como 
sea posible, los cuales deben reunirse y abrir sus sesiones el 15 
de Julio próximo...", y agregaba: "Sobre todo recomiendo es- 
pecialmente a V. E. que tome las medidas que estén a su alcance 
para evitar en aquellas reuniones y elecciones la influencia de los 
partidos; de suerte que estando representada legítimamente la 
provincia, pueda deliberar libremente lo que le convenga para 
sus intereses y futuro bienestar". 

Conjuntamente con una circular en la que transcribía el oficio 
de Lecor antes mencionado, y en la que además indicaba a los 
Cabildos que procedieran a citar a los alcaldes ordinarios o terri- 
toriales de los pueblos a fin de que concurrieran, en unión con 
los mismos Cabildos, a nombrar diputados por el respectivo de- 
partamento, acompañaba el Intendente Duran un pliego de ins- 
trucciones para que a ellas se ajustase la anunciada elección. 

He aquí algunas de esas previsoras instrucciones: 

" Artículo 1.° La Provincia se reunirá en un Congreso Ge- 
neral Extraordinario de sus Diputados para decidir sobre lo que 
convenga a su situación, intereses públicos y felicidad futura. 

" Segundo: El Congreso se constituirá de diez y ocho dipu- 
tados de los respectivos departamentos, cuyo número se computa 
por un cálculo aproximado de sus poblaciones en la forma si- 
guiente: cuatro diputados por esta Capital de Montevideo; dos 
por la población de Extramuros, incluso el vecindario de Peñarol; 
dos por la ciudad de San Fernando de Maldonado, San Carlos, 
Minas y Rocha con sus respectivas comarcas; dos por la villa de 
Guadalupe de Canelones, Santa Lucía, Pando y Piedras, corres- 
pondientes a su departamento; dos por la Colonia del Sacramento, 
Colla, Real de San Carlos y Víboras, incluso en su comarca; uno 



(1) F. A. Berra, op. cit págsñ 484 y 485. 



— 22 — 

por la villa de San José, Florida y Trinidad, perteneciente a su 
jurisdicción; uno por el pueblo de San Salvador; uno por Santo 
Domingo de Soriano; uno por la Capilla de Mercedes; uno por 
Paysandú, y uno por Cerro Largo, inclusas las respectivas co- 
marcas y jurisdicciones de los respectivos pueblos. 

"Tercero: Los Síndicos Procuradores Generales, como re- 
presentantes legales de los pueblos y cabeceras de partido, en 
cuyos Cabildos se hallan incorporados, asistirán como Diputados 
al Congreso por sus respectivos pueblos y departamentos. De 
consiguiente, esta Capital sólo nombrará tres diputados, que con 
su Síndico completan los cuatro que se le computan atendida su 
población; Maldonado, Canelones y Colonia sólo nombrarán un 
diputado, que con su Síndico formarán los dos que les correspon- 
den, y San José, en cuya villa sólo existe un medio Cabildo sin 
síndico procurador general, nombrará el diputado que se le asigna 
en la computación general. 

" Cuarto: Las elecciones para diputados en los departa- 
mentos que tienen Cabildos se harán por los mismos Ayuntamien- 
tos en unión con los alcaldes ordinarios o territoriales de los pue- 
blos comprendidos en el departamento respectivo, por votación 
pública, y será diputado el que reúna la pluralidad de votos; las 
elecciones se harán en las Casas Capitulares con asistencia del 
Escribano de Cabildo, o Escribano Real, en dondo lo hubiese. 

" Sexto: Teniendo en consideración que los Alcaldes ordi- 
narios o territoriales de los pueblos que no dependan de la juris- 
dicción de algún Cabildo, cuales son Cerro Largo, Paysandú, 
Mercedes, Soriano y San Salvador, han sido nombrados por juntas 
generales de los respectivos departamentos y comarcas, como 
vecinos propietarios de opinión y crédito que merecen la con 
fianza pública, y deseando evitar los inconvenientes de las reu- 
niones populares en las presentes circunstancias, y las dificultades 
y graves perjuicios que resultarían a la Provincia de arrancar en 
la presente estación a los hacendados y labradores de sus trabajos 
y hacienda para asistir a las cabeceras de sus departamentos; 
serán Diputados al Congreso General por sus respectivos partidos 
y comarcas los Alcaldes ordinarios, y en su defecto los territoriales 
de los pueblos referidos de Cerro Largo, Paysandú, Mercedes, 
Santo Domingo de Soriano y San Salvador. 

" Decimotercio: Para prevenir todo motivo de demora en un 
asunto de tanta importancia, los Cabildos electores remitirán a los 
Síndicos Generales, y a los Diputados electos, sus poderes, en 
nombre de los Pueblos y Departamentos, con inclusión ¿le la Acta 
de elecciones, otorgándoles las más amplias facultades para que 
en nombre y representación de los Pueblos de su Departamento, 
deliberen, determinen y sancionen cuanto crean conveniente a la 
suerte y general felicidad de la Provincia, sin limitación alguna, 



— 23 — 

protestando que sus Representados pasarán y ratificarán lo que 
el Congreso General Extraordinario determine y concrete sobre la 
suerte y gobierno futuro de esta Provincia. Estos poderes serán 
filmados por todos los electores, se archivarán en los Cabildos y 
se pasarán a Síndicos y Diputados en copia testimoniada" (1) 

Elegido el Congreso en conformidad a las órdenes e instruc- 
ciones transcriptas, el Barón de la Laguna le remitía, a manera 
de mensaje, el siguiente oficio: 

" Sres. del M. H. Congreso Extraordinario de esta Provincia: 

" Su Majestad el Rey del Reino Unido de Portugal, Brasil y 
Aígarves ha tomado en consideración las repetidas instancias que 
han elevado a su Real Presencia, Autoridades muy respetables de 
esta Provincia, solicitando su incorporación a la Monarquía Por- 
tuguesa, como el único recurso que en medio de tan funestas cir- 
cunstancias puede salvar el País de los males de la guerra y de 
los horrores de la anarquía. Y deseando S. M. proceder en un 
asunto tan delicado con la circunspección que corresponde a la 
dignidad de su Augusta Persona, a la liberalidad de sus principios 
y al decoro de la Nación Portuguesa, ha determinado en la sabi- 
duría de sus Consejos, que esta Provincia representada en Con- 
greso Extraordinario de sus Diputados delibere y sancione en este 
negocio, con plena y absoluta libertad, lo que crea más útil y 
conveniente a la felicidad y verdaderos intereses de los Pueblos 
que la constituyen. Si el M. H. Congreso tuviese a bien decretar 
ía incorporación a la Monarquía Portuguesa, Yo me hallo autori- 
zado por el Rey para continuar en el mando y sostener con el 
Ejército el orden interior y la seguridad exterior bajo el imperio 
de las Leyes. Pero, si el M. H. Congreso estimase más ventajoso 
a la felicidad de los Pueblos incorporar la Provincia a otros Es- 
tados, o librar sus destinos a la formación de un gobierno inde- 
pendiente, sólo espero sus decisiones para prepararme a la eva- 
cuación de este territorio en paz y amistad, conforme a las Orde- 
nes Soberanas. La grandeza del asunto me excusa recomendarlo 
a la sabiduría del M. H. Congreso. Todos esperan que la felicidad 
de la Provincia será la guía de sus acuerdos en tan difíciles cir- 
cunstancias. 

"Montevideo, Julio diez y seis de mil ochocientos veinte y uno. 

" Barón de ía Laguna. 
<; A los Sres. del M. H. Congreso de esta Provincia." (2) 

3. — Las deliberaciones del Congreso Cisplatino, armónicas 
con los antecedentes de su instalación, revelan en sus componentes 
una rara uniformidad de apreciación respecto de las pocas pero 



(1) De-María, Compendio de la Historia de la República Oriental del 
Uruguay. 

(2) De-María, Compendio de la Historia de la República Oriental del 
Uruguay. 



— 24 — 

fundamentales cuestiones sometidas a su decisión y dictamen. Sin 
avanzar nada en el terreno de las suposiciones aventuradas y ci- 
ñéndose estrictamente al contenido de las actas de aquel Congreso, 
puede y debe afirmarse que los oradores de la célebre represen- 
tación se limitaron a decir su papel, conforme a un reparto dis- 
puesto de antemano. 

Ni en lo esencial, ni en lo accesorio de los temas a tratarse 
hubo una sola discordancia apreciable. Todos estuvieron acordes 
en todo, y el acuerdo y la conformidad fueron tan abrumadores, 
que cuando el Diputado Bianqui, en la primera sesión del Con- 
greso, aludiendo a los males de la independencia, dijo que con 
ella la sociedad volvería a ser una vez más "la presa de un ambi- 
cioso atrevido sin otra ley que la satisfacción de sus pasiones", 
todos aquellos hombres callaron. Quizá al caer pesadamente estas 
palabras sacrilegas en el recinto de aquella Asamblea, hubo más 
de un conato de rebelión en los espíritus; pero de inmediato reco- 
bró su imperio el factor material y la razón de las circunstancias 
se sobrepuso al influjo de toda otra sugestión. 

Si, prescindiendo de otros elementos de juicio, demasiado 
elocuentes, hubiera de calificarse la tendencia y el carácter del 
Congreso Cisplatino sólo por el rasgo más saliente de sus cordiales 
deliberaciones, habría que confesar — duro es decirlo — que los 
personajes que intervinieron en aquel cuadro activamente, no co- 
nocían, para regular y dirigir su acción pública y su conducta 
cívica, otra norma ni otra pauta que las circunstancias. Resulta, 
en efecto, de las actas ya citadas, que el debate — de alguna ma- 
nera ha de llamársele — se concretó invariablemente a proclamar 
la sumisión de los Pueblos de la Provincia a los hechos consu- 
mados. "La Provincia Oriental es preciso que se constituya nación 
independiente o que se incorpore a otra que esté constituida: esta 
es la única alternativa que le dejan las circunstancias. 

" Hacer de esta Provincia un Estado, es una cosa que parece 
imposible en lo político; para ser Nación no basta querer serlo; 
es preciso tener medios con que sostener la independencia. En el 
país no hay población, recursos ni elementos para gobernarse en 
orden y sosiego." 

En estos términos sintetizaba su pensamiento y, según vere- 
mos después, el pensamiento de toda la Asamblea, el Diputado 
Bianqui. — Y siempre en el terreno de los hechos, entendía 
que debía descartarse la posibilidad de unirse a Buenos Aires, 
anarquizada por sus guerras civiles, o de contar con la protección 
de España, tan resistida en el país. La conclusión de todos sus 
razonamientos, de puro hecho, era que no quedaba otro recurso 
"que la incorporación a la Monarquía Portuguesa, bajo una cons- 
titución liberal". Usando de un procedimiento diverso y desarro- 
llando un razonamiento mucho más expeditivo que el de su colega 



— 25 — 

Bianqui, el diputado Llambí no se tomaba el trabajo de construir 
hipótesis sobre la base de la independencia para demostrar des- 
pués su imposibilidad práctica. El problema que el diputado 
Llambí se planteaba era mucho más concreto, si se quiere mucho 
más palpable. "En el momento mismo en que el territorio (de la 
Banda Oriental) fuese evacuado, tendremos tal vez sobre nosotros 
las fuerzas de Entre Ríos para dominarnos o sacar de nosotros 
las ventajas que le proporciona el país en la guerra que tiene 
pendiente contra Buenos Aires. Abandonados a nosotros mismos, 
vamos a fomentar el celo de las provincias limítrofes." Así mien- 
tras el diputado Bianqui temía la independencia de la Provincia, 
el diputado Llambí temía pura y simplemente la evacuación del 
territorio por las tropas portuguesas. En el concepto del primero 
cabía aún, bien que como una mera posibilidad, la independencia; 
las ideas del segundo sólo admitían para la Banda Oriental, claro 
está que como imposición fatal de las circunstancias, una situa- 
ción de dependencia de otro Estado. 

Acusa el debate diversos matices de una misma y única tesis; 
pero lo cierto es que en todo el desarrollo de las deliberaciones 
no aparece un solo principio invocado, ni siquiera una razón de 
conveniencia aducida, que no sea el apremio de las circunstancias 
y la razón de la fuerza. Si los portugueses se van, Buenos Aires 
o Entré Ríos nos dominan, o los españoles nos reconquistan. Tal 
es, puede decirse, la teoría del Congreso; teoría simple y escueta, 
en la que no tienen cabida los preceptos más primarios de demo- 
cracia elemental; ni siquiera los imperativos primordiales del ins- 
tinto. Y esa doctrina, que hemos visto preconizaba la sumisión 
incondicional a las circunstancias, fué también compartida por 
el benemérito Larrañaga, quien pugnó por legitimar la incorpora- 
ción a Portugal, aduciendo el abandono en que dejaron a la Pro- 
vincia Oriental, España y Buenos Aires. 

Triunfaba, pues, sin ninguna resistencia, la causa que un di- 
putado del Congreso formulara en estas palabras: "De hecho, 
nuestro país está en poder de las tropas portuguesas; nosotros, 
ni podemos ni tenemos medios de evitarlo." Era, como se ve, ad- 
mitir como razón suprema el hecho consumado y compartir ellos 
y estimular en los pueblos que representaban, la superstición bo- 
chornosa de la infalibilidad ajena y de la propia ineptitud. 

Cierto es que en su descargo debe tenerse muy presente que 
obraban bajo la imposición de la fuerza, y que muchos de ellos 
habían dado ya y darían después a la Patria, pruebas concluyen- 
tes de patriotismo y desinterés. 

Dicen las actas del Congreso (18 de Julio de 1821) que 
cuando el diputado Larrañaga terminó su discurso en pro de la 
incorporación, "entonces, por una aclamación general, los dipu- 
tados dijeron: este es el único medio de salvar la Provincia; y en 



el presente estado a ninguno pueden ocultársele las ventajas que 
se seguirán de la incorporación bajo las condiciones que aseguren 
la libertad civil de su vecindario. Por lo mismo, sin comprometer 
el carácter que representamos, tampoco podemos pensar de otro 
modo. En este estado, declarándose suficientemente discutido el 
punto, acordaron la necesidad de incorporar esta provincia da 
Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarves, Constitucional, y bajo 
las precisas circunstancias de que sean admitidas las condiciones 
que se propondrán y acordarán por el mismo Congreso en sus 
últimas sesiones como bases principales y esenciales de este acto, 
que se reservará hasta que con aquéllas se propongan a la Auto- 
ridad que corresponda. Así lo acordaron y firmaron los señores 
diputados por ante mí el infrascripto secretario. Juan José Duran. 
Presidente: Dámaso Antonio Larrañaga. Diputado por Montevi- 
deo: Tomás García de Zúñiga. Diputado por Montevideo: Fruc- 
tuoso Rivera. Diputado por Extramuros: Loreto de Gomensoro. 
Diputado por Mercedes: José Vicente Gallegos. Diputado por 
Soriano: Manuel Lago. Diputado por Cerro Largo: Luis Pérez. 
Diputado por San José: Mateo Vissillac. Síndico Diputado por la 
Colonia: José de Alagón. Diputado por la Colonia: Gerónimo Pío 
Bianqui. Síndico Procurador y Diputado por Montevideo: Ro- 
mualdo Ximeno. Diputado por Maldonado: Alejandro Chucarro. 
Diputado por Canelones: Manuel Antonio Silva. Síndico Procu- 
rador de Maldonado: Salvador García. Diputado por Guadalupe: 
Francisco Llambí. Diputado por Extramuros: el Secretario." 

Remitido que fué a los Cabildos y Alcaldes territoriales tes- 
timonio del voto de incorporación, para que por medio de sus 
diputados expusieran las bases que creyeran convenientes para 
condicionar la unión a Portugal; y atendidas las contestaciones 
recibidas, el Congreso, reunido en sesión de 31 de Julio, con 
asistencia del Barón de la Laguna, declaró: "que habiendo pesado 
las críticas circunstancias en que se halla el país y consultando 
los verdaderos intereses de los pueblos y de las familias, hemos 
acordado y por el presente convenimos en que la Provincia Orien- 
tal del Río de la Plata se una e incorpore al Reino Unido de Por 
tugal, Brasil y Algarves, Constitucional, bajo la imprescindible 
obligación de que se les respeten, cumplan, observen y hagan 
observar las bases siguientes"; que en síntesis estipulaban que el 
territorio del país debía considerarse como un Estado diverso de 
los demás del Reino Unido, bajo el nombre de Cisplatino, "y que 
gozaría del mismo rango que los demás de la Monarquía". 

Así las cosas, y pendiente la ratificación de "Su Majestad 
Fidelísima" para dar efectividad al convenio pactado, se enco- 
mendó la misión de recabarla al doctor Lucas José Obes, quien 
con ese y otros cometidos partió para su destino, que muy pronto 
había de variar, llevando para el gobierno de su gestión un pliego 



— 27 — 

de instrucciones, cuyo contexto es interesante reproducir aquí: 

" 1.° Recabar del Gobierno y Representación Nacional la 
conservación del pacto de incorporación de este Estado a la mo- 
narquía portuguesa en los términos decretados por el Congreso 
Extraordinario de estos pueblos. A ese efecto se le prevenía pu- 
siera en ejecución todos los resortes del convencimiento, haciendo 
valer ias promesas sagradas del Rey, el decoro de la Nación, los 
compromisos de casi todas las familias del país, la sangre derra- 
mada, los enlaces y establecimientos de un número considerable 
de individuos de la nación portuguesa que quedarían arruinados 
para siempre, las ventajas políticas y mercantiles que reportaría 
la Nación de conservar esta Provincia, que constituye en península 
al reino del Brasil, con barreras insuperables, y la necesidad en 
que se hallaría la Nación, abandonado este país, de sostener sobre 
sus fronteras la misma o mayor fuerza que la guarnecía anterior- 
mente. 

" 2.° Conseguir que en el caso de parecer al Gobierno in- 
admisibles algunas de las condiciones o bases del pacto de incor- 
poración, se ordenará y decretará por el mismo Gobierno o re- 
presentación nacional que se reuniera un nuevo Congreso en este 
Estado para modificarlas y ajustarías a los principios liberales y 
de igualdad civil que se indicasen, conformes al espíritu del sis- 
tema constitucional. 

" 3.° Solicitar del Rey que en el caso no pensado de ser 
incompatible la incorporación con los intereses políticos de la 
monarquía, se avisará en tiempo a este Estado para que volviera 
a reunirse en cortes extraordinarias y pudiera tomar en sosiego 
las medidas necesarias para su seguridad, orden interior y defensa 
exterior, y que por ningún motivo pudiera ser abandonada hasta 
que las autoridades del país se hallaren constituidas, que se or- 
ganizara la administración y se estableciera la fuerza armada que 
debía sostener el orden; hasta que los vecinos y comerciantes por- 
tugueses y los del país que se considerasen comprometidos, hu- 
bieran puesto a salvo sus personas, familias e intereses; y final- 
mente, hasta que se hubieran expedido por el gobierno nacional 
las providencias correspondientes para ocurrir a los gastos de 
transporte y alimentación futura de las familias de todos los in- 
dividuos que por haber servido la causa de la Nación, por la buena 
fe e inviolabilidad de las promesas del Rey y de la dignidad na- 
cional, quisieran abandonar el país para librarse de los peligros 
de aquellos comprometimientos" (1). 

4. — Si hubiera de sintetizarse un juicio explicativo acerca del 
Congreso Cisplatino, no sería aventurado afirmar que su finalidad 



(1) Cuadros históricos De la Sota (transcripción del Dr. Eduardo 
Acevedo en su obra "José Artigas"). 



— 28 — 

primordial se redujo a legalizar, en lo posible, una situación de 
pura fuerza; sus causas ocasionales más salientes, al fracaso de 
la expedición española de Cádiz, y a la anarquía en que las Pro- 
vincias Unidas se hallaban; sus medios y sus procedimientos, a 
los mismos con que hasta entonces mantuvo la conquista su ar- 
tificial dominación. 

Si se quisiera reducir aún más este concepto sintético, ga- 
nando mucho en elocuencia, bastaría recordar la feliz expresión 
del doctor Valentín Gómez, cuando equiparaba los manejos de 
aquel Congreso con las famosas transacciones de Bayona del 
año 1808 (1). 

La legalización de la conquista mediante un acto que pudiera 
representar, aunque sólo fuera en sus elementos externos, una 
manifestación de voluntad del pueblo sometido, debió ser la preo- 
cupación constante de la Corte portuguesa. Sólo que un paso de 
tanta trascendencia no podía darse sin contemplar el ambiente de 
que conquistador y conquistado formaban parte. Mientras con la 
intervención de la diplomacia europea Portugal pactaba con Es- 
paña el abandono de Montevideo y reconocía, una vez más, que 
la ocupación de la Banda Oriental era una medida transitoria y 
de mera garantía; mientras la expedición española de Cádiz or- 
ganizaba sus poderosos contingentes, hasta que la insurrección 
de Riego hacía frustrar el proyectado intento de reconquista ; 
mientras el pueblo de Buenos Aires, mejor aún, mientras los pue- 
blos de las Provincias Unidas, pacíficos merced a los artificios de 
su Gobierno, estaban en aptitud de renovar y hacer efectivos los 
vínculos que con la Provincia Oriental los unían, la solemnidad 
de la incorporación hubiera colocado a Portugal en una situación 
bien desairada frente a sus gestiones diplomáticas; y, lo que es 
aún más grave, hubiera alentado sin duda a los españoles a pre- 
cipitar sus conatos de reconquista; y, quizá, hubiera. llevado a las 
Provincias Unidas, descubierto el afrentoso plan del Gobierno de 
Buenos Aires, a impedir la ocupación, que entonces hubiera sido 
definitiva, de un territorio que consideraban, no sin algún funda- 
mento, como parte de su integridad nacional. 

De ahí que la representación que el Cabildo de Montevideo 
remitiera en 1817 al Rey de Portugal implorando la incorporación 
de esta provincia a los dominios de su Coiona, no tuviera los re- 
sultados que sus patrocinadores aguardaban; de ahí que descar- 
tada la resistencia de los patriotas desde principios de 1820, se 
dejase transcurrir casi un año y medio para dar el paso que las 
circunstancias, y no los deseos de la Corte, habían detenido hasta 
entonces. A los que insinúan la posibilidad de que las miras del 



(1) Memorándum presentado al Ministro de R. E. de la Corte del 
Brasil, transcripto en la obra "Noticias de las Provincias Unidas del Río 
de la Plata", Londres, 1825. 



— 29 — 

Rey D. Juan VI, al propiciar — antes de su partida para Lisboa — 
la celebración de un Congreso en la Banda Oriental, pudieran 
responder a un cambio de política de la Corte portuguesa res- 
pecto de la provincia usurpada, bastaría oponerles la letra de la 
comunicación real dirigida al Barón de la Laguna el 16 de Abril 
de 1821, en la que se anunciaba que los pueblos podrían deliberar 
"bajo la protección de las anuas portuguesas"; se prevenía que 
las Cortes que debían reunirse no fuesen en número tan apocado 
"que la temeridad de los partidos las puedan aterrar o seducir 
fácilmente"; y sólo enunciaban como resultados posibles del Con- 
greso, la declaración de independencia de la Provincia o su deci- 
sión de unirse a. Portugal, con absoluta prescindencia de toda 
otra hipótesis, lo que no dejaba de ser muy sugestivo, siendo bien 
notoria, como lo era entonces y lo fué después, la arraigada co- 
munidad de miras e intereses que unía a la Banda Oriental con 
las demás Provincias Unidas del Río de la Plata. 

Mucho más elocuente que la letra del oficio real es, si bien 
se mira, su espíritu, su contenido, su substancia. El Rey quiere 
que los pueblos deliberen sobre su suerte futura; el Rey se com- 
place en dar a sus presuntos subditos, un medio de manifestar su 
voluntad; el Rey aspira a que los pueblos nombren las Cortes 
de la manera más libre y popular. Todo esto es muy encomiable, 
todo esto es muy edificante. Pero el Rey se olvidado parece olvi- 
darse de que toda la irreprochable doctrina que él expone en su 
memorial, para que las cosas se hagan "sin la menor sombra de 
coacción ni sugestión", va a aplicarse en un país rudamente some- 
tido a una dominación militar, nada más que militar; y que todo el 
control y toda la garantía con que podrán contar los pueblos lla- 
mados a pronunciarse, radicará en los titulares de aquella misma 
dominación militar, según el propio monarca lo confiesa, al es- 
tampar en su mensaje, quizá el único pensamiento desnudo de 
artificio: "que la deliberación será bajo la protección de las armas 
portuguesas". 

Por lo demás, los deseos del Rey por conocer la voluntad de 
los pueblos, estaban de antemano satisfechos. Y es que "la opo- 
sición armada de Artigas y de la gran mayoría de la población 
a la dominación portuguesa, constituía una manifestación bastante 
de la voluntad popular" (1). 

La única solución admisible es que D. Juan VI obraba como 
obraba, porque estaba seguro de que sus deseos se cumplirían 
sin necesidad de recurrir a medios menos convenientes, y porque 
esperaba que al proceder así favorecería su política para con las 



(1) Oliveira Lima, "O movimento da Independencia". 



— 30 — 

Provincias Unidas" (1). 

Si en cuanto al objetivo central que con el Congreso Cispla- 
tino perseguía la Corte de Portugal no cabe, a nuestro juicio, otra 
opinión fuera de la expuesta, en lo referente a los medios em- 
pleados para poner en práctica la decisión del monarca debe es- 
tablecerse una distinción entre los procedimientos autorizados por 
el Rey y los empleados por el Capitán General de la Provincia. 

El Rey, que miraba las cosas a la distancia y a través de 
halagüeños informes, contaba quizá con que el voto de los habi- 
tantes de la Banda Oriental sería por la incorporación a Portugal; 
y, partiendo de tal supuesto, no consideraba necesario extremar 
las medidas de previsión para que el resultado apetecido se cum- 
pliera. Lecor, en cambio, familiarizado con el ambiente siempre 
nostil a la conquista portuguesa, debió confiar menos y obró en 
consecuencia. 

Prescindamos de esta distinción y atengámonos a la impre- 
sión de conjunto que el hecho del Congreso revela. 

Su elaboración, conforme con las indicaciones del monarca, 
comienza por recomendar que se evite la influencia de los partidos. 
Sigúese a esto la maniobra de anular por completo la intervención 
activa de los vecindarios en el nombramiento de los diputados, 
dando la autoridad calidad de tales, sin elección, a los síndicos 
de Montevideo, Canelones, Maldonado y Colonia, y a los alcaldes 
de Cerro Largo, Paysandú, Mercedes, Soriano y San Salvador, 
con lo que nueve de los diez y ocho diputados que integrarían el 
Congreso fueron funcionarios dependientes del Gobierno de la 
conquista. En lo demás, el pretendido acto popular se redujo a 
la votación de diputados que hicieron los Cabildos de las ciudades 
y pueblos. 

El Congreso, pues, lo formarían nueve empleados directos 
del Gobierno y nueve diputados elegidos por funcionarios depen- 
dientes de la autoridad. En cuanto a las demás instrucciones que 
oportunamente hizo circular el Intendente, no se ocultó el deseo 
de evitar los inconvenientes de las reuniones populares. Para que 
ia sugestión y la coacción fueran completas, Lecor, en oficio di- 
rigido al Congreso ya instalado, le decía: "Si el M. H. Congreso 
tuviere a bien decretar la incorporación a la Monarquía Portu- 
guesa, Yo me hallo autorizado por el Rey para continuar en el 
mando y sostener con el Ejército el orden interior". 

La elocuencia de los hechos relatados ha uniformado el cri- 
terio de los historiadores ¡y de los publicistas en el sentido de 
condenar con severidad esta parodia de acto de soberanía. Ex- 
presa el doctor Valentín Gómez en su memorándum ya citado: 



(1) F. A. Berra, op. cit. Ver nota de la Cancillería Portuguesa al 
Gobierno de Buenos Aires, fecha 16 de Abril de 1821. 



— 31 — 

"Pero, ¿qué confianza podrían inspirar a aquellos pueblos las 
deliberaciones, en materia tan ardua, de un Congreso compuesto 
en gran parte de empleados al servicio de S. M. F., dotados con 
rentas pingües, y seducidos con la esperanza de más elevados 
destinos? Los que no se hallaron en estas circunstancias fueron 
aterrados a la presencia de un poder armado, que no disimuló su 
particular interés en los negocios sobre que él debía deliberar. 
Sus discusiones comprueban bastantemente esta verdad. El pueblo 
de Montevideo fué un frío y paciente espectador de la arbitrarie- 
dad e injusticia con que se dispuso de sus primeros derechos. . .". 

En carta fechada en Londres el 15 de Junio de 1825 (1), se 
decía que "en Montevideo el General (Lecor) formó un Congreso 
en 1821 compuesto en su mayor parte, como se acreditará des- 
pués, de empleados civiles al sueldo de S. M. F., de personas 
condecoradas por él con distinciones de Lecor, y de otras colo- 
cadas de antemano en los Ayuntamientos; hizo acuartelar y mu- 
nicionar los regimientos como en estado de guerra, y bajo esta 
salvaguardia, el Congreso declaró que la Provincia de Montevideo 
se incorporaba espontáneamente al Reino Unido de Portugal, Bra- 
sil y Algarves, como un estado federado, en virtud de lo cual fué 
bautizado con el nombre de Estado Cisplatino". 

El brillante historiador brasilero Alfredo Várela, en una de 
sus hermosas producciones (2), afirma que Lecor "ilamó a los 
pueblos a comicios, en armonía con las órdenes de palacio", 
"ajusfando todos sus actos a las reglas que le parecieron apro- 
piadas para revertir, a la larga, de una apariencia de perfecta 
legitimidad, el voto salido de las urnas. Nada escatimó, de lo que 
fué menester para invalidar la expresión de la voluntad sincera de 
los naturales". 

El mismo Lecor decía a su Gobierno que "después de haber 
hecho la unión, tomaría todas las medidas que la presencia de 
las fuerzas de su mando le ofrecía para decidir la efectiva incor- 
poración de la Provincia, postergando cualquier reclamación que 
los pueblos acordaran formular contratan violenta unión" (5) 

Acordes en lo esencial, todos los juicios pronunciados acerca 
del Congreso Cisplatino reproducen con pequeñas variantes los 
conceptos expresados y convienen en la ineficacia de los medios 
usados para arrancar el voto de incorporación. La incorporación 
"nació enferma", según la acertada expresión de un historiador 
brasilero (4) 

5. — No es posible abordar aquí un paralelo definitivo entre 
las instrucciones con que D. Juan VI recomendaba la celebración 



(1) "Noticias de las Provincias Unidas del Río de la Plata", op. cit. 

(2) "Duas grandes intrigas". 

(3) Alfredo Várela, op. cit. 

(4) Fernando Luis Osorio, "Historia del General Osorio". 



— 32-- 

cíe unas Cortes como medio de que se expresara el querer de íos 
pueblos, y las atrocidades de todo género que el Barón de la 
Laguna puso en práctica para cumplir, a su manera, con el man- 
dato de su soberano. Si bien es cierto que las instrucciones dadas 
al doctor Lucas José Obes, después de consumado el atentado, 
acusan en los autores materiales del mismo una desconfianza 
manifiesta de haberse excedido en el cumplimiento del real en- 
cargo; y si no es dudoso que la actitud ulterior de la Corte por- 
tuguesa se contrajo a reprochar a Lecor la flagrante violación de 
las órdenes recibidas, en que había incurrido, es indudable que 
estas circunstancias no tienen el alcance que algunos escritores 
pretenden atribuirles, para arrojar sólo sobre Lecor todo el baldón 
que del tortuoso negocio se desprende para sus inspiradores. Es 
cierto que Lecor agotó los recursos que la fuerza le daba y llegó 
a colmar la medida; es cierto que sus procederes, juzgados a 
través de su versátil conducta posterior, acusan a las claras una 
fuerte dosis de interés puramente personal; pero no es menos 
cierto que la política y la diplomacia portuguesas, dirigidas desde 
mediados del siglo XVII a apropiarse de esta porción del virrei- 
nato del Río de la Plata, constituyen un antecedente abrumador 
en la apreciación de las intenciones del Rey que en la época que 
estudiamos regía sus destinos, máxime cuando este mismo Rey 
mantenía allí, a sabiendas, una conquista puramente militar, y, 
también a sabiendas, deseaba consultar la voluntad de los pueblos 
cuando estaban humeantes todavía las cenizas de los caídos en 
Tacuarembó. 

6. — Acordes o no el Rey y Lecor, lo esencial es que el Con- 
greso Cisplatino venía a constituir, para quienes miraban desde 
lejos los sucesos del Río de la Plata, un síntoma inequívoco de 
que la conquista portuguesa estaba consumada. Esta debió ser, 
por lo menos, la impresión del momento. 

En cuanto a su influjo en el territorio que se decía conquis- 
tado, hechos posteriores evidenciarán cuanto se enconó el espíritu 
nativo de resistencia con el agravio que aquella indigna farsa 
infería a la dignidad de los pueblos. No faltaron, claro está, los 
que creyendo definitiva la usurpación, aquietaron sus ímpetus y 
se resolvieron a vivir en paz con sus nuevos amos. 

Pero la nota dominante de aquel ambiente de agotamiento 
puramente material, fué mirar con gesto más indiferente que 
amargo la estéril maniobra del conquistador. "Parece que el 15 
del corriente será la apertura congresal de Montevideo, y en ella 
va a decidirse (aún mejor diré a declararse, porque los bien ha- 
llados no quieren irse) nuestra incorporación al Brasil" (1). Esto 



(1) Correspondencia confidencial y política del señor don Gabriel 
A. Pereira. 



— 33 — 

está contenido en un papel de la época, y los términos empleados 
y las pocas líneas dedicadas al terna evidencian que el asunto era, 
para el autor, de poca monta. Y el autor era nada menos que don 
Carlos Anaya. 

Acorde con el espíritu de esa carta, otro contemporáneo de 
los sucesos, don Lorenzo Justiniano Pérez, califica de "irrisible" 
el Congreso Cisplatino, "compuesto de empleados y paniaguados 
portugueses" (1). 



(1) Resumen histórico, "Revista Histórica". 



CAPÍTULO IV 

LA BANDA ORIENTAL BAJO LA DOMINACIÓN 
PORTUGUESA-BRASILERA. 

1. — Factores que contrariaban la expansión de la conquista portuguesa. 

2. — La conquista y sus medios: a), nulidad de su aporte; b), fué una 
obra de rapacidad; c), desproporción entre funcionarios y gober- 
nados; d), fué una ocupación puramente militar; e), nunca fué 
aceptada por los nativos; f), estuvo confiada a la discrecionalidad 
de un jefe irresponsable. 

Descartado el tono enfático, acorde, por lo demás, con el gé- 
nero literario que a su índole correspondía, refleja "El Piloto" 
del 27 de Octubre de 1823, en el párrafo que se transcribe, una 
impresión bastante exacta de la obra que la conquista portuguesa 
legó a nuestro país: "...la sangre de los orientales ha corrido 
en todas direcciones, sus fortunas han sido depredadas, su pobla- 
ción ha sido bárbaramente deportada a los climas más ardientes 
del África; y tiranos los más despreciables han podido gozarse 
impunemente nueve años, en la opresión de un pueblo de los más 
libres y valientes de la tierra" (1). Para completar esta definición 
y destacar la ineficacia de tantas atrocidades, bastará recordar 
aquella afirmación categórica de Augusto Saint-Hilaire, según la 
cual en la Banda Oriental "se resistiría como absurda la idea de 
pertenecer definitivamente a los portugueses" (2); afirmación 
cuyo significado ha de apreciarse teniendo presente que con ella 
se quiso expresar una impresión recogida en los momentos en 
que recién terminada la resistencia armada, eran más intensos el 
abatimiento y la postración de los elementos subyugados. 

1. — La conquista portuguesa de la Banda Oriental, ni en el 
período de su iniciación, ni en la época en que, pacificado el país, 
pareció aquélla consolidarse, ni en sus postrimerías, halló en el 
territorio que pretendía sojuzgar, ambiente propicio a sus miras. 
Ideas, hombres, sentimientos, idioma, tradiciones, todo le era 
adverso. 

El instinto de libertad de los nativos, después de poner a 
prueba su empuje en las luchas de la emancipación contra España, 
había tenido ocasión de apreciarse a sí mismo como fuerza efi- 



(1) "El Piloto", N.o 20, colección particular del doctor don Luis Me- 
Iián Lafinur. 

(2) "Voyage a Rio Grande do Sul". 



— 36 — 

cíente, capaz de influir en la marcha de ios sucesos. Cultivado 
por irresistible vocación orgánica, ese instinto — que en sus pri- 
meras manifestaciones debió ser de una ruda simplicidad y que 
como tal se limitó a ejercitarse contra la única fuerza que venía 
a contrariar su natural expansión — hubo de adquirir después, 
merced a progresivas gradaciones, una relativa perfección, que 
insensiblemente lo' llevaría a sucesivas generalizaciones, sin ha- 
cerle perder por ello nada de su primitiva espontaneidad. Gracias 
a la revelación que los hechos arraigaron en los nativos, la resis- 
tencia puramente orgánica tornóse deliberada. Fué entonces mi- 
rada, no sólo como cosa necesaria, sino también como cosa legí- 
tima. Legítima contra los españoles, primero; legítima contra toda 
conquista, después. A esta vocación de la libertad uníase, como 
obligado complemento, un inveterado repudio por todo aquello 
que significase negación o desmedro de las ideas democráticas, 
que tan en armonía estaban con la natural propensión de los pue- 
blos, cuando más empeñados se hallaban en la obra de su libe- 
i ación. Y como por disposición providencial, la Banda Oriental 
y los hombres que pugnaban por regir sus destinos, parecían 
elegidos para ser, por entonces, los únicos depositarios, inaltera- 
blemente fieles, de los postulados democráticos en las colonias 
del Río de la Plata. Contra todas las críticas, contra todos los 
ataques, contra todas las reservas, la figura de Artigas sigue 
siendo la personificación inconfundible de esa tendencia. 

Reacio a las sugestiones engañosas que obscurecían las ideas 
y entorpecían los procedimientos de muchos hombres de Buenos 
Aires, Artigas proclamó la lucha sin cuartel contra toda conquista 
extranjera y consideró indispensables, como única base para el 
gobierno de estos pueblos, los postulados de la democracia. 

Tal era, a grandes rasgos, el ambiente que la conquista por- 
tuguesa, conquista y monárquica, se proponía adaptar a sus miras 
de dominación. Como si todo esto no fuera bastante, el conquis- 
tador, al acometer esta nueva empresa, suscitaba en los orientales 
el ingrato recuerdo, conservado o trasmitido, de sus anteriores 
conatos de dominación, con lo que nadie creyó en las intenciones 
que ostentosamente se formularon al ratificar el pacto de 1812 (1) ; 
y, al contrario, la resistencia participó, en cierto modo, de ia irre- 
conciliable hostilidad que en épocas anteriores cobrara entre es- 
pañoles y portugueses. Atribuyendo a este factor un influjo de 
más entidad que el que tuvo realmente, un emisario del Gobierno 
francés, que en 1820 visitó estas regiones, expresa: "Los españoles 
de ambas riberas del Plata tienen las mismas costumbres, hablan 
la misma lengua y están separados de los brasileros por esa an- 
tipatía que existe de tiempo inmemorial entre sus madres patrias 



(1) Nota al Director Pueyrredon de Thomas Antonio de Villanova, 
Portugal. Apéndice Historia de Belgrano-Mitre. 



— 37 — 

respectivas: esa antipatía atravesó el Océano en los barcos que 
llevaron a los primeros conquistadores de América" (1) Son, 
pues, al decir de Baldrich, viejos antagonismos, no de razas, na- 
turalmente, dado el estrecho parentesco social y étnico que los 
liga, sino de derecho, de política, de ambición, de emulación, he- 
rencia viva y enconada, llena ele prevenciones y de celos, de es- 
pañoles y portugueses" (2). 

2. — Frente a los factores adversos que se han señalado, ¿qué 
ventajas o qué elementos de civilización traía la conquista portu- 
guesa para contrarrestar su influjo? ¿Qué medios puso en prác- 
tica a fin de atenuar siquiera el desprestigio y la hostilidad que 
en el momento de" su iniciación la rodeaban? 

a) Ni material ni espiritualmente la conquista portuguesa 
aportó al pueblo colocado por la fuerza bajo su dominio, una sola 
mejora de alguna entidad. " v . .La provincia no sólo no debe una 
obra pública a los usurpadores, sino que, por el contrario, éstos 
han arruinado las más que tenía antes que ellos entrasen. Las 
murallas de piedra que cercaban la ciudad, y que antes eran un 
lugar de seguridad y de recreo, ahora lo es sólo de ratones, con 
brechas por todas partes. Todas las baterías que vestían estas 
mismas murallas, están destruidas, con excepción de una que 
domina el puerto. El arsenal, que era un grande edificio, no se 
presenta sino en esqueleto. Los cuarteles, incluso el de la gran 
ciudadela; los cuerpos de guardia que había en contorno de la 
muralla, abandonados los unos, el resto abunda de inmundicia y 
de toda clase de sabandijas; no hay en ejercicio un solo estable- 
cimiento de recreo, y en esta proporción todo lo demás, que pre- 
senta a Montevideo como una colonia lóbrega, colmado de mi- 
seria, en donde las gentes viven en un perfecto aislamiento, casi 
sin dar más muestras de racionalidad que los edificios con que 
se libran de la intemperie. Pero ¡qué más, señor mío!: la linterna 
y farol colocados en la cima del famoso cerro que está al frente 
de Montevideo, y que hace muchos años ha servido de guía a la 
navegación por la noche, está sin ningún uso. Hay sobre esto 
un hecho singular. En 1819 el General portugués se comprometió 
c< construir un farol en la isla de Flores, que dista de Montevideo 
cinco leguas, situada entre la costa y el Banco Inglés; pero, para 
que siempre se comprobara que nada hacía esta nación para 
aquella provincia que no fuese a costa de sacrificios enormes por 
parte de sus naturales, exigió que la Municipalidad, en cambio, 
le declarase a Portugal el derecho de una mayor porción de te- 
rritorio, avanzando sus límites hasta tirar una línea recta desde 
el Yaguarón al Arapey... Véase aquí por primera vez en el 



(1) Villanueva, "El Imperio de los Andes". 

(2) Baldrich, op. cit. En igual sentido, Fernando Luis Osorio: "Historia 
do General Osorio''. 



— 38 — 

mundo cambiar territorios por un farol, y ser un farol la base de 
un tratado de límites entre dos pueblos extranjeros. Pero el re- 
sultado es que el farol no se hizo ni se hará, y el Gobierno farolero 
se quedó con el tratado" (1). 

Al día siguiente de haberles sido entregadas las llaves de 
Montevideo y "para alojar en las piezas del Fuerte que ocupaba 
la Biblioteca (2) al General Sebastián Pinto de Araújo Correa, 
los portugueses mandaron sacar precipitadamente los libros, y 
fueron arrojados a una pieza baja de dicha casa, donde estaba 
una pequeña imprenta. Las obras de la Biblioteca debían sufrir 
gran detrimento y disminución en un lugar donde fueron hacinadas 
y a merced de todos los que entraban y salían" (3). A pesar de 
la intervención del Cabildo, y después de haber sido puestos los 
labros bajo la custodia de particulares, la Biblioteca — reinstalada 
en 1819 por Lecor — continuó sin abrirse para el público hasta 
que, "cuando mandaba en la plaza de Montevideo el Presidente 
brasilero Francisco de Paula Magesfi Tavares de Carvalho, des- 
tinó para las sesiones de la Junta de Hacienda la sala de la Bi- 
blioteca; cubrieron los estantes con unas tapicerías verdes, ex- 
cepto las columnas y chapiteles dorados, para que sirvieran de 
adorno, después de haber mandado y obtenido que don José 
Raymundo Guerra sacase los libros. Este señor tuvo que enviar 
carretillas precipitadamente para impedir que fuesen arrojados 
por las ventanas al patio del Fuerte los libros que quedaban en 
la Biblioteca" (4). Las transcripciones precedentes, que copiamos 
hasta en sus detalles, porque hasta de los detalles surgen elocuen- 
tes y asombrosas revelaciones, eximen, por lo mismo, de todo co- 
mentario. Pero prosigamos. Un viajero inglés, que visitó, de 1820 a 
1825, la Colonia del Sacramento, dice: "La Colonia tiene 800 
habitantes. Hay pocas casas buenas, la mayor parte debían lla- 
marse chozas, y estaban ocupadas por una mezcla de sudameri- 
canos, españoles antiguos, portugueses y algunas docenas de in- 
gleses, casados con americanas. La casa del Gobernador es un 
edificio muy grotesco. Las calles son irregulares y la ciudad en- 
tera presenta el más miserable aspecto. La ciudad no puede sos- 
tener una taberna, no hay más que un miserable salón de billar, 
en una casa a la cual frecuentaban los oficiales portugueses. La 
Colonia tiene muy poco comercio" (5). 
: r ¡T ¥FjF¡ 

(1) "Noticias de las Provincias Unidas del Río de la Plata", Lon- 
ches, año 1825. 

(2) Entonces "Biblioteca Pública", inaugurada el 16 de Mayo de 1816. 

(3) Memoria sobre el establecimiento, destrucción y obstáculos para 
la restauración de la Biblioteca Pública, "Revista Histórica". 

(4) Memoria referente a la Biblioteca Pública, "Revista Histórica". 

(5) "Cinco años de residencia en Buenos Aires, durante los años 1820 
a 1825", por "Un Inglés", Londres, 1825. (Traducción de Margarita Suárez 
Abella, "Revista Histórica.") 



— 39 — 

Expresa Armitage que después de la guerra, "la población 
(de esta Banda) había quedado reducida a una tercera parte de 
lo que antes era y los alrededores de la Ciudad (Montevideo) a 
míseras ruinas". "La conquista, agrega, hizo avanzar esta obra 
de aniquilamiento: las ciudades y los establecimientos fueron des- 
truidos en su mayoría, y Montevideo quedó desierto" (1). 

Un sacerdote italiano, el padre Sallusti, que a fines de 1824 
visitó el país acompañando al Arzobispo Muzzi y al Canónigo 
Mastai Ferreti (después Pío IX), recogió la impresión de que todo 
se hallaba en completo estado de abandono, y que la campaña, 
despojada de los ganados que antes la poblaban, veía reprodu- 
cirse y multiplicarse "tigres, leones, ñandúes y otros animales 
salvajes". 

Alcides D'Orbigny refiere que al pasar cerca del río San José 
debió soportar "el desagradable espectáculo de una gran cantidad 
de esqueletos de animales esparcidos en toda la extensión de la 
llanura, que testimoniaban los estragos de la guerra", y el estado 
de abandono de la campaña. Después de referirse a la pobreza 
del comercio de Maldonado, recuerda que "Montevideo cuenta 
hoy con 15.000 habitantes. Su población, antes de la guerra, era 
de 20.000 almas". Y aludiendo a modalidades de la misma Ciu- 
dad, agrega: "Antes de la guerra las quintas o lugares de recreo 
de los habitantes pudientes, constituían para sus propietarios re- 
tiros rurales llenos de encanto. . ., pero muchos de esos delicados 
retiros han sido saqueados, devastados; no pocos de sus dueños, 
antes adinerados, se ven reducidos hoy a la más cruel indi- 
gencia" (2). 

b) La conquista portuguesa-brasilera fué una obra de ra- 
pacidad y de desorden. — Movida por miras de pura ambición 
material, además de resultar nulo en absoluto su aporte a los 
intereses de la Provincia sojuzgada, la codicia de sus represen- 
tantes oficiales arrasó, ésta es la palabra, cuando estuvo a su 
alcance y estimuló iguales apetitos en la inmigración provocada. 
En "La Aurora", diario editado en Montevideo por el año 1823, 
un suelto titulado "Variedades" califica a los usurpadores diciendo 
de ellos que son "una gavilla de ladrones", que a los pobres ve- 
cinos "les robaron los ganados, les violaron las hijas y les qui- 
taron hasta los cueros de deshecho que cubrían las chozas de 
algunas familias infelices" (3). 

Los habitantes de Río Grande, dice el Almirante Sena Pereira 
(Colección Lamas, "Memorias y reflexiones sobre el Río de la 
Plata") dilataron sus estancias a la parte de Tacuarembó, Luna- 



(1) "Historia do Brazil". 

(2) "Voyage pittoresque dans les deux Ameriques", París, 1826. 

(3) "La Aurora", N.° 16, Abril 8 de 1823, Biblioteca Nacional. 



— 40 — 

rejo y aún a la frontera del Yaguarón, que llegaron a convertirse 
en propiedades brasileñas" (1). 

En carta de Octubre de 1827, al General Lavalleja, el gran 
patriota don Pedro Trápani, previendo la posibilidad de que la 
paz se consumara, le insinuaba entre las medidas que en tal oca- 
sión debería tomarse, el cubrir los perjuicios de los naturales con 
las propiedades "de todos aquellos generalotes y magnates por- 
tugueses que se han hecho ricos con el sudor y la sangre orienta!. 
Si tal cosa no sucede, que no quede piedra sobre piedra" (2). 

" Un pueblo como el de Montevideo, lo que debe a los in- 
vasores es: que hayan robado ele su campaña violentamente y con 
la autoridad del General, más de cuatro millones de cabezas de 
ganado vacuno, que han introducido al territorio brasilero, según 
consta de la toma de razón llenada en los pasos de la frontera. 
Véase con referencia a este punto dos hechos curiosos. Antes'de 
1817, en la Capital General de Río Grande, perteneciente al Brasil, 
distante de Montevideo 120 leguas, no había sino trece saladeros: 
en el día hay ciento veinte. Antes que entraran los portugueses, 
la campaña de Montevideo abundaba de ganado como ninguna 
otra en aquella parte de América: en el día los mismos brasileros 
que .se están poblando en ella, tienen que traer ganado de su te- 
rritorio para fundar las estancias" (3). Se denuncia en la carta 
a que corresponde la precedente transcripción, el plan de la con- 
quista "de poblar la campaña con brasileros", y con ese fin, "el 
General quita los terrenos a los naturales y se los adjudica a 
aquéllos (los brasileros) sin la menor compensación, y antes por 
el contrario, haciéndoles entender que lo deben de justicia". En 
presencia de tan terminantes pruebas documentales de la rapa- 
cidad de la conquista, no debe asombrarnos la afirmación de 
Saint-Hilaire (4) de que la batalla de Tacuarembó fué seguida 
de una "arriada de unas ochenta mil cabezas de ganado con des- 

o 

lino a Río Grande".. 

El General Rivera, en testimonio enviado al Gobierno de 
Buenos Aires el 4 de Julio de 1828, formula un verdadero proceso 
de la conquista portuguesa, que en lo referente al aspecto que 
ahora desarrollamos, dice: "Sería preciso llenar muchas páginas 
para enumerar todas las tropelías, vejámenes; rapiñas y arbitra- 
riedades que se dejaron sentir desde aquel momento" (se refiere 
a la época de la pacificación del país), y prosigue: "En un cerrar 
y abrir de ojos desaparecieron de entre nuestras manos las pin- 
gües estancias que hacían la base esencial de nuestra riqueza. Los 
terrenos pasaron luego a otro poder y sus dueños quedaron en la 



(1) Citado por el Dr. Eduardo Acevedo, op. citada. 

(2) Colección Lamas, documento núm. 808. Archivo y Museo Histórico. 

(3) Noticias de las Provincias Unidas del Río de la Plata, op. cit. 

(4) Op. cit. 



— 41 — 

última indigencia, y algunos que osaron reclamarlos fueron arro- 
jados a los calabozos de la isla das Cobras y otros que se erigie- 
ron para aterrar a nuestros conciudadanos y muy particularmente 
a aquellos que soñaban siquiera por la libertad e independencia 
de su adorada patria" (1). 

"La Aurora" del 11 de Enero de 1823 dirigía a los habitantes 
de Montevideo, en consonancia con el movimiento que allí se 
desarrollaba, una especie de proclama; y entre otras cosas intere- 
santes hacía, en estos términos, el juicio de la codicia portuguesa: 
" ¿Quién os ha hecho ciegos instrumentos de su engrandecimiento 
y ha decretado -en el célebre Congreso Cisplatino vuestra suerte 
y la de vuestros hijos, sin consultar siquiera la voluntad de un 
sólo habitante? ¿Quiénes los que desde aquel momento os han 
sometido al imperio de su capricho soberano para repartirse la 
riqueza del Estado y engrandecerse sobre vuestras ruinas? — 
¿Quiénes los que os hicieron una guerra sorda de exterminio y 
toleraron que vuestras haciendas fuesen escandalosamente sa- 
queadas y transportadas a los campos de nuestro eterno enemigo, 
dejándonos reducidos al esqueleto de la miseria? ¿Quiénes los 
que hicieron de las estancias de Zamora el depósito y receptáculo 
de los ganados del Estado y de los particulares abriendo en ellos 
la fuente del escándalo que produjo un manantial de plata a todos 
los monopolistas de la logia? ¿Quiénes los que aniquilaron el 
comercio gravándolo con derechos asombrosos sin otro objeto 
positivo que facilitarse los medios de hacer exclusivamente con- 
trabando lucrativo paralizando el giro de los otros concurren- 
el General Saldanha" (3). 

El Cabildo de Guadalupe, con fecha 12 de julio de 1823, se 
dirigía al Gobierno de Río de Janeiro, por intermedio del doctor 
Lucas José Obes, y en un substancioso memorándum, le hacía 
saber: "Los pueblos ven que contra los decretos y leyes de un 
sitio entran ganados a la línea y salen cargamentos de la plaza 
con permisos especiales, y que con pretexto de ser para consumo 
de las tropas, se depositan en los almacenes del Brigadier Síndico, 
que se ha hecho Proveedor General del Ejército." insiste el Ca- 
bildo en sus reveladoras denuncias, y entre ellas señala "que los 
ganados de la Provincia fueron en su mayor parte saqueados por 
el General Saldanha' r (2). 

En el Archivo Administrativo se conserva un manuscrito, que 
muy fundadas presunciones atribuyen a la brillante pluma del 
doctor Lucas José Obes, en el que se contiene una exposición de 



(1) Transcripción de la obra "José Artigas", por Eduardo Acevedo. 

(2) "La Aurora", Biblioteca Nacional. 

(3) De la Sota, "Cuadros históricos", manuscrito en el Archivo del 
Juzgado Letrado de lo Civil de tercer turno. 



— 42 — 

la situación de la conquista brasilera en 1824. El documento es, 
sin duda, copia o borrador de una exposición dirigida a S. M. F.; 
y haciendo alusión al Síndico García de Zúñiga, dice que para 
éste son cosas muy principales, "el sueldo, los galones y un co- 
mercio lucrativo en letras, en ponchos, en yerba, en tabaco y cien 
artículos diferentes, cuya subadministración a precios equitativos 
no es el único servicio que le debe la milicia del Estado" (1). 

El historiador De la Sota, en ei manuscrito citado, da como 
cierto que durante la dominación extranjera, las partidas de la- 
drones infestaban la campaña, "llegando al extremo de que asal- 
tada la estancia del finado Zamora hicieron desaparecer 16.000 
cabezas de ganado vacuno". 

Para clausurar el relato de esta serie de horrores, reproduci- 
mos de "La Aurora" del 21 de Diciembre de 1822, lo siguiente: 
"La pastura de los campos, que en todo tiempo ha constituido la 
principal riqueza de este país, y cuyo manufacto ha sido siempre 
el atractivo del comercio de Europa, no sólo se vio despreciada 
después de tantas y tan profundas desgracias como habían expe- 
rimentado los hacendados arrancando a los brazos de la industria, 
en un solo golpe, centenares de hombres enviados a poblar otros 
climas, sino que con fría indiferencia se vieron las haciendas en- 
tregadas al pillaje de las hordas brasilenses que a título de tran- 
quilizar la campaña, se robaron los millones de reses y caballos 
que la cubrían, dejándola en la quietud mortal de la miseria"- (2). 

c) La conquista portuguesa hizo pesar sobre la escasa po- 
blación sometida, una burocracia inútil y dispendiosa. — En Mon- 
tevideo se daba el caso de que "para gobernar solamente (puede 
decirse) un pueblo de doce mil almas", (3) había un Capitán 
General, un Gobernador Intendente, un Síndico, un" Presidente de 
la Cámara de Justicia, una Junta de Hacienda, un Cabildo, un 
Tribunal de Comercio, un Tribunal Eclesiástico y dos Juzgados 
Ordinarios. El Cabildo de Canelones, en oficio a S. M. F., ya ci- 
tado, le hacía presente que "los pueblos ven que en una Provincia 
tan corta hai un Gobernador Capitán General, un Gobernador In- 
tendente, un Gobernador Militar en la Colonia y otro en Maldo- 
nado, pequeñas poblaciones que apenas merecen el nombre de 
ciudades" (4). 

d) La conquista portuguesa se redujo a la ocupación pura- 
mente militar de algunos puntos del territorio del país; y su pre- 
tendido gobierno organizado no fué sino la más absoluta, despó- 



(1) Archivo General Administrativo, Enero 16 de 1824. 

(2) "La Aurora", N.o 1, Biblioteca Nacional. — Ver "El Pampero", 
N." 2, 25 de Diciembre de 1822, Museo Mitre (Buenos Aires). 

(3) Representación del doctor Lucas José Obes a S. M. F., "Cuadros 
nacionales", De la Sota. 

(4) De la Sota, manuscrito citado. 



— 43 — 

tica e irresponsable centralización de facultades y funciones. — 

Para justificarlo ampliamente bastará mencionar testimonios y 
documentos procedentes de elementos integrantes del régimen de 
la conquista, que sintiéndose anulados, ellos mismos, por el sis- 
tema de absorción que el Barón de la Laguna implantara con un 
celo digno de mejor causa, lo señalaban a la atención del gobierno 
del Janeiro como un síntoma de descomposición al que era nece- 
sario poner pronto y eficaz remedio. En representación dirigida 
al Emperador, con fecha 12 de Julio de 1823, el Cabildo de Gua- 
dalupe exponía: "Cuando los pueblos esperaban las convenientes 
reformas en la administración de este Estado, ven con disgusto 
que continúa el mismo sistema militar absoluto que empezó a re- 
gir desde la ocupación de este país por las armas portuguesas; 
sistema odioso, por cuya destrucción han hecho tantos sacrificios 
en trece años." Y esbozando un paralelo bien ilustrativo entre la 
dominación española y la conquista que entonces pesaba sobre 
la población, agregaba: "La Provincia se halla bajo el régimen 
destructor de los Virreyes, en tiempo de las Colonias; mas con 
la diferencia muy marcable de que entonces existía una Real Au- 
diencia que defendía a los vasallos de las arbitrariedades del Po- 
der Militar, y una Junta Superior de Real Hacienda que conocía 
exclusivamente de las rentas reales, y un Tribunal de cuentas que 
castigaba los abusos del manejo de los empleados en su cobro, 
administración, etc., mientras que ahora todo depende del Jefe 
Militar." La misma Corporación advertía al Emperador que los 
decretos de Río Janeiro que ordenaban medidas benéficas para 
la Provincia no se publicaban, se ocultaban y sólo llegaban a 
conocimiento de los interesados por conducto de los papeles pú- 
blicos de Buenos Aires; y que siendo el sistema con que se go- 
bernaba el Estado de que formaban parte, "todo militar", y obrán- 
dose en todos los casos conforme a las normas militares, los jue- 
ces no podían entender en los asuntos de su incumbencia y los 
habitantes veían que sus autoridades civiles er?n desairadas y no 
desempeñaban el rol que a su alta misión correspondía. 

¿Hasta cuándo han de sufrir los pueblos, escribía el doctor 
Lucas José Obes, "el peso enorme de una autoridad tanto más 
temible cuanto menos conocida: tanto más cruel cuanto menos 
responsable: tanto más odiosa cuanto menos digna del culto que 
nos exige y de la divinidad que se atribuye? Si es hasta que 
cesen las inquietudes de la campaña, las inquietudes ya cesaron; 
si es hasta que Montevideo recobre el sosiego, Montevideo está 
sosegado; si hasta que el Estado Cisplatino tenga una ley fun- 
damental, ya tenemos una Lei y los Pueblos la han jurado." Son 
estas las palabras del doctor Obes, quizá el propagandista de ma- 
yor relieve que la causa de la conquista portuguesa pudo contar 
entre sus escasos adeptos. Y es el propio doctor Obes el que, 



— 44^ 

frente al desquicio del gobierno del entonces llamado Estado Cis- 
platino, proponía al Emperador, como medio de alejar los sínto- 
mas de rebelión que ya se anunciaban, la creación de una Comi- 
sión encargada de ''operar los arreglos precisos en los ramos de 
Justicia, Hacienda y Policía, independiente de las autoridades lo- 
cales, cuyas deliberaciones no tendrían efecto hasta la aprobación 
de S. M. I., e integrada por miembros de la Cámara de Justicia, 
Junta de Hacienda, Cabildos, Real Consulado y Junta de Hacen- 
dados". Consideraba el proponente de esta reforma, que en el 
estado lamentable a que las cosas habían llegado, no quedaba 
otro camino a seguir sino el nombramiento de la aludida corpo- 
ración, dependiente directamente del soberano. Y, a propósito, 
expresaba: "Todo lo demás es inútil, es pequeño, es pernicioso: 
hai dos caminos: o confiarlo todo a un hombre, o entregarlo todo 
a la Justicia. En el primer caso V. E. debe escuchar a don Tomás 
García de Zúñiga, al Barón de la Laguna y cuantos en su abono 
suponen a los pueblos orientales satisfechos en el orden presente, 
resignados a sufrir sus consecuencias y obedecer sin discerni- 
miento al impulso de las bayonetas; pero en el segundo caso díg- 
nese V. E. escuchar los gritos de su bella razón, aguzada por la 
experiencia". 

En el manuscrito ya citado, refiere el historiador de la Sota 
que durante el período de la dominación lusitana y especialmente 
en el año 1818, eran repetidos "los insultos y desaires que hacían 
los oficiales de la guardia principal del Cabildo (de Montevideo), 
sometiendo a mil vejaciones a los vecinos, obligándolos, para po- 
der entrar a" las oficinas, a hacer un círculo alrededor de las ar- 
mas, con sombrero en mano: negarse a dar auxilios para la excar- 
celación de presos y otros mil denuestos que formaban un con- 
traste con el título de Excelencia que investía la Corporación y 
el de Señoría de sus miembros". 

El doctor Valentín Gómez, en su memorándum al Gobierno 
de Buenos Aires, antes mencionado, da como probado que durante 
la conquista portuguesa, fué corriente que las casas de los habi- 
tantes se destinaran violentamente para servir de alojamiento a 
los oficiales y tropas del Brasil, y que los vecinos pacíficos se 
vieran arrancados de sus hogares para engrosar las filas del 
ejército. 

Sería interminable tarea el transcribir una por una todas las 
pruebas documentales de las que resulta confirmada la premisa 
de que la conquista portuguesa no pasó nunca de una ocupación 
puramente militar. De ella pudo decirse con verdad: "Sin justicia, 
sin apoyo en la opinión, sin otro nombre que el que les da su 
oprobiosa conducta, continúan su plan favorito de exterminio e 
intolerancia, y empeñados en ahogar la voz triunfante de sus ad- 
versarios, gritan como energúmenos y dan al mundo un ejemplo 



— 45 — 

de escándalo, opresión y desorden." ("El Pampero") 

e) La conquista portuguesa nunca fué aceptada por los 
nativos. — Un historiador brasilero, Fernando Luis Osorio, afirma 
que "cuando el general Lecor penetró en la Banda Oriental, fué 
combatido. Se apoderó de la Ciudad de Montevideo porque los 
orientales la abandonaron, no pudiendo defenderla. El general, 
después ele conquistar el territorio oriental, esforzóse por con- 
quistar a sus habitantes. Para captarse simpatías prodigó pro- 
mesas y honras en nombre del Emperador Pedro í. Aconsejó el 
matrimonio de sus oficiales con hijas de la tierra conquistada, y 
él mismo dio el. ejemplo, pues contando 70 años casó con una 
joven de 18. Mas el hecho es este: en la intimidad de las familias, 
a pesar de esas seducciones, nunca dejó de hablarse contra la 
dominación portuguesa" (1). En idéntico sentido, una carta pu- 
blicada en Londres en 1825, contiene conceptos como estos: 
"Desde el año 1817, en que los portugueses invadieron la Pro- 
vincia, faltan de ella más de ocho mil almas que han emigrado a 
Buenos Aires y territorios adyacentes. . . Esta emigración no ha 
podido motivarla sólo la miseria, la nulidad total a que ha que- 
dado reducido aquel país por la falta de giro, ninguna sociedad, 
ningún atractivo, ningún motivo de placer, etc.; la razón es que 
siempre se alimenta la esperanza de libertarse de un yugo que 
degrada a los orientales." 

Aun en el período en que la lucha armada contra los invaso- 
res se impuso una tregua, la voluntad de resistir mantuvo inal- 
terable su mira y el espíritu de rebelión de los nativos no traicionó 
jamás la consigna que la derrota de Tacuarembó debió dejar, 
como un imperativo ineludible, en la conciencia de aquellos hom- 
bres libres. "Exhaustos por casi un decenio de batallas, obligados 
a esperar que unos cuantos años de quietud permitiesen recons- 
truir las fuerzas vivas del país, a bien decir del todo consumidas 
asistían los orientales — dice el historiador brasilero Alfredo Va 
reía — a la triste escena, sin las reacciones de un civismo -que 
entonces carecía de medios para vengarse" (2). 

Para evidenciar la persistencia de la hostilidad de los nativos 
frente a la conquista, nada más decisivo que juzgarla a través de 
un relato obra de uno de los más decididos sostenedores de la 
causa del Brasil, el tantas veces citado .doctor Obes, según do- 
cumentos que las más fundadas presunciones permiten atribuirle. 
Dice así: "Si el espíritu de intriga, ambición y codicia alguna vez 
dijeron que las instituciones liberales eran peligrosas o que en 
darlas se conseguía menos que en tener sujetos por la fuerza estos 
pueblos recién arrancados al torbellino de las revoluciones, yo me 



(1) "Historia do General Osorio". 

(2) "Dirás grandes intrigas". 



-46- 

íevanto para desmentirlas con la razón de cada hombre sensato, 
y la experiencia de todos los siglos: me levanto para defender a 
mis compatriotas de esta injuria y para asegurar a V. E. que el 
despotismo y la fuerza podrán alejar, pero no impedir, que una 
explosión repentina haga ver a los déspotas de Montevideo que 
los hombres por todas partes son los mismos: "amantes del que 
los protege y enemigos del que los oprime". Después de relatar 
las guerras que los naturales mantuvieron con los españoles, con 
los ingleses, con los argentinos, sintetiza su pensamiento en estos 
términos: "Esta es la historia de 14 años en que propagadas y 
debatidas las ideas del siglo, debe suponerse a la población del 
Estado Cisplatino más dispuesta, como más instruida, a renovar 
aquellas escenas siempre que lo pidan iguales causas." Plantea 
después la hipótesis de una nueva resistencia armada, y acerca 
de su posibilidad es terminante: "En cuanto a mí, ciertamente, ni 
lo tengo por imposible ni por remoto, cualquiera que sea la suerte 
de los Estados que están en contacto con Montevideo" (1). 

Una prueba más de que la resistencia a la dominación lusi- 
tana se conservó inalterable y fué unánime hasta el final de la 
conquista, y que ésta no llegó a tener nunca arraigo en el país 
subyugado, nos la ofrece un viajero francés que visitó estos países 
cuando se acababa de ajusfar la paz con los brasileños. "No po- 
día llegar yo en un momento más favorable. La guerra entre Bue- 
nos Aires y los Brasileros, por la posesión de Montevideo, aca- 
baba de terminar. Todo estaba en conmoción, como sucede en 
las revoluciones políticas, que necesariamente ponen en movi- 
miento las pasiones. Por todas partes no se oía otra cosa sino 
reflexiones y comentarios contradictorios acerca de los sucesos; 
y por doquiera, en todas las rutas, los gritos de ¡viva la patria! 
se mezclaban al ruido de la marcha de las tropas extranjeras que 
en cumplimiento del tratado comenzaban ya su retirada" (2). Y 
el mismo D'Orbigny sintetiza el fracaso y la perversidad de la 
conquista y el constante repudio de los orientales, cuando declara: 
la República Oriental está "separada del Imperio del Brasil por 
las aguas del Río Cuareim y del Río Yaguarón; pero lo está mucho 
más por el recuerdo imborrable de los males con que la afligieron 
sus enemigos implacables". 

í) La conquista portuguesa y su consolidación estuvieron a 
cargo exclusivo del Barón de la Laguna, funcionario que durante 
diez años obró discrecionalmente. Así, a la exagerada política 
de absorción que los portugueses pusieron er¿ práctica respecto 
de la Banda Oriental, se unió como nuevo elemento de despres- 
tigio, la ambición vulgar y desmedida del Jefe que para su some- 



(1) Documento fecha Enero 27 de 1824, Archivo Gral. Administrativo. 

(2) Alcides D'Irbigny, op. cit. 



— 47 — 

timiento le destinaron. Su única condición, y aun ésta, relativa, 
fué la ¡astucia. "A cada uno lo complacía por el lado de su inte- 
rés", expresa el historiador de la Sota (1). "Lecor es un raposo 
y no un león", dice el General Lavalleja en carta a don Pedro 
Trápani (2). 

Y el mismo Trápani, en cartas a Lavalleja, le recuerda que 
el arma favorita de Lecor es "la discordia", y le recomienda que 
no se descuide, pues "Lecor es intrigante" (3). Para conseguir 
su único objetivo, conservar su bien remunerado destino y explo- 
tarlo sin tasa ni medida, Lecor "puso en juego todos los resortes 
del maquiavelismo más refinado"; y no le faltaban razones para 
ello, pues en todo el Imperio "no hallaba empleo que pudiera 
lisonjear más su amor propio". De la Sota, a quien pertenecen 
los párrafos transcriptos, concluye por decir que Lecor "disponía 
de las rentas; daba empleos, gratificaciones, tierras, vacas; gober- 
naba en todas las reparticiones a su arbitrio; mandaba como Vi- 
sir; todos le doblaban la rodilla; y, en pequeño, era un verdadero 
soberano". Los medios empleados para perpetuar este sistema 
despótico, se redujeron en lo esencial a "hacer durar la guerra 
y hacer aparecer al país en peligro y dominado por el desorden", 
Era, pues, un digno ejecutor de la censurable conquista portu- 
guesa; y, con sus tortuosos procedimientos había de contribuir a 
excitar más y más la resistencia que el atentado por sí solo pro- 
vocaba. 



(1) "Cuadros históricos", manuscrito citado. 

(2) Colección Lamas, documento N.° 842, Archivo y Museo Histórico. 

(3) Colee. Lamas, documentos 830 y 771, Archivo y Museo Histórico. 



CAPÍTULO V 7 

INDEPENDENCIA DEL BRASIL 

1. — El espíritu antimonárquico en el Reino Unido. 

2. — La revolución en Portugal y en el Brasil. 

3. — Regreso del rey a Portugal. La obra de las Cortes. 

4. — La independencia del Brasil. 

5. — La independencia del Brasil en la Banda Oriental. 

1. — El historiador brasileño Alfredo Várela, recoge una afir- 
mación del "Investigador", diario portugués que en 1817 se edi- 
taba en Londres, en que se reconocía en la regencia de Lisboa 
una propensión general del espíritu público para abrazar princi- 
pios antimonárquicos; y haciendo suya aquella afirmación, el au- 
tor citado expresa: "En verdad, el espíritu de renovación, como 
queda dicho, se agitaba vigorosamente en el Reino Unido. . .", y 
el designio era "republicanizar gradualmente todos los Estados 
portugueses, para lo que existían acuerdos clandestinos entre las 
logias carbonarias de toda la Península, y aun mismo con las de 
Italia y con las demás sociedades revolucionarias de otros paí- 
ses" (1). El gobierno del general Beresford, que después de la 
huida de la familia real dirigía, en calidad de regente, los destinos 
del país en su política interna, "perseguía, sobre todo, a las so- 
ciedades secretas", y en decreto dictado en el año 1818, disponía, 
entre otras medidas: "Todo el que venda, dé, preste o deje salir 
de sus manos una medalla, sello, símbolo, grabado, libro, cate- 
cismo o instrucción que se relacione con estas sociedades mal- 
ditas, será castigado con la pena de cuatro a diez años de depor- 
tación" (2). 

En el entonces Reino Unido del Brasil actuaban también efi- 
cazmente las tendencias revolucionarias de la metrópoli; y a los 
empeños de sus prosélitos y a la predisposición que en los natu- 
rales hallaban para extenderse y arraigarse, uníase como factor 
decisivo para que la obra cobrara en intensidad lo que ya había 
alcanzado en extensión, la nota entonces dominante en el cuadro 
que la América Meridional presentaba, o sea \b resistencia armada 
contra la conquista española. Claro está que la influencia de este 
factor y su repercusión en el Brasil, no se reducían a la mera 
sugestión que del ejemplo de los vecinos emanaba; sino que con 
el ejemplo venían también las incitaciones directas, los ofreci- 



(1) "Duas grandes intrigas". 

(2) C. Seignobos, "Histoire politique de l'Europe contemporaini 



— 50 — 

mientos ocultos, los convenios clandestinos. "Un europeo de 
tránsito en Recife por Febrero de 1816, nos certifica hallarse la 
tierra sosegada; pero que en las almas era tan grande la fermen- 
tación, que todo anunciaba que la Provincia no tardaría en par- 
ticipar del movimiento revolucionario que sacudía a la América 
española" (1). 

2. — Los amagos de revolución concrétanse, en la Metrópoli, 
en el levantamiento de 1817, tan cruelmente reprimido, y en la 
revolución que iniciada en Porto, tuvo eco en Lisboa y aclamó 
un régimen democrático en que el Príncipe Real quedaba reducido 
a la condición de mascarón de proa y en que ia realidad del poder 
s*e encomendaba a una sola Cámara del tipo de la Conven- 
ción" (2). El espíritu de rebelión no se limita tampoco en el 
Brasil, a la obra de proselitismo. "Una revolución, proclamando 
un gobierno absolutamente independiente de la sujeción de la 
Corte de Río de Janeiro, estalla en Pernambuco en 1817" (3). 

Dice bien Oliveira Lima, cuando afirma que este intento re- 
volucionario — "manifestación poco equívoca de nacionalismo" — 
fracasó por haberse presentado bajo una forma republicana. Pre- 
matura no por falta de ambiente en las masas sobre que actuaba, 
sino porque los elementos moderadores contaban todavía con la 
gran palanca que para ellos y sus fines representaba la presencia 
de la Corte en el Brasil, es innegable que la rebelión de Pernam- 
buco "abrió una ancha zanja entre los dos bandos. La turba por- 
tuguesa que llenaba las calles cuando fueron llevados al patíbulo 
los patriotas brasileños, les escupió a la cara" (4). 

3. — El levantamiento de Porto, que "llenó al Rey de asombro 
y a la Corte de terrores", tuvo por consecuencias más salientes 
la instalación de un gobierno provisorio, el destierro del General 
Beresford y el retorno de D. Juan VI y de su Corte a la Capital 
de la metrópoli portuguesa, en Abril de 1821. La obra legislativa 
de la revolución encontró medio y ocasión de exteriorizarse en 
las Cortes constituyentes convocadas por el Rey. De allí salió la 
Constitución portuguesa de 1822, concordante en lo esencial con 
la española de 1812. 

La obra de las Cortes portuguesas, en lai" que, como se ha 
visto, primaba el elemento liberal, inició entonces respecto del 
Brasil una política tendiente "a ahogar las libertades concedidas 
a éste por Juan VI". El ideal de las Cortes se resumía "en un 
sistema de recolonización, es decir, en la vuelta pura y simple del 
Reino Unido al estado anterior de colonia"; su más firme propó- 



(1) Alfredo Várela, op. cit. 

(2) M. Oliveira Lima, "Formación histórica de la nacionalidad 
brasilera". 

(3) V. de Porto Seguro, "Historia Gral. do Brazil". 

(4) Oliveira Lima, op. cit. 



— 51 — 

sito era "mantener en sujeción incondicional a un pueblo que ya 
estaba políticamente emancipado; y los medios empleados para 
conseguir los fines propuestos, dirigíanse de preferencia a esti- 
mular la desunión entre las distintas provincias del Brasil, comu- 
nicándose las Cortes con cada una de ellas por separado, "con 
la mira de restablecer la primitiva organización feudal y con el 
resultado de quebrantar las fuerzas de un cuerpo que si tenía 
algún valor, era por la armonía del conjunto" (1). 

Idéntica finalidad tenía el envío de refuerzos a la División 
portuguesa de Río, y la pretensión de que el Regente admitiera 
en el Brasil un' comité militar con facultades para asuntos mili- 
tares y un comité civil con jurisdicción en materia administrativa, 
ambos constitucionalmente responsables ante las Cortes. 

Por último "las Cortes dispusieron que el Príncipe Regente 
se trasladara a Europa para completar su educación, y que se 
dividiera el Brasil en cuatro provincias independientes entre sí. 
pero sometidas a la Metrópoli" (2). 

4. — Se había colmado la medida. Los ocultos designios de 
los agentes revolucionarios, tanto tiempo contenidos, volvían a 
asomar a la superficie de los sucesos, ahora con la intensidad y 
el nuevo empuje de que las indirectas provocaciones de Lisboa 
los habían dotado. Y es así que el 13 de Mayo de 1822 el pueblo 
se maniifesta contra la partida del Príncipe y le otorga el título 
de "Príncipe Regente constitucional y defensor perpetuo del 
Brasil". 

Hechos posteriores pero inmediatos, consuman la obra: "Don 
Pedro de Alcántara, que quedaba recorriendo la Provincia de San 
Pablo, se detuvo a orillas del Ipiranga. Allí le alcanzó un correo 
de Río de Janeiro con importantes comunicaciones de Lisboa. 
Eran los decretos del 1.° de Agosto de 1822, por los cuales se 
anulaba la convocatoria de procuradores de las provincias bra- 
sileñas, se mandaba responsabilizar a los ministros, se les imponía 
completa sujeción a las leyes y resoluciones de las Cortes y se 
nombraban nuevos ministros, con absoluto desconocimiento del 
derecho de D. Pedro a elegirse consejeros. Don Pedro entonces^ 
"llamó a su alrededor a toda la comitiva; arrancándose del som- 
brero el lazo portugués que tenía prendido y tirándolo al suelo, 
gritó con energía: ¡Independencia o muerte!, montó a caballo, 
dejó que el Ypiranga siguiera corriendo alegremente y encaminóse 
a la ciudad en medio de los vivas estruendosos que por todo el 
trayecto provocaba su comitiva" (3). 

La independencia del Brasil, consumada ya en los hechos, 

(1) Oliveira Lima, op. cit. 

(2J F. A. Berra, op. cit. 

(3) Eduardo Acevedo, op. cit. (Transcripción de Pereira da Silva, 

"Historia da fundagao do Imperio Brasileiro". 



— 52 — 

entraba en el período de su consolidación institucional. 

5. — Son notorias las repercusiones de los sucesos relatados, 
en la Banda Oriental. Contra los que creyeron "que desde enton- 
ces las cuestiones sobre Montevideo serían más llanas, que el 
Brasil daría un gran paso que contribuyese a asegurar su inde- 
pendencia, a acreditarse con los estados contemporáneos, y con 
el mundo", sucedió todo lo contrario. El 1.° de Agosto de 1822 
D. Pedro se dirigió al Barón de la Laguna, ordenándole "que la 
división portuguesa denominada Voluntarios Reales del Rey fuese 
removida cuanto antes de la Plaza de Montevideo, donde se ha- 
llaba estacionada, intimándole al Brigadier D. Alvaro da Costa 
su embarque con la mencionada División para Lisboa, en los 
transportes que se le designasen" (1). El historiador citado agrega 
que "se le prevenía lo que iba a acontecer en pocos días, es decir, 
la proclamación de la independencia y la aclamación del Empe- 
rador D. Pedro I, que debían secundarse en la Cisplatina". Si- 
guióse a esto, el 1 1 de Setiembre, la intimación de Lecor a da 
Costa para que sometiéndose a la voluntad de D. Pedro proce- 
diese, en consecuencia, a embarcarse de inmediato para Lisboa; y 
la airada actitud de D. Alvaro, que ante las repetidas comunica- 
ciones que para su retiro se le dirigieran, y frente a las imputa- 
ciones con que fracasado aquel intento procuran denigrarlo, 
expone, en oficio de 30 de Setiembre, al Cabildo de Montevideo, 
para que éste, "por el medio que le parezca más propio", lo de- 
clare, "que la División, de su "motu proprio", nunca volverá sus 
armas contra los que desde 1820 reputa amigos"; que su único 
objeto "es embarcarse para Portugal en los transportes que se le 
proporcionen", y que mientras dure su estada en Montevideo, las 
tropas que comanda se ajustarán a respetar los fueros y privilegios 
de aquellos que no ataquen sus derechos" (2). 

La consecuencia inmediata de los hechos relacionados, su 
consecuencia ostensible y material, por lo menos, fué que "el ejér- 
cito que ocupaba la plaza de Montevideo, apareció repentina- 
mente dividido en dos bandos: el uno, que estaba por la indepen- 
dencia del Brasil, capitaneado por el Barón de la Laguna, decla- 



(1) De-María, "Compendio de la historia de la República Oriental del 
Uruguay". Las órdenes de D. Pedro I a Lecor le indicaban que reasumiese 
toda la autoridad de la Provincia y que cumpliera sus órdenes anteriores, 
referentes al Consejo Militar de la División de Voluntarios Reales, que el 
Príncipe Regente consideraba ilegal, "pues todo hecho en que una porción 
de tropas se constituye liquidadora y reguladora de sus propios intereses, 
es totalmente anárquico y destruye la subordinación, debida a las autorida- 
des". La circular prevenía además a Lecor que en caso de desobediencia 
abandonara la ciudad y, reunidos con el Síndico y e! Brigadier Manuel Már- 
quez, tomasen las medidas más propias para forzar al Consejo y a i?s 
tropas a la obediencia". — De la Sota, "Cuadros históricos", man. citado. 

(2) Archivo General Administrativo, Libro de oficios. 



— 53 — 

rado traidor en Lisboa, que había sido el General en Jefe, y el 
otro, que estaba por la dependencia del Brasil al Portugal, capi- 
taneado por uno de los generales europeos, llamado D. Alvaro da 
Costa de Souza de Macedo" (1). 

La disidencia acentuó sus contornos y cobró caracteres de- 
finitivos, cuando el 12 de Octubre, Lecor, con los funcionarios y 
tropa que lo habían seguido, primero a Guadalupe y a San José, 
después, aclamaron Emperador del Brasil y de la Provincia Cis- 
platina a D. Pedro I. Es interesante y parece oportuno hacer aquí 
alguna referencia a las solemnidades que en consonancia con la 
actitud del Barón de la Laguna hicieron los otros Ayuntamientos 
que respondían al partido del Brasil. 

El Cabildo de Florida, en sesión del 10 de Octubre, dejaba 
constancia en su libro de actas, de "que habiendo llegado a su 
noticia que todos los Pueblos, Cabildos y Pueblos Militares de 
la Provincia del Reyno del Brasil han declarado solemnemente 
su Independencia, estableciendo un Imperio de todas las Provin- 
cias Confederadas, y han proclamado por su primer Emperador 
Constitucional al señor don Pedro de Alcántara, antes Príncipe 
Regente, y defensor, protector del Brasil, bajo la condición de 
prestar previamente el juramento solemne de jurar, guardar, man- 
tener y defender la Constitución que hiciere la Asamblea General 
Constituyente y Legislativa del Brasil", y considerando que "está 
en los intereses y en los deberes de este Estado entrar en la gran 
Confederación del Brasil: 1.°, porque de este modo asegura su 
independencia general del Continente de la América del Sud; 2.°, 
porque asegura su libertad, teniendo una intervención directa en 
la Constitución liberal de las Provincias Confederadas; 3.°, porque 
forma parte dé un vasto Imperio; 4.°, porque constituido bajo el 
gobierno y protección de un Emperador Constitucional y poderoso 
dexa garantida para siempre la seguridad exterior de este territo- 
rio, unido por la naturaleza al continente del Brasil. . .; 5.°, por- 
que con esta resolución sofoca y dexa nulos los esfuerzos con que 
trabajan los hombres perversos y ambiciosos para sumir el País 
en todos los horrores de la pasada anarquía, abusando de los 
nombres sagrados de Libertad y Patriotismo, y finalmente, porque 
no teniendo el Estado Cisplatino los elementos necesarios para 
constituirse en Nación Independiente, dictan la razón y la conve- 
niencia pública y privada se confedere e incorpore a un Imperio 
poderoso que le defienda de las invasiones extranjeras, de las in- 
trigas, de los perturbadores del orden interior. Por todas estas 
consideraciones acordaron que por su parte y como intérpretes 
de la voluntad y de los votos de todos los pueblos de este Depar- 
tamento", declaraban: "su Independencia Política; ratificaban sus. 



(1) Noticias de las Provincias Unidas del Río de la Plata. 



— 54 — 

incorporaciones al grande Imperio Brasilense; aclamaban y pro- 
clamaban con la efusión de sus corazones por su primer Empe- 
rador Constitucional al señor don Pedro de Alcántara, antes Prín- 
cipe Regente y defensor pereptuo del Brasil; y en este concepto, 
repitiendo con el mayor júbilo: 

1. — Viva nuestra Santa Religión. 

2. — Viva la Independencia del Brasil y del Estado Cisplatino. 

3. — Viva la Asamblea Constituyente Legislativa del Bra- 
sil..." (1). 

Análogas demostraciones se llevaban a cabo en los demás 
centros de población a donde llegaba la influencia y las inspira- 
ciones de Lecor. Con simples variantes de d2talle, todas revelan 
un estrecho parentesco espiritual y hasta literal. Son los mismos 
manejos que fraguaron en 1821 el Congreso Cisplatino, los que 
ahora pugnan, una vez más, por dar aspecto de legalidad a los 
actos de la conquista que deben llegar a tener cierta notoriedad 
fuera del territorio conquistado. Y como un nuevo antecedente 
de tan interesado empeño, sucédense en los distintos cuerpos del 
ejército las aclamaciones al nuevo orden de cosas, que inicia el 
Regimiento de Dragones de la Unión, en estos términos: "En el 
Arroyo de la Virgen, a 17 de Octubre de 1822, a las 11 de la ma- 
ñana, reunido en formación el Regimiento de Dragones de la Unión, 
su comandante, el Coronel don Fructuoso Rivera, manifestó a los 
señores oficiales las incalculables ventajas que resultarían al Es- 
tado Cisplatino de imitar a los demás cuerpos de tropa veterana, 
pueblos y cabildos de las provincias del Brasil, que habían decla- 
rado solemnemente su independencia y confederación, aclamando 
por su primer emperador constitucional al señor don Pedro de 
Alcántara, antes Príncipe regente y defensor perpetuo del Brasil, 
bajo el juramento de jurar y guardar, mantener y defender la 
constitución política del Imperio, que hiciese la Asamblea General 
Constituyente Legislativa del Brasil, compuesta de los represen- 
tantes de todas las provincias confederadas, cuya aclamación hizo 
el 12 del corriente al frente de las tropas del continente eLExcmo. 
Sr. Barón de la Laguna, jefe del ejército, gobernador y capitán 
general de este Estado, y que seguirán haciendo los pueblos, ca- 
bildos y cuerpos militares, como una medida, la más importante 
para fijar la libertad e independencia de este Estado, sofocar las 
aspiraciones de los anarquistas y garantir bajo la poderosa pro- 
tección del Imperio los inalienables derechos de los pueblos, po- 
niendo un término no esperado a la revolución de estos países: 
seguidamente vueltos los señores fiscales a ocupar sus puestos, 
en sus respectivas compañías, dirigió la voz al todo del regimiento, 
expresándose en estos términos: 



(1) Archivo del Juzgado Letrado de San José (hoy Archivo y Museo 
Histórico). 



— 55 — 

" Soldados: Doce años de desastrosa guerra por nuestra re- 
generación política nos hicieron tocar el infausto término de nues- 
tra total ruina, con tanta rapidez, cuanto mayor fué nuestro em- 
peño por conseguir aquel fin laudable: este desastre era consi- 
guiente a nuestra impotencia, a nuestra pequenez, a la falta de 
recursos y demás causas que por desgracia debéis tener bien pre- 
sentes, y que más de una vez habían hecho verter nuestra sangre 
infructuosamente. El remedio de tantos trabajos, desgracias y 
miserias, demasiadamente nos lo tiene exigido y enseñado la ex- 
periencia; pues que no es otro que apoyarnos de un poder fuerte 
e inmediato para ser respetables ante los ambiciosos y anarquis- 
tas, que no pierden momentos para proporcionarse fortuna y es- 
plendor a costa de vuestros intereses, de vuestro sosiego y tran- 
quilidad, y últimamente de vuestras vidas, mil veces más apre- 
ciables que las de aquellos fratricidas: si ellos se desvelan por su 
interés particular y momentáneo, ¿con cuánta más razón debemos 
noostros desvelarnos para fijar para siempre los destinos de nues- 
tro amado país? Y así, soldados, en ratificación de los deseos que 
ha doce años manifestáis, decid conmigo: 

1.°: Viva nuestra santa Religión. — 2.°: Viva la independencia 
del Brasil y del Estado Cisplatino. — 3.°: Viva la Asamblea Gene- 
ral Constituyente y Legislativa del Brasil. — 4.°: Viva el Empe- 
rador constitucional del Brasil y del Estado Cisplatino. — 5.°: 
Viva la Emperatriz del Brasil, y la dinastía del Brasil y del Estado 
Cisplatino. — 6.°: Viva el pueblo constitucional del Brasil y del 
Estado Cisplatino. — 7.°: Viva la incorporación del Estado Cis- 
platino al grande Imperio brasilense. 

" Estos vivas fueron correspondidos con el mayor júbilo por 
los señores oficiales, con aclamaciones y salvas de fusilería. De 
este modo concurrió con sus votos el Regimiento de Dragones de 
la Unión a la exaltación del Sr. D. Pedro I al trono del Brasil; y 
por no hallarse en la actualidad el capellán del regimiento, acor- 
dóse diferir, para cuando se halle en él, la misa solemne con "Te- 
Deum", que se celebrará en el mismo regimiento, para sellar tan 
plausible acto con sus súplicas al Todopoderoso para la conser- 
vación y acierto de S. M. F., por el de la Asamblea General Cons- 
tituyente y Legislativo, y por el del Estado Cisplatino. Asimismo 
se acordó que se extendiese acta de esta aclamación en el libro 
del regimiento, firmada por su coronel y oficiales, y que se pase 
una copia autorizada de ella al Excmo. Sr. Barón de la Laguna, 
para su conocimiento, y otra al Excmo. Sr. Síndico Procurador 
General del Estado, para que se digne elevarla a la augusta pre- 
sencia del Emperador, con las más plausibles felicitaciones, y ac- 
tivar cuanto esté de su parte las elecciones de diputados a la 
Asamblea General Constituyente y Legislativa del Imperio del 
¡Brasil" (1). 

(1) Deodoro de Pascual, op. cit. 



CAPÍTULO vi 

LA REVOLUCIÓN DE 1823 

1. — Su iniciación. 

2.— Repercusiones del movimiento en la campana. 

ó. — Los "Caballeros Orientales". 

4. — Las resoluciones del Cabildo. 

5. — El Cabildo y D. Juan Antonio Lavalleja. 

6. — Los diputados del Cabildo en Santa Fe. 

7. — Los diputados del Cabildo y el Gobierno de Buenos Aires. 

8.— La revolución de 1823: su fracaso. 

9. — Síntesis. 

1. Su iniciación. — Desde los primeros días de Setiembre de 
1822, quedaban nítidamente deslindados, uno de otro, los dos 
bandos en que había venido a dividirse el núcleo antes homogéneo 
de la milicia portuguesa: Alvaro da Costa en Montevideo, Lecor 
en Guadalupe primero, y por último en San José. 

Descartado el significado que esos hechos indudablemente 
tenían mirados desde un punto de vista material, grande era, por 
lo que en sí mismos representaban, su alcance moral, y más grande 
aún por el momento y el ambiente en que venían a producirse. 

La conquista portuguesa, que, según se ha visto, no fué nunca 
querida por los nativos del país sojuzgado, carecía de elementos 
de arraigo y sólo mantenía su artificial dominación merced a un 
sistema de gobierno pura y exclusivamente militar. Era la fuerza 
organizada la que obraba el milagro de dotar a un país de suyo 
rebelde y levantisco, del aspecto de colonia sometida. Pero he 
aquí que sucesos que vienen de fuera, previstos pero inevitables, 
disgregan el contingente militar de más entidad en que la situación 
de fuerza se apoyaba y rompen para siempre un equilibrio que 
sólo conservaba su relativa estabilidad debido al imperio de fac- 
tores materiales que entonces se desmoronan. 

No se reducen al centro urbano más directamente afectado 
las repercusiones que los acontecimientos traen consigo; y la 
campaña, estimulada por imperativas sugestiones, siente que se 
estremecen una vez más en sus raíces más hondas, los viejos 
ímpetus. 

Son las predisposiciones innatas a la libertad que vuelven a 
recobrar su imperio y acusan en forma inconfundible que su quie- 
tud no era más que una tregua. 

Cuando don Alvaro da Costa, según antes se expresó, hizo 
llegar al Cabildo de Montevideo su oficio del 30 de Setiembre, los 
capitulares, haciéndose cargo de la gravedad de las circunstancias, 
le contestaban cuatro días después: "Es menester, Excelentísimo 
Señor, que el Cabildo, como representante de este Pueblo, hable 
una vez a V. E. con franqueza y dignidad. En general los natu- 
rales de la Provincia son mucho más ilustrados que lo que co- 



— 58 — 

munmente se les supone; ellos conocen muy bien sus derechos; 
saben el grado de respetabilidad exterior que las luces del siglo 
le han dado;, y saben finalmente de antemano la suerte infeliz que 
se les prepara; pero no por la división de Voluntarios Reales del 
Rey, la que para inspirarles seguridad y confianza, basta cons- 
tarles que respeta y obedece a una Corte que, como notoriamente 
sabía, debe ser justa y liberal, sino por otros que echando mano 
de la fuerza en defensa de su justicia, pretenden atacar simultá- 
neamente la ajena; bien que acaso procediendo sobre informes 
sugeridos por la intriga, el interés y el egoísmo. Partiendo de 
estos principios, V. E. debe quedar persuadido de que los habi- 
tantes todos de la Provincia no están en disposición de alucinarse; 
y que en consecuencia desprecian y despreciarán siempre las si- 
niestras voces que se hagan correr por los autores- de su futura 
opresión; manifestándose por tanto indiferentes en las actuales 
desavenencias, respecto a las cuales nadie ignora el lugar de la 
justicia." 

En esta circular, el Cabildo, al exponer su situación frente a 
los hechos, empieza por recordar a Da Costa que le habla "como 
representante de este Pueblo"; encarece después, con habilidad, 
las buenas disposiciones de Portugal para con el país; a renglón 
seguido declara que los males futuros no pueden sobrevenirle 
sino de los brasileros, a quienes, sin embargo, reconoce que obra- 
ron con justicia al emanciparse; y, por último, se declara "indi- 
ferente en las actuales desavenencias". Si bien se mira, esta nota 
contiene ya todos los elementos de la doctrina de la revolución. 
No obstante ser el Cabildo un cuerpo de carácter público, perte- 
neciente a la administración mantenida por el país conquistador; 
no obstante emanar su situación "legal" del régimen todavía im- 
perante; no obstante formar parte de un gobierno que hasta en- 
tonces fué portugués, y que "legalmente" tendría que ser — una 
vez liquidado el pleito pendiente — o portugués o brasilero, sin 
otra alternativa; no obstante todo esto, el Cabildo se declara, por 
propia decisión, neutral en la contienda. Hablar de neutralidad o 
de indiferencia, como lo hace el Cabildo frente a la ruptura de 
Portugal y del Brasil, es proclamar — en forma que no deja lugai 
a dudas — la voluntad de no ser ni portugués ni brasilero. Y como 
el Cabildo hablaba como representante del Pueblo, está configu- 
rada en sus elementos esenciales la doctrina que el discurso de 
Echeverriarza expondrá después en su formulación definitiva. 

Entretanto, la situación de la División de Voluntarios Reales 
se mantenía invariable, no obstante los propósitos de su Jefe de 
embarcarse para Portugal. Hubo, a este respecto, un cambio de 
notas entre Da Costa y el Intendente Duran, pero las cosas no 
acusaron ninguna variación apreciable. En cuanto a la ruptura, 
fué acentuándose gradualmente, hasta el extremo de que instado 
por Duran para que lo auxiliase contra el Cabildo, D. Alvaro le 



— 59 — 

-contestó "que no auxiliaba a las autoridades que no cumplían el 
decreto de las Cortes del 24 de Setiembre, declarando traidores 
al Emperador y al General Lecor"; y con respecto al embarque 
de la División de Voluntarios Reales, que también le había comu- 
nicado, no le dio otra contestación que mandarlo salir de Mon- 
tevideo (1). 

Y así llegan los sucesos al 16 de Diciembre de 1822, en que 
el Cabildo, por medio de uno de sus miembros, don Cristóbal 
Ecbeverriarza, expone el programa de Ja revolución. "Cuando 
las circunstancias comprometen la salud pública y los intereses 
de los pueblos, es criminal la autoridad que sin ser órgano legí- 
timo de su voluntad, decide de la suerte de ellos, exponiéndoles 
a los azares de la incertidumbre. El Cabildo de Montevideo se 
halla en este caso y no tiene otras bases ciertas para dirigir su 
conducta que la siguiente. La Capital se halla ocupada por la 
División de Voluntarios Reales a S. M. F. La campaña por trepas 
que reconocen la autoridad de S. M. I. en oposición a las resolu- 
ciones de aquel monarca. Estos son los hechos, y si la prudencia 
hubiera de dirigir nuestros pasos con concepto a doblar la cerviz 
al más poderoso; si la energía de los mandatarios del pueblo hu- 
biese de promover sus derechos por principios de eterna justicia; 
si nuestra suerte hubiera de fijarse abandonados absolutamente a 
estas dos 1 fuerzas opuestas, aun así el tino más delicado, no podría 
fundar el cálculo de la superioridad constante de una sobre otra: 
la suerte del Brasil es tan incierta, como lo son sus operaciones 
en este territorio: las fuerzas de S. M. F. se anuncian próximas 
por mar, al paso que se indica la salida de las de tierra, todo es 
incertidumbre. Entretanto los dos poderes en cuestión son por 
naturaleza extraños a esta tierra, y están a nuestro lado los go- 
biernos americanos, de quienes se puede asegurar que no serían 
indiferentes a nuestros derechos, si llegase el caso de resistir a la 
opresión. En este estado, nuestras conciencias deben sentir el peso 
de las siguientes reflexiones. 

Es un compromiso para este vecindario y para las autorida- 
des constituidas de la Capital reconocer y obedecer la del Excmo. 
Sr. Barón de la Laguna, comprendiendo entre los indicados por 
el decreto de 26 de Setiembre. Es otro compromiso peligroso el 
reconocimiento de la autoridad de S. M. el Emperador del Brasil, 
en esta Provincia. La incorporación de ella propuesta por el dicho 
Congreso Cisplatino (prescindiendo de lo que puede decirse sobre 
su legitimidad) fué al Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarvez: 
este Reino Unido no existe de hecho; y cuando el Gobierno de 
Lisboa lo considera existente, no consta que haya aceptado la 
incorporación, mientras que diputados de los más ilustrados de 
las Cortes la declaran viciosa en su origen, inconveniente e inad- 



(1) De la Sota, manuscrito citado. 



— 60 — 

misible en su efecto. La incorporación de esta Provincia y espe- 
cialmente un nuevo Estado, no puede ser legitimado sino por un 
acto público de un Congreso regular, que expresa el voto libre 
de sus habitantes. Así el titulado Síndico don Tomás García de 
Zúñiga no pudo ni debió, inconsultos los pueblos, proponer la 
incorporación ele la Provincia al Imperio del Brasil. 

Así atendidos los principios liberales que desplega el Go- 
bierno del Brasil, es preciso penetrarse de que la conducta de 
S. M. el Emperador respecto a la Provincia, procede necesaria- 
mente de los equivocados informes de dicho Síndico. El Empe- 
rador cree, sin duda por ello, que el voto universal de los habi- 
tantes reclama la incorporación. Si este voto se consultase franca 
y libremente, cualquiera que fuese el resultado, es moralmente 
imposible que S. M. F. se empeñase en oponerse a la voluntad de 
los pueblos. 

El General Barón de la Laguna, juzgando también prudente- 
mente, ha sido inducido a error, creyendo dispuestos los habi- 
tantes de la campaña a uniformarse a su marcha: este error debe 
proceder de los informes de sus consejeros, y sobre él mismo, 
deben haberse trabajado los repugnantes juramentos arrancados 
a los pueblos inermes de la campaña de un modo demasiado co- 
nocido. 

Entretanto, la División de Voluntarios Reales, aunque no pro- 
vista, a lo que se advierte, de todos los medios, anuncia su próximo 
embarco. Esta división está bajo el dominio de S. M. F., que se 
comprometió expresamente para este caso a entregar en manos 
del Cabildo las llaves de- la Capital. En este estado, parece que 
la conducta más franca, más honrosa, más prudente, y por fin más 
justificada por parte del Cabildo, debe ser promover por todos 
los medios la convocación regular de un Congreso, para que sus 
R. R., nombrados con presencia de las circunstancias, puedan 
decidir de su suerte. 

Manifestar estos sentimientos a las fuerzas que nos cercan y 
a los gobiernos que puedan tener influjo en ellos y en la Provincia. 
Alejar del modo posible el choque de las armas, y por fin, teniendo 
presente que la Capital y los suburbios contienen una parte muy 
principal de los habitantes de la Provincia, reunir en caso preciso 
los diputados de ella, y dejar en sus manos las providencias de 
tan críticos momentos. 

Después de seria discusión se acordó por voto unánime que 
de la parte libre de la Provincia se convocase una Asamblea de 
diputados libres y regularmente elegidos, para que ésta, en vista 
de las actuales circunstancias políticas, determinase lo más con- 
veniente al país. 

Que se oficiase al Barón de la Laguna, manifestándole que 
esta Capital suspendía la obediencia de su autoridad y la desco- 
nocía, hasta la resolución de dicho Congreso. Que se oficiase al 



— 61 — 

pretendido Síndico Procurador del Estado, manifestándole que se 
desconocían desde ahora su representación y funciones, hacién- 
dole responsable de su obstinación. 

Que se publique un Manifiesto fundando estas resoluciones. 
Que se dirija testimonio al Consejo Militar de la División de Vo- 
luntarios Reales, no alterándose la situación de la División, siendo 
garantida del modo posible la seguridad que han disfrutado hasta 
ahora los habitantes" (1). 

La doctrina que el Cabildo postula por boca de don Cristóbal 
Echeverriarza, revela en sus lincamientos fundamentales la acep- 
tación de estas tres premisas: 1. a : bajo el influjo de una causa 
ocasional, cual es la divergencia entre brasileros y portugueses, 
el Cabildo se suplanta a las autoridades para velar por los inte- 
reses de los pueblos, seriamente comprometidos; 2. a : el Cabildo 
postula, en afirmación implícita, pero no por eso menos categó- 
rica, que tanto Portugal como el Brasil son poderes por naturaleza 
extrañosa esta tierra; y 3. a : la suplantación del Cabildo a las de- 
más autoridades es sólo temporaria y se limita a atender los asun- 
tos de más apremio y a ofrecer al pueblo ocasión de darse sus 
autoridades con las facultades que considere necesarias (2). La 
doctrina, así planteada, tiene muchos puntos de contacto con las 
construcciones ideológicas puramente abstractas; pero, si a la 
doctrina agregamos como antecedente explicativo los títulos que 
Jas autoridades que el Cabildo suplantaba podían invocar en su 
apoyo y los hechos de pura fuerza en que aquellos títulos se asen- 
taban, la doctrina del Cabildo resulta inatacable. "Desde el mo- 
mento en que el derecho haya sido lesionado en un individuo, o 
en una nación, si el individuo o la nación se suplantan a las au- 
toridades que no han cumplido con su deber de justicia o que lo 
han violado, entonces el que se hace justicia por sí mismo debe 
ser considerado como sostenedor del derecho, siempre que, claro 
está, su acción se haya limitado a la necesidad del mantenimiento 
del derecho" (3). Sorprende la concordancia de la frase trans- 
cripta — que bien puede servir para reflejar la solución estricta- 
mente jurídica del caso planteado — con las normas que regularon 
los procedimientos del Cabildo en aquella emergencia. La única 
autoridad que conserva algo de su origen popular, hallándose 
.avocada a la acefalía de los demás órganos de gobierno y te- 



(1) De-María, op. cit. 

(2) En cuanto al argumento de que disuelto el Reino Unido de Por- 
tugal, Brasil y Algarves, y no habiendo las Cortes de Lisboa aceptado la 
incorporación, ésta era manifiestamente viciosa, su finalidad consistía en 
reforzar aún más los razonamientos que condujeran a proclamar la necesidad 
de un pronunciamiento de la voluntad popular. 

(3) "Revue du droit public", año 1898, pág. 433. — Errera, "Le procés 
Sacheverell et le droit a la resistance". 



— 62 — 

niendo presente que éstos habían violado los principios elemen- 
tales de justicia, resume en sí todos los poderes y obra de manera 
que la situación anormal, así creada, no se prolongue más que él 
tiempo absolutamente necesario para que el pueblo manifieste 
cuál es su voluntad. 

Más que la concordancia de la doctrina jurídica con las nor- 
mas del Cabildo, debe sorprendernos, como cosa mucho más ex- 
traordinaria, la absoluta coincidencia de la hipótesis de hecho 
— necesariamente extrema — que la doctrina toma como base para 
legitimar su aplicación, con los hechos del proceso que estudia- 
mos. Y es que no caben dos opiniones en la apreciación de la 
conquista portuguesa y de las herejías jurídicas y morales de todo 
calibre que fueron el corolario y el sostén precario de sus tortuo- 
sos antecedentes. 

II. Repercusiones del movimiento en la campaña. — Suceso 
del Rincón de Clara. — Circunscripta en apariencia al recinto de 
Montevideo, la revolución de 1823 tenía arraigadas repercusiones 
fuera de los límites de la ciudad. El Cabildo y la Sociedad de 
Caballeros Orientales "habían extendido su influencia a la cam- 
paña, donde contaban con la de Otorgues, Fragata, Ojeda, Yupes 
y Lavalleja" (1). 

De más está decir que ante la inminencia de ser atacados y 
perseguidos por las fuerzas brasileras que estaban de guarnición 
en los pueblos inmediatos o se hallaban diseminadas por la cam- 
paña, la consigna de los patriotas que trataban de fomentar en el 
interior del país el espíritu de resistencia, debió reducirse, en estos 
momentos tan angustiosos, a hacer obra de proselitismo, a pro- 
vocar en lo posible la concentración de los elementos dispersos, 
pulsando de paso el ambiente, lo que permitiría apreciar la medida 
y la eficacia de los medios con que en caso de necesidad podría 
contarse. Protegidos por el disimulo y el sigilo que ocultaban sus 
patrióticos empeños, sólo la llama del entusiasmo que en sus co- 
razones ardía, pudo darles nuevos alientos para llevar adelante 
la ímproba labor que se les encomendara. Los resultados se pal- 
paron muy pronto. Hombres de prestigio arraigado en el seno de 
las masas campesinas, su palabra y la autoridad que les daban 
antecedentes honrosos que nadie ignoraba, hacían menos áspera 
la jornada. Y así fué que las reuniones se sucedieron, y los grupos 
fueron tomando alguna homogeneidad y consistencia, y los desor- 
denados instintos de rebelión se fueron orientando y unificando 
gradualmente, hasta llegar a constituir un acuerdo espiritual pri- 
mero, una fuerza eficiente después. 



(1) üe la Sota, manuscrito citado. Lavalleja y los demás patriotas 
prisioneros en la Isla das Cobras, recobraron su libertad poco después de la 
emancipación del Brasil. 



— 63 — 

Muchos meses antes de la revolución que estamos relatando, 
en Abril de 1822, el entonces Coronel Fructuoso Rivera, Jefe del 
Regimiento de Dragones de la Unión, se dirigía a don Gabriel 
Antonio Pereira, para decirle: ''Habiéndome informado que en los 
campos de Meló, situados del otro lado del Río Negro, lindando 
con Juan Antonio Martínez, se hallan con unas especies de barra- 
cas Juan José Cabral, donde viven varias familias sueltas, sin 
ocupación conocida, siendo esto el alpiste de los gauchos, que por 
su vagatura, les acarrea el pan a los campos de Aho. Martínez, 
el vicio anexo en ellos, es de necesidad el que tome V. la provi- 
dencia, de alejar semejante colmena; en atención a que mis tareas 
no me permiten evaquar esta diligencia, pero creo firmemente 
hará V. todo lo posible sobre el particular" (1). 

El 15 de Setiembre de 1822, el mismo Coronel Rivera, en 
carta a su inferior jerárquico el Teniente Coronel Juan Antonio 
Lavalleja, le expresaba: "No puede figurarse Ud. lo sensible y 
bochornosa que me ha sido una prevención que S. E. me ha he- 
cho, relativa a la residencia de Berdún en esas inmediaciones, 
extrañando que Ud. no haya dado parte de su venida y de los 
planes que formaba, así como de las invitaciones que ha dirigido 
a algunos sujetos; si esto sigue, puede contribuir al desconcepto 
de Ud. y es necesario acordarnos que esta clase de sujetos no son 
capaces de influir en la felicidad general; bien desgraciadamente 
lo experimentamos en nuestra descabellada revolución; el talento 
de ellos está limitado a intrigar por sus fines particulares, y nos- 
otros no estamos en este caso. Ud. remedie esta desconfianza 
prendiendo a ese sujeto si realmente se explica de un modo gra- 
voso a la tranquilidad pública, y si no de cualquier modo dé Ud. 
parte del objeto de su venida y residencia en este punto, sin hacer 
referencia de este mi aviso, que así le hará más honor y quedará 
cubierta su responsabilidad" (2). En estas dos cartas se trasluce 
bien a las claras, que la situación de la campaña empezaba a 
despertar inquietudes en los hombres adictos al régimen que go- 
bernaba el país; y en la transcripta en segundo término se adivina 
que su autor, el Coronel Rivera, debía tener datos bastante ilus- 
trativos acerca de los trabajos en que Lavalleja ya estaba empe- 
ñado. Por el tono que en ella domina, esta carta tiene menos de 



(1) Correspondencia confidencial y política del Sr. D. Gabriel A. Pe- 
reira, año 1895. 

(2) Por esta misma época don Juan Antonio Lavalleja estaba hecho 
cargo de las estancias de Zamora, ias cuales administraba por cuenta del 
Estado, pero habiéndose comprometió i en un proyecto de revolución contra 
la dominación brasilera, fué perseguido por don Fructuoso Rivera, al servicio 
del Imperio, y tuvo que emigrar a Entre Ríos, pasando de allí a Buenos Ai- 
res, donde estableció un saladero. — "Memorias de Spickerman", tomadas- 
de "El Nacional", de 19 de Abril de 1899 (Biblioteca Nacional). 



— 64 — 

simple trasmisión de un encargo que de enérgica amonestación. 
Para encomendarle a Lavalleja la prisión de un sujeto peligroso, 
no hubiera sido necesario hacerle notar que si las maniobras de 
Verdún continuaban, podrían "contribuir a su descrédito"; ni re- 
cordarle que "esa clase de sujetos no son capaces de influir en la 
felicidad general"; menos aún aconsejarle que no hiciera referen- 
cia al oficio que él le dirigía, para que quedase más a cubierto 
"su responsabilidad". La conclusión que de esa misiva se deduce, 
es clara y concluyente. 

" Entretanto — dice un papel de la época — el fuego santo 
de la Libertad circula por todas partes, y es sabido que con es- 
pecialidad sobre el Río Negro se han reunido o deben reunirse 
diferentes partidas dispuestas a hacer la guerra. Estas, sin un 
centro de unidad, es decir, sin un jefe a quien estén sujetas, jamás 
podrán emprender algo de consideración" (1). 

Refiere el historiador de la Sota, que durante su estada en 
Guadalupe y San José, el General Lecor interceptó cartas de La- 
valleja al Cabildo de Montevideo, y de éste a Manuel Duran y 
Pedro Amigo, "para que trabajaran incesantemente e incendiaran 
la campaña a toda costa, nombrando a Duran comandante interino 
hasta la llegada de Lavalleja" (2). 

El mismo de la Sota, al hacer la crónica de estos sucesos, 
señala la emigración que entonces se operó de la campaña a la 
capital, y entre los primeros pasados anota, entre otros, al Cadete 
Cázeres y al Teniente Trápani, del Regimiento Dragones de Ri- 
vera, y de la escolta del Síndico en Canelones, nueve soldados y 
un Teniente Fernández. 

Abundan en el archivo del Juzgado Letrado de San José (3) 
pruebas documentales del estado de excitación en que la campaña 
se hallaba desde fines del año 1822. En circular oficial del 25 de 
Noviembre de dicho año, se encarga al Cabildo de San José pro- 
ceder al arresto "de cualesquiera emisarios o personas seductoras 
que se presenten en los pueblos divulgando noticias para inducir 
a los vecinos a la rebelión y al desorden, a fin de darles aquí sus 
pasaportes para que salgan de nuestro territorio y pasen a vivir 
en otros estados cuyo sistema político sea más conforme a sus 
miras y proyectos revolucionarios" (4). En oficio del 7 de Enero 
de 1823, el Síndico exponía al Cabildo de San José que el objeto 
de un bando por aquél publicado respecto de medidas reprensivas, 
era "no admitir excepción de personas, mayormente quando sean 
pilladas con papeles, correspondencias y tratos con los anarquis- 



(1) El Cabildo de Montevideo a don Manuel Duran, 1823; Archivo 
General Administrativo. 

(2) Cuadros históricos (manuscrito citado). 

(3) Actualmente Archivo y Museo Histórico. 
(4) Archivo y Museo Histórico. 



— 65 — 

tas de Montevideo" (1). 

"Quedan declarados como sospechosos los que con el sem- 
blante honesto de pasatiempo y con hipocresía leyeren y propa- 
garen las noticias de los papeles incendiarios". . . "Que ninguna 
persona, sea de la clase que fuere, pueda transitar de pueblo a 
pueblo sin el seguro del pasaporte dado por sus jueces, bajo pena 
de ser declarados sospechosos..." (2). 

El Intendente Duran, en nota de 5 de Marzo, recuerda al Ca- 
bildo de San José, que "en todos los pueblos hay hombres que 
de intento trabajan por perturbar la tranquilidad pública, proyec- 
tando insurrecciones y atacando la opinión con embustes y arbi- 
trios muy reprobados, hasta desalentar a no servir a algunos, y 
a otros a desertarse para incitar a que sobrevenga la anarquía"; 
y le pide que "remitiéndolos presos se asegure el sosiego pú- 
blico" (3). 

Con fecha 22 de Abril de 1823, el Barón de la Laguna mandó 
fijar edictos, para los pueblos y villas de campaña, en que se es- 
tableciera que "nadie puede admitir huésped alguno sin dar previo 
aviso al Alcalde del cuartel, con expresión del objeto y motivo de 
su viaje, lugar de donde viene y a dónde se dirige" (4). 

El Cabildo de San José recibe el 28 de Abril una comunicación 
del Gobernador Intendente, en estos términos: "Noticioso este 
Superior Gobierno de que en los departamentos de la campaña 
hay esparcidas muchas armas y municiones, y conviniendo al so- 
siego público reunirías, se ha de servir V. E. librar las órdenes 
convenientes para que se recojan todas las que no estén en podei 
de militares que se hallen en servicio" (5). 

En "El Nacional" del 18 de Marzo de 1896, se publicó una 
"Recopilación de documentos" (6) referente al sumario seguido 
contra don Manuel Duran, Comandante de Milicias de San José, 
con motivo de imputársele haber tenido parte en la insurrección 
de los patriotas contra las autoridades imperiales; y de las dili- 
gencias que allí se transcriben, resulta un nuevo antecedente do- 
cumental para graduar el alcance y la entidad de la rebelión de h 
campaña en los años 1822 y 1823. 

Interrogado "el negro Gerónimo", uno de los esclavos deJ 
procesado, contestó que después de haber llegado Miguel Quin- 
teros con veinte hombres, Duran partió con éste, y una vez en la 
estancia del primero, del otro lado del Río Negro, se les reunieron 
•doce hombres más del Capitán Toribio; que el objeto que llevaba 

(1) Archivo y Museo Histórico. 

(2) Orden del Intendente, del 7 de Enero de 1823; Archivo y Museo 
Histórico (copia). 

(3) Archivo y Museo Histórico. 

(4) Archivo y Museo Histórico. 

(5) Archivo y Museo Histórico. 

(6) Joaquín Muñoz Miranda, Biblioteca Nacional. 



— 66 — 

era reunirse con la gente incorporada a Lavalleja, y que perse- 
guido su amo por las partidas de don Fructuoso Rivera, tomó 
dirección para la estancia de Pavón. Finalmente, preguntado el 
deponente "si sabe que su amo, don Manuel Duran, cuando salió 
de la estancia a reunir gente, contaba con alguna reunida por el 
Río Negro o alguna otra parte", y "si creía que esta gente estaba 
al mando de Juan Antonio Lavalleja o algún otro, y qué número* 
se decía que tenían", contestó que ignoraba, que lo único que 
sabía es que "iban para el Uruguay a reunirse con Lavalleja, que 
se decía contaba con 4.000 hombres". A estas declaraciones 
agregó el mismo testigo, "que del otro lado del Río Negro man- 
daron a Juan Estevan (alias, "El Paraguayo") para saber si es- 
taba Lavalleja del otro lado del Uruguay, y como hubiera traído 
la noticia que no estaba, determinaron volver a sus casas"; y que 
todos los de la partida "iban armados con sable, pistola y cara- 
Dina". Análogas respuestas dio "el negro Antonio", otro esclavo 
del procesado. Fué encargado de formar este proceso el Teniente 
Coronel Bernabé Sáens, a quien Lecor se dirigía con ese objeto, 
encareciéndole la celeridad que debía imprimirse al diligencia- 
miento del proceso y haciéndole notar la gravedad del motivo de 
la insurrección, dirigida, según él mismo declaraba, "a conmover 
la campaña" y "a atacar al gobierno, al ejército, al orden y a la 
tranquilidad pública". 

El procesado Duran se limitó a declarar, en Jo sustancial, 
"que la gente que se le reunió fué invocando el nombre de Patria". 

Interrogado después el sargento Valdez — que fué quien tomó 
prisionero a Duran — manifestó haber salido el día 3 (Abril) en 
dirección a Chamizo, y valiéndose de una carta que llevaba, man- 
dada por don Fernando Otorgues, pudo dar con el paradero de 
Duran después de haber dicho a uno de sus peones que traía 
particular encargo de don Fernando para su patrón. Después de 
relatar las incidencias de la persecución a Duran y a su gente, 
el sargento Valdez declaró que entonces tomó prisionero "al negro ; 
Gerónimo", el cual confesó "que Duran había mandado gente 
para Pavón". 

En nota del Gobernador Intendente, del 29 de Abril, se da 
cuenta al Cabildo de San José que Lecor ha venido en "declarar 
indultados del crimen de deserción y conspiración a todos los 
oficiales, soldados de milicias y paisanos que por haberse pasado 
a la Plaza o tomado partido contra el Gobierno se hallan ocultos 
y prófugos en sus hogares, con calidad de presentarse los que 
hayan de gozar esta gracia, a las Justicias de sus domicilios." 

La documentación que precede, procedente toda de funciona- 
rios dependientes del Barón de la Laguna, no admite dudas sobre 
el verdadero estado de la campaña ante los sucesos de Montevi- 
deo. La obra de Lavalleja y demás agentes de la Sociedad de 
Caballeros Orientales, había dado los resultados apetecidos, y et 



— 67 — 

pronunciamiento del Rincón de Clara (1) era la señal de que los 
acontecimientos se precipitaban. 

Enterado Lecor de las proporciones que la conspiración iba 
adquiriendo, y conocedor de los hombres que se movían en aquel 
escenario y del influjo que en los sucesos podían ejercer, no dudó 
un momento en ordenar la prisión inmediata de Lavalleja. Y a 
ese efecto dispuso que el Coronel Rivera se pusiera en campaña 
para impedir toda reunión hostil al orden. En consecuencia, mar- 
charon dos escuadrones al Rincón de Clara, a deshacer la que 
formaba Lavalleja y aprehenderlo. Rivera era compadre y antiguo 
compañero de armas de Lavalleja, y probablemente le hizo pre- 
venir de lo ordenado, para su gobierno. En el momento Lavalleja 
se puso en salvo, marchando para el Uruguay, cruzándolo y refu- 
giándose en la otra margen" (2). 

En borrador de carta de su puño y letra, el General Lavalleja 
se dirige a Rivera con fecha 7 de Agosto de 1824, y entre otras 
cosas le dice: "...después de los acontecimientos del año 22 
tomo la pluma por primera vez, obligado a contestar a una res- 
puesta de V. dirigida a mi esposa en 26 de Octubre de 1823. Mi 
esposa exigía en su solicitud le entregase V. mis carretas. . ., que' 
de mi propiedad tomó V. en Clara quando fué a perseguirme". 
Y agrega: "También dice V. que me auxilió con dinero a mi lle- 
gada del Janeiro. Yo no sé cómo tiene V. libertad para producirse 
en esos términos. Si he de hablar a V. con franqueza, en obsequio 
a la verdad diré a V. que quando vine de prisionero estaba dis- 
gustadísimo con V. por motivos que V. no ignora" (1). 

A pesar de la afirmación del historiador De-María, el tono 
de este borrador parece revelar que las relaciones entre Lavalleja 
y Rivera no habían tenido nada de cordiales después de los su-, 
cesos de 1822, pues toda comunicación entre ambos había cesado, 
y la carta que venía a interrumpir este recíproco aislamiento, es- 
taba escrita en tono agresivo y dejaba adivinar rencores ma- 
nifiestos. 

Si la bien intencionada suposición del citado historiador hu- 



(1) "Los patriotas de Montevideo quisieron probar sus solos esfuerzos; 
muchos patriotas hipotecaron sus propiedades para auxiliar al Cabildo en 
los gastos de la empresa; se acordó mandar a la campaña comisionados a 
diferentes puntos: el comandante don Juan A. Lavalleja a Clara, don Gabriel 
Pereira al Río Negro, don Francisco J. Muñoz a Maldonado; éste debía re- 
cibir por las costas de Maldonado un buque con armamento y municiones 
para distribuir entre la gente que se reuniese en la campaña, y un Regidor 
del Cabildo debía salir a ponerse a la cabeza del movimiento. Pereira no 
salió; el General Lecor supo el pensamiento, pues hizo prender y conducir 
a su campamento a Muñoz; mandó prender a Clara, a Lavalleja, que pudo 
fugar y emigrar por entre Ríos a Buenos Aires; esta empresa caducó." — 
Lorenzo Justiniano Pérez, documento "Revista Histórica". 

(2) De-María, op. cit. 

(1) Papeles del General Lavalleja, Archivo y Museo Histórico. 



— 68 — 

biera acaecido realmente, no tendrían explicación ni el retrai- 
miento en que Lavalleja se encerró después del suceso de Clara, 
respecto de su ex compañero y compadre, ni los términos duros 
del borrador transcripto. 

Nunca se encarecerá bastante la virtud, el desinterés y la 
abnegación que las inciertas tentativas de rebelión aquí señaladas, 
debieron exigir en los encargados de llevarlas a término; y deci- 
mos que nunca se encarecerá bastante estos empeños de estu- 
pendo desinterés, casi siempre destinados a perecer en la obscuri- 
dad de sus comienzos, porque ellos representan la base angular 
de todo propósito de transformación, y en ellos se concreta, en él 
gran proceso de evolución y revolución que estudiamos, el verda- 
dero y auténtico punto de partida de los esfuerzos que después 
tendrán en la cruzada de los 33 la síntesis de su primera etapa, 
y por sucesivas aportaciones culminarán en el hecho sorprendente 
de nuestra independencia. 

El espíritu de resistencia a la conquista, que no había muerto 
pero que había perdido la capacidad de iniciativa, recibe de los 
emisarios de Montevideo el primer impulso para la nueva empresa. 

Renuévanse los votos de otros días; los eternos héroes de 
todas nuestras cruzadas se disponen de nuevo al sacrificio; las 
esperanzas, las tantas veces defraudadas esperanzas de libertad, 
renacen. "Es la voz de la patria, pide gloria". 

III. Los Caballeros Orientales. — La Sociedad de Caballeros 
Orientales, cuyo rol en los sucesos del año 23 es bien preponde- 
rante, había sido fundada en Montevideo por el año 1819, según 
todas las probabilidades; y si nos atenemos a la palabra autori- 
zada del historiador de la Sota (1), la iniciativa de su estableci- 
miento correspondió a don Juan Zufriategui. 

Don Lorenzo Justiniano Pérez, en la exposición tantas veces 
citada (2), expresa sobre este particular: "Como los orientales 
no gustaban de la dominación portuguesa (alude al período com- 
prendido entre los años 1817 y 1819), se formó una sociedad se- 
creta cuyo voto era trabajar con todo su saber y su fortuna para 
expulsar a los portugueses del país; esta sociedad trabajó mucho, 
y mucho ha contribuido para la expulsión de los extranjeros. En 
ella estaban todos los patriotas de viso que residían en Monte- 
video; la sociedad tenía su archivo, que encierra documentos muy 
importantes para la historia de nuestro país; todo estaba en una 
caja de lata depositada en poder del finado don Manuel Vidal; 
temo que se haya extraviado." 

Bastante generalizada es la versión que atribuye decisiva in- 
fluencia en la creación de la Sociedad de Caballeros Orientales, a 



(1) Manuscrito citado. 

(2) Revista Histórico. 



— 69 — 

las insinuaciones del General Carlos María de Alvear, durante su 
estada en Montevideo, desde 1819 en adelante (1). Contribuyen 
a dar consistencia a esta versión, dos oficios del Síndico García 
de Zúñiga, que en la parte pertinente se transcriben a continua- 
ción: "Acabo de saber por conductos confidenciales de toda cre- 
dibilidad, que el jefe de la facción de anarquistas de Montevideo, 
es don Carlos Alvear, que desde Buenos Aires expide sus instruc- 
ciones a sus agentes en Montevideo para precipitar este país en 
todos los desórdenes pasados..." (28 de Noviembre de 1822). 
El segundo oficio, del 19 de Diciembre siguiente, relata los hechos 
que en esos momentos tienen por teatro a Montevideo, y termina: 
'Todo esto, Excmos. Sres. (del Cabildo de San José), se ha tra- 
tado en el Cabildo de Montevideo, seducido por la facción de don 
Carlos Alvear. . ." (2). 

Es indudable que los "Caballeros Orientales",, desde la fun- 
dación de la sociedad hasta fines del año 1822, obraron con abso- 
luta reserva y debieron adoptar para el gobierno de sus actos y 
deliberaciones, las normas de las sociedades secretas, entonces 
tan en boga (3). Lo cierto es que su existencia no trascendió ni 
se hizo pública, hasta que la emancipación del Brasil contribuyó 
a que los acontecimientos se precipitasen y a que las expectativas 
se hiciesen ostensibles. "Fué entonces pronunciada y pública la 
opinión del General argentino que se hallaba consignado en Mon- 
tevideo, don Carlos María de Alvear (natural de las Misiones del 
Uruguay), la de los señores don Santiago y don Ventura Vázquez, 
don Manuel y don Ignacio Oribe y don Juan Benito Blanco, orien- 
tales, la de don Francisco Aguilar, canario, la de don Antonia 
Díaz y don Prudencio Murguiondo, españoles, y la de don Tomás 
Uriarte, siendo éste y don Ventura Vázquez los que iban y venían 
de Buenos Aires para la combinación de los planes de la sociedad 
de orientales" (4). 

De progreso en progreso, la sociedad fué tomando verdadero 
incremento, pues el número de sus afiliados, a estar a las indica- 
ciones de De la Sota, llegó en poco tiempo a doscientos, "los más 
de ellos pudientes, gran parte de extranjeros, ingleses, españoles 
y franceses". 

Es manifiesta la unidad de miras que ligaba al Cabildo de 



(1) Don Santiago Vázquez, en sus apuntes biográficos del Coronel 
Ventura Vázquez, dice que éste llegó a Montevideo por Abril de 1818, y que 
también vinieron a la Ciudad en esa época "el General Alvear y muchos 
otros de los proscriptos" de la administración de Pueyrredón. 

(2) Archivo y Museo Histórico. 

(3) En ese sentido, Alcides Ciuz, "Epitome da guerra entre o Brazií 
e as provincias unidas do Rio da Prata". 

(4) De la Sota, manuscrito citado. En los citados apuntes biográficos 
sobre el Coronel D. Ventura Vázquez, "se refiere que éste se unió a los 
patriotas que en 1823 actuaban en Montevideo" y sirvió varias comisiones, 
cerca del Sr. Rivadavia. 



— 70 — 

Montevideo con la Sociedad de Caballeros Orientales; pero es in- 
dudable que ésta precede a aquél en la gestación del movimiento 
que ambos consumarían después. 

"Los anarquistas han conseguido extraviar y entrar en sus 
iniquos planes a algunos de los miembros del Cabildo de Monte- 
video, y les influyeron la idea de que aquel Ayuntamiento es una 
-autoridad soberana a que deben obedecer ciegamente todos los 
demás Cabildos y Pueblos del Estado. No fué menester más para 
trastornar las cabezas de algunos ignorantes exaltados que existen 
én el seno de aquella corporación, y desde entonces se han visto 
en aquel Cabildo sesiones y acuerdos frecuentes para despojar 
del Gobierno al honrado y benemérito compatriota don Juan José 
Duran" (1). 

En el propio oficio se declara que el Cabildo de Montevideo 
ha sido "seducido por la facción de D. Carlos Alvear". Otra cir- 
cular de fecha próxima, que pertenece al mismo García de Zúñiga, 
alude a "una pequeña facción de anarquistas de Montevideo, que 
trabaja sin cesar sobre la buena fe de los crédulos y los incautos, 
para sumir este Estado en todos los desórdenes de la pasada 
anarquía" (2). 

De la Sota, al hacer referencia al hecho que a su juicio marca 
el punto de partida de la influencia efectiva de la Sociedad tí 3 
Caballeros Orientales sobre el Cabildo, dice que la sociedad pudo 
influir en el Cabildo de Montevideo y hacer que los señores don 
Cristóbal de Echeverriarza, don Gabriel Pereira y don Agustín 
Aldecoa, escribiesen un papel contra la conducta de Lecor, que 
publicado por la prensa fué delatado por algunos al Intendente 
don Juan José Duran como anárquico y capaz de comprometei 
ía seguridad del pueblo. Puesto en conocimiento de Lecor, pidió 
al Cabildo explicase el concepto y sentido de sus expresiones 
El Cabildo se negó a hacerlo, pues ya se hallaba dispuesto a sa- 
cudir la dominación extranjera. 

Puede tener importancia el destacar la precedencia de los 
"Caballeros Orientales" respecto al Cabildo, en la elaboración 
efectiva del movimiento de 1823. Y decimos que esto puede tener 
importancia, porque constatado aquel extremo, se acredita a la 
vez que la revolución no era sólo la decisión personal y arbitraria 
de cuatro o cinco personas, que encontrándose colocadas en los 
altos destinos oficiales, aprovechaban de esta situación transitoria, 
y por sí y ante sí lanzaban a los azares del incierto destino que 
la voluntad popular le reservase, el proyecto de una revolución; 
sino que el pronunciamiento de 1823 se había gestado laboriosa- 
mente en el seno del pueblo y como decisión del pueblo se exte- 
riorizaba, y como decisión del pueblo penetraba en las casas con- 



(1) Oficio del Síndico al Cabildo de San José, 19 Diciembre, 1822; 
Archivo y i»iuseo Histórico. 

(2) Archivo y Museo Histórico. 



— 71 — 

sistoriales y empleaba en la consecución de sus altas miras el 
influjo y la autoridad de las investiduras. 

Como medio de mayor difusión de la tendencia que repre- 
sentaba, la Sociedad de Caballeros Orientales tuvo sus órganos 
de publicidad, que agitaron aún más el ambiente. 

Inicióse la campaña periodística con "La Aurora", dirigida 
por el General don Antonio Díaz. He aquí parte de un suelto 
denominado "Espíritu público": 

" El de la independencia es el único que anima a todo el 
vecindario de la provincia. En esta Capital y sus inmediaciones, 
a donde no alcanza el influjo del despotismo imperial, se ha pro- 
nunciado con una rapidez y generalidad asombrosa, y la multitud 
de impresos que han circulado sin contradicción es una de las 
pruebas de aquel aserto. Todos los habitantes aman la libertad, 
la desean y aparecen dispuestos a consagrarle los sacrificios que 
ella exija. Esta disposición a sacudir el vergonzoso yugo qué 
nuevamente ha querido imponérseles no es ciertamente nacida de 
las circunstancias, ni es hija de instigaciones que hubieran podido 
hacer los agentes de una innovación. Este es el sentimiento de la 
libertad, que está identificado en el corazón de todos los ameri- 
canos y españoles, cuyos derechos conocen los unos, y cuyos 
intereses no desconocen los otros. Es un fuego que virtualmente 
alimentaban en el seno mismo de la opresión, dispuesto a infla- 
marse con el menor soplo que lo agitase. Que este fuego, se con- 
centre en un solo cuerpo, que presida a sus destinos es el objeto 
de sus anhelos. Este astro luminoso aparecerá sin duda, orien- 
tales. La aurora le precede y el sol se levantará sobre un hori- 
zonte que nunca más vuelva a obscurecerse" (1). 

Siguió a "La Aurora", "El Pampero", aparecido el 19 de Di- 
ciembre de 1822, bajo la dirección de don Santiago Vázquez, don 
Antonio Díaz y don Juan Francisco Giró. En su número inicial, 
haciendo el elogio del viento Pampero, que limpia la atmósfera y 
despeja el horizonte, decía: "A su aspecto huyen aterrados los 
vientos calientes del norte que abrasan nuestras nieves, que este- 
rilizan nuestros campos, que aniquilan nuestra hacienda, y si al- 
guna vez, osados, se atreven a disputarle el puesto, sañudo y 
-terrible, como la ira del Júpiter, los arrastra en su furia hasta el 
Trópico, y va a ocultarse en sus montañas. Enseñoreándose en- 
tonces de la vasta superficie de su imperio, su soplo vivificante 
reanima la naturaleza lánguida y marchita con el aliento abrasador 
de la zona tórrida, disipa los densos nubarrones que cubrían el 
sol, despeja el horizonte, y haciendo sentir su influjo aún en el 
corazón del hombre, el alma se desplega a ideas grandes, el espí- 
ritu se ensancha, y la razón, antes aletargada, recobra su primer 
^igor. ¿Habrá alguno que desconozca las virtudes del Pampero? 



(1) "La Aurora", núm. 1, 21 de Abril de 1822, Biblioteca Nacional. 



— 72 — 

¿Hay alguno que no lo desee? Creemos que no. En estos últimos 
días, particularmente, en que la lluvia, la cerrazón y la pesadez 
han sido tan constantes como poco comunes, todos han manifes- 
tado su ansiedad (y nosotros también) por un "Pampero", y no 
se oía decir sino: ya aclara, ya tenemos "Pampero". . .; y agre- 
gaba: "Pues bien, montevideanos, y vosotros habitantes todos de 
la margen izquierda del río, no desmayéis. Los editores de "El 
Pampero" os anuncian uno fuerte, impetuoso, irresistible: desde 
la elevación de nuestro observatorio vemos hacia la parte occi- 
dental irse levantando los negros celajes, que ofuscaban el hori- 
zonte, y que entre la claridad que dejan descubrimos en la orilla 
opuesta un pueblo moderno, sin duda, entre los otros pueblos^ 
pero antiguo y grande por la importancia y solidez de sus insti- 
tuciones, gozando ya de un cielo puro, respirando un aire salu- 
dable, y robusteciéndose bajo los benignos influjos de un Pam- 
pero. Ya lo sentimos acercarse bramando hacia nuestras playas, 
y cuando haya llegado, la espesa niebla que pesa sobre nuestras 
cabezas se dispersará como el humo. El sol radiante del Río de 
la Plata brillará entonces en toda su magnificencia, y restablecido 
el tono en nuestras fibras relajadas, entonaremos himnos al Pam- 
pero. . . 

Aquí llegaba este artículo cuando se nos avisa que la armada 
imperial se hace a la vela para abandonar nuestras costas. Este 
es el prodigio del primer Pampero. Ni allá llegue ni acá vuelva r 
dijo un chusco que oyó la noticia, y otro que lo oía respondió: 
Amén" (1). 

IV. Las resoluciones del Cabildo. — Suspendida por el Ca- 
bildo la convocatoria de la Asamblea propuesta en la sesión del 
16 de Diciembre, en virtud de que el Consejo Militar — sin per- 
juicio de aceptar lo acordado por el Cabildo — creyó conveniente 
aguardar órdenes de su monarca, los capitulares, en sesión deF 
24 de Diciembre, acordaron suspender aquel llamamiento, "que- 
dando no obstante desconocida la autoridad del Barón de la La- 
guna" (2). "Pero, en cambio, resolvió el Cabildo restaurar otra 
hermosa tradición artiguista: la elección de capitulares por el 
pueblo, que ya había caído totalmente en desuso, porque así con- 
venía a los intereses de la conquista portuguesa" (3). Y reunida 
al efecto la corporación el 31 de Diciembre de 1822, previa con- 
sideración "del interés y conveniencia de que la Corporación re- 
vista toda la legitimidad y facultades que las circunstancias exi- 
gen; de manera que ni la malicia pueda atribuir el nombramiento^ 
a intereses particulares, ni la falta de confianza y autoridad en- 
torpezca o evite las resoluciones que demanden los votos e inte-- 



(1) "El Pampero", Museo Mitre, Buenos Aires. 

(2) De-María, op. cit. 

(3) Acevedo, op. cit. 



— 73 — 

reses del pueblo", "acordó unánimemente que el Cabildo para el 
año entrante, 1823, sea nombrado popularmente, y que al efecto 
se pasen hoy mismo las circulares e instrucciones correspondientes 
a los alcaldes principales de los cuatro cuarteles en que está di- 
vidida esta ciudad", para que "citen a los vecinos de sus respec- 
tivos distritos", "encargándoles (a los alcaldes) recomienden la 
asistencia y adviertan que el objeto de la convocación es el nom- 
bramiento de electores para la elección del Cabildo" (1). Al día 
siguiente, el 1.° de Enero de 1823, se verifica, en primer término, 
la elección directa del Cuerpo de Electores; y reunidos el mismo 
día, son éstas las consideraciones que preceden a la elección de 
que están encargados: "En este estado, penetrado el Cuerpo Elec- 
toral de los deberes que lo ligan a sus comitentes, de la impor- 
tancia y gravedad de organizar una representación acomodada a 
los votos y confianza pública, revestida de la extensión del poder 
y facultades que demandan las extraordinarias circunstancias del 
día, agregándose la consideración de ser la única autoridad des- 
tinada a promover y velar sus destinos e intereses del pueblo, 
acordó que se procediese a recibir y asentar los votos de los 
electores. Electos los componentes del nuevo Cabildo, se expresa 
que: queda refundida la autoridad de representantes y capitulares 
para el presente año, con cuantas atribuciones y facultades sean 
necesarias para el más amplio ejercicio de sus funciones". (2). 

Como se ve, se iba trasladando, poco a poco, pero fielmente, 
a los hechos, las premisas del programa de Echeverriarza; y con- 
tando ya con el pronunciamiento efectivo de la opinión, se avan- 
zaba más en el terreno de las afirmaciones y se declaraba rotun- 
damente que el Cabildo a nombrarse sería la única autoridad des- 
tinada a promover y velar los destinos e intereses del pueblo. 

Entretanto, y con fecha anterior a los hechos últimamente 
relatados, el 26 de Diciembre de 1822, un núcleo representativo 
de vecinos de Montevideo, había dirigido al Gobernador de Santa 
Fe, don Estanislao López, la siguiente representación: "Una por- 
ción de vecinos respetables del pueblo patriota de Montevideo y 
su campaña, animados por el sentimiento de su libertad e inspi- 
rados por el amor a su país, despreciando los riesgos y compro- 
misos en que los coloca su situación, eleva ante V. E. la voz cla- 
morosa de la Patria, e implora de la generosidad de sus hermanos 
los santafecinos su poder y auxilio para la salvación de la tierra, 
que no pueden esperar de sus propios esfuerzos. El momento ha 
llegado, Excmo. señor, de dar la libertad a la Banda Oriental y 
arrojar de nuestro suelo un enemigo que sólo puede ocuparlo a la 
sombra de nuestras disenciones. El a su vez empieza a sentir los" 
elementos de la discordia que la razón ya sofocó entre nosotros, 
y dándonos en su confusión un auxilio poderoso, nos ofrece un 



(1) De-María, op. cit. 

(2) De-María, op. cit. 



— 74 — 

rtriunfo fácil y un vasto campo de gloria al esfuerzo y patriotismo 
de nuestros hermanos. La Provincia no cuenta hoy más enemigos 
que un número inconsiderable de continentales que colocados en 
medio de una población guerrera que arde en deseos de vengar 
los ultrajes de su honra y el saqueo de sus propiedades, mantienen 
insolentes los principios de dominación que no quieren para sí, y 
sería fácil fuera del brío y denuedo de estos habitantes, si contasen 
con una fuerza exterior de las Provincias hermanas que sirvieran 
de centro de reunión y apoyasen sus esfuerzos aislados. 

La división europea de Voluntarios Reales aspira sólo a re- 
gresar a Europa, se mantiene en una completa separación de la 
tropa en el continente, y no teniendo interés en conservar el país, 
lejos de mezclarse con la guerra que suscitare la insurrección, 
vería con placer secreto excitados nuestros esfuerzos en arrancar 
la tierra a la dominación de un enemigo que nuestros intereses 
hacen común. ¡Un cuerpo de quinientos hombres que atravesaren 
el Uruguay, sería más que suficiente para realizar nuestras espe- 
ranzas! La noticia de hallarse en nuestra banda, sería la señal 
de una insurrección general que distrayendo por todas partes la 
atención de nuestros enemigos, apoyaría los movimientos parcia- 
les de la población. 

La Banda Oriental en masa saldría al encuentro de sus liber- 
tadores; y reproduciendo unidos las épocas de nuestras primeras 
glorias, libertaremos nuestro suelo del peso de una dominación 
que le desagrada. Este es el voto de los habitantes todos de la 
Banda Oriental, y si la circunspección y secreto con que es preciso 
proceder en tan delicadas circunstancias no lo hicieren inverifi- 
cable, mil firmas suscribirían esta representación. 

Los que suscribimos no tenemos carácter alguno público o 
representativo, pero constituímos una parte respetable del pueblo 
patriota de Montevideo y su campaña; estamos estrechamente 
unidos y relacionados por intereses, parentesco y opiniones con 
los hombres de más crédito, influjo y consideración en todos los 
puntos de la Provincia; estamos conformes en los principios como 
en los medios de la ejecución, y nuestra voz puede considerarse 
como el eco de la parte sana de la Banda Oriental. 

Bajo este mismo concepto hemos elevado antes de ahora 
igual solicitud al Gobierno de Buenos Aires, considerándolo no 
solamente ligado en principios e intereses con los Gobiernos de 
Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos, sino también autorizado exclu- 
sivamente por las tres Provincias para negociar y emprender con- 
tra la usurpación de este territorio; nosotros no podemos menos 
que lisonjearnos del resultado de nuestra solicitud, pues que aquel 
Gobierno no sólo está dispuesto a auxiliarnos, sino que prepara 
los medios de hacerlo con dignidad y eficacia. Pero, como la for- 
malidad y circunscripción con que quiere proceder puede dar 
Jugar a malograr los mejores momentos quizás para siempre, he- 



— 75 — 

irnos considerado conveniente, sin embargo de la confianza que 
•igualmente ambos Gobiernos nos inspiran, dirigir a V. E. nuestros 
clamores a nombre de la Patria, cuya sagrada voz invocamos, 
para que ya sea de acuerdo con las demás provincias, ya por sí 
sola, interponga en nuestro favor su brazo poderoso, prestándonos 
el auxilio que hemos solicitado, Si, como no puede dudarse, la 
fortuna corona nuestros esfuerzos, el Gobierno que la Provincia 
libre se dé se hará un deber sagrado de reconocer la deuda, y 
satisfaciendo los gastos que ocasione a ese Gobierno la expedición 
y socorros que facilite, y la decisión de los santafecinos, fijará en 
la gratitud de los orientales un monumento indestructible con el 
glorioso renombre de libertadores. 

Si V. E. acoge benigno nuestros votos, don Domingo Cúllen, 
encargado de presentar a V. E. esta comunicación, lo está también 
para hacer a V. E. las explicaciones que considere necesarias al 
efecto . 

Su capacidad y el conocimiento exacto que tiene de nuestra 
situación, servirá poderosamente para allanar las dificultades que 
puedan ofrecerse. El ampliará nuestros conceptos e instruirá a 
V. E. de todo cuanto sea conducente a facilitar la empresa. Díg- 
nese V. E. creerlo y nuestra suerte está asegurada. El pueblo 
bravo de Santa Fe no desatenderá nuestros clamores y velando 
en nuestro auxilio nos dará en la guerra el ejemplo que nos da en 
la paz en sus instituciones. — Montevideo, 26 de Diciembre de 
1822. — Juan Francisco Giró, Daniel Vidal, Manuel Vidal, José 
M. Platero, Gregorio Pérez, Manuel Oribe, Ramón Castrez, Pablo 
2ufriategui, Ramón de Acha, Silvestre Blanco, Francisco Araucho, 
Antonio de Chopitea, José Félix Zubillaga, Francisco Aguilar, Ga- 
briel A. Pereira, Atanasio Aguirre, Pablo Antonio Nieto, Pedro 
Lenguas, Lorenzo J. Pérez, Francisco Solano Antuña, Juan Benito 
Blanco, Roque Graceras, Luis Eduardo Pérez, Francisco Lecocq, 
Juan Zufriategui, Santiago Vázquez, Antonio Acuña, Gregorio Le- 
cocq, D. F. Benavente, León J. Ellauri, Agustín de Aldecoa, Rafael 
Sánchez Molina. — Excmo. Sr. D. Estanislao López, Gobernador 
de Santa Fe." 

La representación transcripta fué conducida a su destino por 
don Domingo Cúllen, quien a su llegada a Santa Fe, a fines de 
Diciembre, "entablaba negociaciones con el Gobernador López 
para decidirlo a prestar los auxilios necesarios a empresa tan 
gloriosa" (1). 

Invocando también la representación de un núcleo respetable 
de la población de Montevideo, el Coronel argentino don Tomás 
Iriarte llegaba a la sazón a Buenos Aires con análogo objeto; y, 
no obstante la buena acogida que Rivadavia le dispensó, no dejó 
éste de oponer reparos a la representación del emisario y a las 



(1) Lasaga, Historia de López. 



— 76 — 

facultades con que sus comitentes actuaban. La respuesta de Ri- 
vadavia se redujo, en sustancia, a manifestar "que el General Ro- 
dríguez esta6a dispuesto a prestar a sus hermanos todos los auxi- 
lios necesarios, siempre que se instalase en Montevideo una au- 
toridad que representase la opinión del pueblo de aquella provin- 
cia, porque era absolutamente imprescindible entenderse con una 
autoridad responsable en todos sus actos públicos para que los 
compromisos que habían de contraerse no gravitasen única y ex- 
clusivamente sobre el Gobierno de Buenos Aires, si los resultados 
eran adversos" (1). 

Aludiendo a la misión preliminar ante el Gobierno de Buenos 
Aires, dice de la Sota: "Era bien notorio que los pueblos orientales 
sentían en silencio el modo con que se les gobernaba, sin consi- 
deración a los pactos, privados de las formas constitucionales y 
de las garantías de la Carta Constitucional del Brasil, que habían 
jurado". Pero, como habían jurado y proclamado su incorpora- 
ción al Brasil, Buenos Aires contestó que "no podía, sin compro- 
meterse, auxiliar invasiones contra el Estado Cisplatino, pero ase- 
guraba que en cualquier época que la Banda Oriental se pronun- 
ciase de un modo solemne contra la incorporación al Imperio, 
Buenos Aires y todas las Provincias Unidas auxiliarían con tropas 
y dinero a las dichas provincias". 

Impuesto Santiago Vázquez (Diputado en Buenos Aires del 
Cabildo), "promovió la reunión de todos los "Caballeros Orien- 
tales" residentes en la Capital de las Provincias Unidas. "En ella 
hizo sentir que la Banda Oriental se pronunciaría contra el Impe- 
rio, tan luego como en ella se viera cualquier punto de apoyo: pues 
que habiéndoles faltado a las bases de incorporación y no habién- 
dose establecido el sistema constitucional, los pueblos se hallaban 
gobernados militarmente, y a más, el Cabildo de Montevideo había 
pedido el absolutismo para la Provincia; que el espíritu público 
se hallaba en plena efervescencia y una sola chispa produciría el 
incendio en ella." Sin embargo, el resultado de las misiones pre- 
liminares a Buenos Aires y Santa Fe, quedó en suspenso. 

En tales circunstancias, el nuevo Cabildo de Montevideo pro- 
cura remover estos primeros obstáculos, mediante el envío a Bue- 
nos Aires y a Santa Fe, de dos delegaciones, con el cometido de 
recabar de los Gobiernos de estas dos Provincias su cooperación 
y sus auxilios para la empresa revolucionaria. Integraban la pri- 
mera, don Santiago Vázquez, don Gabriel A. Pereira y don Cris- 
tóbal Echeverriarza; estando la segunda formada por don Luis 
Eduardo Pérez, don Ramón de Acha y don Domingo Cúllen. 

Antes de seguir a los comisionados en las diversas incidencias 
de su gestión, volvamos a los sucesos que en Montevideo y San 
José se desarrollaban. En consonancia con la política de su añ- 



il) Lasaga, op. cit. 



— 77 — 

^tecesor, el nuevo Cabildo de Montevideo considera en su primera 
reunión, la acefalía en que "la Provincia" se hallaba respecto á^ 
su Gobierno civil, y a ese fin designa de su seno una comisión, 
^en la que delega las facultades que hasta entonces habían corres- 
pondido a los Capitanes Generales y Superintendentes. Esta de- 
cisión no es, si bien se mira, sino la consecuencia necesaria de las 
circunstancias, que por entonces apremiaban y a las que el Ca- 
bildo,' en uso de las facultades amplísimas de que estaba dotado, 
venía a poner eficaz remedio; y, en último término, viene a cerrar 
la serie de disposiciones legales de la revolución que comienza. 

Por su parte, los elementos adictos al Brasil, que, como ya 
-se ha dicho, habían adoptado para sede provisoria del Gobierno 
la ciudad de San José, trataban de aleccionar a la campaña en 
favor de la causa que representaban, y como medio de conseguir 
su objeto, lanzaban manifiestos y proclamas en los que se hacía 
resaltar, con marcada insistencia, un estrecho parentesco o afi- 
nidad entre la "logia de anarquistas de Montevideo" y "los dema- 
gogos que envejecieron en la única tarea de amontonar crímenes 
sobre crímenes" (1). 

Al oficio del Cabildo de Montevideo en que anunciaba haber 
"resumido" toda la autoridad civil y política que por las leyes 
residía en los Capitanes Generales de Provincia y Superintenden- 
tes de Hacienda, en virtud de la voluntad general del vecindark 
de esta capital y extramuros y exigía en consecuencia el reco- 
nocimiento de dichas facultades y la obediencia a sus órdenes, 
el Tribunal Consular respondía: "En contestación cree de- 
ber exponer a V. E. que lejos de haber llegado a su noticia el 
sufragio de la voluntad general que V. E. le significa, sabe, por 
el contrario, como notorio no haberse hecho conbocación del 
besindario, ni aber este dado poderes para otro acto que el de las 
elecciones Capitulares, bajo cuya denominación no pueden enten- 
derse comprendidas inobaciones de tan grande importancia. Cree 
también el General que si el besindario ubiese sido conbocado a 
ese efecto, habría vacilado mucho en arrogarse atribuciones que 
resiste el espíritu de las L. L. vigentes y derrogar a la potestad 
regia que quando menos de hecho reconoce la Provincia. Y dado 
caso de procederse en un sentido contrario, el Tribunal se deten- 
dría mucho en contraer una tan grande responsabilidad con su 
obediencia, toda bez que no empléndose las vías de hecho en 
arrancarle su allanamiento se considerase imposibilitado de sos- 
tener las atribuciones de sus instituto. . . En este consepto V. E. 
no extrañará que el Gral. Consular no se sienta dispuesto a adhe- 
rir a las insinuaciones de V. E." (2) 

El 7 de Enero de 1823 publicaba el General Lecor este ie- 



(1) Oficios de 1.° de Diciembre de 1822 y 1.° de Abril de 1823, del 
Síndico García de Zúñiga; Archivo y Museo Histórico. 

(2) Copia oficio de 7 Enero de 1823; Archivo y Museo Histórico. 



— 78 — 

creto: "Por quanto el nuevo Cabildo de Montevideo, electo por 
una fracción de anarquistas, ha llevado su insolencia y descare» 
hasta el punto de declararse de "motu-proprio" autoridad suprema 
de este Estado, desconociendo y desobedeciendo las autoridades 
legítimamente constituidas, y queriendo yo prevenir las conse- 
quencias de tan escandaloso atentado, en que se ven a un tiempo 
holladas las Leyes, ultrajada la Majestad, despreciados los Pue- 
blos, insultados los derechos de los ciudadanos y comprendido el 
orden público. Por tanto he venido en declarar, como declaro, 
que los individuos ilegítimamente nombrados en Montevideo en 
calidad de capitulares no forman Cabildo; que es una autoridad 
intrusa y delinquente, y que sus órdenes, acuerdos y actos de 
cualquier clase que sean, son írritos, nulos, atentatorios y sub- 
versivos del orden; que todas las autoridades legítimamente cons- 
tituidas. . . deben desobedecer abiertamente las órdenes y decretos 
del Cabildo intruso baxo la más estrecha responsabilidad, ha- 
ciendo dimisiones de sus cargos y oficios, los que hallándose den- 
tro de la Plaza sean violentados a someterse a sus disposiciones; 
que cualesquiera gejes o empleados públicos... que obedezcan 
al Cabildo intruso de Montevideo o a cualesquiera otras autori- 
dades creadas o nombradas por él, por el mismo hecho quedan 
privados de sus empleos. — Baráo da Laguna" (1). 

Como consecuencia de la tirantez a que habían llegado las 
relaciones de los dos bandos en lucha, el 20 de Enero declara Le- 
cor en estado de bloqueo a la ciudad de Montevideo; medida ésta 
que provoca en el Jefe de los Voluntarios Reales, una actitud re- 
suelta y enérgica, frente a lo que él considera un ultraje para los 
derechos de los habitantes y para la dignidad de las tropas de su 
mando, según lo expresa en oficio al Cabildo, de 26 del mismo 
mes. Y dispuesto a proceder al armamento de las milicias de 
Extramuros, pide a aquella corporación le proponga un oficial 
para encargarlo del mando. 

Las hostilidades que había iniciado el Barón de la Laguna 
el 26 de Enero, continuaron sin novedad de bulto hasta el 17 de 
Marzo, en que 400 soldados de caballería y 600 infantes de la 



División cíe Voluntarios y la partida de caballería al mando de 
don Manuel Oribe, se pusieron en marcha hacia el campo enemigo 
con miras de llevarle un ataque. El "17, al rayar el día, se cho- 
caron coin las abanzadas imperiales las del Comandante Oribe. 
El General don Alvaro da Costa le seguía de cerca con 500 ca- 
ballos que cargaron sobre el enemigo aturdido y no le dieron 
más lugar que para ver y huir. Los voluntarios se han comportado 
con el valor y disciplina por que siempre los hemos apreciado. 
El mayor Abreu, como un bravo. El comandante Oribe, con su. 



(1) Archivo y Museo Histórico. 



— 79 — 

valor acostumbrado" (1). 

" Todos los días han entrado a la Plaza vecinos de los que 
componían las milicias de la campaña, alistadas al servicio del 
Imperio, que se han dispersado después de la acción del 17. Ayer 
tarde entraron un oficial y 15 soldados de los del Departamento 
de Maldonado; hoi lo verificó el teniente Vidal y cinco soldados 
de la de Canelones" (2). 

Cuando el Cabildo se enteró, por los primeros oficios de sus 
comisionados a Santa Fe y Buenos Aires, de la impresión favo- 
rable que aquellos oficios, los de Santa Fe sobre todo, reflejaban 
sus procedimientos se hicieron desde entonces más decisivos y 
concluyentes, y en comunicación al Jefe de los Voluntarios Rea- 
les, no trepidó en manifestarle: "el señor Comandante debe saber 
que los habitantes todos de la Provincia no anhelan otro fin que' 
el de su absoluta libertad e independencia, y que no hay duda 
que por la parte que representamos nosotros, la promoveremos a 
toda costa, para lo cual destruiremos las fuerzas del Brasil, y si 
respetamos ahora las suyas, es porque Vd. nos ha prometido que 
lo único que desea es embarcarse con honores" (3). 

Era la declaración que quedaba por hacer para dar a la causa 
del Cabildo, bien definida ya, una publicidad y una notoriedad 
tales, que, el silencio de los interesados en contrariarla, pudiera 
ser interpretado desde entonces, como prueba concluyente de 
acataminto. 

No descuida la corporación capitular la parte financiera del 
movimiento; y es de los primeros empeños de su laboriosa ges- 
tión, promover "una suscripción de 88.000 pesos" (4), parte de 
los cuales llegó a recaudarse y cuyo destino se expresaba en los 
documentos de resguardo, en estos términos: "El Excmo. Cabildo, 
Representante de Montevideo y sus suburbios, ha recibido de don 
Francisco de las Carreras la cantidad de doscientos pesos, que 
para las urgencias de las presentes circunstancias se ha servido 
suplir mediante nuestra insinuación. . ." "(5). La política de pres- 
cindencia del Gobierno de Buenos Aires hizo que los comisiona- 
dos para gestionar allí la obtención del empréstito, no alcanzaran 
los resultados que se esperaban; pero, a pesar de todo, el em- 
préstito llegó a cubrirse en gran parte, gracias a los desvelos de 
don Pedro Trápani, don Braulio Costa y don Félix Castro, quienes- 
contribuyeron con sus trabajos e hicieron personalmente un prés- 
tamo de 26.374 pesos. Los demás prestamistas fueron, según De- 
María, "Gregorio Lecocq, Pedro Francisco Berro, Daniel Vidal, 
Manuel Oribe, Gabriel Antonio Pereira, Gregorio Gómez Orcajo,, 



H) "La Aurora", núm. 13, Marzo 18-1823; Biblioteca Nacional. 

(2) "La Aurora", núm. 14, Marzo 25-1823; Biblioteca Nacional. 

(3) Archivo General Administrativo (cita de Blanco Acevedo, op. cit.)í. 

(4) Aureliano G. Berro, "Bernardo P. Berro", 1920. 

(5) Archivo General Administrativo. 



— 80 — 

Conrado Rucker, Pedro Pablo Vidal, Ramón Carreras y algunos 
¿)tros" (1). 

Conjuntamente con los oficios que el Cabildo dirige a Lava- 
lleja, a Otorgues, a Simón del Pino y a otros destacados patriotas, 
para requerirles su cooperación a la empresa guerrera, comunícase 
«1 6 de Marzo con Rivera, a quien exhorta en igual sentido. Rivera 
formula en estos términos su negativa: "V. E. se decide y me invita 
a defender la libertad e independencia de la patria, y felizmente 
estamos de acuerdo en principios y opiniones. V. E. sabe que mis 
afanes no han tenido otro fin que la felicidad del país en que nací. 
La diferencia entre V. E. y yo, en la causa que sostenemos, sólo 
consiste en el diverso modo de calcular la felicidad común a que 
aspiramos. V. E. cree que el país será feliz en una "independencia 
absoluta", y yo estoy convencido de que sólo puede serlo en una 
"independencia relativa", porque la primera, sobre imposible, es 
inconciliable con la felicidad de los pueblos. V. E. no puede contar 
-con el auxilio de estas tropas europeas: pues, como V. E. afirma, 
sólo esperan para marchar, las órdenes de su Gobierno. Tampoco 
con el auxilio de las Provincias hermanas, porque nadie da lo que 
no tiene, ni lo que tiene con riesgo inminente de perderlo, y sin 
esperanza alguna de utilidad. 

A V. E. no puede ocultarse, que las Provincias hermanas, 
divididas en pequeñas repúblicas, continuamente agitadas del es- 
tado de revolución, no han de agotar por esta Banda los recursos 
que necesitan para conservar la suya; ni han de comprometerse 
en una guerra desastrosa con una nación americana y limítrofe, 
sin otro interés que establecer en esta parte del río un Estado 
independiente. Los pueblos, como los hombres, nunca arriesgan 
su fortuna y sosiego sin fundada esperanza de gloria o de prove- 
cho. Es preciso, pues, que V. E. cuente con sus propios recursos 
para hacer la guerra y triunfar de una nación poderosa y vecina; 
porque arrojarse a una empresa de esta especie, en la esperanza 
remota de auxilios quiméricos y dudosos, siempre sería la más 
fatal de las imprudencias" (2). 

V. El Cabildo y D. Juan Antonio Lavalleja. 

1. Es nombrado Teniente Coronel y Jefe del Ejército. 

2. Disidencia entre el Cabildo y Lavalleja. La nota contestación de éste. 

3. El Cabildo nombra a Rondeau General en Jefe. La opinión de don 
Luis Eduardo Pérez y don Ramón de Acha. 

4. Consecuencias que se desprenden del proceso a don Manuel Duran. 

5. Lavalleja en Buenos Aires y Santa Fe. Formación de la Compañía 
de Orientales. 

b. El fracaso y las venganzas de los portugueses. 
7. El Cabildo se rectifica. 



(1) Op. cit. 

(2) Papeles del General Lavalleja, Archivo y Museo Histórico. 



— 81 — 

1. Antes se hizo referencia a las gestiones de Lavalleja para 
«que la campaña del país secundara la iniciativa de los "Caballeros 
Orientales", en el sentido de provocar un movimiento revolucio- 
nario, y se aludió también a los sucesos que obligaron al futuro 
Jefe de los Treinta y Tres, a huir al extranjero. Durante su resi- 
dencia en Buenos Aires, el Cabildo de Montevideo le remitía "los 
despachos de Teniente Coronel y el nombramiento de Jefe Militar 
del Ejército independiente" (1). 

He aquí la nota respuesta de Lavalleja: "Tengo el honor de 
.acusar a V. E. el recibo de su nota de 23 del corriente y de los 
.despachos de Teniente Coronel de las tropas en esa Provincia, 
que se ha servido incluirme. Yo siempre reconoceré esta distin- 
ción con que V. E. me honra, y entretanto tengo lugar de asegu- 
rarle no viva V. E. ya muy inquieto sobre mis últimos procedi- 
mientos. Ellos quedan completamente paralizados por disposición 
de V. E. y todo queda al cargo y responsabilidad de la Diputación 
Diplomática Ínterin yo paso a esa al arreglo de negocios particu- 
lares o me ocupo en ésta de lo mismo (2). 

2. Sobrevino en ese entonces, entre el Cabildo y Lavalleja, 
una disidencia acerca de la cual, como de la línea de conducta 
del último, es bien ilustrativa la nota de 20 de Febrero, que en 
seguida se transcribe: "La honorable de V. E., fecha 6 de Fe- 
brero. . ., si bien es reproductiva de las distinciones con que V. E. 
me favorece, y de la confianza que le inspira mi persona, humilla 
demasiado mi delicadeza y mi desinterés y se coloca en visible 
-distancia del respeto que me merecen las Autoridades de mi País. 
Partiendo V. E. del principio de creerme ofendido por haberme 
sujetado en su anterior comunicación a las inmediatas órdenes de 
la Comisión Diplomática de-ese Gobierno existente en ésta, e inhi- 
bido en mis operaciones sin su consentimiento y anuencia, y mi- 
rando como un efecto de mi resentimiento las expresiones de mi 
anterior, de que no viviese ese cuerpo inquieto, por mis ulteriores 
procedimientos, se juzga altamente injuriado en la sinceridad de 
sus sentimiento y me reputa desconocido a sus personas, empe- 
ñándose al mismo tiempo en desvanecer unas sospechas que no 
existen. Si V. E., haciéndome la justicia debida, debió creérmela 
en subordinación y dependencia, y si la Comisión Diplomática era 
una verdadera emanación y representación de V. E., no pudo sin 
agravio creerme ofendido porque se me sujetase a ella. Un tal 
juicio importaría en mí, ideas de aspiración que desconozco, y que 
aun quando desgraciadamente existieran, sería impolítico y aun 
opuesto al fin que debía proponerme manifestarlas en su cuna. 
Persuádase V. E. que yo más que otro alguno, después de corridos 



(1) Pablo Blanco Acevedo, "Primer Centenario de la Independencia". 

(2) Original: Archivo General Administrativo, Buenos Aires, 30 de 
,Enero de 1823. 



— 82 — 

años enteros en la muy dura campaña, después de haber experi- 
mentado todos sus rigores y penurias, y después de haber gemido 
en extraño clima bajo el poderío y cautiverio de un implacable 
enemigo vengador, aborrezco los horrores de la anarquía y co- 
nozco el valor de las ordenadas y mutuas relaciones que deben 
existir entre todas las partes de una sociedad y muy especialmente 
entre los ciudadanos y el Gobierno, entre éste y los Jefes militares» 
Todo paso que tenga tendencia a perturbar este equilibrio es ene- 
migo del orden y es un germen de fatalidad y de desgracia. Ani- 
mado de estos sentimientos, V. E. ni debió creerme ofendido ni 
mirar mis notadas expresiones con un tan mal ojo. V. E. temía 
y no dexaba de temer con razón, que obrando yo en desconfor- 
midad, más claro, en oposición con la Comisión Diplomática, que 
estaba encargada de graves y arduos negocios en política que 
eran a mí desconocidos, pudieran malograrse los buenos efectos 
que ésta se proponía y refluir de ello irreparables males sobre 
nuestro suelo patrio, y aunque en su previsión y en el deseo y 
necesidad de precaverlos, V. E. tuvo a bien hacerme las preven- 
ciones oportunas y declarar mi dependencia de aquella Comisión; 
y entonces, ¿en qué ofenden mis expresiones de que no viva ese 
Cuerpo inquieto por mis ulteriores procedimientos? ¿No están 
ellos en consonancia con los propios sentimientos manifestados 
por V. E.? ¿He hecho yo otra cosa que procurar calmar los te- 
mores que V. E. preveía podían sobrevenir? Interpretándose en 
otro sentido mis expresiones, ha resultado una inteligencia muí 
distinta de la que ellas tienen; a V. E. se le ha conmovido y a mí 
se me ha dado un motivo de sentimiento. Yo, como más inmediato 
a la Comisión y observador de sus trabajos, ya tocaba sin dificul- 
tad los resultados que luego han sido notorios, y viéndome impo- 
sibilitado por mucho tiempo para obrar en conformidad a mis 
sentimientos y en utilidad de mi patria, no era extraño que mien- 
tras durase la calma me ocupase de mis particulares intereses. 
Por lo demás, la persona de V. E., colectiva e individualmente 
tomada, no podía dejar de serme en estimación, aprecio y con- 
fianza. Yo tengo el honor de conocer de inmediato a todos los 
honorables miembros de esa Corporación, de haberlos tratado, y 
de ser un testigo de sus virtudes cívicas y morales, yo sé cuánto 1 
han trabajado ellos por reverdecer el árbol de nuestra libertad r 
y en quanto compromiso se han constituido para con nuestros 
opresores. De estos antecedentes nacen otros tantos títulos para 
que V. E. me crea ser venerador, y que mis operaciones nunca 
dejen de uniformarse con los deseos de V. E., lo que producirá 
constantemente la desesperación de nuestros enemigos" (1). 

Esta carta de Lavalleja es interesante en cuanto pone de 
manifiesto, aunque sin precisarlos con exactitud, los motivos de 



(1) Original: Archivo General Administrativo. 



— 83 — 

distanciamiento que entre el Cabildo y Lavalleja debieron sobre- 
venir, y sin los cuales no tendría explicación la inesperada deci- 
sión del primero de conferir al General Rondeau el cargo militar 
de más jerarquía en la Revolución, después de haber nombrado 
Jefe de la misma al entonces Teniente Coronel Lavalleja (1); 
pero es aún más interesante, si se la considera como la más for- 
mal y categórica manifestación de subordinación al poder civil, 
de un militar de grandes y bien ganados prestigios, en momentos 
en que a los militares había de quedar confiada toda o casi toda 
la suerte del país. Lavalleja había alcanzado ya en esta época,, 
como tendremos ocasión de comprobarlo en seguida, un grado 
de consideración de mucha entidad entre sus compatriotas. Su 
heroica actuación en las milicias de Artigas, el duro ostracismo 
que su heroísmo le impuso después en la Isla das Cobras, su in- 
trepidez, su valor, su enorme desinterés, su nunca superado pa- 
triotismo y, por último, su incansable y tenaz propaganda para 
que fueran más eficaces los resultados de la revolución del año 
1823; todo eso y mucho más, contribuyó a dotar su personalidad 
de relieves indiscutibles y de prestigios que nadie desconocía. 

3. Don Luis Eduardo Pérez, uno de los Diputados del Ca- 
bildo ante el Gobierno de Santa Fe, en nota del 17 de Agosto, a 
la Corppración que representaba, le decía: "No me parece acer- 
tado que venga el General Rondeau a mandar; es indudable que 
causará un disgusto general en el pago. La gente está consentida 
y espera a Lavalleja; éste tiene muchísima más opinión que el 
otro, no sólo en los suyos sino hasta en los enemigos. También 
puedo decir que los Jefes auxiliares están contentos y acordes 
con él, lo que con el General Rondeau, habría mil dificultades. . . 
Yo, vista la mala impresión que esta noticia ha causado, hago 
entender que no es cierta, y que aun cuando lo sea, que no tendrá 
efecto. V. E. mire con mucho pulso este asunto y contésteme sin 
pérdida de tiempo lo que determine" (2). En idéntico sentido,, 
el mismo Luis Eduardo Pérez, que conocía muy bien el ambiente 
que dominaba la campaña del país y que en esos momentos asis- 
tía como agente directo a los preparativos de las tropas en Santa 
Fe, en otra jugosa icarta del 7 de Setiembre, declaraba: "Quando> 
salimos los miembros de ese Cabildo (de Montevideo) a esta 
comisión, uno de los principales objetos que traíamos era colocar 
en el mando a don Juan Antonio Lavalleja para quitar las aspi- 
raciones a él de otros que entonces se decía lo solicitaban. A más 
de eso ese mismo Cabildo ofició a don Manuel Duran que tomase 
el mando de las tropas mientras llegaba don Juan Antonio Lava- 
lleja, quien debía mandar en Jefe." Siempre refiriéndose al mismo 
asunto, hacía notar al Cabildo que a pesar de haber sido decre- 



cí) Ver Blanco Acevedo, op. cit., pág. 48. 
(2) Archivo General Administrativo. 



— 84 — 

tado así, la comisión no podía ser la que mandase, pues de lo 
contrario se faltaría a las más elementales nociones de milicia. 
"Desengáñese V. E., y si quiere que el país se salve, desprecie 
esos viles intrigantes, y fíese de los que puden contribuir a sal- 
varlo; mire que en la Banda Oriental no hay muchos, y los pocos 
que hay están descontentos. V. E. ha brindado con el mando de 
General en Jefe a Rondeau, que para nosotros es un extraño. . . , 
y lo mezquina a Lavalleja, que ha mandado un Regimiento de la 
Provincia, Dragones de la Unión, y no una Compañía, como dice 
el oficio. Supongamos que Lavalleja no haya servido a la Patria 
más que de capitán; y ¿qué importa esto?; si la Patria necesita 
hacerlo General, será lo primero que se ve" (1). 

El rol de Lavalleja en los sucesos de 1823 es, como se ve, 
decisivo. La campaña oriental lo espera para pronunciarse. "Es- 
peramos sea de la mayor importancia el paso de aquel Jefe (alu- 
sión a Lavalleja), a quien tenemos noticias aguardan no sólo los 
paysanos para armarse y trabajar, sino también la mayor parte 
de los oficiales y tropas de frutos que deben pasársele luego que 
se presente a su inmediación. V. E. conoce bien la reserva que 
conviene tener sobre esta medida, aunque creemos que a la fecha 
de la llegada a esa de esta comunicación ya Lavalleja se hallará 
fuera de aquí y cerca de su destino" (2). 

4. En otra parte de este capítulo se hace especial referen- 
cia al proceso que en los primeros meses del año 1823 se siguió 
en Canelones a don Manuel Duran, por imputársele haber contri- 
buido a la insurrección de los patriotas contra las autoridades 
imperiales. Y en este proceso, instaurado y diligenciado por fun- 
cionarios dependientes de la conquista, no sólo las respuestas 
de algunos de los deponentes, sino hasta los artículos del inte- 
rrogatorio a cuyo tenor aquéllos fueron preguntados, hacen ex- 
presa alusión a Juan Antonio Lavalleja, como cabeza dirigente 
de los conatos de revolución que caracterizaron aquel período. 
La figura de Lavalleja llena el ambiente de la campaña, donde 
triunfa sin retaceos y sin miserias, la irresistible sugestión de su 
patriotismo, que fué, sin duda, la más saliente de sus encomiables 
condiciones. "Tal vez muy pronto aparecerá en esta Banda la 
Comisión en que este Cabildo ha delegado sus facultades res- 
pecto de la campaña: y ella vendrá acompañada del benemérito 
don Juan Antonio Lavalleja, cuyo honor y reconocida adhesión al 
orden han hecho fijar en su persona las mayores esperanzas (3). 

5. Lavalleja, que hasta fines de Febrero había permanecido 
en Buenos Aires, según se comprueba con la circular del 20 de 



(1) Archivo General Administrativo. 

(2) Nota del 27 de Abril de 1823, de Luis Eduardo Pérez y Ramón de 
Acha, al Cabildo de Montevideo: Archivo General Administrativo. 

(3) Circular del Cabildo de Montevideo a don Manuel Duran: Archivo 
General Administrativo. 



— 85 — 

ese mes, ya transcripta, debió llegar a Santa Fe a principios de 
Marzo siguiente, pues en carta de don Manuel Leyba a don Do- 
mingo Cullen, aquél alude a hechos en que Lavalleja intervino y 
que se produjeron en Santa Fe el 5 de Marzo del mismo año (1). 
El 24 de Marzo escribe Lavalleja a don Andrés Morel, desde 
Santa Fe; y para darle cuenta de la marcha de los trabajos le dice: 
"Latorre informará a Vd. del estado de nuestras circunstancias: 
ellas son las más tristes que nos pueden presentar" (2). La per- 
manencia de Lavalleja en aquel destino y su activa intervención 
directiva en el reclutamiento y organización de los contingentes 
militares que se preparaban para la invasión, como asimismo en 
la obra de recabar el auxilio y la cooperación de las Provincias, 
está comprobada por toda la documentación que se conserva de 
la correspondencia mantenida por el Cabildo de Montevideo con 
sus diputados en Santa Fe. Sólo a mayor abundamiento vamos 
a transcribir en su parte pertinente un relato del propio Lavalleja,, 
que se conserva en el Archivo y Museo Histórico (3). Dice así: 
"Después de perdida la empresa de libertar la Patria del poder 
de los portugueses, los patriotas que en aquella época quisieron 
hacerlo, y siendo uno de ellos don Juan Antonio Lavalleja, Comi- 
sionado por el Cabildo de Montevideo..., y mandado éste una 
Comisión a Santa Fe para exigir auxilios de aquella Provincia, 
compuesta ésta de los señores don Ramón Acha, don Luis Eduardo 
Pérez y don Domingo Cullen, y don Juan Antonio Lavalleja nom- 
brado Teniente Coronel por el citado Cabildo y autorizado bas- 
tante para operar por el punto que le fuese o creyese más conve- 
niente con la fuerza o auxilios que dicha Comisión pudiera reca- 
bar de aquélla o más provincias. En consecuencia, un año pasó 
esta Comisión sin poder recabar nada efectivo, en razón que el 
Gobierno de Entre Ríos en cuya época el General don Lucio Man- 
silla no quería prestar la cooperación ni menos permitir que por 
aquella provincia se hiciera el tránsito o la marcha que pretendía 
hacer Lavalleja para asaltar a la de su patria con los pequeños 
auxilios que el Gobernador de Santa Fe, don Estanislao López, le 
proporcionara, siendo ésta de un escuadrón de 100 hombres más 
o menos, que podía entregar prontos de armamento y monturas 
menos la cabalgadura... y dándonos la franqueza para engan- 
char o contratar todo hombre que voluntariamente quisiera con- 
venirse en acompañarnos." Alude después a la creación de un 
cuerpo de milicia oriental que Cervera llama "piquete de Drago- 
nes Orientales" (4), y en tal sentido dice Lavalleja "que algunos 
orientales que se hallaban dispersos por aquellas provincias, o 
emigrados, se presentaron a Lavalleja, y formó una compañía de 



(1) Archivo General Administrativo. 

(2) Revista de Derecho, Historia y Letras, Buenos Aires, 1908. 

(3) Papeles del General Lavalleja, 1821-1824. 

(4) Op. cit. 



— 86 — 

ciento y pico de hombres. Por muchos esfuerzos que se hicieron 
no se pudo emprender la marcha en razón del obstáculo de la 
Provincia de Entre Ríos". Después de hacerse cargo de la suerte 
adversa que corrieran las milicias insurreccionadas en la cam- 
paña a principios de 1823, agrega que "sabida la pérdida de la 
Provincia, la Comisión (Diputados a Santa Fe) ordenó se disol- 
viera la compañía que se había formado y que cada uno se reti- 
rara donde mejor le conviniera, como lo hacían ellos, pues ya no 
había recursos cómo sostener estos hombres e imposible hacer 
nada de provecho. Sucesos posteriores obligaron a Lavalleja a 
trasladarse a Buenos Aires, y con ese motivo la compañía quedó 
al mando del Capitán don Manuel Lavalleja, y el Gobernador 
"López le dio orden para salir a campaña, y él junto con ella en 
razón que los indios... hostilizaban la Provincia. En el primer 
choque que tuvieron con los bárbaros murieron cuatro orientales, 
la conducta que observaron éstos en la acción merecieron la me- 
jor acogida y protección del señor Gobernador". 

Descartada, por último, la cooperación de la Provincia de 
Santa Fe, Lavalleja "mandó disolver a la compañía con el con- 
sentimiento del señor López", y que los oficiales de la mayor 
confianza se retiraran a Buenos Aires" (1). 

6. Los resultados de este prolongado peregrinaje y de esta 
constante dedicación a los intereses del País, sólo le reportaron 
a Lavalleja un desengaño más y una merma considerable en los 
intereses de sus hijos, como él decía. Las autoridades brasileras 
no trepidaron en embargarle los bienes que tenía en campaña, 
consistentes en "una estancia poblada en la costa del Santa Lucía 
grande" y "un almacén surtido". A propósito dice Lavalleja en 
el manuscrito citado, que "don N. Herrera, sobrino político de 
don Fructuoso Rivera, que estaba al servicio de los portugueses, 
fué comisionado por el mismo Rivera para levantar en peso todas 
las haciendas de aquella estancia y conducirlas a San José para 
alimento de aquellas tropas o para darles el destino que ellos 
creyeran más conveniente. Doña Ana Lavalleja se presentó exi- 
giendo los intereses de su marido e hijos; el doctor don Nicolás 
Herrera le contestó que "hasta las sillas de su casa se las habían 
•de quitar". Estos hechos no admiten comentarios; pero es inte- 
resante destacar que don Tomás García de Zúñiga, "uno de los 
principales agentes de los portugueses, fué la protección de esta 
familia, pues siendo informado que se le iban a embargar los 
muebles de su casa, fué a hablar con este señor y su contestación 
fué que primero le habían de quitar a él lo que tenía, que a ella 
los restos que le habían quedado" (2). 

7. En cuanto a las reservas que el Cabildo de Montevideo 



(1) Papeles del General Lavalleja (Archivo y Museo Histórico) 

(2) Archivo y Museo Histórico. 



— 87 — 

-dejara traslucir en ocasión ya recordada, respecto de la designa- 
ción de Lavalleja como Jefe del movimiento de 1823, no está de 
más destacar aquí dos pruebas terminantes de la rectificación de 
miras del Cabildo y de la altura con que Lavalleja prosiguió en 
sus trabajos, después que la disidencia señalada debió sugerirle 
las maniobras que contra él se tramaban y que tuvieron por re- 
sultado nombrar a Rondeau General en Jefe de todas las fuerzas 
-orientales. Con fecha 23 de Julio de 1823, el General Rondeau 
hacía presente al Cabildo, que en su calidad de militar depen- 
diente del Gobierno de Buenos Aires, no podía separarse de su 
destino sin una autorización de sus superiores, "que es preciso 
recabar por las vías que indican la razón y el orden" (1); y el 
16 de Agosto siguiente, el Cabildo, en oficio a don Domingo Cu- 
llen, le hacía esta reveladora confidencia: "Respecto al nombra- 
miento de Rondeau, avisa el señor Blanco que no asiente su Go- 
bierno y que aquél está conforme con sus ideas; de manera que 
siéndonos esto más bien favorable después que la Diputación de 
Santa Fe acordó dar el mando de las fuerzas orientales al señor 
Lavalleja (lo que ha aprobado este Cabildo siendo en su mismo 
grado de Teniente Coronel por ahora) será conveniente que Vd. 
prescinda de aquella primera elección y no dé paso alguno con 
el General Rondeau ni con el Gobierno a su respecto" (2). 

El 15 de Mayo, Lavalleja, desde Santa Fe, expone al Cabildo: 
"Yo me marcharía inmediatamente a esa Capital, pero cuando 
esta Provincia nos franquea auxilios para marchar con brevedad 
en dirección a nuestra campaña, estoy seguro que V. E. hubiese 
desaprobado aquella determinación. Yo me apresto con la acti- 
vidad posible, pues conozco cuánto necesita mi patria de mis pe- 
queños esfuerzos" (3). 

VI. Los diputados del Cabildo de Santa Fe. — En los pri- 
meros días de Marzo de 1823, llegaban a Santa Fe los diputados 
del Cabildo, don Ramón de Acha, don Luis Eduardo Pérez y don 
Domingo Cullen, "hallando buena acogida de parte del General 
López" (4). 

Acerca de las buenas disposiciones del Pueblo y Gobierno 
de Santa Fe, en ocasión del arribo de los comisionados de Mon- 
tevideo, un papel de la época relata, entre otros pormenores, que 
el 5 de Marzo de 1823 llegó la diputación al paso de Santo Tomé 
acompañada del Secretario del Gobierno, don Juan Francisco Se- 
guí; que cuando los Diputados eran conducidos en los coches de 
los capitulares a las Casas Consistoriales, "las damas arrojaban 
flores por donde iban a pasar"; que en reunión solemne, los en- 
viados expusieron "el estado en que se hallaba la Banda Oriental, 



(1) Archivo General Administrativo. 

(2) Archivo General Administrativo. 

(3) Archivo General Administrativo. 

(4) Cervera, " Historia de la Ciudad y Provincia de Santa Fe". 



— 88 — 

cuánto han sufrido sus vecinos a los opresores, las aspiraciones 
de ésta, su carácter, estado y fuerzas; la opinión general de la 
Provincia, y últimamente la resolución firme del Cabildo Repre- 
sentante y de todos los de la Banda Oriental de arrojar a los 
extranjeros con las armas o morir todos en la lid". Agrega el 
referido documento que todos los presentes unánimemente con- 
vinieron en que se auxiliase a la Banda Oriental, y que "hubo 
personas tan exaltadas, que después de haber ofrecido sus per- 
sonas y bienes, ofrecieron también sus familias, si se las consi- 
derase útiles en el Ejército Libertador". Tuvo lugar después una 
"gran comida", a la que asistieron López, Mansilla y "lo más 
selecto del vecindario; la mesa fué ostentosa y servida con mag- 
nificencia, mientras lo cual alternaban las músicas militares y la 
de un hermoso Fuerte Piano tocado a cuatro manos". No faltaron, 
como es natural, los brindis, de los que entresacamos estos, de 
Pascual Echagüe: "Vosotros habéis dejado vuestros bienes y 
vuestra Patria para no gemir más tiempo bajo el yugo de una 
dominación extranjera, y buscar entre las provincias hermanas, 
arbitrios para salvarla". Del doctor Seguí: "Por este felice día — 
que en mis fastos signará — aqueste Ilustre Ciudad — de Santa 
Fe — Patria mía — hoy con dulce melodía — mi musa intenta 
cantar — himnos para celebrar — tan lisongera reunión — Donde 
unida la opinión — más gloria quiere ganar." Mencionan las 
crónicas un sarao en el Cabildo, al que concurrieron, además deí 
elemento oficial, "un gran número de vecinos de los más respe- 
tables de la ciudad con algunas señoras, todos los que fueron 
obsequiados con un decente refresco", siendo tal "el concurso y 
la conmoción lisonjera del pueblo porque había llegado el día de 
salvar a Montevideo de sus opresores, que hasta los caciques 
que se hallaron en la ciudad concurrieron a brindar amistad y 
servicios a los diputados" (1). 

Santa Fe se disponía a secundar los esfuerzos de los patrio- 
tas. Además del expresivo recibimiento con que solemnizaba su 
llegada cuando apremiaba el momento de concretar compromisos 
y ajustes, el Gobernador López no defraudaba con su actitud a 
los comisionados de Montevideo. "En quince comunicaciones que 
he recibido de Santa Fe y Entre Ríos, todas convienen que el 
Gobernador López verificará su expedición a la Banda Oriental 
en el momento que regrese a Santa Fe" (2). Refiriéndose a ma- 
nifestaciones de Lavalleja respecto de su confianza en el auxil,o 
de Santa Fe, en una carta de Buenos Aires, se expresa: "Yo fui 
testigo de la conversación que emprendió el señor Teniente Co- 



(1) Exposición de los obsequios hechos en Santa Fe a los señores" 
üiputados del Cabildo Representante de Montevideo y suburbios (manus- 
critos): Archivo General Administrativo y Archivo y Museo Histórico. 

(2) Nota de Domingo Cullén al Cabildo de Montevideo, 7 Mayo 1823: 
Archivo General Administrativo. 



— 89 — 

ronel don Juan Antonio Lavalleja con el señor Aldao. En ella se 
expresó de un modo quejoso por la negativa del Gobierno de 
Buenos Aires relativa a la Provincia Oriental. Expuso que en 
todas partes habían sido mirados con indolencia los riesgos de 
los orientales, y que sólo en Santa Fe se habían oído sus clamo- 
res" (1). Los diputados del Cabildo a Santa Fe, en carta del 13 
de Mayo, dicen: "El proyecto que anunciamos a V. E. sigue con 
la mayor celeridad posible, a fin de que cuanto antes se verifique 
el importante paso de Lavalleja" (2). 

" Sólo Santa Fe está decidida de buena le en nuestro auxilio- 
su Gobierno marchó a campaña contra los indios el 20 del co- 
rriente con 700 hombres y a su partida nos aseguró del modo 
más positivo que sólo hiba a cumplir; que su buelta indudable- 
mente devía verificarse antes de un mes de su salida y que en los 
momentos que ella se realizase pasaría sin demora con todas sus 
tropas a esa Provincia. ínterin se trabaja en reunir al menos cien 
hombres, con los quales deve pasar en breves días Lavalleja en 
seis lanchones bien armados" (3). 

Para acreditar la buena disposición de Santa Fe, es por de- 
más elocuente un oficio del Gobernador López al Cabildo de 
Montevideo; "El Gobierno de Santa Fe ha recibido con las mayores 
expresiones de júbilo la distinguida nota dirigida por la Ilustre 
representación del Excmo. Cabildo Representante de Montevideo. 
Agradece altamente los honorosos conceptos con que la viste en 
obsequio de su persona, por el desempeño de unos deveres que 
siempre reconoció anexos a la calidad de buen patriota, herma- 
nado por tantos títulos e intereses con los demás americanos de 
las provincias integrantes del territorio nacional. Queda orientado 
del importante objeto de su misión y a pesar de hallarse ligado 
solemnemente con el Gobierno de Buenos Ayres para una expe- 
dición convinada sobre los bárbaros del Sur, cuios momentos exi- 
gen para que la simultaneidad de los movimientos facilite el logro 
de la empresa; es muy grave, justa y penetrante la voz y clamoreo 
de una provincia oprimida, cuanto recomendable por un cúmulo 
de títulos, para que no haga impresión en corazones sensibles y 
generosos como son los de individuos que tengo el honor de 
presidir. Esta voz unísona de dignidad y de amable ambición a 
una gloria inmortal en la práctica de bienes públicos han confir- 
mado mis sentimientos, siempre prontos a sacrificarse por el bien 
de la Nación Americana. Yo protexto no dejar piedra por mover 
para que el intruso usurpador extranjero, que ataca con escándalo 
los sagrados derechos de la Provincia Oriental, como la integri- 



(1) Manuel Leyba a Domingo Cúllen, 14 Abril 1823: Archivo General 
Administrativo. 

(2) Archivo General Administrativo. 

(3) Diputados en Santa Fe al Cabildo, Abril 27: Archivo General Ad- 
ministrativo. 



— 90 — 

dad del territorio de la América del Sur, recoja amargos frutos 
de su osadía" (1). 

Como una ratificación de las intenciones expresadas, Santa 
Fe celebra tres días después, con los diputados orientales, un 
tratado público, cuyas cláusulas principales establecían: "Art. 1.°: 
La Provincia de Santa Fe, mediante su Gobierno, solemniza con 
la Honorable Diputación del Excmo. Cabildo Representante de 
Montevideo, una liga ofensiva y defensiva contra el usurpador 
extrangero Lecor y demás de sus satélites americanos que ocupan 
el territorio oriental, reconociendo el dominio y prestando obe- 
diencia al insurgente e intruso Emperador Pedro I. — Art. 2.°: 
En su virtud, llevará la voz en esta guerra, bajo recíprocos acuer- 
dos con la Representación Montevideana; pondrá cuantos medios 
estén a su alcance; incitará a las provincias hermanas a la coope- 
ración y auxilio, y organizará el ejército santafecino del Norte, 
nombrando jefes y demás oficiales subalternos, y practicando to- 
dos los demás actos conducentes al logro de la libertad absoluta 
de la provincia oriental, con la brevedad que reclama su peligroso 
estado, conciliándolo con el obligatorio compromiso con Buenos 
Aires para expedicionar en combinación sobre los bárbaros del 
Sur. — Art. 3.°: Todos los gastos que se ocasionen en esta ardua 
empresa, la facilitación de competentes recursos, en municiones, 
armas, préstamos, sustento y paga de soldados, será de la ins- 
pección de la provincia auxiliada de Montevideo, realizándolo 
según lo exijan las circunstancias. — Art. 4.°: La de Santa Fe 
queda garante con la generalidad de sus fondos públicos y de 
Estado, propiedades reconocidas y demás acciones en su favor 
de cuantas sumas de dinero y útiles se negocien al indicado ob- 
jeto, por sola su garantía, abonándosele en esta razón uno por 
ciento mensual, a los plazos que se designan a la terminación de 
la guerra y con reserva de sus derechos en cualquier tiempo, en 
caso desgraciado o contrario. — Art. 5.°: Lograda la libertad de 
la provincia oriental, será entregado el armamento y municiones 
que de su propiedad salga de Santa Fe, como las de cualquiera 
que auxiliase, de que se tomará razón, y sea cual sea, la de uti- 
lizarse o perderse" (2). 

A estas protestas de adhesión a la causa que el Cabildo de 
Montevideo representaba, síguense pruebas inmediatas. El Go- 
bernador López se dirige a las demás provincias solicitando auxi- 
lios para la empresa. 

" Buenos Aires negóse a ello, pues creía peligroso este paso, 
y agregaba enviaría un diputado al Brasil, el doctor Gómez, que 
fué en el mes de Agosto para resolver pacíficamente este anhelo 
de los orientales. El Entre Ríos contesta lo mismo, de acuerdo 



(1) Archivo General Administrativo, oficio del 11 de Marzo de 1823. 

(2) Cervera, op. cit. 



— 91 — 

<con Buenos Aires" (1). "El Entre Ríos está completamente de 
acuerdo con Buenos Aires, y no crea V. E. que hará otra cosa que 
seguir lois pasos de aquel Gobierno, por más que Mansilla con 
palabras tan inconsecuentes como falaces trate de engañar a to- 
dos" (2). Más que comprobadas están las vinculaciones que por 
entonces Ligaban al Gobierno de- Entre Ríos con los brasileros 
que ocupaban la Banda Oriental. "El Estado Cisplatino confede- 
rado al Brasil, jamás perturbará el sosiego del Entre Ríos y de- 
más provincias limítrofes", decía Lecor a su aliado ocasional (3). 
Hubo entre Mansilla y Lecor un tratado de alianza (4), en el que, 
entre otras cláusulas, se estipulaba: "No será permitido, baxo la 
responsabilidad más sagrada (en el caso desgraciado de que por 
causas que no están en la esfera de las facultades de los Gobier- 
nos de ambos Estados) el declarar la guerra ni dar paso alguno 
hostil, sin una previa declaración y aviso". Esta condición era 
propuesta por Mansilla el 7 de Diciembre de 1822; y a su vez 
Lecor, "mui rapozeiro", introducía esta otra: "Ambos Gobiernos 
se obligan a no dar auxilio directa ni indirectamente a los caudi- 
llos y demás personas que se hallen refugiados, o que en adelante 
se refugien en qualquiera de los dos territorios por haber cons- 
pirado contra el orden y la tranquilidad pública, impidiendo toda 
agresión que intenten hacer con fuerza armada" (5). 

Mansilla, después de su negativa a la exhortación del Go- 
bernador de Santa Fe, quejábase el 21 de Abril, de que los dipu- 
tados orientales intentaran una atroz conspiración contra él" (6). 
Lavalleja, que se vio envuelto en esta imputación, decía al res- 
pecto a don Andrés Morel, en carta del 24 de Marzo: "Cuando 
estaba más persuadido que el brazo fuerte que. nos había de sos- 
tener contra la tiranía ha sido el que se nos ha mostrado más 
indiferente a contrario, jugándonos unos cubiletes indignos de 
iodo hombre, el amigo Mansilla aquel que me ha hecho tantas 
protestas de amistad, aquel que con sus cartas desde el año 22 
me ha estado franqueando la protección a la causa de la Banda 
Oriental. La insolencia de este hombre ha tocado en el extremo 
de insultar la Diputación de Montevideo, y a mí en particular. 
:Si este hombre se ha figurado que los montevideanos han de de- 
sistir de su empresa porque él no nos presta sus auxilios, se ha 
engañado; tenemos resignación la bastante para pelear solos o 



(1) Cervera, op. cit. 

(2) Los diputados de Montevideo al Cabildo, Abril 27 de 1823: Ar- 
chivo General Administrativo. 

(3) Archivo y Museo Histórico (copia), Papeles del Juzgado de S. José. 

(4) Mansilla, temeroso de una invasión portuguesa -al Entre Ríos ayu- 
dada por López Jordán, sin conocimiento ni de Buenos Aires ni de Santa Fe 
había efectuado un tratado con el General Lecor en Diciembre de 1822: 

^Cervera, op. cit. 

(5) Archivo y Museo Histórico. 

(6) Cervera, op. cit. 



— 92 — 

acompañados; ya tenemos esta generosa Provincia decidida a 
sacrificarse junto con nosotros, como usted lo verá por los pa- 
peles públicos. A mí me es bochornoso santificarme; pero ase- 
guro a usted que yo no engaño a nadie, no soy de la indigna raza 
porteña; es preciso, pues, amigo, que haga usted un esfuerzo, que 
preste todo su influjo en obsequio de aquel desgraciado país, 
digno de mejor suerte; cuanto usted haga no lo hace en obsequio 
particular, sino en el de toda una Provincia que sabrá recompen- 
sar a aquellos que cooperen a su salvación; bajo este principio 
repito a usted que Latorre va impuesto de todo, y hablará con 
usted" (1). 

Después de haber entorpecido de todas maneras, con su opo- 
sición, el éxito de la expedición revolucionaria, Mansilla, "al re- 
conocer los comprometedores pasos que había dado", cambia de 
política. "Cuando Mansilla se manifestaba más obstinado en to- 
mar medidas que indicaban desavenencias inevitables de la orien- 
tal, se han dado pasos por parte de la Diputación, de acuerdo con 
el Gobierno de ésta, que han puesto las cosas bajo el más favo- 
rable aspecto posible, tanto que por conducto del Secretario de 
ella acaba de ofrecernos aquel Jefe en la forma más solemne, dar 
a nuestra Provincia cuantos auxilios estén a su alcance, sin otro 
interés que el de salvarla, franqueándose al mismo tiempo a en- 
trar en tratados con esta Diputación, como lo solicita en la nota 
oficial que nos ha dirigido con fecha 8 del actual" (2). 

En esta misma carta el Diputado Pérez anuncia el allana- 
miento de todos los obstáculos con la próxima llegada del Gober- 
nador López, de regreso de su expedición contra los indios, "no- 
pudiendo haora dudar de conseguir muy en breve convinaciones 
de más importancia, atendido el poder de estas provincias y las 
fuerzas de esa capital y campaña". El 8 de Agosto siguiente, el 
mismo Pérez dice a don Domingo Cullen: "He tenido qué hacer 
muchos viajes a la Bajada, pero creo que no he perdido el tiempo, 
pues se ha conseguido lo que usted ve no sin bastantes dificulta- 
des. Las tropas de Mansilla van a caminar ya para la costa del 
Uruguay, hoy debe haber salido el Esquadrón de Morel. Estas 
provincias están decididas a hacer la guerra, ayude o no Buenos 
Aires." Y terminaba: "Amigo: Creo que ha llegado el tiempo de 
libertar nuestro País. Mansilla me dijo: Cuando escriba a Cullen 
dígale de mi parte que ya tiene lo que deceava" (3). 

El resultado de esta variación en la actitud de las provincias 
argentinas, favorable a la causa oriental, es la Convención cele- 
brada el 4 de Agosto de 1823 entre los Gobiernos de Santa Fe y 
Entre Ríos, para salvar al Pueblo Oriental "de la opreción en 
que se halla por las tropas imperiales que ocupan aquel territo- 



(1) Revista de Derecho, Historia y Letras, Buenos Aires, 1S08. 

(2) Luis Eduardo Pérez al Cabildo, 13 Junio 1823, Archivo Gral. Adm. 

(3) Archivo General Administrativo. 



— 93 — 

rio". La Convención, ratificada después por los gobernadores 
Mansilla y López, contenía estas tres calculas: "Artículo 1. a : El 
^Gobierno de Entre Ríos queda perfectamente de acuerdo con el 
de Santa Fe, para prestar sus auxilios a la causa oriental y expul- 
sar de aquel territorio por las vías de hecho a las tropas impe- 
riales que lo oprimen, por el convencimiento en que se hallan de 
que esta es la única que en las circunstancias puede restavlecerlo 
al goce de sus derechos. — 2.°: En su virtud, los gobiernos de 
Santa Fe y Entre Ríos invitarían a los de Buenos Aires y Co- 
rrientes para que tomen una parte en tan gloriosa empresa, y se 
presten a ella con los auxilios que su situación y el amor a la 
gloria de su patria les haga facilitar en su obsequio. — 3.°: Los 
artículos de *esta Convención serán ratificados por los gobiernos 
contratantes en el término de tres días" (1). 

Pocos días después, el 16 de Agosto, los gobiernos de Santa 
Fe y Entre Ríos y la Diputación de Montevideo, suscribían un 
tratado sobre estas bases: "Art. 1.°: El Gobierno de Entre Ríos 
facilitará por lo pronto 300 hombres de caballería, a situarlos en 
la co;ta del Uruguay, a donde dirigirá el de Santa Fe igual o 
mayor fuerza dentro de 15 días, para de allí determinar el pasaje 
con los mejores conocimientos que se adquieran al fin de asegu- 
rar la empresa a que se dirigen, cuyas medidas serán tomadas de 
acuerdo por ambos gobiernos, o por el que lleve la acción de 
mandar en Jefe. — Art. 2.°: Los gobiernos de Santa Fe y Entre 
Ríos invitarán a los de Buenos Aires y Corrientes para que se 
presten a cooperar en la empresa por la vía de hecho con los 
de que puedan desprenderse en conformidad al Art. 2.° del tratado 
reservado celebrado con el Congreso cuadrilátero y al 2. a del 
público en el mismo. — Art. 3.": El Gobierno de Montevideo pro- 
porcionará todos los recursos que precise el de Entre Ríos para 
hacer obra en auxilio de aquel territorio, la fuerza que mueba a 
este objeto. — Art. 5.°: Emprendidas las operaciones militares 
que se derivaran de este convenio, las partes contratantes solem- 
nizan que por ningún pretexto se dará una parte, por pequeña 
que sea, a los caudillos y demás hombres perjudiciales que el 
Gobierno de Entre Ríos ha expulsado de su seno, a no ser que 
hayan merecido indulto; antes bien, se le entregarán en caso de 
ser aprendidos, bajo la responsabilidad de conservarles las vi- 
das. — Art. 7.°: El Gobierno de Montevideo dará conocimiento a 
los jefes de la liga, o sea a los que se unen para su libertad, de 
la fuerza con que cuenta para el sostén de laguerra, en el término 
de veinte días. — Art. 8.°: Los artículos de esta convención serán 
ratificados por los gobiernos que la promueven en el término de 
íres días. — Montevideo, Agosto 16 de 1823" (2). 



(1) De-María, op. cit. 

(2) Archivo General Administrativo. 



— 94 — 

Así las cosas y manteniéndose invariable en la línea de con- 
ducta que se había trazado, el Gobernador López ratifica su pro- 
pósito de llevar adelante "los esfuerzos que hace la Provincia de 
Santafé al lleno de su compromiso"; pero, encarece la necesidad 
de que los recursos prometidos no queden en proyecto. "Las 
tropas de mi mando ya se hallarían en el Banda Oriental, si los 
recursos convenidos se hubieran colocado en la aptitud disponible 
que reclama la celeridad de la empresa. Mi decisión es inbaria- 
ble quando se apoya en el honor de mi palabra. . ." Y termina: 
"...el tratado celebrado producirá los efectos que nos propusi- 
mos, si los medios que entonces se facilitaron no retardan los 
momentos al logro de los dignos objetos detallados en su hono- 
rable comunicación..." (1). 

Empero, la obra que tantos empeños pusiera en acción y que 
tan halagadoras esperanzas hiciera concebir, no sólo a quienes 
miraban desde lejos el desarrollo de los sucesos, sino también a 
los que en ellos eran actores principales, debía fracasar. Los 
propósitos de Buenos Aires así lo habían dispuesto, y los tor- 
tuosos procedimientos de aquel Gobierno habían de consumarlo 
en los hechos, según veremos en seguida. 

VIL Los diputados del Cabildo y el Gobierno de Buenos 
Aires. — La diputación del Cabildo, que, conforme se ha expre- 
sado, estaba formada por dos Cristóbal Echeverriarza, don San- 
tiago Vázquez y don Gabriel Antonio Pereyra, en seguida de lle- 
gada a su destino, debió percatarse que entraba a actuar en un 
ambiente oficial de prevención, o cuando menos de indiferencia. 
"Desde su llegada estuvo dispuesta la Diputación a hacer cuanto 
pudiese para acelerarlo (el objeto de su encargo); pero, aunque 
firme en esa disposición, no ha podido hasta aquí evitar pruden- 
temente la marcha que la situación de este Gobierno y otras con- 
sideraciones le hicieron juzgar necesaria" (2). 

Pocos días después, el 4 de Febrero, la Comisión hace pre- 
sente al Cabildo, que dando por descartada la posibilidad de ob- 
tener la intervención oficial de Buenos Aires, "se propuso conse- 
guir el apoyo de armas, municiones y dinero, de un modo privado, 
y la tolerancia de otras medidas importantes, manifestando que 
estos recursos facilitarían el mayor resultado de la empresa". A 
fin de predisponer todavía a su impasible contendor a una deci- 
sión favorable y humana, los diputados, según reza la carta que 
transcribimos, manifestábanle "que cuando la fortuna los aban- 
donase en su empeño, entonces, aunque con dolor, tomarían de 
la mano a los caudillos y los lanzarían sobre el territorio oriental, 
para que aprovechando de la desesperación de los habitantes 



(1) Nota al Cabildo de Montevideo, 28 Agosto 1823, Archivo General 
Administrativo. 

(2) Nota del 23 de Enero de 1823 al Cabildo de Montevideo, Archivo 
General Administrativo. 



— 95 — 

produjeran una conflagración". "V. E. penetrará — decían al Ca- 
bildo sus emisarios — que este terrible quadro se propuso más 
para preparar el ánimo de este Gobierno a imitarle que con reso- 
lución de llevarlo a efecto; mas, por desgracia, el Ministro, tre- 
pidando en su última decisión, avisó que la comunicaría después 
de consultada; y, en efecto, previno que el Gobierno había re- 
suelto no auxiliar de modo alguno nuestro proyecto" (1). 

Las palabras de la carta aludida en primer término, escritas 
a los pocos días de iniciar la Comisión sus trabajos, están reve- 
lando a las claras en la mente de los comisionados, el empeño 
patritóico de retardar hasta donde fuera posible la revelación de- 
finitiva de las intenciones del Gobierno de Buenos Aires. La se- 
gunda carta lo dice todo: es la negativa rotunda, sin atenuacio- 
nes; es la revelación de que nuevamente se estaba fraguando 
para la Banda Oriental una suerte que la Banda Oriental no que- 
ría. Y el proceso de esta intriga sigue su curso. Las cartas de 
los comisionados del Cabildo, con el correr de los días, van ad- 
quiriendo cada vez más desconsoladora elocuencia: "... debo 
exponer a V. E. sinceramente que según el conocimiento que he 
adquirido de los principios maquiavélicos que tiene adoptados 
este Gobierno, haciendo alarde de sostener y marchar de frente 
en toda dirección una vez acordada, sea o no así la opinión ge- 
neral, esté o no en sus intereses; sabiendo también por experien- 
cia que el "Centinela" es el barómetro que indica con anticipa- 
ción sus operaciones, y que las explicaciones que hace en ellos 
sobre la negociación al Brasil en el núm. 35 no llevan otro de- 
signio que envolver a las provincias cuadriláteras en la misma 
inacción en que él se mantiene. . ., hallándonos ya en el caso de 
olvidar sus escritos y palabras y tener muy presente solamente 
sus hechos; . . .por un sin fin de pormenores que no detallo por 
no cansar la atención de V.E., pero que todos ellos persuaden 
hasta la evidencia que no es solamente la manía de llevar ade- 
lante la vía pacífica el que le empeña a conducirse en los térmi- 
nos que vemos, sino que hay que despejar aquí alguna otra in- 
cógnita; y viendo por último la impavidez con que se explica el 
"Centinela" núm. 39 sobre las intenciones de los que han promo- 
vido la causa de esta Provincia, que no parece sino dictado del 
mismo Síndico García o el Asesor Herrera, son otras tantas ra- 
zones que me obligan a concluir decididamente, que es necesario 
renunciar a toda espranza sobre la reunión de fondos. . ., porque 
el Gobierno, sin declararse ni impedir expresamente, está en ap- 
titud de poder hacer nulos todos nuestros esfuerzos y conseguir 
sus fines, no debiendo, por consiguiente, contar más que con 
nuestros propios recursos" (2). Los procederes del Gobierno de 



(1) Archivo General Administrativo. 

(2) Nota de Echeverriarza al Cabildo, del 28 de Abril, Archivo Ge- 
neral Administrativo. 



— 96 — 

Buenos Aires "aparecen muy pequeños ante los documentos que 
extractamos", dice el historiador Cervera refiriéndose segura- 
mente a las pruebas que en los Archivos de Santa Fe se conservan. 

Ante la actitud prescindente de las autoridades de Buenos 
Aires, los comisionados deben luchar con nuevas dificultades. 
Teniendo sobre sí la misión de gestionar allí un empréstito para 
los gastos de la empresa revolucionaria, las inseguridades que 
del estado de los sucesos se derivan multiplican los obstáculos y 
hacen más agudas las prevenciones. Es así que Echeverriarza, 
en nota del 28 de Abril, se lamenta de "ver paralizada la remisión 
de fondos" (1), y vuelve a lamentarse una y otra vez, en pre- 
sencia de los pedidos apremiantes que de Santa Fe le llegan, re- 
comendándole "nuevamente a que se doblen los esfuerzos de la 
consavida recaudación de fondos" (2). 

Héroes ignorados para los más, estos hombres del año 23! 
Cuando se mide el altruismo con que obraron y la oscuridad en 
que iban elaborando el gran proceso, se palpa toda la grandeza 
de su enorme desinterés. Mientras los orientales nos debatimos 
estérilmente para que Lavalleja o Rivera primen uno sobre otro 
en la opinión de sus conciudadanos, vamos dejando de lado estas 
hermosas y edificantes vidas patricias, de los Echeverriarza, de 
los Trápani, y de los que con ellos alternaron; y obrando así, va- 
mos perdiendo en forma lamentable un invalorable caudal de su- 
gestión. 

Insisten los comisionados en hacer resaltar al Cabildo, la 
estrecha dependencia y surJordinación del éxito de la empresa 
que en Santa Fe se preparaba entonces, con la obtención de los 
recursos en que ellos estaban empeñados. Y a fuerza de tenaci- 
dad logran estos hombres extraordinarios, en aquellas críticas cir- 
cunstancias, arrancar a los prestamistas la promesa de entregar 
los fondos "cuando la Diputación que marchó para Santa Fe el 
26 del pasado conteste estar de acuerdo aquellos gobiernos" 
(Entre Ríos y Santa Fe) (3). Sobreviene a la sazón la llegada 
a Buenos Aires del Gobernador Mansilla, entonces en abierta 
pugna con Santa Fe y con los diputados orientales que en esta 
provincia se hallaban; y esto da nueva ocasión para que los co- 
misionados encargados de la recaudación del empréstito, don 
Braulio Costa, don Félix Castro, y el nunca bastante ponderado 
don Pedro Trápani, expresen con pesar que "las ideas quasi 
hostiles que manifestó aquí (Mansilla) han dejado a este comer- 
cio en duda sobre el resultado de las disensiones políticas entre 
ambas provincias (Santa Fe y Entre Ríos) e inclinado el ánimo 
de los prestamistas a creer impedido por ahora el tránsito de las 



(1) Archivo General Administrativo. 

(2) Archivo General Administrativo. 

(3) Nota del 5 de Marzo, Archivo General Administrativo. 



— 97 — 

tropas santafecinas a la Banda Oriental" (1). Contra viento y 
marea la obra continuaría su proceso y los comisionados podrían 
anunciar al Cabildo haber puesto en manos de don Francisco Plá 
nueve mil pesos fuertes" (2). 

La política del Gobierno de Buenos Aires frente a la revolu- 
ción de 1823, es, como se ve, de absoluta prescindencia. Pres- 
cindencia como norma de su propia conducta, primero; prescin- 
dencia, después, en la obra de sugestión y hasta de coacción, 
ejercida sobre las provincias que se disponían a secundar el mo- 
vimiento. 

Tres son los medios que Buenos Aires pone en práctica en 
estos momentos, para alejar la solución inmediata del problema 
que la ocupación de la Banda Oriental y el giro de los sucesos 
le plantean. Redúcese el primero a enviar a Santa Fe la misión 
del doctor Juan García Cossio, quien se presenta en el lugar de 
su destino con las instrucciones de su Gobierno, y entrando al 
desempeño de su Comisión, expone a López "que la guerra sería 
desventajosa para él, teniendo los portugueses más recursos para 
vencer y más ventajas que reportar de la victoria; que no des- 
truiría el enemigo lleno de recursos. Contra ellos no se podrían 
poner sino pocos soldados; si vencidos, deberían repasar el Uru- 
guay; si vencedores, la plaza de Montevideo no se entregaría sino 
por orden del Rey de Portugal, aliado al Rey de España, lo que 
traería complicaciones, y aún sometida, provocarían con ello la 
anarquía y miseria en la campaña y país que se intenta ayudar. 
Si vencen los portugueses, su dominio se consolida, invadirían 
el Entre Ríos, Corrientes quedaría aislada, y las demás provin- 
cias, temerosas, nada harían. A más, dos provincias, Santa Fe y 
Entre Ríos, no pueden sin descrédito general iniciar esta guerra, 
y hallándose pendiente la diputación al Brasil, debe esperarse 
resultado. Mejor sería, pues, esperar a la reunión del Congreso 
para decidir". "Está pendiente la diputación de Buenos Aires 
ante la Corte del Brasil y no habría prudencia en recurrir a la 
guerra antes de conocer el resultado de la gestión ya enta- 
blada" (3). 

" Los argumentos artificiosos deberían influir en los ánimos. 
No se conocía bien la debilidad del Brasil, ni sus internas luchas, 
ni la falta de recursos para sostenerse en el país conquistado" (4). 
Aislado el Gobernador López y alimentando Mansilla serios te- 
mores de que los brasileros invadiesen su provincia, la voluntad 
de Buenos Aires se imponía. Esta variación impuesta a la vo- 
luntad manifestada de los dos gobernadores, no debió entrañar 
para el segundo ninguna violencia moral, porque Mansilla ante- 



(1) Nota del 19 de Abril, Archivo General Administrativo. 

(2) Nota del 10 de Setiembre, Archivo General Administrativo. 

(3) Cervera, op. cit. Losaga, op. cit. 

(4) Cervera, op. cit. 



— 98 — 

ponía a todas las razones y a todos los intereses, su arraigado 
porteñismo; pero en López hubo de operarse más de un conato 
de rebeldía, si se considera que poco tiempo antes, dos meses 
escasos, escribía a Mansilla a propósito de la conducta de Bue- 
nos Aires: "...no son los caminos de la intriga y degradación 
los que debemos trillar para labrarle (a la patria) su engrande- 
cimiento, sino los de la dignidad, honor y buena fe; no hay que 
contrariar los principios por intereses privados, desaparezcan los 
tiranos o muramos con la gloria de haberlos perseguido" (1). 
Olvidaba López que la intriga envuelve a veces a los hombres 
más prevenidos, porque elige para sus miras los caminos menos 
esperados. 

El segundo medio usado por Buenos Aires en esta emergen- 
cia, consiste en la misión del doctor Valentín Gómez a Río de 
Janeiro. En el memorándum que el comisionado presentó al Mi- 
nistro de Relaciones Exteriores del Brasil el 15 de Setiembre de 
1823, después de señalar el hecho "legal" de la unión de las 
Provincias Unidas y la ineficacia del Congreso Cisplatino, agre- 
gaba: "El Brasil se encuentra aún en los primeros períodos de 
su regeneración política: con grandes dificultades y peligros que 
vencer, y su erario con gravísimas urgencias. ¿Le convendría 
distraer por más tiempo de sus atenciones interiores la fuerza del 
ejército que ocupa la Banda Oriental, y continuar en las inmensas 
erogaciones que le ha causado ya, y serán siempre inevitables? 
Aquel país jamás se prestará dócil a la dominación extranjera, y 
cuando para sujetarlo después de correr los azares de la guerra 
se le haya reducido a mayor grado de languidez, las utilidades 
que de él se reportarían no podrían compararse con las que pro- 
porciona la franqueza de comercio que la paz debería establecer 
con arreglo a los principios que rigen en todas las naciones ci- 
vilizadas. Entretanto las Provincias de la Plata no pueden pres- 
cindir de la necesidad de sostener su decoro y dignidad: y si han 
de consultar a su independencia y demás intereses nacionales 
aventurarán, si es necesario, hasta su iproipia existencia, por ob- 
tener la reincorporación de una plaza que es la llave del cauda- 
loso río que baña sus costas, que abre los canales a su comercio, 
y facilita la comunicación de una multitud de puntos de su inde- 
pendencia. Tampoco serán indiferentes a la suerte de una po- 
olación que les ha estado unida por tanto tiempo, que clama por 
restablecer su anterior posesión política y que les pertenece, no 
sólo por los vínculos sociales que les ligan, sino por relaciones 
antiguas de familias, de intereses, de costumbres y de idiomas. 
El Gobierno de Buenos Aires ha sentido la fuerza de su deber a 
este respecto cuando en circunstancias bien marcadas se han 
reclamado sus auxilios por los habitantes de Montevideo. Ha 



(1) Cervera, op. cit. 



- 99 - 

creído conveniente a su propia dignidad, y a los respetos debidos 
a un estado vecino, el recurrir previamente al honorable medio 
de una reclamación oficial, enviando un diputado cerca de esta 
Corte con ese objeto, y el de reglar, si hay lugar, sus relaciones 
políticas con un país cuya emancipación ha celebrado cordial- 
mente, así que respeta la forma de gobierno que se ha dado como 
más conveniente a sus necesidades y deseos. El se lisonjea de 
que este paso será apreciado en su verdadero carácter por el Go- 
bierno del Brasil, y que tendrá los resultados que le correspon- 
den" (1). 

La respuesta del Brasil se concretó, en lo sustancial, a in- 
vocar como títulos, el exterminio de Artigas, los gastos hechos 
en beneficio de la provincia y la decisión del Congreso Cisplatino. 
Esa respuesta, desprovista de un solo argumento, no ya decisivo, 
sino hasta serio, es la mejor comprobación de que al Gobierno, 
imperial le constaba que la misión de Buenos Aires era sólo un 
medio expeditivo de salir mal o bien de una situación compro- 
metida. Y al Brasil le constaba aquel extremo, porque nadie ig- 
noraba que el Gobierno de Buenos Aires no había dado un solo 
paso en el sentido de organizar sus tropas o aumentar sus con- 
tingentes, para hacer frente a una posible eventualidad; y, ade- 
más, porque mientras el emisario Gómez aguardaba en Río de 
Janeiro el término de su cometido, "otro comisionado argen- 
tino, el doctor Cossio, se encargaba de desbaratar la ayuda que 
habían obtenido los orientales en Santa Fe y en Entre Ríos, con 
el argumento asustador de que en el caso de ser desalojados los 
portugueses, quedaría "de nuevo la Banda Oriental expuesta a 
repetir los excesos horrosos con que había ardido en otras épo- 
cas" (2). 

Como si todo esto no fuera bastante, la Cancillería brasilera 
demoraba casi cinco meses su contestación al memorándum del 
comisionado de Buenos Aires, demora tanto más sugestiva cuanto 
que el negocio encomendado al doctor Gómez era de los que 
podían comprometer la "existencia" de las Provincias Unidas, a 
estar a los términos literales del memorándum. 

Un mes después de presentarse en Río de Janeiro el doctor 
Gómez, el Gobierno de Buenos Aires pone en práctica la tercera 
parte de su programa de indefinido e incoloro pacifismo; y e'l 
General don Miguel Estanislao Soler, encargado del nuevo co- 
metido, ante los generales Lecor y da Costa, y ante el Cabildo de 
Montevideo, parte con las siguientes instrucciones: 

" 1. a Recabar de los generales Lecor y don Alvaro da Costa, 
conserven sus posiciones, impidiendo toda hostilidad hasta el 
resultado de las negociaciones con el Brasil, encomendadas al 



(1) Noticias de las Provincias Unidas del Río de la Plata. 

(2) Eduardo Acevedo, op. cit. 



— ido — 

señor Gómez. Al efecto, el comisionado debía instruirles de lo 
que se le había ordenado a dicho diplomático, dirigiéndole co- 
municaciones a Río de Janeiro para que exigiese una resolución 
pronta y decisiva, debiéndoles exponer que era indispensable en 
la misma negociación, tratar sobre el destino y seguridad de la 
división de los Voluntarios reales. Los medios de iniciar y de 
obtener este importante cometido, siendo varios, sólo el conoci- 
miento y las impresiones mismas del momento influirían del modo 
y medios que deban preferirse y que pertenecían exclusivamente 
al buen juicio del Comisionado. 

" 2. a Haría valer la representación de su Gobierno, para 
emplear todos los medios de persuasión, hasta el de la decorosa 
energía de la protesta, a fin de que se respeten la inviolabilidad 
de las personas y propiedades de toda la provincia oriental. 

" 3. a Este era tan importante o más que los anteriores. Ex- 
tendiéndose a que el Comisionado adquiera el más exacto cono- 
cimiento del estado de la opinión, disposiciones y recursos, tanto 
en la plaza de Montevideo como en toda la campaña, distinguiendo 
el sentimiento que domina en la masa de 1» población y la que 
subdivide a todas las partes de ellas, que obran activamente, ya 
en favor del Brasil, ya en el de Portugal, como principalmente 
los que están decididos o al menos prefieran los intereses nacio- 
nales y reincorporación de dicha provincia a la Unión ..." ( 1 ) . 

Cuando el General Soler llegó a Canelones con el fin de 
conferenciar con el Barón de la Laguna, se enteró por datos de- 
finitivos, de la Convención celebrada entre brasileros y portugue- 
ses ,que había puesto fin a la disidencia que desde hacía un año 
los separara. En consecuencia con las instrucciones de su Go- 
bierno, Soler dirigió a Lecor una nota, en la que manifestaba su 
deseo de que la transacción acordada entre los dos bandos "se 
manifestase al público, persuadido de que conciliaria varios ob- 
jetos en beneficio de sus habitantes"; e insinuaba la conveniencia 
de formular una declaración de "si quedan protegidas las propie- 
dades y personas de los ciudadanos de esta Provincia, sea cual 
hubiese sido su opinión o conducta durante la desavenencia que 
da mérito a dicha declaración" (2). 

Es interesante reproducir aquí, bien que nos alejemos algo 
del tema de este capítulo, las referencias que el General Soler 
remitió al Ministro Rivadavia, y que reflejan las impresiones del 
primero sobre el ambiente en que transitoriamente le tocaba ac- 
tuar. "Por lo demás, no hay habitante que se acomode con el 
yugo de unos ni de otros; a todos los consideran enemigos de su 
libertad y de lo poco que les resta de su codicia devoradora; basta 
decir que en el mes pasado se han diseminado partidos de con- 



(1) ü. Rodríguez, "El General Soler". 

(2) Gregorio F. Rodríguez, op. cit. 



— 101 — 

tinentales y reunida la poca hacienda que varios infelices pudieron 
sujetar, después de la célebre pacificación del año XX, se asegura 
que muchos de éstos han abandonado sus domicilios. . ." (1). 

A las comunicaciones oficiales del Comisionado de Buenos 
Aires, respondió Lecor dando a entender que conceptuaba termi- 
nada ante su persona la misión de aquél, y con tal propósito le 
expresaba: "todo cuanto puede convenir a la tranquilidad de este 
Estado y bienestar de sus habitantes, ya no puede derivar de las 
oficiosas insinuaciones de S. Exea, ni de la negociación también 
oficiosa de que fué encargado" (2). 

La conclusión que de toda la frustrada negociación se des- 
prende, es. que ella resultó absolutamente ineficaz por imposición 
de las circunstancias; y, además, que el General Lecor, frente a 
la originalísima actitud —ni pacífica ni guerrera — del Gobierno 
de Buenos Aires, ajustó su conducta diplomática al criterio que 
la Cancillería de Río de Janeiro parecía reservar a los emisarios 
porteños, excepción hecha, claro está, de don Manuel José García. 

VIH. La revolución de 1823: su fracaso. — La revolución 
iniciada bajo tan buenos auspicios y a cuya consolidación pare- 
cían contribuir todos los elementos puestos en juego, vería des- 
vanecerse 1 una tras otras, las esperanzas y los cálculos de sus 
hombres dirigentes. Fallaba primero Buenos Aires, negándose a 
secundar activamente la empresa y llevando su radical prescin- 
dencia hasta el extremo de ''no auxiliar de modo alguno el mo- 
vimiento" (3). La actitud de Buenos Aires, y más que la actitud 
en sí misma, las maniobras que después se pusieron en práctica 
para arrastrar a la inacción a las Provincias de Entre Ríos y Santa 
Fe, provocaron en éstas desconfianza y temores y decretaron, en 
último término, su acatamiento a los planes del Gobierno de Bue- 
nos Aires. Fracasados los auxilios y hasta gran parte de los re- 
cursos con que Montevideo contaba para llevar adelante sus pla- 
nes, se insinúa primero una resistencia cada vez más clara de 
Alvaro da Costa ante las decisiones del Cabildo, y poco tiempo 
después, la posibilidad de un acuerdo entre Lecor y da Costa; 
hechos, éstos, cuyo proceso empieza a manifestarse en las notas 
cada vez más llenas de reservas, que el Jefe de los Voluntarios 
Reales dirige a la Corporación iniciadora de la revolución. 

" El Gobierno ejerce desde el 31 de Julio de 1821 toda su 
autoridad, bajo los auspicios de Su Majestad el Rey Sr. D. Juan VI, 
por el pacto que en aquel tiempo formó el Congreso Cisplatino, 
que aunque todavía no haya sido ratificado , existe aún en vigor". 
"Las autoridades civiles y militares deben conservar las atnbu- 



(1) Gregorio F. Rodríguez, op. eit. 

(2) Gregorio F. Rodríguez, op. cit. 

(3) Oficio de los Comisionados al Cabildo, 4 de Febrero, Archivo 
General Administrativo. 



— 102 — 

dones que las leyes dispongan conforme al sentido que en dicho 
pacto se expresó, o de lo contrario pueden nacer ideas inconve- 
nientes e impresiones peligrosas, cuyos resultados pueden llegar 
a ser de cuidado. En estas circunstancias me veo obligado a so- 
licitar de V. E. que para bien de la tranquilidad de todos, se evi- 
ten en cuanto sea posible innovaciones que aun cuando no tengan 
ese carácter, pueden significar para algunos ideas de independen- 
cia" (1). En nota del 8 del mismo mes, encarece Da Costa la 
necesidad de tomar medidas "para que los perversos no lleven 
adelante los proyectos que formaron en silencio, sirviéndose para 
apoyarlos, de los discursos referentes a las vistas que V. E. lle- 
vaba de crear una Junta que a ellos les parecía querer asumir 
atribuciones de Gobierno Provincial" (2). Insistiendo en las re- 
servas que el nombramiento de la Comisión delegada, hecho por 
el Cabildo, le sugiere, dice: "Ignoro también por qué se quiere 
inducir la persuasión de que yo reconocí como legal y bien esta- 
blecida la Junta de Gobierno que V. E. creó, pues el modo en que 
de ella hacen mención mis oficios no es el de quien reconoce". 
"Yo debería hablar claro, pero confiado en que las reflexiones 
que a V. E. hice e) 5 del corriente pidiéndole no se encareciesen 
las innovaciones, y demostrándole en el que le dirigí el 8, que 
todas las autoridades ejercen sus funciones bajo los auspicios de 
Su Majestad, dejaba claramente establecido que después del Pacto 
formado, pertenecía a las Cortes Soberanas crear nuevos estable- 
cimientos". 

En síntesis, su pensamiento postula que no debe innovarse 
"sin el consentimiento de Su Majestad" (3). 

El 25. de Julio, comentando el manifiesto del Cabildo del 24 
del mismo mes, en que se anunciaba estar próxima a abrirse la 
campaña para la expulsión de las tropas brasileras, decía: "cuando 
trato de comparar las ventajas y los males que pueden nacer del 
lenguaje empleado por V. E. en el manifiesto publicado ayei, no 
puedo menos que lamentar los desastres que esperan a los mí- 
seros vecinos de extramuros si las tropas acantonadas en San 
José hacen sobre los suburbios de esta plaza las incursiones que 
en su poder está el realizar. ¿Y de quién sería en este caso la 
culpa? ¿Los salvan acaso las amenazas que V. E. promete para 
el futuro, o deberán ellos quejarse de que yo no empleé la fuerza 
para contrarrestar los movimientos a que V. E. ha dado lugar. . .? 
Yo concibo que se hagan amenazas, que se provoque a un ejército, 
cuando se tienen fuerzas para batirlo y de ello puede resultar un 
bien; pero ¿con qué fuerzas cuenta V. E.? ¿Con las tropas orien- 
tales, que en Montevideo sólo existen en la fantasía, o abrigó V. E. 
la intempestiva idea de que las fuerzas portuguesas, por el hecho 



(1) Oficio del 5 de Junio de 1823, Archivo General Administrativo. 

(2) Archivo General Administrativo. 

(3) Archivo General Administrativo. 



— 103 — 

cíe ocupar esta Provincia, debían entrar en una lucha que su jefe 
no consideraba oportuna ni conveniente a los intereses de la Mo- 
narquía?" A continuación pide al Cabildo que no publique pa- 
peles comprometedores para los vecinos y para las tropas por- 
tuguesas, "pues V. E. no ignora que tengo dificultad (a pesar 
de ser superior en fuerzas) en romper las hostilidades", y que 
en esta decisión "debe influir alguna razón que V. E. no puede 
alcanzar" (1). 

No obstante haberse librado el 23 de Octubre, frente a Mon- 
tevideo, una acción naval entre las fuerzas marítimas brasileras 
y portuguesas, que según De-María tuvo las características de un 
simulacro entre D. Alvaro y Lecor, el acuerdo que entre ambos 
iba a hacerse notorio dentro de pocos días, se traslucía cada vez 
más en los oficios de da Costa al Cabildo, a pesar de los esfuerzos 
del primero por retardar la publicidad de sus manejos. Es así 
que el 25 de Octubre comunicaba da Costa haber recibido oficios 
de D. Juan VI, ordenando que "inmediatamente se proponga a los 
generales o comandantes de las tropas brasileras, una suspensión 
de armas y un total olvido de las pasadas divergencias; y siendo 
de mi deber ajustarme de inmediato a esas Regias órdenes, voy 
a proponer al General Barón de la Laguna una suspensión de ar- 
mas" (2).' Las manifestaciones contenidas en las últimas notas 
transcriptas, produjeron en el Cabildo y en la población de Mon- 
tevideo una alarma explicable, que llegó hasta la exaltación de 
los ánimos cuando se conoció el contenido del oficio del 29 de 
Octubre, en que Alvaro da Costa, instado por los capitulares a 
calmar la agitación que dominaba a la ciudad, mediante la insi- 
nuación que se le hacía sobre cuál sería la suerte de la Plaza en 
caso de retirarse las tropas portuguesas, eludía toda respuesta 
concreta y se limitaba a manifestar: "Mantendré la tranquilidad 
pública como me compete y se ejecutarán las Regias Instrucciones 
de Su Majestad Fidelísima sobre salvar a esta capital de los com- 
promisos pasados a que V. E. alude, no pudiendo adelantar nada 
más definitivamente respecto de su suerte política futura" (3). 

Dada la gravedad de los sucesos en presencia de la actitud 
evasiva y comprometedora del Jefe de los Voluntarios Reales, el 
Cabildo se reúne extraordinariamente para considerar la nota del 
General da Costa, con cuya lectura se da comienzo al acto. "V 
habiendo quedado S. E. sorprendido al imponerse de que desen- 
tendiéndose aquel jefe de la entrega de la Plaza a esta autoridad, 
según para el caso lo había S. M. F. ordenado, estaba, por el con- 
trario, dispuesto a franquearla a las tropas brasileras que nos 
asedian, mandadas por el Barón de la Laguna, bajo la promesa 
de que serían garantidas las personas por sus opiniones anterio- 



(1) Archivo General Administrativo. 

(2) Archivo General Administrativo. 

(3) Archivo General Administrativo. 



— 104 — 

res; cuya circunstancia es tan ineficaz, como pública y notoria 
que en 9 de Agosto de 1820 fueron expulsados de esta Corpora- 
ción cinco miembros por reclamar enérgicamente del mismo Ba- 
rón de la Laguna el cumplimiento de las condiciones bajo de las 
que depusieran las armas los habitantes de la campaña por el 
mes de Diciembre de 1819, y reflexionándose que con resolución 
semejante eran atrozmente atacados los derechos y libertad de 
este pueblo, cuyos servicios a la seguridad y conservación de los 
Voluntarios Reales, lo hacían acreedor a la consideración de su 
Jefe, aunque no mediare la Real Orden citada, acordó S. E. por 
voto unánime que se representasen libremente y con la posible 
extensión estos males al enunciado Brigadier don Alvaro de Costa, 
protestándole para quien hubiese lugar los resultados de la ne- 
gociación que ha iniciado, y de las que en adelante promueva con 
el Barón de la Laguna o el que lo sustituya a la cabeza de las 
fuerzas imperiales que oprimen el país relativamente a esta plaza; 
y declarándole como este Cabildo Representante declara en virtud 
de los poderes que sus comitentes le otorgan por el Acta de su 
elección en 2 de Enero del corriente año: Que la Provincia toda, 
tomando la voz de la campaña por el estado de opresión en que 
ella se encuentra, y con especialidad esta capital, se pone libre y 
espontáneamente bajo la protección de la Provincia y Gobierno 
de Buenos Aires, por quien es su voluntad se hagan, cómo y 
cuándo convengan, las reclamaciones competentes. Seguidamente, 
tomando S. E. en consideración que la mayor parte de este ve- 
cindario pedía con instancia que por este Cuerpo se hicieran las 
protestas que contra los actos violentos de las fuerzas brasileras 
en campaña, haría lo mismo, si no se hallase hoy en iguales cir- 
cunstancias que aquélla; y haciéndose referencia de la arbitra- 
riedades y nulidades con que se había formado el Congreso Pro- 
vincial de 1821, después de una ilustrada discusión, acordó S. E. 
por unanimidad de votos: 

1.° Que declara nulo, arbitran oy criminal el estado de in- 
corporación a la Monarquía Portuguesa sancionado por el enun- 
ciado Congreso de 182 1 , compuesto en su mayor parte de em- 
pleados civiles al sueldo de S. M. F., de personas condecoradas 
por él con distinciones de honor y de otras colocadas previamente 
en los Ayuntamientos para la seguridad de aquel resultado. 

2." Que declara nulas y sin ningún valor las actas de In- 
corporación de los pueblos de campaña al Imperio del Brasil, 

a arbitrariedad con oue +odas se han extenii ; <; ,; 
mismo Barón de ía Laguna y sus Consejeros, remitiéndolas a fir- 
mar por medio de gruesos destacamentos de tropas que condu- 
cían los hombres a la fuerza a las casas capitulares, y suponiendo 
o insertando firmas de personas qu* 3 no existían, o que ni noticias 
tenían de estos sucesos por hallarse ausentes en sus casas. 

3.° Que declara que esta Provincia Oriental del Uruguay 



— 105 — 

no pertenece, ni debe ni quiere pertenecer a otro Poder o Estado 
o Nación, que las que componen las provincias de la antigua 
Unión del Río de la Plata, de que ha sido y es una parte, habiendo 
tenido sus diputados en la soberana Asamblea General Constitu- 
yente desde el año de 1814, en que se sustrajo enteramente del 
dominio español. Y por último acordó S. E. que sin pérdida de 
instantes, mediante el inminente peligro en que la Plaza se en- 
cuentra, se pasara copia de esta Acta, certificada por la misma 
Corporación, al Excmo. Gobierno de Buenos Aires, acompañando 
las últimas comunicaciones habidas con el Jefe del Ejército por- 
tugués, y la que ahora debe dirigirle, con más los documentos 
que acreditan la legitimidad de este Cuerpo Representante, y las 
facultades con que se halla para la extensión de este Acuerdo, 
que firmó S. E. conmigo el Escribano, de que doy fe" (1). 

Las negociaciones entre los jefes brasilero y portugués si- 
guieron adelante hasta llegar el 18 de Noviembre, fecha en que 
ambos ajustaron la convención que había de liquidar sus disiden- 
cias. Pero antes de transcribir las bases de ese pacto, es oportuno 
hacer alguna referencia a las notas cambiadas entre Lecor y da 
Costa, con anterioridad. El 5 de Setiembre decía el primero: 
''Cuando se considera el origen, progresos y pretensiones del 
partido revolucionario que V. E. protege, no hay quien no vea 
allí el resultado inequívoco del apoyo que V. E. le tiene prestado 
(2); y a continuación agregaba algunas reflexiones tendientes a 
demostrar que si se persistía en la misma línea de conducta, el 
único responsable de todo el daño que se siguiera sería da Costa. 
Este, por su parte, contesta a Lecor: "En 1817 Su Majestad el 
Rey Sr. D. Juan VI mandó que la división de los Voluntarios Rea- 
les (que comando) entrase en Montevideo: desde 1821, a pesar 
de las promesas hechas y de las repetidas solicitaciones, el Rey 
nada se ha dignado disponer, y recién con fecha 4 de Octubre 
del año pasado hizo saber que la División recibiría transportes 
y órdenes. Expresa además que si no ha conseguido concurrir 
con las tropas de su mando a la felicidad de la Nación, al menos 
se ha mantenido constante a los Preceptos Reales y es su deber 
ejecutar las órdenes del Rey hasta que el mismo las revoque". 
"V. E. trabaja por desmembrar la monarquía y yo por cumplir 
las órdenes del Rey". En tono de indecisión, que revela no estar 
lejano el momento de una reconciliación con Lecor, agrega: "una 
lucha que en el territorio del Brasil apenas podría haber tenido 
lugar, nunca debió tener principio en este país, y mucho menos 
debió ser proseguida en él". "Si estos infelices habitantes que 
se han unido a mí sin que los llamase, quisieran abrazar el partido 
que V. E. les ofrece, muy breve he de esperar su decisión, pues 



07 De-María, op. cit. 

(2) De la Sota, manuscrito citado. 



— 106 — 

que es cierto el anuncio que V. E. me hace, ya desapareció el 
motivo que dio lugar a la funesta lucha, y Su Majestad, que sabe 
mi conducta y que sólo la obediencia a sus órdenes me demora 
aquí, sin duda ha de mandarme retirar, y estas tropas siempre 
fieles, siempre obedientes al Monarca y a la Nación no se demo- 
rarán en embarcar. . ." "El supremo arbitro del Universo permita 
que la vía de la razón penetre en el corazón de V. E. y en el de 
todos los brasileros y los persuada de que no es por mi voluntad 
sino por mi deber que me incumbe guardar Montevideo. Si des- 
pués de lo que dejo expuesto la desgracia o el capricho- quisieran 
verter aún más sangre, y si por fatalidad la suerte fortuita de la 
guerra me fuere funesta, todos dirán acabó, pero acabó con 
honra" (i). 

Las bases sobre que se ajustó la Convención entre los jefes 
de la conquista, se redujeron, en lo esencial, al embarque de las 
tropas portuguesas, unión al ejército imperial de las milicias que 
amtes habían estado con los portugueses, exceptuados los jefes y 
oficiales; y garantía de que las autoridades y habitantes en ge- 
neral, que hasta entonces se habían adherido o puesto bajo la 
protección de D. Juan VI, no podrían ser molestados en sus per- 
sonas ni en sus bienes. Otra base, la más resistida por la opinión, 
era la de entregar las llaves de la ciudad a las tropas imperiales, 
violando la promesa varias veces renovada, de Portugal. Alvaro 
da Costa no podía dejar en silencio el renunciamiento que la acep- 
tación de esa entrega significaba, y a fin de cohonestar esta in- 
fidelidad, decía al Cabildo en 21 de Noviembre: "Reflexionando 
en que por una insistencia de mi parte comprometía la ejecución 
de los otros artículos ya citados", y teniendo presente que obrar 
de otra manera hubiera sido "faltar a las últimas Instrucciones 
Pacíficas del mismo Augusto Señor Juan VI", decidime finalmente 
a obrar en este sentido con espíritu de obediencia" (2). 

En el mismo oficio el Geneial da Costa indica al Cabildo que 
habiendo cesado los motivos de su creación, debe licenciarse al- 
gunos de los cuerpos, sin limitación de tiempo, y deben ser res* 
tituídas sus armas y bagajes al personal del ejército. 

A continuación se transcribe una interesante nota del Capi- 
tular don Pedro Francisco Berro al Gobernador Intendente, en 
que se relata con curiosos detalles el proceso de la negociación 
entre Lecor y da Costa, al margen del Cabildo, a pesar de las 
promesas en contrario. 

"Impuesto del oficio que con fecha 16 se ha servido V. S. 
pasarme sobre lo que hubiere ocurrido desde el momento que el 
Jefe de los Revolucionarios Reales de S. M. F. y el de las fuerzas 
imperiales que nos sitiaban se resolvieron a transar sus diferen- 



(1) De la Sota, manuscrito citado. Oficio de 9 de Setiembre de 1823. 

(2) Archivo General Administrativo. 



— 107 — 

cias, devo decir a V. S. que haviendo recibido el primero a prin- 
cipios de Septiembre, la primera indicación oficial pública del 
jefe de las fuerzas imperiales pasó a mi casa y haciendo que con- 
curriera al cavallero Síndico Procurador, nos manifestó el oficio 
que havía recivido para que se concluyese una guerra desastrosa 
a este País; en consecuencia, después de dos oras de conferencia, 
en que tuvo la mayor parte el Jefe de los Voluntarios Reales, quedó 
resuelto para dar cuenta al Excmo. Cavildo, como lo hicimos, que 
mediante aliarse en situación apurada quizás se vería en la pre- 
cisión de hacer un combenio con el Jefe del Exército Imperial 
para retirarse a Europa, según las órdenes que tenía, cuya demora 
havía dependido del interés que tomava en la liberación del País 
para entregarle a su retirada a las autoridades de él libre de la 
irnbasión imperial; por consiguiente, tomase las medidas combe- 
nientes, ya para pedir auxilios a Buenos Aires, para entrar en 
negociaciones con aquel Jefe unidos o solos, i otras del bien del 
País, en la inteligencia que nada haría sin acuerdo del Cabildo, y 
que sean quales fuesen los empeños del Jefe de los Imperiales 
para entregar las llaves de la Plaza, que de ningún modo lo harija 
sino a aquella corporación, según las órdenes de S. M. F. y su 
palabra empeñada repetidas veces. Habiendo dado cuenta al 
Excmo. Cavildo, fuimos comisionados para hacerle presente si 
tendría inconbeniente expresar por escrito sus protestas del día 
anterior, y me contestó que no nos apurásemos, porque él no nos 
avandonaría; pero contestando a, su oficio el Jefe de los Imperia- 
les, acordaríamos en lo que devía hacerse: Siguió algún tiempo de 
silencio, y quando nos preparávamos a una transacción vimos que 
aumentando los sacrificios del Pueblo tratava de armar una es- 
cuadra para batir la Imperial, y en seguida hacen otro tanto con 
el ejército: El Cavildo tomó ya el partido en esta diversidad de 
cosas de estar en observación, porque' no hera fácil calcular el 
objeto de estos preparativos con la experiencia de tantas ocasio- 
nes que havía perdido de batirles con suceso con superiores fuer- 
zas de las que nos sitiaban, y nada inferiores en balor y diciplina. 
Dado el primer paso de la escuadra y que por él se calculó devía 
ser derrotada con una pequeña bariación, y quando todo el mundo 
estava en espectación de estos resultados por el entusiasmo que 
se advertía en la Marina, se anunció al público por el Jefe de los 
Voluntarios Recales los motivos que obligaron a entrar en un ad*- 
venimiento con el Jefe de los Imperiales, motivos que no fueron 
bastantes a principios de Septiembre y lo son con mejor posición 
a fines de Diciembre. Aquel Jefe faltó a sus protestas de no hacer 
nada sin acuerdo del Cavildo, con quien (después de sacrificar al 
Pueblo y de haverle salvado con su división con no haverse de- 
clarado su enemigo) no contó para nada, inconsecuencia que hase 
poco favor al honor militar y a su nobleza. El Cavildo le ofició 
sobre esta medida, y aunque su contestación fué sobrado incon- 



— 108 — 

secuente espuso que los comisionados llevavan en su instrucción 
la circunstancia de entregar las llaves a aquella corporación: 

durante la negociación me espuso quanto espresa el oficio de V.S., 
añadiéndome que no havía necesidad de que éntrasenos en rela- 
ciones con el Jefe de los Imperiales, pues que él cuidaría quedasen 
a cubierto todos los compromisos del Pueblo y sus autoridades, 
ratificándome quando se concluyeron, pero que el punto de las 
llaves havía sido tratado varias veces con una terrible oposición, 
esponiendo que no quería hacernos un desaire como lo haría re- 
civiendo de nosotros supuesto que sin fuerzas tomarían la Plaza, 
que todo quedase según estava quando él salió de ella, que se 
hechava un velo a todos los compromisos, y nadie sería recom- 
benido ni molestado sobre ellos; sin embargo, el Cavildo estaba 
dispuesto, concluida la negociación, a entrar en negociaciones con 
el Jefe de los Imperiales, a pesar de la opinión del Jefe de los 
Voluntarios Reales sobre la ninguna necesidad de hacerlo, para 
corroborar el tratado, en la parte del Pueblo y autoridad y am- 
pliarlos con objetos de interés general; pero impuesto por los 
comisionados de la oposición que havía manifestado a entenderse 
con un Cavildo que no havía reconocido (un Cavildo popular y 
hecho según la Constitución con la autoridad del Jefe que man- 
dara la Plaza, no parece de necesidad su reconocimiento para 
tener toda la autoridad y plenitud de poder que los avitantes del 
Pueblo o suburbios se lo havían dado y que en el orden legal na- 
die puede desconocer), no le pareció decoroso esponerse a un 
desaire que el mismo Jefe de los Voluntarios Reales no havía in- 
dicado particularmente, añadiéndome que haviendo S. M. F. de- 
cretado que los Cavildos se nombrasen como antes se hacía y no 
popularmente, que nosotros devíamos nombrar así (lo mismo ex- 
presó por oficio) al que devía sucedemos a fin de año. 

"Yo no sé en qué ha fundado el Jefe de los Imperiales la 
oposición que ha hecho para entrar en relaciones con un Cavildo 
el más legal y autorizado bajo el pretexto de no haverlo recono- 
cido, sin acordarse, sin duda, que para este acto debió ser tam- 
bién en el hecho Jefe de la Plaza y de la fuerza que la sostiene. 
El Cavildo nada adelantaría con recivir las llaves del Jefe que hoy 
manda la Plaza para entregarlas a su entrada al de los Imperiales, 
pero hera de su obligación reclamar el cumplimiento de los tra- 
tados y órdenes reales y tenía un motivo de entrar en relaciones 
con él, aun quando estuviera concluidos los compromisos (que no 
deve haver ningunos donde la causa es justa), tratar sobre su 
suerte futura, y mediante la autoridad que en él residía entrar en 
la unión del país bajo bases fijas y duraderas, y sino qué papel 
hará en esa incorporación al Imperio la capital y sus suburbios, 
que componen la mitad de la población en la Vanda Oriental, en 
medio de la fuerza imperial? Que es grato, puedo decir a V. S., 
para conocimiento del Excmo. Cavildo*, en contestación al citado 



^109 — 

oficio" (1). 

Afirma de la Sota (2) que en sus maquinaciones, Lecor decía 
a da Costa "que era preciso evitar las batallas para ver venir los 
sucesos de Europa y del Imperio, y en su vista adoptar el partido 
mejor y más seguro". 

Comentando la disidencia entre los jefes del Brasil y Por- 
tugal, dice Ignacio Núñez, en su carta de 15 de Junio de 1825, ya 
citada: "Todo esto no era más que una intriga fraguada en efecto 
con arte por ambos generales. El Barón, cuya opinión empezaba 
a declinar en el Brasil por su nacimiento y por otras cosas más 
que no son del caso, necesitaba conquistarla de nuevo. Don Al- 
varo quería retirarse a Lisboa, pero llevando alguna carta que 
realzase su mérito, y además no tenía ni pretexto ni dinero. Esta 
guerra" lo facilitó todo, pues que aún entonces llegaron órdenes 
de S. M. F. para que la división europea se retirara a Portugal. 
Puestos en acción ambos ejércitos, nada excusaron los generales 
por darle toda la apariencia de una guerra encarnizada, entretanto 
que privadamente se comunicaban los dos por escrito todos los 
días" (3). 

De la Sota, comentando estos sucesos, expresa que mientras 
la misión Gómez estaba en tratativas en Río de Janeiro, las intri- 
gas de Lecor hacían su efecto en Montevideo, "introduciendo en 
las tropas de D. Alvaro el desorden, y el disgusto en el Consejo 
Militar sobre que se apoyaba. Los soldados del l. er Regimiento 
de Infantería y 2.° de Caballería de Talaveras se habían presen- 
tado a D. Alvaro pidiendo se les' aprontasen buques para irse a 
Europa, y sino que ellos los pedirían al General Lecor" (4). 

El resultado de toda esta trama fué que el 28 de Febrero de 
1824 entraron en Montevideo las tropas imperiales. 

Mientras los sucesos llegaban a su crisis, según se ha visto, 
se encontraba en Montevideo, encargado de la misión a que antes 
se hizo referencia, el General Miguel Estanislao Soler, quien se 
dirigió al Cabildo, "dándole cuenta de su misión y de la decidida 
resolución del Gobierno de Buenos Aires para trabajar por la li- 
bertad de la Provincia, secundando las declaraciones de ese Ca- 
bildo en 29 de Octubre. . ." (5). 

La contestación del Cabildo es doblemente importante, no 
sólo por los conceptos decisivos que en ella. se comparte, sino 
también por las circunstancias en que el Cabildo y la ciudad de 
Montevideo se encontraban en esos momentos: "El Cabildo, re- 
presentante de Montevideo y los suburbios, ha tenido el honor 
de recibir la nota oficial que el señor General Comisionado del 



(1) Archivo General Administrativo (oficio del 21 de Enero de 1824), 

(2) Manuscrito citado. 

(3) Noticias de las Provincias Unidas del Río de la Plata, op. cit. 

(4) De la Sota, manuscrito citado. 

(5) Gregorio F. Rodríguez, op. cit. 



— UÓ — 

Excmo. Gobierno de Buenos Aires se ha servido dirigirle. . . Por 
ella advierte el Cabildo representante, que decidido el Excmo. 
Gobierno de Buenos Aires a trabajar empeñosamente por la li- 
bertad de esta Provincia, quisiera que sus habitantes fuesen fir- 
mes en no pertenecer a otro poder que el de las Provincias de la 
Unión, como prudentes en su conducta, y dóciles a aquel Go- 
bierno que mejor pueda dirigirles y reponerlos en el goce de sus 
derechos. El Cabildo representante no se desdeña de confesar 
en esta ocasión, que tan penetrado se halla de las luces y poder 
del Excmo. Gobierno de Buenos Aires, para esperar ciegamente 
de él la libertad de esta Provincia, como constante ha sido sü 
buena fe, en dirigirse por sus indicaciones y consejos; si el mismo 
Excmo. Gobierno se hubiese dignado hablarle oficialmente con la 
propia franqueza que ahora lo hace el señor General su Comisio- 
nado; de este modo se habrían ahorrado muchos sacrificios y no 
pocas equivocaciones que al fin no han producido más que males 
a esta Provincia. Por lo demás, el señor General Comisionado 
puede estar seguro de. que el Cabildo Representante, y aún toda 
la Provincia, serán tan firmes en sostener las declaraciones de 
29 de Octubre último, como cuerdos en no dejarse alucinar de 
otras personas o poderes que el del Excmo. Gobierno de Buenos 
Aires, en cuyas manos ha depositado el Cabildo solemnemente la 
salvación de la Provincia. En tal concepto el Cabildo represen- 
tante se promete las mayores ventajas de los talentos y actividad 
del señor General Comisionado, y espera se digne aceptarle las 
protestas de su mayor consideración y respeto hacia el Excmo. 
Gobierno de Buenos Aires, que representa" (1). 

IX. Síntesis. — La revolución de 1823, por la finalidad 
esencial que con ella se perseguía, por los hombres que en su 
laboriosa gestación intervinieron, y hasta por los lugares en que 
los dirigentes operaban cuando intentaban obtener recursos y re- 
clutar y organizar contingentes, es el antecedente obligado del 
movimiento que luego ha de concretarse en la Cruzada de 1825. 
Obligado antecedente hemos dicho, y no hemos dicho bastante, 
porque si bien se mira, estas dos manifestaciones del espíritu de 
rebelión de los nativos frente a la conquista extranjera que pug- 
naba por perpetuarse, no son sino el principio y la culminación 
de una misma y única empresa. 

Las postrimerías de la revolución que estudiamos, se con- 
funden con los prolegómenos de la cruzada de los 33. Los pa- 
triotas que de Montevideo emigran a Buenos Aires una vez con- 
cluido el pacto entre brasileros y portugueses, son los mismos 
que durante el año 1824 y principios de 1825, celebran sus reu- 
niones y aprestan sus elementos para la grande y definitiva li- 
quidación del pleito pendiente. El militar virtuoso y patriota que 



(1) Gregorio F. Rodríguez, op. cit. 



— 111 — 

en 1823 pone a contribución todas sus energías y entusiasmos, 
y no mezquina ni sacrificios ni desvelos para que "la compañía 
de orientales" de Santa Fe adquiera la disciplina y la experiencia 
de un contingente eficaz para la guerra, es el mismo que en 1824 
vuelve al lado de su amigo Estanislao López, prolonga su pere- 
grinaje patriótico ante el Gobernador de Entre Ríos, León Sola, 
y bajo la apariencia de "comerciante" (t) prosigue sin ninguna 
solución de continuidad los trabajos a que su vocación patriótica, 
jamás superada, lo arrastra. El hombre abnegado y generoso qué 
en 1823 coopera con Echeverriarza, con Santiago Vázquez, con 
Félix Castro, con Braulio Costa, para que la revolución no se 
ahogue en la carencia de recursos, es el mismo Pedro Trápani, 
que en 1825 y en los años que siguen hasta la independencia, 
buscará auxilios, dará sanos y elevados consejos, trazará normas 
salvadoras, descubrirá manejos tortuosos, desbaratará planes an- 
tipatrióticos y coronará después su vida procer, no pidiéndole 
na'da a la Patria, después de habérselo dado todo, abnegada- 
mente. Son los mismos hombres que siguen buscando más armas 
para concluir con la misma ignominia. Si hemos de considerar 
la revolución del año 23 como parte integrante del proceso que 
culmina .en 1825, será necesario destacar aquí la orientación fun- 
damental que los hombres de 1823 tenían en vista. El problema 
es arduo; y como será tratado después, a propósito de los actos 
institucionales que en 1825 siguieron a la instalación del Gobierno 
Provisorio, será planteado entonces, bien que desde ahora los he- 
chos lo planteen. 



(1) Papeles del General Lavalleja, Archivo y Museo Histórico. 



CAPÍTULO VII 

LA ÚLTIMA ETAPA 

1. Lecor en Montevideo. Emigración patriota. 

¿. Los emigrados en Buenos Aires. 

6. Preliminares de la cruzada. 

4. Ayacucho. 

1. Lecor en Montevideo. - Emigración patriota. — Aludiendo 
a las Hostilidades que durante el año 1823 separaron en bandos 
opuestos a portugueses y brasileros, dice Juan Spikerman, uno 
de los Treinta y Tres: "Sitiaba esta plaza (Montevideo) el Ge- 
neral don Carlos Federico Lecor con un ejército de más de tres 
mil hombres. Duró este sitio once meses y se concluyó por medio 
de un tratado, por el cual los lusitanos entregaron la plaza a los 
brasileros, y se embarcaron para Europa. Esta fué la causa por 
la cual emigramos a Buenos Aires como ciento y tantos orientales 
entre jefes, oficiales y algunos particulares" (1). 

Don Lorenzo Justiniano Pérez, que cuando el Barón de la 
Laguna entró en Montevideo, en 1824, se hallaba en la misma 
ciudad, refiere que a raíz de aquel suceso, "todos los jefes com- 
prometidos con el Cabildo en la 'defensa de la plaza, emigraron a 
Buenos Aires" (2). 

"Se hallaban emigrados en Buenos Aires muchos jefes pa- 
triotas orientales que habían tomado parte activa en los sucesos 
del año 1823 en Montevideo, con la esperanza de dar libertad a 
la Provincia, dominada por los portugueses desde 1817, que la 
invadieron" (3). 

Al hacer el relato de las disposiciones que el Gobierno bra- 
silero tomó en la emergencia señalada, expresa De-María: "Con 
manifiesta infracción de una de las cláusulas de la Convención 
de 18 de Noviembre, se libró orden de destierro el 25 de Marzo, 
contra el Canónigo don Pedro Vidal; don José Cátala y Codina, 
Director de la Escuela de la Sociedad Lancasteriana; Fray Lázaro 
Gadea, su ayudante, y don Zenón Piedra, ex Franciscano. A la 
vez eran separados de sus empleos el doctor don Jaime Zudañe, 
Asesor del Cabildo, y don Francisco Araucho, secretario, sindi- 
cados de contrarios a los imperiales durante la lucha entre éstos 
y los lusitanos" (4). Entre los emigrados entonces de Montevideo 



(1) "La primera quincena de los Treinta y Tres". 

(2) Documento, Revista Histórica. 

(3) Luis de la Torre, Memoria de los sucesos de 1825. Archivo y 
Museo Histórico. 

(4) De-María, op. cit. 



— 114 — 

hállase don Manuel Oribe, quien al igual de otros patriotas, nó 
pudiendo "hacer ya nada por sí solos, se fueron de nuevo a Bue- 
nos Aires para invadir en 1825" (1). 

A propósito del mismo Oribe, dice don Carlos Anaya, que 
"exasperado de tal perfidia (el pacto de Da Costa y Lecor) se 
embarcó para Buenos Aires con los patriotas que quisieron se- 
guirle", y que "establecido en aquella capital con muchos patrio- 
tas orientales que por iguales sentimientos se habían asilado allí, 
permaneció sin acción"; hasta el arribo del entonces Comandante 
Lavalleja" (2). 

"Bajo el ridículo pretexto de que dos hombres pudieron al- 
terar el orden público y que por llegar con procedencia de Buenos 
Aires podría paralizarse el convenio celebrado con el Barón, ex- 
pidió don Alvaro orden para que en el acto se expidiera pasaporte 
de regreso a don Juan Vázquez y don Pablo Zufriategui. Este 
hecho, que arroja la idea de ser en cumplimiento de algún otro 
arreglo reservado para dar ejecución a las órdenes del imperio, 
respecto a los Caballeros del Club Oriental, justifica la aserción 
de que siendo la convención recíproca en beneficio de unos y otros 
contratantes, quedaban sujetos aquéllos ai sistema colonial... (3). 

Entre las consecuencias del convenio de portugueses y bra- 
sileros, el historiador Berra incluye el que "los jueces, oficiales y 
muchos particulares que se habían adherido a la causa portu- 
guesa como medio para conseguir la incorporación de la Provin- 
cia a las Unidas -del Río de la Plata, se ausentaron, dirigiéndose 
a Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos, en donde ya estaban Juan 
Antonio Lavalleja y otros oficiales" (4). El General Lavalleja, al 
referirse al éxito de los brasileros después de la sumisión de Da 
Costa, recuerda que "en este tiempo las fuerzas patriotas que pe- 
leaban por la libertad de la patria tubieron que sucumbir al poder 
del General portugués Visconde de la Laguna. Los patriotas que 
no quisieron hincar la rodilla a los portugueses emigraron a Bue- 
nos Aires"; y aludiendo después al regreso a esta misma ciudad 
de los orientales que habían formado parte de la Compañía militar 
reclutada en Santa Fe, en 1823, dice: "Así Lo hicieron, donde (en 
Buenos Aires) se encontraron con lo>s emigrados de Montevideo, 
y entre ellos don Manuel Oribe" (5). 

Es la emigración unánime de todos los elementos compro- 
metidos en la gran empresa, que vuelven, casi podría decirse, ins- 



(1) Aquiles B. Oribe, "Brigadier General D. Manuel Oribe". 

(2) Suplemento a la memoria biográfica de Carlos Anaya, Archivo y 
Museo Histórico. 

(3) De la Sota (manuscrito citado). En el Archivo General Adminis- 
trativo existe comprobante de haber solicitado Zufriategui autorización para 
pasar a Buenos Aires en Noviembre de 1823, y de habérsele concedido. 

(4) Berra, op. cit. 

(5) Papeles del General Juan Antonio Lavalleja, Archivo y Museo 
Histórico. 



— 115 — - 

tíntivamente, a los lugares que* la naturaleza de las cosas parecía 
haber dispuesto para que en ellos se elaborara y de ellos partiera 
el impulso inicial. Y es también la emigración forzada, que los 
nuevos ímpetus del conquistador provocan, obligando a muchos 
sospechosos a abandonar familia, intereses y afectos. Es copiosa 
la documentación que acerca de esta doble emigración, una en 
cierto sentido voluntaria y forzada la otra, existe dispersa. Du- 
rante el año 1824 se multiplican extraordinariamente las solicitu- 
des de autorización para salir de Montevideo con destino a Bue- 
nos Aires. 

Montevideo, entretanto, debe padecer otra vez más, la dura 
coyunda. Pero en esta ocasión, el Barón de la Laguna ha perdido 
hasta las. buenas maneras. Habituado a mandar a su arbitrio, la 
tregua que a sus imperiales inclinaciones le impusieran los acon- 
tecimientos, manteniéndolo alejado del centro de su dominación 
cerca de un año-, ha exasperado el ánimo de aquel hombre vulgar 
y ambicioso. Y las maneras suaves que antes encubrieran las más 
torcidas intenciones, desaparecen ahora. "En 1825, en Montevi- 
deo, las persecusiones eran sin término; todos los hijos del país 
temblaban y yo nunca estuve más asustado, dice don Carlos Anaya 
en sus Memorias. Ocho días me mantuve oculto sin ver la calle 
en casa de mi amigo Anavitarte, y al fin el 1 1 de Junio me evadí 
de la dominación brasilera para siempre" (1). 

Nunca como entonces habían de ser exactas las afirmaciones 
de "El Pampero", cuando un año antes decía, haciendo el proceso 
de la conquista extranjera: "¡Cuántas violencias podríamos citar! 
¡Cuántas sentencias confirmadas en vista y revista, casadas por 
el favor o el dinero! ¡Cuántos juicios finalizados y abiertos de 
nuevo para aplicar el derecho de las circunstancias! ¡Cuántos 
campos robados a sus legítimos dueños para entregarlos a los 
nuevos amos!". "La seguridad personal atacada turcamente, le- 
vantando de sus camas a docenas de ciudadanos pacíficos para 
llevarlos a tostar en las playas equinocciales o a perecer de ham- 
bre y frío en horribles presidios" (2). 

Una incidencia de la vida de don Bernardo Prudencio Berro, 
relatada por uno de sus biógrafos, revela el estado de inquietud 
y de inseguridad en que por entonces se vivía dentro de la ciudad 
de Montevideo. "Cierta noche, a "principios de Mayo de 1825, 
mientras Berro se encaminaba a la casa de comercio para arre- 
glar los libros del establecimiento, cuyas operaciones arrojaban 
grandes pérdidas por la situación de guerra que se iniciaba, varios 
oficiales brasileños de la guarnición de la plaza le salieron al en- 
cuentro, haciéndolo objeto de un atentado salvaje en venganza 
de sus manifestaciones, que no ocultaba. . . Uno de los oficiales 



(1) Archivo y Museo Histórico. 

(2) "El Pampero", núm. 4, 8 de Enero de 1823, Museo Mitre, Bs. Aires. 



— 116 — 

brasileños, encarándose con Berro* e insultándolo como cantarada 
dos patrias, le descargó por tres veces el enorme sable corvo 
sobre la cabeza, produciéndole una herida de alguna importan- 
cia" (1). 

La conquista portuguesa, ahora brasilera, después de haber 
agotado al país en todas las fuentes de su riqueza, seguía en su 
obra de artificial dominación; y su inconsistencia y su falta de 
arraigo se ponían bien de manifiesto una vez más, en los momen- 
tos críticos que para ella representó el año 1823 y representarían 
los siguientes, sin interrupción, hasta el final del drama patrio. 
Dotada, como ya se ha dicho, sólo de elementos materiales para 
consolidarse, la conquista pudo mantener su dominio mientras el 
estado de postración que siguió a la guerra, no permitió que sa- 
lieran a la superficie las fuerzas que en estado latente se hallaban; 
pero cuando, arrasado el territorio, pudo el conquistador compro- 
bar que quedaba por arrasar el espíritu de resistencia que alimen- 
taban los nativos, espíritu cuya intensidad hicieron más palpable 
los sucesos, los usurpadores, que hasta entonces habían adminis- 
trado este país como una gran estancia, empezaron a administrarlo 
como una colonia de salvajes. A la codicia y a la rapacidad se 
unió la violencia sobre las personas; y empezaron con una saña 
hasta entonces no alcanzada, las persecusiones, los destierros, las 
confiscaciones. Los brasileros daban la impresión de que querían 
quedarse con el territorio y deshacerse de sus habitantes. Extraña 
conquista, ésta. 

Con la entrada de Lecor a Montevideo, recrudecen también 
las medidas tendientes a evitar las deserciones y reuniones sos- 
pechosas en la campaña. En oficio de Marzo de 1824, el Gober- 
nador Intendente se dirige al Jefe de Policía de la campaña, don 
Fructuoso Rivera, y le anuncia haberse, enterado de las medidas 
acordadas para conseguir el "soriego común", las que han me- 
recido su aprobación en todas sus partes, "debiendo con este 
motivo indicar a V. E. que siendo muy frecuentes las fugas de los 
negros esclavos en poder de sus amos y por consiguiente mayor 
el número de los malhechores a quienes se reúnen, es muy nece- 
sario recomiende V. E. a las partidas que destine en Comisión de 
la Policía la persecusión y aprensión de todos los negros que 
diciendo ser libres, se encontrasen por la campaña". "Que se 
zele así mismo no transite persona alguna de un punto a otro de 
la camapña sin el seguro pase del Juez del Partido de donde haga 
viage..." (2). Otro oficio del Intendente Duran al Comandante 
militar de Maldonado, expresa que un sujeto llamado Piedra, "sa- 
lió sin licencia de este gobierno ni de otro, el día mismo en que 
entraron las tropas imperiales en esta Plaza, dirigiéndose a cam- 



(1) Apuntes de don P. F. de Berro citados por Aureliano G. Berro en 
su obra "Bernardo P. Berro". 

(2) Manuscrito borrador en el Archivo General Administrativo. 



— 117 — 

paña, donde permaneció por tres días oculto, y como lo había 
hecho antes de la transacción (entre Lecor y da Costa), en que 
por una noche pasó también a dicha Villa con varios planes re- 
volucionarios a efecto de hacer ilusorio el combenio que se pac- 
taba entre ambos generales. Se me ha asegurado así mismo que 
a los tres días de su permanencia en aquella Villa salió para la 
Calera de García, de que allí se dirigió a esta Ciudad y Rocha, 
de donde retornó para la Capilla de San Ramón, donde me avi- 
saron se halla fomentando a sus prosélitos en sus antiguos planes. 
Este individuo tiene por costumbre ya el burlarse de las Autori- 
dades: Por tanto, a fin de que esta vez no lo consiga, espero que 
V. E., sin pérdida de momento y con la mayor reserva destaque 
al Pueblo .de Rocha persona de su confianza, y comisione otra en 
esa Ciudad a fin d eque puedan sorprenderle..." (1). En bo- 
rrador de 31 de Enero de 1824 se dispone se haga público por 
Bando que "en la persona de cualquier clase o condición que se 
provare el crimen de seducir algún individuo para desertarse de 
su Cuerpo o que para ese efecto se le hubieran dado auxilios, haré 
aplicar como es de mi deber sobre el tal delinquente todo el rigor 
de las penas militares" (2). 

Daba pábulo a estas y otras medidas, la actitud del Cabildo 
de Montevideo, que con fecha 22 de Abril de 1824 declaraba 
"amar sobremanera la augusta persona del Emperador del Brasil, 
y venerar las sabias máximas de su Gobierno, defiriendo por lo 
mismo con sumo júbilo y entusiasmo a dar el mayor aprecio y 
estima al proyecto de Constitución que redactó el consejo de Es- 
tado sobre las bases ofrecidas y presentadas por el mismo au- 
gusto Señor, cuyo sabio código fundamental no sólo había sido 
reconocido por los pueblos del Brasil en virtud de urgentísimas 
y sólidas ideas de conveniencia pública, para que — según lo pi- 
dieron — desde luego y sin más demora se pusiese en ejercicio, 
como constitución política del Imperio, sino que todos los pueblos 
de este Estado Cisplatino habían a su turno convenido en lo mismo 
por iguales razones, mientras esta ciudad se hallaba muy de an- 
temano íntimamente persuadida de ellas, en virtud de comunica- 
ciones del Illmo. y Excmo. Sr. Gobernador y Capitán General, Ba- 
rón de la Laguna, con este Excmo. Cabildo, sin haber hasta ahora 
estado totalmente expedito para poder hacerlo con aquella es- 
pontaneidad que da inequívocas señales de adhesión a la causa 
que de buena voluntad se sigue, y es en el presente caso la del 
Brasil..." (3). 

Acreditaban las referencias que los capitulares hacían, las 
ceremonias celebradas en el mes de Abril, en Maldonado, Cerro 
Largo, San José, Colonia, Paysandú, Guadalupe, Soriano y otros 



(1) Archivo G. Administrativo. Borrador del Gobernador Intendente. 

(2) Archivo G. Administrativo. Borrador del Gobernador Intendente 

(3) Deodoro de Pascual, op. cit. 



— 118 — 

pueblos, cuyo objeto consistió en votar la incorporación al Brasil. 
De loque ahora se trataba era de manifestar con igual solemnidad, 
la voluntad de someterse a la constitución del Imperio; y, en ese 
sentido, el Cabildo comunicaba a todas las clases de ciudadanos, 
"que habiendo leído y examinado dicho proyecto (de Constitu- 
ción) con madura atención — especialmente desde que ocupada 
de regreso esta Ciudad por las armas imperiales, pudo verificarlo 
sin zozobra ni temor — no le queda que hacer alguna reflexión so- 
bre su contenido, puesto que permanece vigente en debidos tér- 
minos lo acordado el año 21 al Congreso Cisplatino" (1). "Así 
que hubo dado su aprobación el Estado Cisplatino a la constitu- 
ción, se pasó a celebrar la jura de la misma, lo que tuvo lugar el 
domingo 9 de Mayo con toda solemnidad en la capital de Monte- 
video, cuyo Cabildo, justicias y regimientos invitaron a todas las 
clases de la sociedad a prestarle, señalando desde el 13 hasta el 
18 del mismo mes como el plazo en que podían presentarse en la 
sala capitular para verificarlo. Llegado el día se presentaron 594 
ciudadanos, sin contar los empleados públicos, por haberlo nicho 
ya en sus respectivas oficinas, y juraron bajo esta forma: Juro 
por los santos Evangelios obedecer y ser fiel a la constitución 
política de la nación brasileña, a todas sus leyes y al emperador 

constitucional y defensor perpetuo del Brasil, Pedro I" (2). 

Lecor y el Síndico García de Zúñiga seguirán pensando, en- 
tretanto, "que el país no estaba en estado de recibir formas cons- 
titucionales, que eso era para allá, después, con el tiempo" (3). 

2. Los emigrados en Buenos Aires. — Refiere Lavalleja que 

mientras duró su estada en Santa Fe, ya fracasadas las gestiones 
del año 23, conservó y siguió cultivando su amistad con don Es- 
tanislao López; "y este señor, ya fuera por vernos desgraciados 
o por patriotismo, siempre alimentaba la esperanza a Lavalleja; 
el caso es que le propuso que él creía había algún modo como 
pelear a los portugueses, que dejara en pie aquella compañía 
(la que se reclutó en 1823) con los mismos oficiales orientales 
que la forman y aquellos que le merecieran mayor confianza, pues 
era preciso mucha reserva y que él pagaría dicha fuerza con los 
fondos de la Provincia Ínterin estuvieran al servicio de ella; en 
esta época (Febrero de 1824) cumplió legalmente su tiempo el 
Gobernador Mansilla y fué nombrado el señor don León Solas, 
amigo de Lavalleja. El Gobernador López le propuso a Lavalleja 
fuera a hablar con Solas, que le daría una carta de recomendación 
y que en ella le aseguraría también su protección en lo que estu- 
biera de su parte, sin comprometer la dignidad de su Gobierno" 



(1) Deodoro de Pascual, op. cit. 

(2) Deodoro de Pascual, op. cit. 

(3) De la Sota, manuscrito citado. 



— 119 — 

(1). La aludida gestión de Lavalleja ante el nombrado Goberna- 
dor de Entre Ríos resulta comprobada con los documentos que 
en seguida se mencionan, el primero de los cuales es la carta que 
Estanislao López escribió a León Solas el 5 de Mayo de 1824, 
cuyo texto dice así: "El conductor de ésta, don Juan Antonio La- 
valleja, pasa a ese Destino agitado siempre del vivo deseo de sal- 
var su Provincia del Poder que la oprime. El objeto en sí es sin 
duda interesante para todo americano amante de su patria y de 
por sí recomienda sus designios. Mas, como para conseguirlo se 
deben tocar resortes que comprometan tal vez la suerte de nues- 
tras Provincias si se malogra, y estos males puede cada uno con- 
cebirlos, de mayor o menor magnitud según el modo y principios 
de calcular, no se debe extrañar que sean divergentes las opinio- 
nes de los gobiernos en este particular. Así, pues, si impuesto 
del nuevo proyecto de Lavalleja no encuentra motivos de temor 
sobre su honor, y la tranquilidad de su Provincia me es muy satis- 
factorio recomendárselo" *(2). 

"Alimentado con esta esperanza — continúa el General La- 
valleja en su manuscrito — , marchó inmediatamente a hablar con 
Solas. Este señor le hizo la oferta de un escuadrón pronto, dán- 
dole 3.000 pesos para prepararlo, y acordaron que para el día 1.° 
de Octubre estaría pronto en Mandisoví, y que a efectos consi- 
guientes nombraría un Comandante de toda confianza para que 
se pusiese a las órdenes de Lavalleja; efectivamente, todo se con- 
vino y Lavalleja marchó a Buenos Aires a preparar los recursos 
necesarios para la empresa en el tiempo indicado" (3). Los nue- 
vos desvelos que ponía a contribución Lavalleja, no debían tener 
más éxito que sus anteriores empeños. El 1.° de Julio siguiente, 
el Gobernador de Entre Ríos le contestaría en estos términos: 
W Á otra cosa; boy a ablarle a V. con franqueza: yo jamás dexaré 
de ser henemigo de los portugueses, y amigo de los ombres pa- 
triotas, y en particular lo soy de V., pero permítame por haora 
más tiempo para rresollar en el todo de nuestro asunto, por que 
a la berdad tengo un proyecto de mucha importancia. . . Yo eter- 



(1) Papeles del General Juan Antonio Lavalleja (manuscrito citado, 
en el Archivo y Museo Histórico). 

(2) Papeles del General Juan Antonio Lavalleja, Archivo y Museo 
Histórico. 

(3) No obstante la versión que da como disuelto el cuerpo de milicias 
orientales de Santa Fe en Setiembre de 1823, el General Lavalleja afirma 
que a su regreso a Buenos Aires —que fué ya bien entrado el año 1824 — 
aquella dotación quedó a cargo de su hermano, Manuel Lavalleja; que fué 
empleada contra los indios; que posteriormente fué destinada a la guarnición 
del Pueblo de Rosario; y que a raíz del engaño de uno de sus oficiales, que 
encargado de cobrar los sueldos lo consiguió pero se pasó a los portugue- 
ses, y como consecuencia del fracaso de la esperada cooperación del Go- 
bernador Solas, mandó Lavalleja disolver la compañía, con lo que los ofi- 
ciales de mayor confianza pasaron a Buenos Aires. 



— 120 — 

ñámente travaxaré por el bien de V. y en el último caso yo le 
avisaré, no es tiempo todavía. . . Tenga paciencia, que el que ha 
pasado lo más puede sufrir lo menos" (1). 

Ratifica el Gobernador Solas la línea de conducta que se 
había trazado, cuando al día siguiente, 2 de Julio, le dice a La- 
valleja: "Yo bien beo que V. medirá que en la tardanza está el 
peligro. . . Yo conbengo en ello, pero no alio medio en mí que 
desirle a V. la verdad. . . Yo no soy hombre que pretendo poner 
en los cuernos del toro a mis paisanos, aora ni jamás. Don Frutos 
me an dicho que quiere tener una entrebista con migo. . . El pa- 
rece que está patriota con la boca, quién sabe con las obras..." (2). 

Pero el futuro jefe de la cruzada, poseído de la misión que 
pesa sobre él y de la responsabilidad que entrañaría el menor 
renunciamiento ante su exigente e inflexible patriotismo, no cede. 
'Sólo sí suplico a V., le dice a León Solas el 20 de Julio, no nos 
e,che en olvido; la época es la más favorable para nuestro asunto." 
Y termina: "Amigo: yo conozco muy bien la pobreza en que nos 
hallamos tanto V. como yo para emprehenderla (la empresa); 
pero, amigo, tenemos muchas vacas del otro lado. . ." (3). Refe- 
rente a la gestión, dice además Lavalleja, que "la contestación 
del señor Solas fué evadiéndose, diciendo que se hallaba ligado 
por el tratado cuadrilátero, y que sería un compromiso mui grande 
para él y particularmente para la Provincia de su mando, pues si 
ios portugueses lo invadían, los demás de la liga lo dejarían en 
la estacada y que por consequencia no podía ser" (4). 

Llegado Lavalleja a Buenos Aires, sus trabajos en pro del 
movimiento patriótico que desde tanto tiempo atrás se venía ges- 
tando, debieron continuar activamente, porque en carta de 22 de 
Julio a don Manuel Cifuentes, radicado en Montevideo, le decía 
desde aquella ciudad: "Ocurrencias que tal vez no pueden ocul- 
tarse a V, me obligan a suplicarle que este asunto (se refería a 
un negocio privado de Lavalleja que tenía por objeto asegurar 
recursos a su esposa e hijos), debe ser reservado; no se las ma- 
nifiesto a V. por no fiarlas a la pluma, y que tal vez perjudicaran 
a V. mismo si se hicieran trascendentales" (5). En copia o bo- 
rrador de carta a don Domingo Cúllen, fecha 20 de Julio, de puño 
y letra de Lavalleja, éste se expresa así: "En la de V. hallo mucho 
temor, no en que Solas nos falte, ni en la escasez de recursos; 
sólo, sí, en el feliz resultado de la empresa. Cuando se trató de 
este negocio, y acordamos con V. seguir con el proyecto, no fué 



(1) Carta de León Solas a Juan Antonio Lavalleja, Archivo y Museo 
Histórico. 

(2) Carta de León Solas a Lavalleja, Archivo y Museo Histórico, 

(3) Borrador, Archivo y Museo Histórico. 

(4) Archivo y Museo Histórico. 

(5) Manuscrito, Archivo y Museo Histórico. 



— 121 — 

contando con más recursos. . ." (1). El 31 de Agosto, don Pas- 
cual Costa daba cuenta a Lavalleja de estar "alistado el lanchón 
nombrado " v l.° de Octubre"; si este nombre no le parece a V. bien, 
puede ponerle el que guste" (2). 

Entre los papeles del General Lavalleja, tantas veces citados, 
se conserva también un borrador de carta a don José Vidal, vecino 
de Montevideo, en el que a pesar de las rayas con que ha sido 
testado, se lee lo siguiente: "Yo no dejaré de escribir a V. mien- 
tras mis letras no puedan causar algún disgusto a V.; yo vien veo 
que en la época es preciso medirse mui mucho para poner la 
pluma" (3). El nombrado don José Vidal, desde Montevideo, le 
escribía a Lavalleja el 23 de Noviembre: "Si no fueran las espe- 
ranzas, habríamos de desesperar, pero no miramos los dos por 
un mismo anteojo. De donde V. se promete algo, yo nada aguardo, 
al menos que un genio como el de Bolívar no compulse" (4). 

Se ha dicho antes, haciendo la transcripción de un -documento 
del General Lavalleja, que cuando algunos de los componentes 
del regimiento de orientales de Santa Fe regresaron a Buenos 
Aires, se encontraron allí con los emigrados de Montevideo. Se 
ha visto también, por las propias declaraciones de Lavalleja, cómo 
por las comunicaciones de León Solas, de Vidal y de Estanislao 
López, que el primero de los nombrados, a su llegada a Buenos 
Aires, continuaba con toda decisión y energía sus planes de in- 
vasión a la Banda Oriental y acariciaba siempre con porfiada 
tenacidad sus propósitos de dar en tierra con la conquista que 
seguía oprimiendo a los orientales, Todos los relatos de estos 
sucesos preliminares coinciden en cuanto a que los emigrados 
orientales llegaron a formar en Buenos Aires un grupo caracte- 
rístico, cuya fuerza de cohesión consistía en la uniformidad de 
sus miras. La finalidad esencial era entonces como había sido 
un año antes, como había sido siempre, libertar al país de la 
fuerza negativa que le impedía evolucionar conforme a la volun- 
tad de sus naturales; y como el empeño requería organización y 
recursos, los emigrados pugnaban por allanar los obstáculos que 
la hostilidad, el interés o la indiferencia pudieran oponerles. La 
celeridad con que obraban obedecía, a no dudarlo, al propósito 
de impedir que el enorme ascendiente moral que el movimiento 
de 1823 había ejercido en el país, se perdiera. Porque si la revo- 
lución que un año antes había tenido por teatro a Montevideo no 
había producido entonces los resultados que se esperaban, era 
indiscutible que su fracaso no acusaba en realidad sino falta de 
lealtad en aquellos que se consideró aliados y suerte adversa 
en las circunstancias, nunca falta de disposición en el ambiente 



(1) Archivo y Museo Histórico. 

(2) Archivo y Museo Histórico. 

(3) Manuscrito de Lavalleja, Archivo y Museo Histórico. 

(4) Archivo y Museo Histórico. 



— 122 — 

para secundarlo (1). Así las cosas, la obra en que los emigrados 
se hallaban empeñados era de magnitud y de apremio. De ahí las 
reuniones, los conciliábulos, las continuas comunicaciones con las 
provincias y Montevideo; de ahí las nuevas emigraciones que van 
a engrosar el primer núcleo. 

No hay un acuerdo definitivo sobre el lugar que los orientales 
elegían habitualmente para sus deliberaciones; pero parece indu- 
dable que frecuentaban por igual la casa de comercio de don Luis 
Ceferino de la Torre, de quien era socio don Antonio Villanueva, 
y los saladeros de don Pedro Trápani, en la Ensenada, y de don 
Pascual Costa, en San Isidro, del que Lavalleja llegó a ser ma- 
yordomo, según De-María. En carta a Lavalleja, después de la 
cruzada, don José Mauricio Trápani se complace en expresarle 
la satisfacción que experimenta por sus victorias; y entre otras 
consideraciones le dice: "S. E. no olbidará cuánto hemos hablado 
en la quinta de mi hermano Costa a ese respecto, y tanto que yo 
perdí el juicio por algún tiempo, volviéndolo a recuperar p 
que quizá pueda ser un día útil a mi cara Patria" (2). No obstante 
la poca precisión que esta carta revela, parece indudable la alu- 
sión al saladero de don Pascual Costa. 

¿Quiénes eran esos emigrados que con Lavalleja combinaban 
los planes de la futura emancipación? Los que primero rodearon 
a Lavalleja y con él cooperaron en los primeros paros, fueron, 
según todas las probabilidades, Manuel Oribe, Manuel Lavalleja, 
Simón del Pino, Manuel Meléndez, Pedro Trápani y Luis Ceferino 
de la Torre, a quienes se unirían después Pablo Zufriategui, Ata- 
nasio Sierra, Manuel Freyre y Basilio Araújo. No hay discrepan- 
cia apreciable entre los historiadores acerca de los nombres de 
Oribe, Zufriategui, del Pino, Meléndez, De la Torre y Manuel 
Lavalleja; pero si puede ser interesante precisar las personas que 
tuvieron la iniciativa de concretar un impulso que todas sentían, 
fuera mezquino retaceo sacar de esta sola circunstancia, ninguna 
otra consecuencia de entidad, máxime cuando hombres como don 
Pedro Trápani, que es, a nuestro juicio, con Lavalleja, la figura 
más saliente de todo el movimiento, no aparecen incluidos por 
algunos de los cronistas de la cruzada. 

Antes de ahora hemos hecho alusión a los sucesos en que 
directamente intervinieron Lavalleja, Oribe y Zufriategui, con lo 
que su presencia en Buenos Aires en la época a que llega esta 



(1) El historiador Berra afirma, en este sentido, que la fibra patriótica 
de Lavalleja "se había sentido herida en 1823 por el grito de los montevi- 
deanos". Bosquejo Histórico. 

(2) Colección Lamas, Documento núm. 297, Archivo y Museo Histó- 
rico. "José Mauricio Trápani estuvo en esta Banda, mas ignoro si con co- 
misión del Gobierno o de su hermano Pedro, unido al cual fué ei que pro- 
porcionó al General Lavalleja armas, municiones y demás recursos..." — 
Joaquín Suárez, Informe Julio 22 de 1886, "La Alborada", 1899. 



— 123 — 

exposición, no necesita más comentario. En cuanto a Manuel 
Lavalleja, que, según se expresó, había quedado al mando de la 
"compañía de orientales" de Santa Fe, disuelta aquélla siguió los 
pasos de su hermano y a su lado pasó en Buenos Aires. Simón 
del Pino, a quien los dirigentes de la revolución de 1823 se diri- 
gieron especialmente para que secundara el movimiento, había 
sido arrastrado por la emigración que siguió al convenio entre 
Lecor y Da Costa. Luis Ceferino de la Torre, oriental, estaba ra- 
dicado en Buenos Aires, "en calidad de gerente primero, y en ca- 
lidad de socio después", de la casa de comercio de don José An- 
tonio Villanueva. Manuel Meléndez, que había llegado en la milicia 
al grado de Teniente, había corrido la misma suerte que sus com- 
pañeros." 

La misión que estos hombres sencillos volvían a emprender, 
es el último acto del drama cuyo desenlace es la cruzada. Eran 
los mismos hombres que en 1822 daban escape a sus contenidos 
impulsos y agitaban la campaña oriental, y proclamaban la revo- 
lución desde Montevideo, y peregrinaban por Santa Fe y Entre 
Ríos, y libraban en Buenos Aires la gran batalla contra la indi- 
ferencia. No surgía de las cordiales reuniones de Buenos Aires, 
la idea de libertar a la patria, ni siquiera la idea más concreta de 
la "cruzada". En las deliberaciones de la casa de Villanueva o 
en las tertulias del saladero de don Pascual Costa, no se elabo- 
raba la idea de la cruzada; y decimos que tal cosa no sucedía, 
porque la cruzada estaba manifiesta en el pensamiento de los 
patriotas desde fines de 1822, cuando trabajaban heroicamente 
en "reunir al menos cien hombres con los cuales debe pasar en 
breves días Lavalleja en seis lanchones que ya están listos para 
desembarcar en Santo Domingo de Soriano" (1). No asistimos 
a la iniciación del drama de la revolución, porque la revolución 
ya está en todas partes: en la campaña v en los centros urbanos; 
en los hombres de espada y en los hombres de pensamiento; en 
el programa de los doctrinarios v en el alma de las multitudes. 
Todas las líneas están ya tendidas; todas las voluntades libres 
están acordes; todas las energías puestas ya en guardias, sólo 
esperan el toque de atención. 

ó. Preliminares de la cruzada. — Es unánime entre los cro- 
nistas de la cruzada, destacar como su causa ocasional más de- 



(1) Luis Eduardo Pérez y Ramón de Acha al Cabildo, Abril 27 de 1823. 
Archivo General Administrativo. En carta de 5 de Marzo de 1856, don Fran- 
cisco S. Antuña, al felicitar a don Gabriel Pereira por su elección dice tener 
para ello motivos especiales, "y uno de ellos es el recuerdo de que usted ; 
el finado patriota Echeverriarza y yo, los tres solos acordamos poner y pu- 
simos el día 4 de Octubre de 1822 la primera piedra sobre que se cimentó 
la reconquista de la indeoendencia de nuestra patria. El pronunciamiento 
de aquel día nos trajo el 19 de Abril de 1825." — Correspondencia confiden- 
cial y política del señor don Gabriel A. Pereira. 



— 124 — 

cisiva, la noticia de la victoria de Ayacucho. Dice de la Torre en 
sus ya recordadas memorias, que desde el día en que aquélla se 
supo en Buenos Aires, los siete emigrados que él cita en su relato 
"se reunieron diariamente en la casa de la Torre y se acordaban 
los trabajos que cada uno debía desempeñar". Refiere asimismo 
que él personalmente, "reunía el armamento posible y construyó 
con sus propias manos las dos banderas que debían tremolar 
triunfantes en su Patria" (1). 

Otra de las providencias que los emigrados tomaron a raíz 
de Ayacucho, conjuntamente con la redacción y firma del com- 
promiso escrito que se les atribuye, consistió en designar por su 
jefe y jefe de la empresa, a Lavalleja. Las dos medidas revelan 
ya el espíritu de organización y de orden que dentro de las im- 
posiciones del medio ambiente caracterizaría todos los hechos 
mili-tares e institucionales que a la cruzada se siguieron. Es cu- 
rioso reproducir aquí, porque de ella se deducen interesantes con- 
clusiones, la carta que Lavalleja escribió dos meses antes de co- 
nocer el acontecimiento de Ayacucho, a don Francisco juanicó.. 
Dice así: "Nuevamente han llegado los momentos que preciso de 
su protección. He arrendado el saladero de don Pascual Costa 
para hacer carnes saladas; el principal que tengo es corto y pre- 
ciso que me socorran mis amigos. Yo jamás he dudado de sus 
buenos deseos hacia mí y toda mi familia. Y puede figurarse quál 
estará mi espíritu dos años peregrinando por estas provincias y 
sin tener a quién arrimarme" (2). El contenido de esta carta debe 
ser interpretado examinando, si es posible, otras manifestaciones 
del mismo Lavalleja que tengan alguna relación con los hechos 
a que la carta hace alusión. "Lavalleja trató en Buenos Aires de 
figurar pasarse a comerciante, tratando un lugar para llevar efec- 
tos al Paraná, donde debía establecerse. Mientras llegaba esta 
decisión (de llevar a cabo la empresa), Lavalleja estableció en 
Buenos Aires un saladero, con dos objetos: primero, aguardar los 
resultados del Para, y segundo, distraer los portugueses, que es- 
taban con el ojo sobre él" (3). Quiere decir, pues, que sin desistir 
de sus proyectos y de la gestión activa que hasta finalizar el año 
24 absorbe todas sus energías, Lavalleja se da una tregua, espe- 
rando una ocasión más propicia; y de paso se sustrae a la severa 
vigilancia brasilera, con lo que sus trabajos pueden contar desde 
entonces con este nuevo factor favorable. Empero Ayacucho tras- 
torna todos los planes, porque cuando Buenos Aires recibe albo- 
rozada la noticia, nadie la esperaba. 

Aceptadas las circunstancias como las más favorables para 



(1) Memorias de los sucesos de 1825, Luis C. de la Torre, Revista 
Histórica. 

(2) Carta del 22 de Noviembre de 1824, "La Democracia". 

(3) Papeles del General Juan Antonio Lavalleja. Archivo y Museo 
Histórico. 



— 125 — 

llevar el proyecto a los hechos, deciden los patriotas pulsar de 
nuevo, no tanto el espíritu de la población oriental, que ellos ya 
conocían, sino más bien la disposición de ciertos elementos pres- 
tigiosos, que con su influencia podían llegar a constituir factores 
decisivos de éxito o de fracaso. "Don Manuel Lavalleja, don Ata- 
nasio Sierra y clon Manuel Freiré fueron destinados a la Banda 
Oriental en comisión, que partieron secretamente de Buenos Ai- 
res, desembarcaron en la Agraciada, dirigiéndose a la estancia 
de don Tomás Gómez (hoy Coronel), a quien comunicaron el 
objeto, y afiliándose a él les facilitó caballos para que se dirigie- 
sen a Montevideo. Esta comisión era la de hablar en nombre de 
los firmantes a todos los patriotas conocidos en el tránsito, exa- 
minando sus opiniones en favor de la empresa. Puestos de acuerdo 
con inmensidad de ellos, como los Burgueño, Figueredo, Latorre, 
Duranes, Calleros y muchos que no se recuerdan y que han figu- 
rado de jefes, regresaron para Buenos Aires, embarcándose por 
el mismo punto de la Agraciada" (1). Respecto de estos comi- 
sionados, don Isidro De-María agrega que eran portadores de 
cartas para varias personas. Las trajeron en rollos, ocultas en los 
bastos de los recados. Desembarcaron disfrazados de peones en 
la Agraciada, costa del Uruguay, aparentando venir a buscar tra- 
bajo en alguna estancia" (2). En su obra "Los Treinta y Tres", 
don Luis Revuelta dice que los comisionados, comunicando con 
el señor don Tomás Gómez, a quien conocía íntimamente Lava- 
lleja, lo iniciaron en el secreto, pidiéndole el auxilio de caballos 
para llevar su comisión, así como el de ese elemento oportuno 
para el personal de la invasión. Luego se dirigieron a Montevideo, 
comunicándose con personas cuyos sentimientos patrióticos co- 
nocían. Recordamos habérsenos citado por Manuel Freiré a las 
siguientes personas, que aceptaron entusiastas la idea y se pu- 
sieron con decisión a su servicio: Juan Arenas, oficial en esa época 
al servicio del Brasil, pero patriota de corazón; los Burgueño, los 
Figueredo, los Latorre y los Calleros, y la señora doña Josefa 
Oribe de Contucci". 

Entretanto los emigrados continuaban en Buenos Aires sus 
trabajos y reunían elementos secretamente, como lo afirma de la 
Torre en sus memorias. En carta del 24 de Marzo a don Gabriel 
Antonio Pereira, don Manuel Oribe Te decía: "Sé que has sido 
informado por Lavalleja de nuestra próxima empresa de invasión; 
y que nuestro amigo Lecocq te habrá dado los detalles de que 
era él portador. Es preciso una reserva absoluta y completa, pues 
parece que el Gobierno de aquí ha recibido reiteradas reclama- 
ciones, para alejarnos y hostilizarnos y que algo se recela, pues 



(1) Luis C. de la Torre, Memoria citada. 

(2) Dice el historiador De-María que estos datos son referencias de 
don Manuel Freiré y don Manuel Lavalleja. 



— 126 — - 

vivimos con una vigilancia que no nos dejan respirar" (1). Acerca 
de la vigilancia de que los patriotas eran objeto de parte de los 
portugueses, el General Lavalleja refiere en su memoria, varias 
veces citada, que uno de los fines que tuvo en vista al arrendar 
un saladero en Buenos Aires, fué "distraer a los portugueses, que 
estaban con el ojo sobre él". En idéntico sentido, "El Nacional" 
del 12 de Mayo de 1825, expresaba a propósito de la cruzada: 
"La empresa fué concebida y combinada con tal reserva, que no 
llegó a traslucirse sino después que estos bravos habían dejado 
nuestras playas" (2). 

" Si bien es rigurosamente exacto que Lavalleja, Oribe, Zu- 
friategui, Simón del Pino, Manuel Lavalleja, Freiré, Araújo, Jacinto 
Trápani y otros eran los directores de las combinaciones militares 
que se habían propuesto, también es no menos cierto que los ciu- 
dadanos civiles del grupo confabulado, Luis Ceferino de la Torre 
y Pedro Trápani, fueron el alma en Buenos Aires de los trabajos 
preparatorios de la Cruzada Libertadora, y no solamente se ha- 
bían inscripto en el registro de aclherentes con fuertes sumas de 
dinero, sino que recolectaban muy estimables donativos de orien- 
tales y argentinos que se mostraron partidarios del movimiento 
reivindicador" (3). Los primeros resultados de la actividad 
desplegada por los emigrados y por los orientales que radicados 
en Buenos Aires los secundaban, empezaron a hacerse apreciables; 
y a las donaciones de Lavalleja, de la Torre y Trápani, hubo que 
agregar las de "don Nicolás y don Juan José Anchorena, don Pe- 
dro Lezica, don Alejandro Martínez, don Miguel Riglos y don Ra- 
món Larrea" (4). 

La crónica destaca en estos laboriosos preliminares de la 
cruzada, el plan de una revolución dentro de Montevideo, utili- 
zando para ese fin la cooperación eficacísima del Batallón de 
Pernambucanos confinados en aquella plaza. "Este trabajo le fué 
encomendado a la señora Josefa Oribe de Contucci, patriota en- 
tusiasta, que logró seducir a los sargentos, que en prueba de su 
decisión remitieron a Buenos Aires un Acta de compromiso y pi- 
diendo una persona que se pusiese a la cabeza, pero se creyó 
conveniente retardarlo hasta que al frente de Montevideo los 
patriotas pudiesen proteger el movimiento". Agrega de la Torre 
que él remitió de su peculio 18 onzas de oro para que fuesen re- 
partidas entre los sargentos, y tres cajones de cartuchos a bala 



(1) Correspondencia confidencial y política del señor don Gabriel 
A. Pereira. 

(2) "El Nacional", núm. 21, Colección de! doctor Luis Melián Lafinur. 
Don Juan Spikermann, en su memoria "La primera quincena de los Treinta 
y Tres", afirma que él y sus compañeros se habían ocultado del Gobierno 
de Buenos Aires para salir de su territorio. 

(3) J. Muñoz Miranda, "Sarandí", Revista Histórica. 

(4) F. A. Berro, op. cit. 



— 12? — 

que clandestinamente consiguió extraer del Parque de Buenos 
Aires y que fueron conducidos a Montevideo en el paquete "Pepa", 
capitán Chentopé, a ser entregados a la misma señora de Oribe, 
con quien se entendían los sargentos" (1). Conocedora la señora 
de Contucci del estado de ánimo de los sargentos pernambucanos, 
por sus criados y sirvientes, con los cuales tenían aquéllos estre- 
chas relaciones, había salido airosa en la arriesgada empresa de 
hacer sublevar el batallón" (2). 

Para apreciar la tensión del espíritu patriota dentro de las 
murallas de Montevideo e ilustrar en lo posible, con un antece- 
dente sugestivo, el concepto que entonces debía predominar aún 
en las clases, colocadas en más humilde nivel, y por ende en aque- 
lla a que los soldados pernambucanos pertenecían, he aquí un 
curioso documento dirigido a Lavalleja al finalizar el año 1825: 
"Comprometidos nosotros todos los del color bajo a tomar las 
armas para defender nuestra patria y derramar ambos la última 
gota de sangre para libertar a nuestro país del tirano portugués, 
con el myor silencio y secreto, se pone de dicho color bajo 400 a 
500 hombres, solamente para defender el pavellón de nuestra 
patria; y con el mayor silencio sorprendiendo las dos guardias 
principales; que son la del Muelle y del Portón, y en el mismo 
instante presentando V. E. las tropas que le parece sean bastantes 
para asaltar la plaza, con lo que creemos será suficiente para 
romper las cadenas de nuestra esclavitud, y así suplicamos a V. E. 
sea servido mandarnos un giador, por el cual quedremos ser di- 
rigidos a la gran empresa. V. E. podrá discurrir un modo por el 
cual puede mandarnos armas y municiones para librar la plaza 
de los tiranos. También tenemos los Libertos preparados y sólo 
esperan el más mínimo movimiento para declararse cuanto antes 
contra el tirano Emperador. A V. E. suplicamos tener la contes- 
tación lo más breve que se pueda. — Comprometidos para la em- 
presa: Pedro Barreiro, Juan Escobar, León Cuchos, Ciríaco Mar- 
tínez, Pedro Fernández, Pedro Cipriano, Felipe Figueroa, Rufino 
Gasarte, Gregorio Martínez, Luis Giménez, todos comprometidos 
bajo el juramento que han de derramar su última gota de sangre 
y hacer los mayores esfuerzos para libertar la patria y morir des- 
cuartizados. Guarde Dios a V. E. muchos años. — Montevideo, 
10 de Diciembre de 1825. — Pedro José Barreiro" (3). 

En cuanto a la empresa que doña Josefa Oribe de Contucci, 



(1) De la Torre, Memorias citadas. "En "La Pepa", cuyo capitán 
era Santiago Sciurano, alias Chentopé, se trajeron de Buenos Aires el dinero 
y los tres cajones de cartuchos a bala destinados a los conjurados del ba- 
tallón de pernambucanos y que les fueron entregados por doña Josefa Oribe 
de Contucci, alma de esa conspiración, a favor de la causa libertadora", 
Aureliano G. Berro, op. cit. 

(2) Muñoz Miranda, "Sarandí", Revista Histórica. 

(3) Colección Lamas, Documento núm. 300, Archivo y Museo Histór. 



— 128 — 

hermana de don Manuel Oribe, había tomado bajo su responsa- 
bilidad, ésta, al remitir a los patriotas el documento de compro- 
miso que los sargentos pernambucanos habían suscrito, invocaba 
la necesidad de recursos pecuniarios, los que, según se dijo, antes 
le fueron remitidos. El gesto de la iniciadora de esta arriesgada 
conspiración tiene por sí mismo demasiada elocuencia y relieve 
para agregarle un comentario. Baste señalar que "la perspectiva 
terrible de la Isla das Cobras no doblegaba su audacia. Y eso que 
Lecor, desconfiado o ya puesto en autos, extremaba las medidas 
preventivas, haciendo del "Peirajo", anclado en nuestro puerto, 
cárcel flotante para los sospechosos de patriotismo activo" (1). 

Es notorio que el plan tan sigilosamente fraguado fracasó. 
Pero debe destacarse una vez más, que el fracaso no fué produ- 
cido ni por falta de ambiente ni por escasez de decisión. Obró, 
sí, demasiado eficazmente, la sugestión patriótica; y los pernam- 
bucanos, como todos los habitantes de Montevideo, cuando el 7 
de Mayo de 1825 divisaron en la cumbre del Cerrito un movi- 
miento inusitado de hombres que no eran sus opresores, debieron 
violentar sus impulsos para que el alborozo de los espíritus no 
trascendiera. Pero los pobres pernambucanos, los humildes per- 
nambucanos, de organización sentimental más simple, no supie- 
ron ocultar ni pudieron reprimir sus primeros impulsos, y cuando 
los detenidos por sospechosos vieron nítida la amenaza que les 
esperaba, sus bocas se cerraron a toda delación, como antes sus 
corazones de soldados se habían abierto sin reservas ni retaceos 
a la insinuante sugestión de una mujer heroica. 

Pero sigamos a los emigrados. En los apremios de sus apres- 
tos, don Manuel Oribe se comunicaba con el patriota español, ve- 
cino de Montevideo, don José María Platero, y le pedía "unas 
200 tercerolas que desde el año 1823 tenía depositadas en la 
Aduana, que le fueron cedidas generosamente y despachadas por 
el vista don Gregorio Gómez, con conocimiento del objeto a que 
se destinaban. Este señor, amigo de don Manuel Oribe, merece 
una particular mención por aquel servicio" (2). 

Los patriotas están ya a punto de dar cima a los preliminares 
de la empresa. Basilio Araújo es despachado a Entre Ríos, "con 
el objeto de apalabrar al coronel don Andrés Latorre, para que 
invadiese por el Uruguay a la altura del Hervidero". Asimismo 
se encarga de análoga comisión en Montevideo a don Francisco 
Lecocq, cuyo cometido puede deducirse de los términos de una 
carta de Lavalleja a don Gabriel Antonio Pereira, de que aquél 
es portador y que dice así: "Pongo en su conocimiento que dentro 
de muy poco tiempo invadiremos a nuestra patria para conquistar 
el lauro de nuestra independencia contra la usurpación y dominio 



(1) Juana de Ibarbourou, "Los 33 orientales", "La Democracia". 

(2) De la Torre, Memorias citadas. 



— 129 — 

y sacudir su yugo ominoso. El conductor de ésta, que lo es dort 
Francisco Lecocq, va instruido de todo, y expresará a Vd. lo que 
por medio de una carta no se puede expresar ni es tampoco pru- 
dente, así es que dé crédito completo a todo lo que le informe. 
Ahora sí, es preciso que Vds. como patriotas nos secunden y ayu- 
den para ver a nuestra patria libre y feliz del poder ominoso de! 
extranjero usurpador del suelo natal, como nosotros estamos dis- 
puestos a sacrificar nuestras existencias por la patria" (1). Oribe, 
en una carta ya recordada, le expresa al mismo Pereira: "Sé que 
has sido informado por Lavalleja de nuestra próxima empresa 
de invasión; y que nuestro amigo Lecocq te habrá dado los de- 
talles de que era portador". Y termina así: "Estamos decididos 
a invadir lo más pronto y salir de una vez de esta situación in- 
cierta e insegura. Creo que saldremos airosos de nuestra em- 
presa, contando que los patriotas como tú secundarán nuestra 
obra de regenerar la patria, conquistar su libertad y lanzar al 
extranjero usurpador de nuestro hermoso territorio. Esta te la 
entregará el amigo Trápani" (2). 

Todo está dispuesto. Los aceros están prontos para entrar 
en acción. Las voluntades, resueltas a dar el último paso, trazan 
nítidamente el programa rectilíneo e inflexible de sus planes. To- 
das las dudas se aclaran; todos los desfallecimeintos se descartan; 
todos los renunciamientos se sofocan. Es la hora del supremo 
trance. 

4. Ayacucho. — "La victoria de Ayacucho, que puso fin a 
la dominación española en América, tuvo en el Plata profunda 
resonancia guerrera" (3). 

Se liquidaba con ella, definitivamente, cuando no se espe- 
raba, la situación de incertidumbre en que los pueblos habían 
vivido hasta entonces, ante el temor, que muchas circunstancias 
hacían fundado, de la reconquista española en el Río de la Plata. 

Fuera de las proyecciones que el hecho en sí mismo presen- 
taba, con él se excitaban y de él recibían nuevo y eficaz aliento, 
aspiraciones y tendencias que, al influjo de los sucesos, se habían 
ido elaborando progresivamente en los espíritus y pugnaban por 
concretarse en realidades ostensibles, cada vez que una nueva 
modalidad de los sucesos parecía romper las vallas que a sus 
propósitos y planes se oponían. Eran tendencias y aspiraciones 
que si bien carecían a veces de precisión en el objetivo y finalidad 
perseguidos, tenían de común ser el fruto de un estado de ánimo 
de rebelión, de resistencia, estado siempre latente, que se había 
arraigado y se había trasmitido en los nativos del Río de la Plata, 



(1) Carta del 20 de Marzo de 1825, Correspondencia confidencial y 
política del señor don Gabriel A. Pereira. 

(2) Carta del 24 de Marzo, Correspondencia de don Gabriel A. Pe- 
reira, ya citada. 

(3) Arreguine, "Historia del Uruguay". 



— 130 — 

estimulado por el peso de la dominación extranjera. 

Traducíase, pues, en una favorable disposición de ánimo 
frente a todo lo que significase un palmo menos en tierra con- 
quistada y oprimida, o un obstáculo salvado que fuera quebrando 
la cadena, que también ata, de las circunstancias adversas. 

Ayacucho era gloriosa, porque desvanecía el temor a la con- 
quista española; pero era también gloriosa, porque halagaba el 
instinto innato de rebelión, que, libre de una traba más, se dispo- 
nía a ejercitarse en nuevos y armónicos empeños. 

"A las ocho de la noche del 21 de Enero de 1825, llegó a 
Buenos Aires la noticia de la batalla de Ayacucho en el Perú. Una 
victoria tan decisiva, i casi puede decirse, inesperada, produjo 
una verdadera explosión de entusiasmo i alegría. El pueblo se 
agrupaba en los cafés i parajes públicos para oir a los diversos 
oradores, que con la exaltación del patriotismo daban detalles 
sobre la batalla. A las 10 de la noche hizo un saludo la fortaleza, 
que fué contestado por el "Aranzazú", bergantín de guerra na- 
cional, i por otro bergantín de guerra brasilero, anclados ambos 
en balizas interiores. Se iluminó como por encanto gran parte de 
la ciudad i el ruido de cohetes era incesante" (1). 

Dos hechos casi simultáneos con la noticia de la batalla de 
los generales, ''contribuyeron a que el júbilo del pueblo de Buenos 
Aires cobrara tan inusitada intensidad. Por una parte, la reciente 
instalación del Congreso Nacional Constituyente y Legislativo, y 
la aprobación de la ley de 23 de Enero de 1825, en virtud de la 
cual los diputados renovaban, "del modo más solemne" (2), el 
pacto con que las provincias habían estado ligadas antes, con lo 
que se anunciaba en forma auspiciosa el fin de la anarquía; y 
encomendaban provisoriamente al Gobierno de Buenos Aires el 
desempeño del poder ejecutivo nacional. 

No de menos trascendencia resultaba el hecho de que Ingla- 
terra, por intermedio de su Cónsul Woobdine Parish, entraba a 
negociar con el Gobierno de las Provincias Unidas, un tratado 
de amistad. 

Entre las manifestaciones patrióticas que los acontecimientos 
enunciados provocaron, merecen destacarse "los paseos cívicos". 
"Eran caravanas de jóvenes de todas las clases, desfiles que mar- 
chaban a discreción al compás de alegres músicas. Recorrían la 
ciudad vitoreando a la Patria y a los vencedores da Ayacucho, 
pasaban a congratular a los representantes de la nación, dete- 
niéndose a ratos frente a la casa de algunos viejos patriotas para 
escuchar los discursos de no pocos oradores improvisados" (3). 

El doctor Wilde, en su libro ya citado, agrega: "En la noche 



(1) José Antonio Wilde. "Buenos Aires desde 70 años atrás", 1881. 

(2) Ver actas del Congreso Nacional Constituyente y Legislativo, tomo 
núm. 14, pág. 46. 

(3) Gabriel Rene Moreno, "Ayacucho en Buenos Aires". 



— 131 — 

del 22 hubo una representación dramática en nuestro teatro Ar- 
gentino, antecediendo el himno nacional en medio de estrepitosos 
vivas a la patria, a Bolívar, a Sucre, etc. El Coronel Ramírez, pa- 
rado en un palco, leyó el boletín oficial, vivado con igual frenesí. 
La iluminación del teatro se había duplicado, los palcos osten- 
taban festones de seda blancos y celestes, i una banda de música 
militar tocaba en la calle, frente al teatro. Las fiestas duraron 
tres noches i el entusiasmo era inmenso." El interés de este relato 
y el haber sido su autor testigo de los hechos que refiere, nos lleva 
a prolongar esta transcripción: "El café de la Victoria estaba 
completamente lleno, lo mismo que toda la cuadra. Allí se suce- 
dían los brkidis patrióticos... Grandes grupos con música y 
banderas desplegadas, recorrían las calles cantando la "canción" 
i vivando en la casa de los patriotas. Varios banquetes se dieron 
en el afamado hotel de Faunch. Cubrían las paredes del comedor 
las banderas de todas las naciones, entre las que aparecían retra- 
tos de Bolívar, Sucre, etc. La banda tocó "Good save the King" 
al brindarse por el Rey de Inglaterra." Un banquete que según 
los papeles públicos de la época hizo mucho ruido, fué el que 
tuvo por marco solemne los viejos salones del Consulado, y por 
obligado complemento la apertura de la llamada "sala de eti- 
queta", historiado salón de los virreyes. A propósito, dice Gabriel 
Rene Moreno: "Gran concurso selecto". "Hubo arengas". "Seis 
horas cabales duró el banquete a que se ha hecho antes referencia. 
Este hecho lo dice todo sobre la expansión cordial que ahí reinaba. 
De esta última puede decirse que el Río de la Plata se abrió esa 
noche en dos brazos espumantes, uno de champaña y otro de 
palabras". 

Los acontecimientos que se celebraban no eran para menos. 
De un lado, Ayacucho, anulaba, como se ha dicho, la amenaza 
de la reconquista siempre temida; a su vez Inglaterra, nada menos 
que Inglaterra, pactaba con las Provincias Unidas. "Nuestro tra- 
tado, dijo en aquella ocasión el Cónsul Parish, es un suceso que 
os coloca en el rango de las naciones reconocidas del mundo, su- 
ceso debido enteramente a vuestros propios esfuerzos y a la li- 
bertad política aquí adoptada". 

"Las fiestas, agrega el viejo y pintoresco cronista del antiguo 
Buenos Aires, duraron los tres días de Carnaval; en la lista civil 
y militar que asistió al "Te-Deum" iban incluidos los cónsules 
extranjeros. Caminaban a la par Mr. Pousset, vicecónsul inglés, 
i Mr. Slacum, cónsul norteamericano." "Cincuenta años atrás, dice 
el escritor Mr. Love, refiriéndose en aquel tiempo a este suceso, 
¿quién hubiera soñado semejante acontecimiento? Un cónsul bri- 
tánico, unido en un cortejo a un cónsul de sus colonias, hoi inde- 
pendientes, para celebrar la independencia de otra parte del con- 



— 132 — 

tinente americano" (1). 

"La noticia de Ayacucho hizo pensar a los argentinos que 
habían desaparecido las causas que los condenaran a la inacción 
después de la retirada de Gómez (2), enardeció los ánimos y 
provocó vehementes manifestaciones en contra del Brasil. No 
había número de periódico que no se ocupara del asunto de un 
modo u otro; y como si no bastaran los quince órganos de publi- 
cidad que había, se fundaron otros especialmente destinados a la 
cuestión de la Banda Oriental" (3). 

En ese ambiente, agitado por el entusiasmo patriótico y do- 
minado por la nota optimista, los emigrados orientales, que vio- 
lentando sus más vehementes disposiciones, habían debido dar 
entonces, por imposición de las cosas, un nuevo compás de espera 
a sus aprestos militares y a su decisión de llevarlos a cabo, sin 
cesar por esto su activa obra de propaganda, sintieron, quizá con 
no igualada intensidad, que la hora había sonado para liquidar 
con hechos la obra en que desde tanto tiempo atrás estaban em- 
peñados. Comentando los resultados negativos que se siguieron 
a la revolución del año 23, declara el General Lavalleja que él 
"calculó que Ínterin no se decidiera la suerte de las armas de los 
patriotas en el País, nada se podría hacer, pues si ésta era adversa 
a la República Argentina, su primer dever sería atender a sí y no 
a los orientales, aun cuando se hubieran emprehendido. Mientras 
llegaba esta decisión, Lavalleja estableció en Buenos Aires un 
saladero con dos objetivos: primero, aguardar los resultados del 
Perú, y segundo, distraer a los portugueses, que estaban con el 
ojo sobre él, y al mismo tiempo emplear a sus compañeros en algo. 
Llegó la jornada de Ayacucho, y desde este momento con la ma- 
yor reserva empezó a aprontarse"; y en carta dirigida a Estanislao 
López "le pedía un auxilio en la Provincia de su mando, consis- 
tiendo éste en una chacra en el rincón para ponerse a laborar en 
el caso de ser desgraciado, y escapar con vida" (4). 

"La batalla de Ayacucho, ganada por los patriotas en Di- 
ciembre de 1824, que decidió de los destinos de la América es- 
pañola, inflamó el patriotismo de los emigrados, que reunidos en 
la casa de comercio que regenteaba don Luis Ceferino de la Torre, 
firmaron espontáneamente un compromiso, jurando sacrificar sus 
vidas en la libertad de su Patria, dominada por el Imperio del 
Brasil" (5). 

Contribuía no poco a la intensa expectativa de los emigrados, 



(1) Wilde, op. cit. 

(2) Alusión a la misión Gómez a Río de Janeiro en los años 1823-1824. 

(3) F. A. Berra, op. cit. 

(4) Papeles del General Juan Antonio Lavalleja, 1821-1824. Manus- 
crito original en el Archivo y Museo Histórico. 

(5) Memoria de los sucesos de 1825 por Luis de la Torre, Revista 
Histórica. 



— 133 — 

ante la victoria de Ayacucho, el hecho de haber puesto en prác- 
tica, en combinación con los opositores del Gobierno de Buenos 
Aires, medios de interesar al Libertador Bolívar en la causa de 
la Banda Oriental. Conviene señalar aquí, que en carta al Ministro 
de Marina de su Gobierno, un emisario francés, Mr. Rósame^ le 
manifestaba que en conversación con el Libertador, le había oído 
decir que "consideraba como una vergonzosa expoliación la acción 
del Portugal al apoderarse de la Banda Oriental del Plata" (1). 

En Montevideo, la noticia de Ayacucho no podía dar lugar a 
las explosiones delirantes que tuvieron por teatro Buenos Aires, 
porque en aquella ciudad, sometida a la dominación de Lecor, 
toda demostración de -contento hubiera sido severamente repri- 
mida, y los ánimos estaban agobiados por el peso de la conquista 
extranjera. 

Faltaban, pues, los factores que obraban activamente en la 
otra orilla, pero más de uno de los vecinos de Montevideo debió 
mirar la fausta nueva como una deseada y edificante sugestión. 

No obstante los motivos que obraban en contrario, hay cons- 
tancia de haberse celebrado el acontecimiento con relativa publi- 
cidad, en , actos que sin duda fueron aislados, pero que son muy 
significativos para configurar el semblante de aquel vecindario, 
ante la victoria de Ayacucho. He aquí, a propósito, una curiosa 
prueba documental: "Excmo, señor: En consequencia a rumores 
que se esparcieron en esta Capital de resultas de las penúltimas 
noticias venidas de Buenos Ayres relativas a que en aquella Ciu- 
dad se tenía por cierto haver sido batidas en Huamanguilla el 
nueve de Diciembre por las tropas patriotas al mando del General 
Bolívar las tropas realistas mandadas por el Virrey Laserna, se 
me ciió aviso de que en un tambo a extramuros de esta Plaza, 
había tenido lugar una merienda concurridísima de gentes exal- 
tadas, con el fin de celebrar la para ellos fausta noticia, a que se 
siguieron brindis chocantes con los principios de paz, orden y 
buena armonía, tan encargados por S. M. el Emperador, y que la 
suma prudencia que en V. E. resplandece ha procurado en bene- 
ficio público con todo esmero sostener. Los deberes de mi empleo 
me obligaron a dar cuenta de este incidente a V. E. después de 
haber llamado y reprehendido a un joven entenado de don Fran- 
cisco Farías, quien jamás quiso denunciar sus cómplices, alegando 



(1) Vill,anueva, "El Imperio de los Andes". Referente a la disposición 
de Bolívar a intervenir en los sucesos del Río de la Plata, en "El Piloto" del 
29 de Setiembre de 1825 se hace referencia a carta de persona allegada al 
Libertador en que se expresa: "El General Bolívar espera diariamente los 
diputados de Buenos Aires. En el acto piensa marchar con su ejército a 
libertar la Provincia Oriental: ha dado nuevas órdenes para reclutar 20.000 
hombres, armarlos y uniformarlos, y todo queda aprontándose." (Colección 
particular citada.) 



— 134 — 

que todo ello no había sido otra cosa que un recreo de pura 
diversión. 

Pero V. E. se sirvió ordenarme se procediese a una informa- 
ción sumaria de este hecho, y habiendo sido propuesta al Excmo. 
Cabildo, dixeron algunos vocales sería lo mejor dar al olvido dicho 
suceso, y otros fueron de opinión que yo como encargado por la 
Corporación expusiese verbalmente a V. E. que para proceder a 
la mencionada información sumaria, sería bien se sirviese V. E. 
expedir la orden por escrito, pues siendo este negocio uno de 
aquellos de alto Gobierno, era de la inmediata atribución de V. E., 
o quando menos precisaba el que V. E= mismo se sirviese delegar 
en parte para ello sus superiores facultades. Es quanto tengo que 
exponer en el particular, y V. E. se servirá en el caso como lo 
considere más justo y arreglado. Dios guarde a V. E. muchos 
años. — Montevideo, 4 de Febrero de 1825. — Illmo. y Excmo. 
Señor. — Firmado: Santiago Sainz de la Maza. — limo, y Excmo. 
Señor Capitán General, Barón de la Laguna." — Al margen: "El 
siete ofició SS. mandando suspender la sumaria, pero que se in- 
dagase los sujetos concurrentes a tales actos y prepárese relación 
de ello para Gobierno. — Castillo" (1). 



(1) Archivo de la Escribanía de Gobierno y Hacienda. Catalogado: 
"Celebridad Bolívar, 28-1895". 



CAPÍTULO VIII 

LA CRUZADA 

1. La gran jornada. 

¿. Los Treinta y Tres. 

ó. Lugar del desembarco. 

4. Primeras consecuencias. 

1. Todo hombre nacido en esta tierra, que con el pensa- 
miento o con el corazón se acerque al acontecimiento legendario 
de la Cruzada, ha de sentir en su espíritu y hasta en su cuerpo, 
la conmoción que sigue a toda extraordinaria revelación. Si a la 
visión simple y escueta del hecho inaudito se agrega la de su real 
significado, la conmoción alcanzará a remover, por misteriosas e 
instintivas repercusiones, todas las raíces de su ser. 

A la Naturaleza parece reservado el poder de provocar en 
nosotros estas hondas y perdurables sensaciones; pero los hom- 
bres, mejor aún, algunos hombres, suelen poner de tal manera 
en los hechos y en las cosas el sello de su influjo, que llegamos 
a sentir su obra con la misma intensidad que nos sobrecoge y nos 
desconcierta frente a las representaciones más acabadas de la 
Naturaleza. Reproduciendo a nuestros ojos, con no sospechada 
fidelidad, la obra del gran artífice, aparecen los hombres diri- 
giendo a los hechos. Y entonces nosotros los vemos agrandados, 
enormes, imponentes, sublimes, porque los vemos en los hechos, 
en las cosas, en el ambiente, abarcándolo y llenándolo todo. 

Los hombres de 1825 son así. Empeñosos, han cultivado día 
a día el espíritu de sus hermanos de infortunio y han visto multi- 
plicarse el número de sus prosélitos; recios y sufridos, han pre-r 
dicado la buena nueva de la libertad, y la santidad de su causa 
ha encontrado junto con el aliento del desinterés, la pasividad 
del egoísmo; tocados por el destino para ser los ejecutores de un 
plan providencial, desproporcionado a sus medios, a él entregan 
vidas y haciendas, sin tasa ni medida; y cuando llega el momento 
de sofocar su vocación guerrera para dar comienzo a la obra du- 
radera de la paz, del orden, del límite a la arbitrariedad, estos 
hombres extraordinarios bajan sus espadas en señal de acata- 
miento al gobierno incipiente. 

Símbolo son de las ideas democráticas que vienen a implan- 
tar. Son hijos del pueblo, con arraigo en el pueblo, y su única 
esperanza y su única fe, es también el pueblo. Jamás usarán de 
la fuerza sino como un medio imprescindible para aniquilar a una 
fuerza contraria y opresora. Fieles intérpretes del hermoso pos- 



— 137 — 

tulado que encarnan, será su finalidad esencial edificar sobre 
las ruinas. 

Si desde el punto de vista patriótico son grandes estos raros 
ejemplares de valor y desinterés, también son grandes desde un 
punto de vista puramente humano. Grandes, porque vienen a li- 
bertar a sus hermanos de la fuerza que los oprime y de la rapa- 
cidad que los aniquila; grandes, porque repudian los halagos y 
los premios ganados al bajo precio de la sumisión y del renun- 
ciamiento; grandes, porque se mueven y reaccionan al influjo de 
ideales desinteresados. La Patria es la obsesión de todas sus 
horas. Cuando pisan el arenal y se hace el silencio solemne, y 
en él se destacan y ruedan las palabras del gallardo paladín, algo 
más que la proximidad de los cuerpos acerca y ata a los 33 hom- 
bres allí congregados: es el pasado que revive en aquella escena; 
es la lucha incruenta, cruel y siempre renovada para alcanzar la 
ansiada libertad; es el pasado que vuelve, inexorable, a consumar 
el designio providencial; y los recuerdos se agolpan a la memoria, 
y los corazones laten con violencia inusitada, y el milagro empieza 
a consumarse. 

Cuando Artigas, al decidir su retirada al Paraguay, después 
de sus últimas derrotas, mandó a Lavalleja, que se hallaba pri- 
sionero en la Isla das Cobras, aquel simbólico auxilio de 4.000 
pesos, debió tener una anticipada visión de este inconfundible 
pronunciamiento. 



Volvamos a tomar el hilo de' los hechos. 

Dice don Luis Ceferino de la Torre, que dispuestas las cosas 
y prontos para arrojarse a la empresa, partieron nuevamente de 
Buenos Aires, Manuel Lavalleja, Sierra y Freiré con una docena 
de compañeros, conduciendo el armamento a depositarlo en la 
Isla Brazo Largo, punto de reunión acordado, que estando cerca 
de la costa y de la estancia de Tomás Gómez, debían convinar 
con éste el día que los arrimase caballos a los expedicionarios" 
(I). Spikerman, en su diario, declara que el 1.° de Abril se em- 
barcaron a las 12 de la noche, en la costa de San Isidro, en un 
lanchón, los nueve primeros individuos de la expedición, desem- 
barcando y acampando en una isla formada por un ramal del 
Paraná, llamada Brazo Largo. Los nueve individuos eran: don 
Manuel Oribe, don Manuel Freiré, don Manuel Lavalleja, don 
Atanasio Sierra, don Juan Spikerman, don Carmelo Colman, Sar- 
gento Areguatí, don José Leguizamón (a) Palomo y baqueano 
Manuel Cheveste (2). 



(1) Memorias citadas. En el mismo sentido, Domingo Ordoñan-a. 
"Conferencias Sociales y Económicas". 

(2) Juan Spikerman, "La primera quincena de los Treinta y Tres". 



— 1 38 — 

De-María incluye también en este primer contingente a Dio- 
nisio Oribe, criado de don Manuel Oribe (1). 

" Este primer grupo era portador de cantidad de armas, per- 
trechos y equipos recolectados en Buenos Aires (2). Dice Spi- 
kerman que el primer grupo de cruzados permaneció quince días 
a la espera de los compañeros que debían venir con Lavalleja; y 
De-María asegura que durante la estada de aquéllos en la isla, 
"pasaron de oculto a la costa oriental, Oribe, Lavalleja (Manuel) 
y el baqueano Cheveste, con el objeto de hablar con Gómez (don 
Tomás) y convenir el día y punto en que debía esperar con ca- 
ballada a los expedicionarios". Vueltos a la Isla de Brazo Largo, 
aguardaron el arribo de la segunda expedición unos diez días 
más, al cabo de los cuales "don Manuel Lavalleja y don Manuel 
Oribe, genios impacientes y movedizos, determinaron irse con 
Cheveste a inquerir la causa de aquel silencio y buscar qué comer, 
que por lo pronto era la primera necesidad que había que satis- 
facer. Al llegar a tierra la noche era obscura, y casi a tientas die- 
ron con una carbonería, cuyo dueño los llevó a la inmediata es- 
tancia de los Ruiz, quienes les explicaron que don Tomás Gómez 
había sido descubierto, teniendo que escaparse para Buenos Aires, 
y que las caballadas de la costa habían sido recogidas e interna- 
das. Cuando Ruiz concluyó su narración, Oribe le contestó re- 
sueltamente: Pues, amigo, nosotros vamos a desembarcar, aunque 
sea para marchar a pie; mientras tanto, vean de darnos un poco 
de carne, porque nos morimos de hambre en la isla. Vista por los 
hermanos Ruiz la decisión de los expedicionarios, convinieron en 
favorecer resueltamente sus intentos, en hacer las señales de apro- 
ximación, en aprontar los caballos, en hablar con algunos amigos 
y en evitar cualquier choque extemporáneo con aquel terrible 
Tornero que guardaba la costa" (3). 

Volviendo a los demás expedicionarios y respev:to de ias 
incidencias de su travesía, es interesante la versión de Luis Sa- 
carello, que vino como marinero en los lanchones de la segunda 
expedición. "Hallábase Sacarello el año 25 en Barracas, entre- 
gado a sus faenas de carpintero de ribera, cuando en la tarde del 
15 de Abril fué tomado por un carpintero Manuel, de la partida, 
y sin permitirle hablar, embarcólo en un lanchón". "Poco antes 
de ponerse el Sol partió el lanchón en dirección al Paraná de las 
Palmas, pero atracando a la costa de San Isidro recibió en esa 
noche a su bordo al General Lavalleja, siete oficiales y varios 
otros individuos". Y agrega el relato: "En el resto de la noche- 
remontamos el Canal del Chana, hasta la boca del Miní, en donde 



(1)~ De-María, op. cit. 

(2) De-María, op. cit. 

(3) Domingo Ordoñana, op. cit. Tornero era un jefe brasilero que 
vigilaba la costa del Uruguay. 



— 139 — 

nos acercamos a una isla y continuamos la noche siguiente, del 17, 
hasta la boca de Guazú, y nos escondimos en la isla que está 
frente a Punta Gorda; a la noche siguiente, del 18, se nos dio la 
voz de silencio y palada seca, por el temor que había a la vigi- 
lancia de los cruceros brasileros, y en cuanto llegamos a la Punta 
Gorda bajaron a tierra dos hombres, que volvieron pronto. Em- 
pezamos, a costear río arriba hasta Punta Chaparro, en donde 
bajaron los dos hombres; seguimos a Casa Blanca (estancia), y 
allí también bajaron; continuamos hasta la Punta del Arenal 
Grande, y allí bajaron y hablaron los dos hombres con un aus- 
tríaco que .tenía inmediato a la costa un rancho, quien dio la no- 
ticia de que la gente que buscábamos se hallaba en el Rincón, 
entre el monte, y entonces fuimos hasta la Punta de Amarillo, que 
es la de San Salvador, en donde desembarcaron todos a las tres 
de la mañana del 19. Parece que allí encontraron gente reunida y 
entonces se internaron y nosotros nos volvimos para Buenos Ai- 
res" (1). La versión transcripta no armoniza con lo declarado 
por Spikerman, en cuanto éste atribuye la demora de Lavalleja a 
un temporal que habría obligado a los expedicionarios a dete- 
nerse para no perecer; y al mismo tiempo pone en evidencia la 
inquietud que dominaba a los Cruzados, que en todas partes ha- 
cían alto y a la que no sería ajeno el temor por la suerte de sus 
compañeros. Con Lavalleja venían don Pablo Zufriategui y 20 
individuos más. 

Reunidos todos los expedicionarios, "nos embarcamos en dos 
lanchones y navegamos toda la noche hasta ponernos a la vista 
de la costa oriental, a fin de hacer la travesía del Uruguay en la 
noche del 19. El río estaba cruzado por lanchas de guerra impe- 
riales, y por consiguiente emprendimos marcha en esa noche. A 
las siete, habiendo navegado como dos horas, nos encontramos 
entre dos buques enemigos, uno a babor y otro a estribor; veíamos 
sus faroles a muy poca distancia; el viento era Sur, muy lento, y 
tuvimos que hacer uso de los remos" (2). 

_ La noche anterior, "una fogata encendida en una quebrada 
indicaba el punto a que debían dirigirse en la ribera; pero, como 
la noche fuese muy oscura y el viento contrariase la dirección de 
las velas, Ruiz cambió el punto en que debían aproximarse, que 
era en el Sauce, por otro de más favorable corriente, encendiendo 
otra fogata fugitiva en la embocadura de un arroyo llamado Gu- 
tiérrez, de la jurisdicción de la Agraciada". En el sitio elegido 
para el desembarco, "los hermanos Ruiz y algunos orientales 
más esperaban allí con setenta caballos escondidos en unas bre- 
ñas inmediatas" (3). Contradicen esta afirmación, el relato de 

(1) La revolución de les Treinta y Tres. Benigno T. Martínez, Re- 
vista de la Sociedad Universitaria. 

(2) Spikerman, op. cit. 

(3) Domingo Ordoñan-a, op. cit. 



— 140 — 

Spikerman, las memorias del General Lavalleja y la opinión de 
la mayoría de los historiadores, según se verá en seguida. 

Rezan las crónicas de la epopeya, que cuando los cruzados 
pisaron el suelo de la patria, no pudieron reprimir un impulso 
que los llevó a besarlo. La escena, de por sí solemne, debió co- 
brar entonces toda su intensidad. No constituía este hermoso 
gesto de honda emoción, una nota discordante ni extraña a la 
modalidad de aquellos hombres de sencillo corazón. Si bien se 
mira, su obra entera era más que nada una obra de sentimiento. 
El cálculo o las ventajas jamás dan resultados tan sorprendentes. 
Las convicciones doctrinarias, por sí solas, podrán hacer legislas, 
pero nunca héroes. Estas grandes e inauditas empresas han de 
partir del corazón. Y el corazón había sido el único regulador 
en la vida abnegada y altruista de estos héroes auténticos. Hacían 
bien en besar el suelo de la patria; tenían derecho a hacerlo. 

Ya están los emigrados en la orilla deseada. Son treinta y 
tres hombres, los mismos que desde 1822 recorrieron en incan- 
sable peregrinaje el territorio de las Provincias Unidas, y levan- 
taron en Montevideo la bandera de la rebelión. De sus malhadadas 
andanzas no traen más que el cansancio del camino y un poco 
menos de fe en la solidaridad humana. Están solos, como entonces 
estaban. Abandonados a sí mismos por todos aquellos a quienes 
llamaron en su ayuda, parece que buscaran lo imposible. Nadie 
tiene fe en ellos, y ellos la siguen teniendo en sus principios. Pa- 
recen iniciados en una religión que nadie entiende ni quiere en- 
tender. Ellos, empero, avanzan sin vacilaciones, como si mar- 
charan sobre un surco abierto de antemano o sobre los rastros 
de una huella. 

Refiere un cronista de los hechos, que tomada tierra por los 
expedicionarios y escondidas las chalanas en el arroyo de Gu- 
tiérrez, volvióse Lavalleja a sus compañeros y con voz conmovida 
les dijo: "Amigos, estamos en nuestra patria; Dios ayudará nues- 
tros esfuerzos, y si hemos de morir, moriremos como buenos 
orientales en nuestra propia tierra". Agrega el mismo cronista 
que inmediatamente se ensillaron los caballos (1), se hicieron 
los cargueros, y la expedición se internó en el bosque, buscando 



(1) Centra lo que Ordoñana declara en párrafo antes transcripto, el 
20 de Abril encontró a los errzados "a pie en la espesura del monte tala- 
que los encubría, con la esperanza de poder montar a caballo. A su amparo 
hicieron la descubierta, y no habiendo novedad divisaron un rancho -al cuai 
se dirigió den Manuel Lavalleja con el baqueano Cheveste, con los frenos 
en la mano en busca de caballos. En esa choza de un 'austríaco, encontraron 
un caballo atado. Lo toman, montan en él enancados Lavalleja y el ba- 
queano. Por fin, a eso de las siete de la mañana divisaron a cierta distancia 
+res jinetes conduciendo una tropilla de caballos. Eran los hermanos Manuel 
y Laureano Ruiz, que con el peón Mariano Bujan venían con caballada"'. 
De-María, op. cit. 



— 141- — ■ 

Un punto más secreto y franco para despachar bomberos y chas- 
ques y ordenar el plan de campaña" (1). 

Veamos ahora cómo relataba la heroica hazaña "La Gaceta 
Mercantil", de Buenos Aires, en su número del 30 de Abril: "Banda 
Oriental. — En este momento acabamos de recibir la plausible 
noticia del desembarco de los Bravos Orientales en su país, y del 
buen éxito de su primer encuentro con las fuerzas del Brasil (Ar- 
gentino extraordinario de ayer). Don Juan Antonio Lavalleja, don 
Manuel Oribe y otros varios oficiales y vecinos de la Banda Orien- 
tal que salieron de Buenos Aires decididos a libertar su provincia 
del yugo ominoso y degradante del Brasil, supieron el jueves 2 1 
(es noticia traída por uno de los individuos que salieron en tan 
heroica empresa) que algunos de los individuos de quienes espe- 
raban caballos y otros recursos en el momento de su desembarco 
habíanse visto precisados a fugar. . ." (2). Por su parte, "El Ar- 
gos", del 14 de Mayo, decía: "Los sucesos que hoy tienen lugar 
en la Banda Oriental del Río de la Plata merecen llamar la aten- 
ción de los críticos públicos, por la importancia y trascendencia 
que ellos traen consigo. Es bien sabido ya que unos beneméritos 
patriotas decididos a sacrificar su quietud, su bienestar y hasta 
su vida o redimir a su patria de la opresión y servidumbre en que 
está hace algunos años, concibieron el atrevido proyecto de pre- 
sentarse ante sus compatriotas y de moverlos en masa para que 
los auxiliasen en la ejecución de su plan. Aquél se ha ejecutado 
dé un modo que excede las esperanzas qu£ se habían formado al 
convinarlo, y que promete resultados los más prósperos a la con- 
clusión de la guerra de la independencia por todas partes, y al 
establecimiento de una completa libertad en todos los puntos del 
continente americano". Y agregaba haberse "sentido en todos 
los puntos de la Banda Oriental un sentimiento uniforme y deci- 
dido por sacudir su esclavitud y romper violentamente los vínculos 
que la ligaban a un gobierno extranjero" (3). 

El programa de los patriotas es claro y terminante como la 
firme resolución que los mueve. Son estos sus términos: "Llegó 
en fin el momento de redimir nuestra amada patria de la ignomi- 
niosa esclavitud con que ha gemido por tantos años y elevarla 
con nuestro esfuerzo al puesto eminente que le reserva el destino 
sobre los pueblos libres del nuevo mundo. El grito heroico de 
libertad retumba ya por nuestros dilatados campos con el estré- 
pito belicoso de la guerra. El negro pabellón de la venganza se 
ha desplegado, y el exterminio de los tiranos es indudable. ¡Ar- 
gentinos, Orientales! Aquellos compatriotas nuestros, en cuyos 
pechos arde inexausto el fuego sagrado del amor patrio, y de que 



(1) Ordoñana, op. cit. 

(2) • "La Gaceta Mercantil", núm. 457, Biblioteca Nacional, Bs. Aires. 

(3) "El Argos", núm. 150, Biblioteca Nacional, Buenos Aires. 



— 142 — 

más de uno ha dado relevantes pruebas de su entusiasmo y su 
valor, no han podido mirar con indiferencia el triste cuadro que 
ofrece nuestro desdichado país, bajo el yugo ominoso del déspota 
del Brasil. Unidos por su patriotismo, guiados. por su magnani- 
midad, han emprendido el noble designio de libertadores. Deci- 
didos a arrostrar con frente serena toda clase de peligros se han 
lanzado al campo de Marte con la firme resolución de sacrificarse 
en aras de la Patria o reconquistar su libertad, sus derechos, su 
tranquilidad y su gloria. 

Vosotros, que os habéis distinguido siempre por vuestra de- 
cisión y energía, por vuestro entusiasmo y bravura, ¿consentiréis 
aún en oprobio vuestro el infame yugo de un cobarde usurpador? 
¿Seréis insensibles al eco dolorido de la Patria, que implora 
vuestro auxilio? ¿Miraréis con indiferencia el rol degradante que 
ocupamos entre los pueblos? ¿No os conmoverá vuestra misma 
infeliz situación, vuestro abatimiento, vuestra deshonra? No, com- 
patriotas; los libres os hacen la justicia de creer que vuestro pa- 
triotismo y valor no se han extinguido, y que vuestra indignación 
se inflama al ver la Provincia Oriental como un conjunto de seres 
esclavos sin gobierno, sin nada propio más que sus deshonras y 
sus desgracias. Cesen ya, pues, nuestros sufrimientos. Empuñe- 
mos la espada, corramos al combate y mostremos al mundo entero 
que merecemos ser libres. Venguemos nuestra patria; venguemos 
nuestro honor, y purifiquemos nuestro suelo con sangre de trai- 
dores y tiranos. Tiemble el déspota del Brasil de nuestra justa 
venganza. Su cetro tiránico será convertido en polvo, y nuestra 
cara Patria verá brillar en sus sienes el laurel augusto de una 
gloria inmortal. Argentinos Orientales: Las Provincias hermanas 
sólo esperan vuestro pronunciamiento para protejeros en la he- 
roica empresa de reconquistar vuestros derechos. La gran nación 
argentina, de que sois parte, tiene gran interés de que seáis libres, 
y el Congreso que rige sus destinos no trepidará en asegurar los 
vuestros. Decidios, pues, y que el árbol de la libertad, fecundi- 
zado con sangre, vuelva a aclimatarse para siempre en la Provin- 
cia Oriental. Compatriotas: Vuestros libertadores confían en 
vuestra cooperación a la honrosa empresa que han principiado. 
Colocado por voto unánime a la cabeza de estos héroes, yo tengo 
el honor de protestaros en su nombre y en el mío propio, que 
nuestras aspiraciones sólo llevan por objeto la felicidad de nues- 
tro país, adquirirle su libertad. Constituir la provincia bajo el 
régimen representativo republicano, en uniformidad a las demás 
de la antigua unión. Estrechar con ellas los dulces vínculos que 
antes la ligaban. Preservarla de la horrible plaga de la anarquía 
y fundar el imperio de la ley. He aquí nuestros votos: Retirados 
a nuestros hogares después de terminar la guerra, nuestra más 
digna recompensa será la gratitud de nuestros conciudadanos. 
Argentinos - Orientales: El mundo ha fijado sobre vosotros su 



143 



atención. La guerra va a sellar nuestros destinos. Combatid, pues, 
y reconquistad el hecho más precioso del hombre digno de serlo. — 
Campo volante, Abril de 1825. — Juan A. Lavalleja." 

2. En su obra "Los Treinta y Tres", el doctor Luis Melián 
Lafinur, después de una seria y laboriosa investigación de docu- 
mentos, referencias y antecedentes, llega a la conclusión de que 
la única lista auténtica de los cruzados, es la comprendida en el 
Catálogo de la Correspondencia Militar del año 1825, publicada 
oficialmente por la Inspección General de Armas. 

He aquí esa lista: 

Coronel Comandante en Jefe Don Juan Antonio Lavalleja 



Mayor 



Capitán 



Teniente 



Alférez . 
Cadete . 
Sargento 
Cabo 1.° 
Baqueano 
Soldado 



Manuel Oribe 
Pablo Zufriategui 
Simón del Pino 
Manuel Lavalleja 
Manuel Freiré 
Jacinto Trápani 
Gregorio Sanabria 
Manuel Meléndez 
Atanasio Sierra 
Santiago Gadea 
Pantaleón Artigas 
Andrés Spikerman 
Juan Spikerman 
Celedonio Rojas 
Andrés Cheveste 
Juan Ortiz 
Ramón Ortiz 
Avelino Miranda 
Carmelo Coimán 
Santiago Nievas 
Miguel Martínez 
Juan Rosas 
Tiburcio Gómez 
Ignacio Núñez 
Juan Acosta 
José Leguizamón 
Francisco Romero 
Norberto Ortiz 
Luciano Romero 
Juan Arteaga 
Dionisio Oribe 
Joaquín Artigas 



El Capitán don Basilio Araújo no vino incorporado a los 
Treinta y Tres, pero sí en la misma condición hizo el viaje por 
tierra, pasó el Uruguay, cumplió su comisión y se unió en la costa 
a los Treinta y Tres". 



— Í44 — ^ 



Cuando el doctor Melián Lafinur publicó la obra que se ha 
citado, basaba sus conclusiones en la primera revista de Comi- 
sario fechada el 30 de Abril de 1825 (1), en la lista publicada por 
Washington P. Bermúdez en el periódico "Baturrillo Uruguayo" 
con las firmas de don Juan Antonio Lavalleja y don Pablo Zufria- 
tegui; y," por último, en la lista contenida en un libro editado en 
París el año 1826, con un apéndice referente a la usurpación de 
Montevideo por los gobiernos portugués y brasilero (2). La au- 
toridad indiscutible del investigador y la procedencia de los do- 
cumentos tomados como fuente, nos eximirán de entrar en nuevas 
consideraciones acerca de la lista de los Treinta y Tres. Pero he 
aquí que el mismo doctor Melián Lafinur, con posterioridad a la 
publicación de su folleto sobre "Los Treinta y Tres", halló para 
confirmarlo más en su primer aserto, un nuevo antecedente de 
inapreciable significado, que con una pequeña variante reproduce 
en lo demás, exactamente, la nómina del Catálogo de la Corres- 
pondencia Militar. Ese nuevo antecedente documental lo consti- 
tuye la lista de los 33 publicada en "El Piloto" del 7 de Enero 
de 1826, que textualmente dice así; 

" Para la historia. — Relación exacta de los 33 héroes orien- 
tales que llevaron la libertad a su patria: 

Sr. Don Juan Antonio Lavalleja. Sold. Manuel Ortiz. 



Manuel Oribe. 

Pablo Zufriategui. 

Simón del Pino. 

Manuel Lavalleja. 

Manuel Meléndez. 

Manuel Freiré. 

Anatasio Sierra. 

Jacinto Trápani. 

Gregorio Sanabria. 

Santiago Gadea. 

Pantaleón Artigas. 

Juan Piquiman. 

Andrés Piquiman. 
Sargento Celedonio Rojas. 
Baqueano Andrés Cheveste. 



Ramón Ortiz. 
Avelino Miranda. 
Carmelo Coimán. 
Santiago Nievas. 
Miguel Martínez. 
Juan Rosas. 
Tiburcio Gómez. 
Matías (ya no existe). 
Juan Acosta. 
José Leguizamón. 
Francisco Romero. 
Luciano Romero. 
Norberto Ortiz. 
Juan Arteaga. 
Dionisio Oribe. 
Joaquín Artigas " (3). 



La investigación parece haber constatado que los cruzados 
no eran treinta y tres, y ha llegado a comprobar que no todos 
eran orientales. 

En cuanto al error de cantidad, con que se impugna la de- 
nominación más corriente de los cruzados — los 33 — , creemos 



(1) Ver "Anales del Ateneo de! Uruguay". 

(2) Noticias históricas, políticas y estadísticas de las Provincias Uni- 
das del Río de la Plata, Lonches, 1825. 

(3) "El Piloto", Colección del doctor Luis Melián Lafinur. 



— 145 — 

que no justificaría una variación de lo que constituye un bautismo 
popular, mantenido y trasmitido de generación en generación du- 
rante un siglo. Todos los razonamientos en pro de la precisión y 
de la exactitud, resultarían en este caso pequeños. Las caracte- 
rísticas esenciales de la cruzada y el origen de sus elementos di- 
rigentes, hacen de aquélla una obra eminentemente oriental, no 
obstante la nacionalidad de algunos de sus componentes. 

Lavalleja, Oribe-, Zufriategui, del Pino, Manuel Lavalleja, 
Freiré, Trápani y la mayor parte de los cruzados, eran orientales; 
y eran orientales no sólo por haber nacido en la Banda Oriental. 
Eran orientales, sobre todo, por lo que desde 1811 habían hecho. 
Eran orientales, en último término, porque cuando desembarcaron 
en la Agraciada, la Patria estaba con ellos y sólo con ellos. 

3. Nuevas disidencias acusa la crónica en la determinación 
del lugar preciso en que los Treinta y Tres desembarcaron. Mien- 
tras unos afirman que fué en la Agraciada (1), otros atribuyen al 
Arenal Grande (2) la gloria de tan elevado destino. El doctor 
Berra, en su "Bosquejo Histórico" y en sus notas a un trabajo 
alusivo, publicado en 1884 en la Revista de la Sociedad Univer- 
sitaria, empieza por declarar que a su juicio "no hay verdadera 
disidencia entre las dos versiones". "Examinada la región del 
Uruguay en que el hecho se realizó, se ve que desemboca el Ca- 
talán, formado por la confluencia del Arenal Grande y del Arenal 
Lhico. Dos o tres leguas al Sud desagua el Agraciada, arroyo de 
mucha menos agua y extensión que el otro. Y más al Sud, algunas 
cuadras más al Norte que la punta de Chaparro, sale una cañada 
que se llamó a principios de este siglo de Guardiazabal; años 
después, hacia 1825, de los Ruices, y después, hasta hoy, de Gu- 
tiérrez". Después de afirmar que los Treinta y Tres desembarca- 
ron en el arroyo de los Ruices, concluye en que "si dicen algunos 
que el desembarco se efectuó en la Agraciada, es porque aluden 
al distrito a que el arroyo así llamado da su nombre", y si otros 
convienen en que aquél tuvo lugar en el Arenal Grande, "es porque 
tal era en 1825 el nombre con que se designaba la extensión de 
tierra en que están comprendidos el arroyo de los Ruices (Gutié- 
rrez) y el Agraciada". En síntesis, la opinión del doctor Berra 
— acorde en lo esencial con la de Ordoñana y con una base tan 
respetable como el testimonio de don Ignacio Núñez — es que los 
Treinta y Tres desembarcaron "en el Arroyo de los Ruices, en el 
Arenal Grande" (3). 

4. Primeras consecuencias. — - internada la expedición en 
el territorio del país, ve multiplicarse a su paso el contingente de 
sus adeptos. En el trayecto hasta la barra de San Salvador "treinta 



(1) Demingo Ordoñana, op. cit. De-María, op, cit. 

(2) De la Torre, memoria citada. — Spikerman, op. cit. — Oribe, ci- 
tado por Berra. 

(3) Ignacio Núñez, "Efemérides", citado por Berra, op. cit. 



— 146 — 

o cuarenta hombres montaraces", buscan un lugar en las filas; y 
aquellos otros hombres, montaraces también, a su manera, los 
reciben con los brazos abiertos. No era raro que en un pueblo 
oprimido, todos los hombres montaraces se sintieran hermanos. 

Próximos ya al pueblo de San Salvador, que por informes 
recogidos se hallaba ocupado por una fuerza enemiga como de 
cien hombres, al mando de Laguna, la noche favorece sus planes 
y consiguen acercarse más, sin ser sentidos, pues los oficiales de 
la guarnición están de baile (1). Advertido Laguna de la presen- 
cia de los patriotas, dispone que un oficial Balbuena vaya a reco- 
nocerlos. Al encuentro del emisario se adelanta don Manuel La- 
valleja, quien preguntado por Balbuena sobre qué gente era aque- 
lla, contesta Lavalleja: "Es la vanguardia del ejército libertador" 
(2). Instado para que se plegase al movimiento, Julián Laguna 
abandona el campo patriota después de conferenciar con Lava- 
lleja, quien entonces le advierte "que lo iba a cargar inmediata- 
mente" (3). Es el primer choque de las armas patriotas. La brega 
es corta y pronto sobreviene la dispersión de los imperiales. No 
exageraba don Manuel Oribe, cuando afirmaba en carta a don 
Luis C. de la Torre: ".. . , el 23 batimos en San Salvador a Ser- 
vando Gómez y al Coronel Laguna, donde los dispersamos sin 
tirar un tiro y sí sólo a sable" (4). Al día siguiente entran los 
expedicionarios en Santo Domingo de Soriano y el pueblo los 
recibe sin ninguna muestra de reserva. "En esta muy noble, ba- 
lerosa y leal villa de Santo Domingo Soriano, puerto de la salud 
del Río Negro, en 24 días del mes de Abril de 1825. Los señores 
Justicia y Regimiento juntos y congregados en esta casa de nues- 
tro Alcalde de primer voto, don José Vicente Gallegos, a pedimento 
del Comandante de las fuerzas armadas de la Patria, don Juan 
Antonio Lavalleja, que dentro este día en esta Villa, quien juntos 
nos pasó tres oficios: el 1.° para que en el momento se mandaran 
aprestar las milicias del Departamento, que se hallaban bajo el 
mando de la Patria; el 2.°, encargándonos el orden y sostén del 
vecindario y castigara a los malos, hasta la última pena si sus 
delitos así lo merecieran, y el 3.°, privando todo auxilio a las fuer- 
zas enemigas de la patria; cuyas contestaciones pasó nuestro Al- 
calde a nombre de este Cabildo; y no teniendo más que acordar, 
cerramos este nuestro acuerdo" (5). Con posterioridad los capi- 
tulares de Soriano dieron cuenta a Lecor "de la entrada de las 
fuerzas de la patria en esta Villa", y le acompañaron copia de los 





(1) 


Spikerman 


, op. cit. 






(2) 


De-María, 


op. cit. 






(3) 


Spikerman 


, op. cit. 






(4) 


De-María, 


op. cit. 






(5) 


Archivo General Ad 


ministrativo. 


de 


Soriano. 







Libro de Actas del Cabildo 



— 147 — 

oficios de Lavalleja y de las contestaciones del Cabildo (1). 

La laboriosa gestación está dando sus primeros frutos. La 
campaña, hasta entonces oprimida, corre a agruparse en torno de 
los que vienen a salvarla. De linde a linde hay como un estreme- 
cimiento de nueva vida. Son las fuerzas dormidas, pero no muer- 
tas, que vuelven a recuperar el impulso inicial. "Vamos a tener 
patria, y si tan pronto la tenemos se lo debemos a su coraje y 
decisión" (2). No hacía Santiago Vázquez sino reflejar la nota 
dominante de este ambiente alborozado, cuando expresaba a La- 
valleja: "La suerte de la Banda Oriental puede estar sujeta a ac- 
cidentes y alternativas, pero jamás lo estará la carrera magestuosa 
que V. y sus dignos compañeros se han abierto para la inmorta- 
lidad" (3). 

"La Gaceta Mercantil", de Buenos Aires, es bien explícita 
respecto de la magnitud del pronunciamiento, cuando haciéndose 
eco de informes de un individuo conductor de la noticia, expresa 
que "quedaban con el valiente Lavalleja más de 200 hombres a 
los que se "agolpaban" en cáela momento los desgraciados "orien- 
tes", ansiosos de vengar la opresión en que los pusieran la trai- 
ción y aspiración de un Imperio" (4). 

En su número del 4 de Mayo refiere "El Argos" el banquete 
con que los ingleses habían celebrado el 23 de Abril, en la fonda 
de Faunch, el día de San Jorge; y entre los brindis pronunciados, 
reproduce uno del gran patriota Pedro Trápani, cuyo tono revela 
las esperanzas que los sucesos alentaban en los nativos. Dice así: 
"Por que se consigan los esfuerzos que hacen los patriotas por 
libertar una pequeña parte de este continente que aún gime bajo 
las ignominiosas cadenas de los déspotas. Hablo, señores, de la 
linda y desgraciada Banda Oriental, cuyos hijos han demostrado 
ser tan dignos enemigos de los ingleses en la guerra como amigos 
sinceros de ellos en la paz" (5). El mismo periódico, en suelto 
del 14 de Mayo, asegura que los pueblos de la Banda Oriental 
llegarán a ser libres de sus opresores porque sus sacrificios y su 
resolución así lo exigen". 

Prosigamos el relato de los hechos. Mientras los cruzados 
tentaban sus primeros pasos, Rivera había dado cuenta a Félix 
Olivera, de "haber desembarcado en el Arenal Grande como 50 o 
60 hombres, los más oficiales, con Dorrego y Lavalleja", los cua- 
les, según agregaba, "dispersaron al Coronel Laguna, que se ha- 



(1) Archivo General Administrativo. Libro de actas del Cabildo 
de Soriano. 

(2) Carta de José J. Muñoz a Lavalleja. Colección Lamas. Archivo 
y Museo Histórico. 

(3) Colección Lamas, Archivo y Museo Histórico. 

(4) Biblioteca Nacional, Buenos Aires. 

(5) "El Argos", núm. 146. Biblioteca Nacional, Buenos Aires. 



— 148 — 

liaba sólo con 12 hombres en San Salvador" (1). La noticia ha- 
bía partido quizá de Buenos Aires, pues el Cónsul del Imperio, 
Pereira Sodré, anunciaba al Gobernador de la Colonia, el 18 de 
Abril, que habían pasado para esta banda, "Lavalleja, Manuel 
Oribe, Alemán y juntamente algunos oficiales más con 20 o 30 
soldados con bastante armamento y dinero" (2). A su vez el 
Gobernador de la Colonia respondía a este oficio, manifestando 
que "el señor brigadier don Frutos por estos días estará sobre 
ellos con 500 hombres" (3). El suceso de Monzón desbarata, 
después, los cálculos de los imperiales, y la revolución se ex- 
tiende, rotas ya las únicas vallas que detenían todavía su natural 
expansión. El prodigio se cumple. Es siempre el pasado que 
vuelve para combinar la disposición de las cosas y dirigir las 
voliciones de los hombres conforme a un plan providencial. La- 
valleja y Rivera están juntos otra vez. Son los hombres de 1817 
que vuelven. Es la consigna y hay que cumplirla. Quizá en la 
noche, cuando el reflejo de los fogones iluminó con su luz mor- 
tecina y gloriosa la paz del campamento, ahora todo uno, aquellos 
dos hombres, que acababan de sacrificar sus rencores y reservas, 
debieron sentir que la suerte toda de la patria estaba en sus ma-, 
nos. Todo vuelve a lo que antes fué. Al cabo de los años trans- 
curridos, las manos se estrechan y los corazones se entienden. 
Es el milagro de la voluntad cuando es cosa del corazón lo que 
la mueve. 

El 2 de Mayo Lavalleja escribe a su esposa, doña Ana Mon- 
terroso, desde San José: "El 19 de Abril salté en tierra con los 33 
patriotas; el 23 ataqué a don Julián Laguna y a Servando en San 
Salvador. El 24 entré en Soriano. No quise atacar a la Capilla 
de Mercedes por evitar un desorden en los vecinos de aquel pue- 
blo. Continué mi marcha al interior de la campaña y tuve noticia 
que don Frutos venía en marcha de la Colonia a incorporarse a 
una fuerza de 300 portugueses que cruzaban la campaña, y ésta 
fué cortada por nosotros. Desatendí todas las atenciones y me 
propuse perseguirlo, y el 29 a las once de la mañana lo tomé con 
seis oficiales que le acompañaban y 50 y tantos soldados" (4). 

Los aptriotas siguen sin obstáculos su marcha, y después de 
pasar por Canelones, llegan en la mañana del 7 de Mayo al Cerrito 
de la Victoria. "El corto escuadrón desplegóse al galope por re- 
taguardia de la cabeza en batalla, contestando al unísono a una 
arenga breve de su jefe, en tanto el porta elevaba la bandera en 
la cumbre del pequeño calvario, sitio de históricas leyendas" (5). 



v l) Catálogo de la Correspondencia Militar del año 1825. 

(?.) Deodoro de Pascual, op. cit. 

(3-) Deodoro de Pascual, op. cit. 

(4) De-María, op. cit. 

(5) Acevedo Díaz, "Grito de Gloria". 



— 149 — 

Ya se insinuó antes que el acuerdo entre Rivera y Lavalleja 
fué un factor decisivo en la marcha de la revolución. Compren- 
diéndolo ellos así, quisieron hacerlo bien palpable a los orientales 
y a los brasileros; y el medio de difusión lo constituyeron los 
manifiestos que se transcriben. Para exhortar a las tropas de su 
mando, Lavalleja y Rivera les decían: "Amigos: Vuestros Jefes 
os saludan, llenos del afecto con que siempre avéis distinguido 
nuestras personas y animados de vuestro decidido patriotismo, 
luego que nos avéis visto unidos para salvar nuestra digna patria 
os entregasteis al impulso y sin trepidar un solo momento an 
volado aseguirnos; nuestra gratitud será eterna, nueva muestra 
de vuestra noble confianza; nosotros afianzaremos asta llenar 
vuestras dignas esperanzas y corresponderemos en un todo a 
vuestro empeño sagrado. Nosotros confiamos con vuestra cons- 
tancia para la consolidación de la grande obra. Sed constantes, 
orientales, y no separéis de vuestra vista el precioso objeto de la 
revolución; es preciso que avriguéis en vuestro seno todas las 
virtudes que os han echo hijos de la grandesa: no manchéis un 
renombre tan glorioso con una conducta vil; vuestros Jefes y ami- 
gos os suplican y mandan que respetéis al vecindario, su familia 
y sus averes; ellos han prodigado el fruto desunidor, minorando 
el alimento de sus hijos para facilitar la empresa; la sangre con 
que se ha regado los campos que han servido de teatro a nuestras 
glorias, es la de los amigos, ermanos y parientes; todo lo han 
perdido en la empresa y conformados esperan recibir por nosotros 
su Libertad, su soriego y respetados como propios ciudadanos de 
un país livre. . . — Arroyo de la Virgen, 5 de Mayo de 1825" (1). 

Tratando de estimular en las tropas brasileras sentimientos 
de solidaridad con la causa que los patriotas representaban, era 
esta su exhortación: "Don Fructuoso Rivera y don Juan Antonio 
Lavalleja, a quienes muchos de voostros conocéis, tienen la satis- 
facción de saludaros y haceros saver que el Brasil en 1822 des- 
cortinó sus miras y aclamó su Independencia. Portugal hacía más 
de diez años que preveía estas consecuencias, y para frustrarlas 
maquinó la injusta invación de este Territorio en el año 16, pre- 
textando mediar nuestras diferencias..." "Vosotros Brasileros 
conosisteis esto mismo quando os resolvisteis en 823 a despedazar 
el yugo y proclamar buestra Libertad e independencia, pero la 
maliciosa política de esos Tiranos tendió nuevos lazos a vuestra 
incauta fee, para haceros bolber a buestra antigua servidumbre y 
de acuerdo el hijo con el padre tubieron la osadía de hechar por 
tierra el soverano Congreso que havíais instalado, cuya represen- 
tación entorpecía sus miras ambiciosas". "Tropas Brasileras, Je- 
fes, Oficiales superiores, Inferiores y soldados: Nosotros os halla- 
mos con la verdad que nos es característica; si vosotros sois Li- 
verales, ¿por qué queréis desmentir buestros principios oponién- 
doos a nuestra sagrada Livertad? Consentir en nuestras ideas y 

(1) Archivo y M.- Histórico, papeles del Juzgado de San José (copia). 



— 150 — 

en nosotros hallaréis hospitalidad y un comercio pacífico que es- 
treche más y más los vínculos de nuestra perpetua amistad" (1). 

En consonancia con la anterior exhortación, exponían a los 
vecinos brasileros: "Don Fructuoso de Rivera y don Juan Antonio 
Lavalleja, a quienes los más de vosotros conocéis de bien cerca, 
hos hablan con toda la pureza de sus sentimientos, para asegu- 
raros que sin embargo del desenrrollo que este país a hecho a 
nuestra dirección para proporcionarse su livertad justa, así como 
el Brasil a proclamado la suya, esto hera consiguiente, pero así 
mismo la guerra no hes movida contra buestras personas y vienes, 
es solamente contra la fuerza armada que se oponga y quiera pri- 
varnos de nuestros derechos; por esta razón nos apresuramos a 
haceros savedores de que podréis sin cuidado alguno quedar en 
la Provincia, seguros que en toda forma seréis respetados y pro- 
tegidos por el Gobierno y de todos los que dependan de sus ór- 
denes. La guerra será honrrosa y terminará muy en brebe, por 
cuanto nuestros derechos se reclaman solamente a libertar nuestro 
país. Los brasileros serán nuestros amigos toda vez que sin opo- 
sición evacúen la Provincia y se retiren a sus pertenencias. Ve- 
cinos brasileros: No despreciéis la oferta que hos hacen vuestros 
amigos, en que hos ofrecen su palabra de honor" (2). Cuando 
las tropas levantan su bandera en el Cerrito, Montevideo se dis- 
pone a sufrir una vez más la irritación de Lecor. Este hombre 
vulgar, que entonces había perdido hasta las buenas maneras, 
"desconfía de todos, arresta a muchos patriotas, desarma al Pue- 
blo y de a tan sólo las armas en manos de portugueses" (3). 

Los sitiadores, en tanto, en número de 73, van a librar el 
primer lance con fuerzas de la plaza. Son Oribe, Manuel Lava- 
lleja y Atanasio Sierra los que dirigen. El choque obliga a los 
imperiales a retirarse con precipitación. 

Los reveses excitan la saña de los conquistadores y comien- 
zan las prisiones y los confinamientos en el bergantín de guerra 
"Pirajá", que anclado en Montevideo, llena cumplidamente los 
más siniestros designios de Lecor. En "La Gaceta Mercantil" del 
5 de Mayo, se recoge la versión de que las prisiones han sido 
numerosas en Montevideo y de haber abandonado la ciudad, entre 
otros, Juan Giró, Juan Benito Blanco, Lorenzo Pérez, José Cátala, 
José Alvarez, León Ellauri, Emilio González, Ramón Massini, José 
Vidal, Manuel Vidal, Fernando Otorguez, Juan Pérez, Manuel So- 
ria y Antuña (4). 

Dentro del recinto de Montevideo fracasa entonces el pro- 
yectado movimiento de los pernambucanos; y las persecuciones 

(1) Archivo y Museo Histórico (copia). 

(2) Archivo y Museo Histórico (papeles del Juzgado Letrado de 
San José). 

(3) De la Sota, manuscrito citado. 

(4) Núm. 461, Biblioteca Nacional. Buenos Aires. 



— 151 — 

continúan, y por todos los medios se trata de intimidar a la po- 
blación, hasta llegar los brasileros a reclamar airados, "la tras- 
plantación de todo hombre que hablase castellano" (1). 

La empresa militar de los cruzados ha tendido todas sus lí- 
neas. Lavalleja se estacionará en el Pintado; Rivera quedará en 
el Durazno; Oribe y Calderón en el Cerrito; sobre las Vacas mar- 
chará desde Maldonado Leonardo Olivera; Simón del Pino man- 
tendrá sus cuarteles en sus pagos de Canelones, y Manuel Duran 
operará en San José, mientras otras partidas atenderán los re- 
clamos de la Colonia. Es la materialización de la obra estupenda 
de los cruzados, "Desbórdase la revolución hasta la frontera de 
Cerro Largo, sin quedar más puntos en poder de los brasileros, 
en la parte meridional del Río Negro, que Colonia y Montevideo". 

Y es tal la sugestión y el arraigo del patriótico empeño, que 
según relato de un cronista digno de crédito, 600 hombres de 
caballería brasilera que se hallaban en Punta de Carretas cuando 
los orientales llegaron al Cerrito, permanecieron "en fría expecta- 
ción" frente a las partidas que coronaban la eminencia, mientras 
la enseña de los Treinta y Tres se levantaba como la bandera de 
la mañana que entonces empezaba a clarear. 



(1) De la Sota, manuscrito citado» 



CAPÍTULO IX 
ACTOS INSTITUCIONALES 

1. ti Uobierno Provisorio. 

¿. La declaratoria de independencia. 

6. La incorporación a las Provincias Unidas. 

1. — La empresa de los Treinta y Tres, que a juzgar por los es- 
casos elementos externos que en los momentos de su iniciación 
presentaba, parecía destinada a reducirse a un esfuerzo aislado 
e inorgánico, sin arraigo en el país ni repercusiones fuera de sus 
fronteras, después de cumplir en pocos días el programa preli- 
minar que sus dirigentes se habían trazado de antemano, se dis- 
pone a dar una tregua a sus providencias, hasta entonces pura- 
mente militares — sin perder de vista, claro está, las exigencias 
que el momento plantea — , y entrando, dentro de lo posible, en 
el terreno de las realizaciones permanentes, se aboca sin dudas ni 
vacilaciones a la organización de una autoridad regular y or- 
denada. 

Fuera ocioso e inoportuno querer destacar la trascendencia 
que la decisión de los patriotas entraña, Pero no lo es el señalar 
la fidelidad con que estos hombres, en los primeros pasos de su 
empresa, procuran encarnar en los hechos los postulados de su 
credo democrático. Los más de ellos militares, actuando en un 
ambiente de guerra y con la perspectiva de que la situación 
anormal que atraviesan, deberá prolongarse por un tiempo cuyo 
final no es fácil prever, pugnan por que la situación de fuerza 
creada y mantenida a favor de circunstancias transitorias y do- 
tada por naturaleza de poderes discrecionales, ceda cuanto antes 
su lugar y su jerarquía al régimen ordenado de la legalidad, en 
que se reduce mucho la influencia de los factores de puro hecho 
y se elimina la variabilidad infinita de las decisiones, sometién- 
dolas a normas generales y permanentes. 

Hace apenas dos meses que estos hombres extraordinarios 
consumaron la temeraria cruzada. La lucha con los usurpadores 
está recién en sus comienzos. Y mientras Lecor pide a su Em- 
perador tropas y más tropas, estos hombres rinden, en medio del 
ruido de las armas, su primer homenaje a los principios. 

Con fecha 27 de Mayo, Lavalleja ordena a los Cabildos que 
se proceda a la elección de un ciudadano por cada Departamento, 
para constituir el Gobierno Provisorio de la Provincia. La elec- 
ción deberá verificarse en juntas designadas con ese fin. Y la 
elección se realiza, y al cumplirse dos meses del desembarco, se 
instala en la Florida el Gobierno Provisorio. Sólo la fe en los 



— 154 — 

dogmas es capaz de tan insólitas revelaciones. Resultaban pro- 
féticas estas palabras de "El Piloto": "La Provincia Oriental 
vuelve hoy a la carrera de su felicidad, pero para llegar a ella no 
basta triunfar del enemigo sobre el campo de batalla; es preciso 
que la razón y el convencimiento auxilien la obra del tiempo, y 
que las úlceras que la anarquía hizo en los corazones, queden 
para siempre cicatrizadas. Es preciso que las instituciones sigan 
el último paso de la victoria" (1). Era una etapa más; ella llevaría 
a los pasmosos resultados "que desvanecieron completamente los 
justos temores de los unos y sobrepasaron extraordinariamente 
las alegres esperanzas de los otros" (2). 

Lo esencial es que los patriotas revelan que se hacen cargo 
de la índole de la conquista portuguesa y aciertan en los medios 
más eficaces para que aquel castillo de codicia, de ambición y de 
intriga, se desmorone. Lo esencial es que sin descuidar ni des- 
atender la guerra, ellos van minando los cimientos en que la 
usurpación parecía asentarse, y junto a los campamentos que 
están alerta, los Cabildos acatan la decisión del pueblo de orga- 
nizarse y constituirse, y se levanta, inconfundible y dominadora, 
la bandera del orden. Lo esencial es que ejército y pueblo están 
afanosamente empeñados en una empresa a la que concurren con 
decisión y uniformidad encomiables, y que dan la impresión de 
actuar como soberanos en sus dominios. Lo esencial es que la 
obra se concreta y trasciende, y los pueblos vecinos primero y 
los otros pueblos después, se sienten atraídos por el espectáculo 
edificante y sugestivo de un pueblo joven que empieza a decidir 
de sus destinos. 

Y ese pueblo está solo. Son sus hijos, sólo sus hijos (3), los 
que esgrimen las armas contra el conquistador; son también sus 
hijos, sólo sus hijos, los que van a iniciar en las asambleas la 
obra realmente constructiva. Todo esto es la cruzada, todo esto 
es el coronamiento de su impulso inicial. 

Eran exactas las palabras de Agustín Francisco Wright, 
cuando en carta a Lavalleja, le decía: "Yo no puedo menos que 
incistir en la necesidad.de que a la mayor brevedad elija esa 
Provincia su Gobierno y de que V. se haga cargo de él. Para el 
sistema de govierno y de orden que V. conforme a sus sentimien- 
tos trata de establecer en esa Provincia, le ha de ser a V. con- 
veniente atraerse todos los hombres de más viso de ella por su 



(1) "El Piloto", 30 Junio 1825. Colección del Dr. Luis Melián Lafinur. 

(2) "El Nacional", 13 Octubre 1825, Colee, del Dr. Luis Melián Lafinur. 

(3) Julián S. de Agüero, en carta del 17 de Abril de 1827, decía a 
Lavalleja: "Acuérdese usted que usted solo precipitó una guerra para la 
cual no había preparación alguna". Colección Lamas, Archivo y Museo 
Histórico. — Manuel José García, en nota del 8 de Julio de 1825, expresaba 
al vicealmirante de la escuadra brasilera: "La actual insurrección ha sido 
obra exclusiva de sus habitantes (de la Provincia Oriental)". Actas del 
Congreso Legislativo y Constituyente, año 1824. 



— 155 — 

crédito, su riqueza y su saber; sólo con estos elementos podrá V. 
levantar un edificio sólido y que corresponda a los deseos de V. y 
haga la felicidad de esos pueblos" (1). 

Pueden servir de comentario a los primeros ensayos insti- 
tucionales de la cruzada, los términos de una nota de la Comisión 
delegada en Buenos Aires, en que se afirmaba: "Pero lo que sobre 
todo ha colmado la ansiedad de la Comisión y la de todos los 
amigos de esa Provincia, es el anuncio que hace el señor Co- 
mandante en Jefe de que el 12 del presente quedará ya nombrado 
el Gobierno Provincial" (2). Entretanto, la propia Comisión an- 
ticipa que ve complacida, en las operaciones de los jefes orien- 
tales, "el orden más estricto", "el honor que esto da a la em- 
presa", "el admirable efecto que produce a todos los aspectos"; 
y declara estar convencida hasta la evidencia de "que es el único 
rumbo por donde ha de llegarse al deseado puerto de la felicidad". 

Nunca se destacará bastante este aspecto fundamental del 
movimiento institucional y guerrero del año 25. En el fondo de 
todas las declaraciones, en la esencia misma de los sucesos, la 
realidad indiscutible y única es esta: resistencia unánime contra 
la conquista y empeño de organizarse y constituirse mediante la 
implantación de un sistema de autoridad reglada y de gobierno 
propio. Se avanzaba así, gradualmente, en la obra del orden, y 
se lograba dotar de alguna personalidad a la entidad inorgánica 
que entonces constituía la Provincia Oriental. 

Decía bien una hoja pública de Buenos Aires, cuando afir- 
maba que no era bastante que los orientales "hubiesen sacudido 
por un esfuerzo heroico la opresión extranjera, si los habitantes 
de la provincia no se mostraban capaces de gobernarse regular- 
mente. . . Ellos lo han hecho de un modo que admira a sus pro- 
pios enemigos" (3). 

Comentando la trascendencia de los primeros intentos de 
organización, Rivera escribía a Lavalleja: "Es indecible el placer 
que me ha ocasionado la noticia de la instalación de nuestro Go- 
vierno Provisorio y la providencia tan acertada con que ha prin- 
cipiado sus tareas, nombrándolo Brigadier General y Comandante 
en Jefe de las tropas de la Patria. Este paso, la representación 
de nuestro Govierno y nuestra constancia y esfuerzos, me hace 
creer que nuestra cara Patria se halla ya en el goce de sus dere- 
chos" (4). Y Rivera cerraba su carta declarando que la instala- 
ción del Gobierno y la designación de Lavalleja, habían sido re- 
cibidas en el ejército "con la más esclarecida alegría". 

2 « — En consonancia con miras tan acertadas y con tan favo- 

(1) Junio 1 de 1825, Colección Lamas, Archivo y Museo Histórico. 

(2) La Comisión a los Jefes Orientales. 7 Junio 1825. Colección La- 
mas, Archivo y Museo Histórico. 

(3) "Mensajero Argentino", 29 Noviembre 1825, Biblioteca Nacional. 

(4) Junio 17 de 1825. Colección Lamas. Archivo y Museo Histórico. 



— 156 — 

rabie acogida, a la instalación del Gobierno Provisorio sigue la 
de la Asamblea de Representantes de la Florida, etapa culminante 
de este proceso. 

El programa de la magna asamblea está más que esbozado 
en la correspondencia preliminar que los delegados de la revo- 
lución, radicados en Buenos Aires, mantenían asiduamente con los 
dirigentes del movimiento (1). "Mucho celebraré que se reúna la 
representación provincial y que se expida del modo que está in- 
dicado", dice don Francisco Muñoz en carta a don Manuel Ca- 
lleros (2). Y entre los principales objetos de la convocatoria se- 
ñala el "declarar ilegales e inconvenientes los actos del Congreso 
Cisplatino y los demás que tubieron lugar en aquella época hasta 
el día. Esto es lo esencial por ahora, y vamos contrayéndonos a 
la guerra y conservación del orden". "Insten por la anulación de 
lo determinado por el maldito Congreso Cisplatino", es la frase 
con que Pedro Trapa: li llama la atención de Lavalleja y Rivera 
sobre la primera y m/,3 apremiante cuestión del momento. 

La Asamblea de la Florida no descuida ninguno de los pro- 
blemas fundamentales que le salen al paso; y su fórmula simple 
y categórica, que bien pudiera llamarse el credo de nuestra libe- 
ración, declara: "írritos, nulos, disueltos y de ningún valor para 
siempre, todos los actos de incorporación, reconocimientos, acla- 
maciones y juramentos arrancados a los pueblos de la Provincia 
Oriental, por la violencia de la fuerza unida a la perfidia de los 
intrusos poderes de Portugal y el Brasil que la han tiranizado, 
hollado y usurpado sus inalienables derechos, y sujetádolos al 
yugo de un absoluto despotismo desde el año de 1817 hasta el 
presente de 1825. Y por cuanto el Pueblo Oriental aborrece y 
detesta hasta el recuerdo de los documentos que comprenden tan 
ominosos actos, los Magistrados Civiles de los pueblos en cuyos 
archivos se hallan depositados aquéllos luego que reciban la pre- 
sente disposición, concurrirán el primer día festivo en unión del 
Párroco y vecindario y con asistencia del Escribano, Secretario o 
quien haga sus veces, a la casa de Justicia, y antecedida la lectura 
de este Decreto se testará y borrará desde la primera línea hasta 
la última firma de dichos documentos, extendiendo en seguida un 
certificado que haga constar haberlo verificado, con el que deberá 
darse cuenta oportuna al Gobierno de la Provincia". "En conse- 
cuencia de la antecedente declaración, reasumiendo la Provincia 
Oriental la plenitud de los derechos, libertades y prerrogativas 
inherentes a los demás pueblos de la tierra, se declara de hecho 
y de derecho libre e independiente del Rey de Portugal, del Em- 
perador del Brasil y de cualquiera otro del universo, y con amplio 



(1) Ver Colección Lamas en el Archivo y Museo Histórico. 

(2) 17 de Agosto de 1825, Archivo y Museo Histórico. 



r-.tW — 

y pleno poder para darse las formas que en uso y ejercicio de su 
soberanía estime convenientes". 

Es esta una declaración en que la letra no traiciona al espí- 
ritu y en que cada palabra tiene en su apoyo un hecho consumado. 
Para mantener la integridad de sus afirmaciones, están en armas 
todos los hombres válidos del país. Su contenido es, pura y sim- 
plemente, una definición — la más radical — de la soberanía. En 
cuanto a sus proyecciones fuera de fronteras, ¿es acaso calculable 
el enorme influjo que estos hechos — que en seguida se hicieron 
notorios — debieron ejercer en los demás pueblos americanos y 
en los otros pueblos de Europa que seguían nuestros pasos con 
marcado interés? ¿Es acaso calculable el golpe certero que estos 
ensayos de organización y de gobierno propio debieron represen- 
tar para el total desprestigio y el total aniquilamiento de la con- 
quista portuguesa? Y si las cosas son así; si los hombres de la 
cruzada iniciaron y empezaron a consumar la extinción de la con- 
quista extranjera, de la abrumadora y aplastante conquista; y si 
ellos mismos dieron al pueblo los medios de decir libremente su 
voluntad, y el pueblo y ellos — que eran su espíritu — echaron los 
cimientos del gobierno, tentaron los primeros pasos dentro de la 
legalidad y afirmaron así, en forma rotunda y categórica, la per- 
sonalidad soberana de ia entidad de que formaban parte; y si 
todo esto se hizo por libérrima disposición de los hombres de la 
cruzada, que la voluntad del país ratificó después en voto incon- 
fundible, ¿puede negarse que estamos asistiendo a un definitivo 
alumbramiento? Es el Pueblo Oriental que en función de soberano, 
atiende a los reclamos de la guerra, proclama su calidad de agru- 
pación autónoma y se da las normas que han de regirlo. Son los 
conceptos de Patria y de Soberanía, que ruda pero categórica- 
mente se exteriorizan, en medio del asentimiento jubiloso de 
los pueblos, que así traducen su arraigada vocación autonómica. 
Y es, sobre todo, la fidelidad a los dogmas de la revolución, la fe 
ciega en el pueblo, que vuelve a obrar eficazmente sobre los es- 
píritus, mientras los emisarios de Buenos Aires andan de emba- 
jada en embajada y de cancillería en cancillería, buscando ansio- 
samente una corona. 

Alguien ha expresado que en medio del silencio que siguió 
ai desembarco de ios Treinta y Tres, el batir de los corazones al 
unísono pudo hacer pensar que era un solo corazón el que palpi- 
taba. Cuando el 25 de Agosto se instaló en la Florida la Sala dé 
Representantes, no debió ser menor la emoción ni menos solemnes 
las circunstancias: el pueblo empezaba a deliberar como soberano. 

3. "La H. Sala de Representantes de la Provincia Oriental 
del Río de la Plata, en virtud de la soberanía ordinaria y extraor- 
dinaria que legalmente reviste para resolver y sancionar todo 
cuanto tienda a la felicidad de ella, declara: que su voto general, 
constante, solemne y decidido es, y debe ser, por la unidad con 



— 158 — 

las dems provincias argentinas a que siempre perteneció por los 
vínculos más sagrados que el mundo conoce. Por tanto, ha san- 
cionado y decreta por ley fundamental la siguiente: Queda la Pro- 
vincia Oriental del Río de la Plata unida a las demás de este 
nombre en el territorio de Sud-América, por ser la libre y es- 
pontánea voluntad de los Pueblos que la componen, manifestada 
con testimonios irrefragables y esfuerzos heroicos desde el primer 
período de la regeneración política de dichas Provincias". 

El problema que suscita esta decisión de la Sala de Repre- 
sentantes de la Florida, lo- plantea dos años antes la revolución 
de 1823. Y como los hombres que actuaron en 1823 son los mis- 
mos que en 1825 tuvieron la dirección de los sucesos, y como 
todos se hallaron empeñados en un mismo y único objeto, no será 
inconveniente considerar aquel problema a través de los aconte- 
cimientos que entre esas dos fechas se producen. 

El planteamiento de la cuestión propuesta se ha reducido, 
generalmente, a contraponer como únicas las dos hipótesis extre- 
mas, vale decir: si la revolución que Montevideo inició en 1823 y 
que culminó después en la Florida, pugnaba por conquistar la 
independencia absoluta del país, con lo que el acta de incorpo- 
ración a las Provincias Unidas se habría reducido a un mero re- 
curso de circunstancias; o si, por el contrario, la única finalidad 
de aquel movimiento consistía en que la Provincia Oriental desa- 
pareciese, para entrar a formar parte de Buenos Aires o de la 
Argentina. 

Trátase, como se ve, de dos tesis extremas y por consiguiente 
simplistas, que quizá no sean suficientemente comprensivas como 
para poder llegar a expresar con fidelidad la trama complicada de 
los hechos que ambas, cada una a su modo, pretenden interpretar. 

La época que estamos estudiando y el ambiente a que se 
circunscriben nuestras observaciones, si de algo debieron nece- 
sariamente carecer, fué de precisión en las ideas tal como nosotros 
las concebimos, sobre todo en las ideas políticas y en los concep- 
tos hoy familiares a la doctrina constitucional. 

Separados de nosotros por un siglo y sometidos al yugo de 
una dominación extranjera, que en 1823 ya mediaba una década 
de permanencia; ligados 3. los pueblos vecinos por vínculos es- 
trechos que la solidaridad y el común origen habían ido fortale- 
ciendo, y que a pesar de parciales y transitorias desintegraciones, 
no habían llegado nunca a romperse del todo, los hombres de 1823 
y 1825, sin dejar, de sentir hondamente y con no superada inten- 
sidad la idea de patria y los sentimientos que le son anejos, y sin 
dejar de considerarse fuertemente atados al territorio que pisaban, 
debían sufrir — ellos y sus ideas — el influjo de los factores de 
hecho que sobre ellos especialmente actuaban. 

Partícipes los más de las luchas contra la dominación espa- 
ñola, cuya extinción en el Río de la Plata databa en 1825 de muy 



— 159 — 

pocos años; en pugna después con la conquista portuguesa; y 
unidos a Buenos Aires y a las demás provincias bajo el apremio 
del enemigo común — Inglaterra siendo aún españoles; más ade- 
lante España y Portugal — , la noción de patria hubo de coexistir 
en ellos con un arraigado sentimiento de solidaridad, de comuni- 
dad, con sus aliados, mejor aún, con sus hermanos (1); senti- 
miento que debió tener un fondo de americanismo, pero que debió 
ser nítidamente rioplatense, en un sentido aproximado a lo que 
antes se consideró Virreynato del Río de la Plata. Y, en efecto, 
el problema vital que las circunstancias planteaban a los diri- 
gentes de 1823 y 1825, seguía siendo — en sus líneas fundamen- 
tales^ — el mismo que desde 1810 venía agitando a esta parte de 
América contra las miras de la conquista extraña. Antes había 
sido España y ahora era Portugal y el Brasil; pero siempre, ahora 
y antes, era algo que tenía de común el venir, por lo menor ori- 
ginariamente, de fuera de América. Como consecuencia de este 
hecho, que no necesita comprobación, el concepto de extranjero 
debió ser, en cierto sentido, restringido, hasta llegar a valer como 
el sinónimo más aproximado de europeo. Y en ese concepto de 
extranjero, casi equivalente a europeo, jamás llegó a incluirse a 
ningún pueblo americano y menos que a ninguno al de las Pro- 
vincias Unidas. De ahí que el vínculo de solidaridad que la guerra 
con el común enemigo fué anudando entre orientales y argentinos, 
no llegara a desaparecer por celos o rencillas de nacionalismo, a 
pesar de las disidencias que se produjeron. Los pueblos del Plata, 
hermanos y unidos en las luchas con el conquistador europeo, no 
pudieron llegar a sentirse extraños del todo; y así perduró — sin 
desmedro de la noción de patria y de autonomía — el concepto de 
aquella comunidad rioplatense, cuyas raíces se pierden en la re- 
mota consolidación de la conquista española. 

Contribuía no poco a que este lazo de solidaridad se conser- 
vase, el hecho de que los pueblos rioplatenses — la Banda Oriental 
entre ellos — , a quince años apenas de iniciada la revolución, 
constituían agrupaciones inorgánicas, en las que debía parecer 
prematuro todo plan definitivo de organización, aunque fuera so- 
bre la base, que hoy tanto nos seduce, de formar cada una, una 
entidad absolutamente independiente. La época era, para los 
orientales, de lucha, de apremio; y para todos los pueblos de esta 
parte del continente, de expectativa, de espera, si acaso de inten- 
tos de organización, pero no de soluciones definitivas. 

Todo contribuía, pues, a que la unión de las distintas por- 
ciones del antiguo virreynato se prolongase. Y téngase presente 
que como ya se ha dicho, esta comunidad entre argentinos y 



(1) El General Rivera, refiriéndose a la batalla de Guayabos, librada 
entre argentinos y orientales, dice que "ella por desgracia fué de hermanos 
contra hermanos". "Memoria de los sucesos de armas", op. cit 



— 160 — 

orientales había tenido, para arraigar en los hechos y consoli- 
darse y trasmitirse en los sentimientos de los nativos, el antece- 
dente decisivo de la dominación española en el Río de la Plata. 

Los sucesos de 1823 y 1825 se desarrollan en este escenario 
y sufren la influencia de los factores que se han señalado. Per- 
siste, por una parte, la orientación ya destacada, de comunidad y 
solidaridad con las Provincias Unidas; se insinúa y se afirma, 
por otra, la vocación autonómica de la Banda Oriental, en los 
acuerdos del Cabildo del 23 y en los felices ensayos de gobierno 
del año 25, a que antes se hizo referencia; y la guerra con Portu- 
gal y el Brasil, es otra ocasión más para que cobre — si cabe — 
nueva actualidad, la tendencia de unión de las Provincias Unidas, 
frente al nuevo enemigo común o que puede llegar a ser común. 

Factores tan variados y complejos debieron acentuar' la poca 
fijeza de las ideas. De ahí que muchos conceptos y declaraciones 
que frente a los sucesos fueron concretándose, no tengan, aisla- 
damente considerados, sino un valor muy relativo. Y así es que 
ha podido decirse que el término "independencia" significó mu- 
chas veces en las prédicas de la época, la ansiada extinción de la 
conquista portuguesa; y así también pudiera señalarse que en 
más de una declaración, los vocablos "independencia" y "Pro- 
vincia", fueron empleados con repetida simultaneidad. 

Antecedentes tan diversos hacen difícil reflejar con alguna 
exactitud el escenario de aquel momento histórico y desentrañar 
de los sucesos un juicio acertado. A la diversidad de los factores 
influyentes, que ya entraña — por sí sola — el riesgo de incurrir 
en apreciaciones erróneas o incompletas, únese la distancia en 
el tiempo, que nos separa materialmente de los hechos tanto como 
nos aleja espiritualmente de los sentimientos y de las ideas do- 
minantes. 

La revolución de 1823, que no podía sustraerse a la influencia 
de las causas que se han esbozado, no se caracteriza por la pre- 
cisión de su finalidad o de su objeto. Es claro que con ella se 
intentaba la liberación de la Banda Oriental del dominio portu- 
gués, y en esto el propósito de los iniciadores es evidente. Pero, 
si se busca una respuesta radical que armonice con alguna de las 
dos tesis extremas — la de la independencia absoluta o la de la 
sumisión a Buenos Aires — , esa respuesta no aparece. El histórico 
acuerdo del 16 de Diciembre de 1822, mientras por una parte 
consagra a favor del Cabildo y, por ende, del pueblo que aquél 
representa, discrecionalidad para decidir de sus destinos, insi- 
nuando la idea de soberanía absoluta, hace, por otra, repetidas 
referencias a la "Provincia", denominación con que se designa a 
la Banda Oriental. El primer acuerdo del Cabildo electo el 1.° de 
Enero de 1823, después de aludir en forma concluyente a la "Pa- 
tria" y al "Pueblo", termina encareciendo la necesidad de recor- 
dar a los habitantes de la "Provincia", la protección de las pro- 



— 161 — 

víncias hermanas. Mientras el mismo Cabildo expone a Da Costa 
"que los habitantes de la Provincia no anhelan otro fin que el de 
su absoluta libertad e independencia", la declaración pierde el 
carácter radical en que parecía haber sido planteada, pues a ren- 
glón seguido los capitulares expresan más nítidamente su ver- 
dadero pensamiento, declarando que están decididos a mantener 
la independencia; "para lo cual" destruirán las fuerzas del Brasil, 
y llegado el caso las de Da Costa; con lo que el término indepen- 
dencia se acerca y casi se confunde con la idea de libertarse del 
Brasil y Portugal. Mientras, las autoridades brasileras, desde San 
José, lanzan su anatema a la revolución, y su argumento más 
poderoso para aniquilarla consiste en hacer resaltar que con ella 
se busca la independencia absoluta; los dirigentes del movimiento 
van oficialmente autorizados a Buenos Aires, Santa Fe y Entre 
Ríos, a buscar auxilios para la empresa, y — en buenas cuentas — 
a preparar allí, fuera del país, el gran contingente militar para la 
campaña que se anunciaba. Por su parte, los Caballeros Orien- 
tales o "independentistas", que en su representación del 26 de 
Diciembre de 1822 al Gobernador López, dan — a mi juicio — la 
nota más 1 clara en el sentido de la independencia absoluta, por 
boca de su órgano de opinión más caracterizado, exponen o ha- 
cen suyas manifestaciones como estas: "Todo nos demuestra que 
desde la ribera occidental del Río de la Plata hasta la última de 
las provincias de la Unión, es uniforme el clamor por que Mon- 
tevideo vuelva a cerrar el círculo de la confederación argentina". 
"Véase aquí las ideas con que siempre nos alimentamos; y cier- 
tamente ellas son las mismas que la campaña oriental, siguiendo 
la marcha circunspecta de sus compatriotas de la Plaza, apurará 
aquel instante en que sus manos y las nuestras y el gorro encima, 
ofrezcan de nuevo ese espectáculo armonioso y respetable que 
rompió una serie funesta de fatalidades". "¿Conviene más a la 
felicidad de esta provincia constituirse en un estado particular 
independiente y aislado de las demás provincias del Río de la 
Plata, o entrar convencionalmente en la alianza de todas o algu- 
nas de ellas, suponiéndolas dispuestas a unirse por las bases de 
una convención? Los editores opinamos por la segunda parte de 
la proposición" (1). 

Otro papel público, que fué también portavoz de los Caba- 
lleros Orientales, "El Pampero", estampaba en sus columnas, con 
marcada insistencia, artículos de periódicos de la otra orilla, en 
los que se llegaba a decir: "Montevideo. ¡Viva la Patria! Este 
pueblo argentino (alude a la Banda Oriental) ha despedazado ya 
las cadenas que lo ligaban al Brasil, por declaración solemne de 
su heroico Cabildo" (transcripción de "El Argos", de Buenos 
Aires) . 



(1) "La Aurora", 4 Febrero y 18 Marzo 1823. Biblioteca Nacional 



— 162 — 

Por último, la declaración del Cabildo de Montevideo, del 
29 de Octubre de 1823, y la nota que esta misma corporación 
dirigió al General Soler en Diciembre siguiente, coinciden en que 
la Provincia Oriental "no pertenece, ni debe, ni quiere pertenecer 
a otro Poder, o Estado, o Nación, que la que componen las Pro- 
vincias de la antigua Unión del Río de la Plata, de que ha sido y 
es una parte. . .". 

La poca precisión que todo esto pone en evidencia, revela la 
acción de los factores a que antes aludimos. Y revela, asimismo, 
que bajo el influjo de elementos tan variados y tan complejos, no 
siempre se logró expresar, nítida y fielmente, el fondo del pen- 
samiento que regulaba las acciones. 

El dualismo de 1823 vuelve a plantearse en 1825, en decla- 
raciones trascendentales. Las primeras normas que en uso de su 
soberanía se dicta la Banda Oriental por medio de sus represen- 
tantes, proclaman con carácter de ley fundamental, su indepen- 
dencia del Rey de Portugal, del Emperador del Brasil y de "cual- 
quier otro del universo", y su unión a las demás provincias del 
Río de la Plata. 

Frente a estas dos afirmaciones categóricas, el análisis 
ahonda más la separación de las dos tesis extremas a que se hizo 
referencia. ¿Era la independencia absoluta lo que aquellos hom- 
bres buscaban, o era su propósito suprimir la entidad de que for- 
maban parte y hacerla desaparecer en el conjunto de la Nación 
Argentina? La respuesta la dan, elocuente, los hechos y los do- 
cumentos que los perpetuaron: los orientales de 1823 y 1825, ni 
tenían como objetivo inmediato la independencia absoluta de la 
Banda Oriental, ni consentían en renunciar a su vocación auto- 
nómica. Pugnaban, sí, por la unión convencional con las Pro- 
vincias Unidas del Río de la Plata, y en este sentido la documen- 
tación oficial y privada no acusa, en los dirigentes de la época, 
ninguna disidencia apreciable (1). 



(1) Comentando la ley del Congreso Legislativo y Constituyente reu- 
nido en Buenos Aires, que declaraba la incorporación de la Provincia Orien- 
tal a las demás del Río de la Plata, decía Lavalleja al Ministro Balcarce: 
"Este paso, señor, nos eleva al distinguido puesto de nacionales, y para los 
orientales no es menos glorioso este acontecimiento que la jomada de Sa- 
randí." ("Mensajero Argentino", 25 de Nov. de 1825. Biblioteca Nacional.) 

El 15 de Julio de 1825, Pedro Trápani decía a Lavalleja: "Si llegan a 
esa impresos que hablen contra el Govierno de Buenos Aires, deve Vm. des- 
preciarlos, pues este Govierno es compuesto de personas patriotas, honra- 
das y de talento, las que prosederán siempre en conformidad con los mejores 
intereses de la nación en que los orientales son y serán parte integrante." 
(Colección Lamas, Archivo y Museo Histórico.) 

El Congreso Legislativo y Constituyente de las Provincias Unidas, por 
ley del 3 de Enero de 1826, dispuso: "En atención a los distinguidos servi- 
cios que han prestado en favor de la libertad de la Provincia Oriental don 
Juan Antonio Lavalleja y don Fructuoso Rivera, se autoriza ai Poder Eje- 



— 163 — 

La doctrina de la Sala de Representantes de la Florida tra- 
taba de combinar — no pudiendo eludirlas — las fuerzas concu- 
rrentes que en diversos sentidos actuaban, cuya influencia va- 
riable nos desorienta y nos hace ver en aquel escenario, la poca 
fijeza de las ideas, el dualismo de que nos venimos ocupando. 
Acaso ésta que hoy miramos como dualidad, no era, en sustancia, 
sino la formulación de dos aspectos complementarios y no con- 
tradictorios de una misma y única idea: la patria, considerada 
como hecho predominantemente natural, espontáneo, indiscutible, 
y que como tal había que mantener, constituir y perpetuar; la 
unión convencional, la confederación, la unión con las demás 
provincias, como solución predominantemente política, pero como 
solución política no de circunstancias, sino permanente. 

¿Entrañaba la unión a las Provincias Unidas una verdadera 
innovación? Los Capitulares de 1823 y los Representantes de la 
Florida no innovan, porque es el viejo programa artiguista el que 
postulan. 

No es la sumisión a Buenos Aires la solución que ellos pro- 
pician, como lo demuestra la resistencia de Lavalleja, de Trápani 
y de los que con ellos compartían la dirección de los sucesos, a 
tos intentos de "nacionalización" y de "unitarismo" que prestigia 
en la metrópoli porteña don Bernardino Rivadavia (1). 

No es tampoco la sumisión de la Banda Oriental a la Nación 
Argentina, porque la Nación Argentina no existe entonces (2). 



cutivo Nacional para que les expida despachos de brigadieres." Rivera y 
Lavalleja aceptaron el grado militar que el Gobierno del General Las Heras 
les confería. 

El 9 de Abril de 1827, el patricio don Joaquín Suárez, en su carácter 
de Gobernador Provincial, promulga la Constitución sancionada por el Con- 
greso Constituyente y Legislativo de las Provincias Unidas del Río de la 
Plata. En análogo sentido puede verse la Colección Lamas, documentos 
números 16, 18, 19, 132, 140, 157, 291, 409, 426, 460, 484, 487, 495, 565, 
871 y 873. Archivo y Museo Histórico. 

(1) Ver la correspondencia del General Lavalleja en la Colección 
Lamas. Archivo y Museo Histórico. 

(2) He aquí algunas transcripciones del diario de sesiones del Con- 
greso Legislativo y Constituyente de 1824: 

El diputado Acosta hace presente que están "las provincias dislocadas 
e independientes, sin una asociación que las rija". (Sesión del 22 de Di- 
ciembre de 1924.) 

Afirma el diputado Agüero: "Yo voy a contraerme a una sola reflexión, 
que es la situación de nuestras provincias por la disolución del Estado." — 
(Sesión del 22 de Diciembre de 1824.) 

"Se ha dicho que no fstá constituida (la nación); también es cierto", 
dice el diputado Gómez en el seno de aquella corporación. 

Define el diputado Agüero la situación exacta del país, declarando que 
"no hay sino provincias independientes". (Sesión del 19 de Enero de 1825.) 

El mismo Agüero, aludiendo a la actitud del Gobierno de Buenos Aires 
al tomar a su cargo los intereses que correspondían a la nación, legitima 
aquel hecho en la circunstancia de que el titular de esos intereses, o sea la 



— 164 — 

No es ni siquiera la unión a Buenos Aires solamente. 

Es, sí, la unión a las Provincias Unidas, a Santa Fe, a Entre 
Ríos, a Corrientes, a Córdoba; a las mismas provincias que en 
1815 proclamaron a Artigas, protector de los pueblos libres. Es 
el ideario de Artigas que surje una vez más y que tantas otras 
fracasara por sus disidencias con los políticos porteños. 

Nunca se insistirá demasiado en una distinción que es capital 
en la cuestión que analizamos, a saber: que la pugna de Artigas, 
desde los principios de la lucha en adelante, fué sólo con los 
hombres de Buenos Aires y radicó en el repudio de la primacía 
que esta provincia pretendía atribuirse sobre la Banda Oriental y 
sobre las demás del Río de la Plata; y que la unión de la Banda 
Oriental a las Provincias Unidas, constituyó invariablemente para 
el Protector, el principal objeto de sus afanes (1). 

Respecto de las demás provincias, la estrecha vinculación 
que con Artigas las ligaba es evidente, hasta el punto de que la 
hostilidad de Buenos Aires hacia el "jefe de los Orientales", pro- 
viene de que aquéllas, aleccionadas por la vocación localista de 
su protector, acentúan más sus resistencias a la tendencia absor- 
bente y centralista de la que fué y pretendía seguir siendo, capital 
del antiguo Virreynato del Río de la Plata. 

Los Representantes de la Florida están, pues, en buena com- 
pañía. La Provincia Oriental entrará "en una firme liga de amis- 
tad con cada una de las otras para su defensa común, seguridad 
de su libertad y para su mutua y general felicidad, obligándose a 
asistir a cada una de las otras contra toda violencia o ataques 
hechos sobre ellas, o sobre alguna de ellas por motivo de religión, 
soberanía, tráfico o algún otro pretexto cualquiera que sea". "La 
Provincia retiene su soberanía, libertad e independencia, todo 
poder, jurisdicción y derecho que no es delegado expresamente 
por la confederación a las Provincias Unidas juntas en congreso". 
Son éstas las bases mediante las cuales Artigas postulaba su fe 



nación, no podía atenderlos "por hallarse disuelta". (Sesión del 5 de Enero 
de 1825.) 

Ver Juan B. Alberdi: "Bases", De la integridad nacional de la Repú- 
blica Argentina. — Ramos Mejía: "El federalismo argentino". — M. A. Mon- 
tes de Oca: "Lecciones de Derecho Constitucional", tomo I. 

(1) "Yo no hice otra cosa — dice el Gneral Artigas — q^e responder 
con la guerra a los manejos tenebrosos del Directorio, y a la guerra que él 
me hacía por considerarme enemigo del Centralismo, el cual sólo distaba 
un paso entonces del realismo. Tomando por modelo a los Estados Unidos, 
yo quería la autonomía de las provincias, dándole a cada Estado su gobierno 
propio, su Constitución, su bandera, y el derecho de elegir sus represen- 
tantes, sus jueces y sus gobernadores, entre los ciudadanos naturales de 
cada Estado. Esto es lo que yo había pretendido para mi Provincia y para 
las que me habían proclamado su Protector. Hacerlo así, habría sido darle 
a cada uno lo suyo." (Entrevista del General Paz con el General Artigas 
en el Paraguay, citada por don" Isidoro De-María en su "Compendio de la 
Historia de la República Oriental del Uruguay".) 



— 165 — 

en la Confederación de las Provincias Unidas del Río de la Plata; 
y es ésta la esencia de la declaración de la Florida, si se tiene 
presente que cuando la ley de unión se comunicaba al Gobierno 
y al Congreso Legislativo y Constituyente reunido en Buenos Ai- 
res, este último se reducía a una asamblea en que los represen- 
tantes de varias provincias, dislocadas, separadas e independien- 
tes, iban a deliberar sobre su suerte futura, y empezaban por de- 
clarar que hasta la promulgación de la Constitución que el Con- 
greso formase, "las Provincias se regirían por sus actuales ins- 
tituciones". Y es de tener en cuenta que esto sucedía en el te- 
rreno legal. 

En el terreno de los hechos, las provincias, repuestas apenas 
del caos y de la anarquía que las habían separado y aislado unas 
de otras, intentaban una nueva unión; y las actas del Congreso 
Constituyente, a que venimos aludiendo, son bien elocuentes y 
categóricas acerca de la firmeza y hasta de la agresividad con 
que los diputados del interior entraban a defender bravamente 
las autonomías locales. Las provincias estaban "dislocadas e in- 
dependientes", según la expresión del diputado Acosta. "No hay 
sino provincias independientes", decía con su autorizada palabra 
el diputado Agüero. La obra del Congreso tuvo que empezar "or- 
ganizando antes de constituir", expresa con elocuencia Alberdi. 

Si a esto se agrega que los escasos antecedentes legales, 
entonces en vigor entre algunas provincias, se reducían al tratado 
Cuadrilátero — que expresamente consagraba "la libertad, inde- 
pendencia, representación y derechos" de las cuatro partes con- 
tratantes (1) — , no es aventurado afirmar que el ambiente y los 
sucesos debieron parecer favorables para llevar adelante las ideas 
de confederacin que habían arraigado en los hombres de 1825, 
desde que Artigas — su auténtico paladín — las expusiera en sus 
memorables Instrucciones. 

Tacuarembó y la Agraciada, que acusan una manifiesta co- 
munidad como hechos de guerra contra la conquista portuguesa, 
coinciden también en la obra constructiva de la paz. 

Múltiples factores variaron después la marcha de los sucesos; 
pero en medio de la trama complicada de los hechos y de la con- 
fusión de las ideas, la obra de los cruzados alentó y mantuvo in- 
alterable la idea de patria, con el calor que aquellos hombres 
ponían en sus sentimientos y hasta en sus convicciones doctrina- 
rias. Buscaron la confederación con las demás provincias, pero 
antes afirmaron, en función de soberanos, la personería y la vida 
institucional de la entidad de que ellos eran parte. Y la obra dio 
sus frutos. 

Para quienes han declarado que los acontecimientos del año 



(1) Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes. 



— 166 — 

25 son fechas argentinas, escribió Pedro Trápani sus cartas la- 
pidarias (1). 

En medio de una tendencia general a la declamación y al én- 
fasis, que, por otra parte, las circunstancias favorecían, Pedro 
Trápani rompe con los modelos artificiosos de su época, y llana- 
mente y aún con mucho desaliño en su estilo pintoresco, saca de 
la realidad sus conceptos; y con una elocuencia que a las veces 
asombra, logra destacar de los hechos que relata, aspectos y mo- 
dalidades que vienen a ser, quizá sin él mismo sospecharlo, su 
síntesis más acabada. Quien penetre el espíritu de ese sencillo 
epistolario, si sabe apartar a un lado los elementos transitorios 
y sorprender la intimidad afectuosa que constituye su fondo, no 
podrá negar que aquellas cordiales conversaciones con Lavalleja, 
revelan a las claras en los dos interlocutores, una estrecha y uni- 
forme vocación sentimental, que no logra ocultar ni aún el relato 
escueto de las finanzas de la guerra. No es sólo una cuestión de 
interés o de más o menos ventaja la que allí se debate y se co- 
menta. Es otra su naturaleza. Sin llegar a nombrarla, el lect&r 
adivina que es cosa del corazón, porque las frases que la rozan 
ponen, como entre líneas, un toque de honda y penetrante emoción. 
Es la Patria, a la que Lavalleja y Trápani dieran, abnegadamente, 
todas las energías de sus vidas. 



(1) Archivo y Museo Histórico. 



ÍNDICE 



T 



CAPITULO I (pág. 3). — PRIMERAS CAUSAS. — 1. Tacuarembó y la 
Agraciada. — 2. Los tenientes de Artigas. Sumisión del país. 

CAPITULO II (pág. 7). — FACTORES DE LA CONQUISTA PORTU- 
GUESA. — 1. España y Portugal en Europa. — 2. España y Portugal 
en América. — 3. Buenos Aires y las Provincias. Artigas. — 4. La di- 
plomacia argentina en Río de Janeiro. — 5. El anuncio de la invasión 
portuguesa. — 6. La diplomacia española y la expedición de Cádiz. — 
7. Todo favorece los planes de Portugal. 

CAPITULO III (pág. 19).— EL CONGRESO CISPLATINO. — 1. Antece- 
dentes. — 2. Medidas preparatorias. — 3. El Congreso y sus delibera- 
ciones. La incorporación. — 4. El Congreso y su finalidad esencial. 
Opinión unánime de publicistas e historiadores. — 5. D. Juan VI y 
Lecor., — 6. Fué el Congreso un hecho sin arraigo. 

CAPÍTULO IV (pág. 35). — LA BANDA ORIENTAL BAJO LA DOMINA- 
CIÓN PORTUGUESA. — 1. Factores que contrariaban la expansión de 
la conquista portuguesa. — 2. La conquista y sus medios: a), Nulidad 
de su aporte; b), Fué una obra de rapacidad; c), Desproporción entre 
funcionarios y gobernados; d), Fué una ocupación puramente militar; 
e), Nunca fué aceptada por los nativos; f), Estuvo confiada a la dis- 
crecionalidad de un jefe irresponsable. 

CAPÍTULO V (pág. 49). — INDEPENDENCIA DEL BRASIL. — 1. El es- 
píritu antimonárquico en el Reino Unido. — 2. La revolución en Portugal 
y en el Brasil. — 3. Regreso del Rey a Portugal. La obra de las Cor- 
tes. — 4. La independencia del Brasil. — 5. La independencia del Brasil 
en la Banda Oriental. 

CAPÍTULO VI (pág. 57). — LA REVOLUCIÓN DE 1823. — 1. Su inicia- 
ción. — 2. Repercusiones del movimiento en la campaña. Suceso del 
Rincón de Clara. — 3. Los "Caballeros Orientales". — 4. Las resolu- 
ciones del Cabildo. — 5. El Cabildo y D. Juan Antonio Lavalleja. — 
6. Los diputados del Cabildo en Santa Fe. — 7. Los diputados del Ca- 
bildo y el Gobierno de Buenos Aires. — 8. La revolución de 1823. Su 
fracaso. — 9. Síntesis. 

CAPÍTULO VII (pág. 113). — LA ÚLTIMA ETAPA. — 1. Lecor en Mon- 
tevideo. Emigración patriota. — 2. Los emigrados en Buenos Aires. — 
3. Preliminares de la Cruzada. — 4. Ayacucho. 

CAPITULO VIH (pág. 136). — LA CRUZADA. — 1. La gran jornada. — 
2. Los Treinta y Tres. — 3. Lugar del desembarco. — 4. Primeras 
consecuencias. 

CAPÍTULO IX (pág. 153). — ACTOS INSTITUCIONALES. — 1. El Go- 
bierno Provisorio. — 2. La declaratoria de independencia. — 3. La 
incorporación a las Provincias Unidas. 



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